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EL ARTE DE CAMINAR

Nuestro nuevo 360˚ llega a pie

Caminar es tantas cosas que sólo girando 360˚ alrededor de nuestros propios pies podíamos empezar a entender algo. Os presentamos nuestro nuevo monográfico compartiendo su editorial, en el que repasamos temas, capítulos y motivos para pensar en nuestros modos de caminar y en cómo viajando a pie descubrimos el mundo de nuevo. 

 

Es la primera forma de viajar

La más primitiva manera de ir más lejos.

Es como respirar mientras duermes, o beber agua para no morir.

Un acto inconsciente que nos une a (casi) todos los humanos.

Caminar...

no cambia el mundo, pero ha sido una acción fundamental para enfrentarse al autoritarismo, la violencia; para afrontar el miedo compartido y desafiar a la violencia. Del caminar como herramienta de acción política nos habla la reconocida ensayista norteamericana  Rebecca Solnit, que se une a la lista de colaboradoras de Altaïr Magazine con un ensayo extraído de su libro Wanderlust. En él nos recuerda cómo durante siglos (aún hoy en demasiados lugares del planeta) las mujeres fueron libres de caminar sólo para el placer de los hombres. Hasta bien entrado el siglo XX, muy pocas mujeres que no fueran prostitutas caminaban solas, por ejemplo, por las calles de Londres, París o Nueva York. Las mujeres, no hace tantos años, aún eran castigadas por ejercer la más simple de las libertades, la de caminar. Es nuestro humilde homenaje a esa joven obrera neoyorquina, Lizzie Schauer, que en 1895 se atrevió a caminar sola en la noche por el Lower East Side y fue detenida, acusada de caminar y de prostituirse.

Puede ser un hecho erótico,

o resultar un asunto exótico.

Puede ser, es, un hecho artístico.

Caminar…

es crear mapas dibujados con nuestro pasos, como hace el artista inglés Jeremy Wood, que nos cuenta su experiencia y práctica artística: lleva más de 15 años usando las herramientas del GPS y su cuerpo para trazar obras de arte sobre el mapa del territorio. Obras que, al tiempo, son mapas que reflejan sus hábitos personales e intransferibles.

Construye senderos.

Diseña espacios.

Traza caminos que son arte.

Caminar…

en línea recta y para crear una de las obras artísticas más revolucionarias del siglo XX, Line made by walking, que en 1967 llevó al artista inglés Richard Long a caminar en línea recta dejando una perecedera estela sobre la hierba fresca que desapareció con el tiempo, cuando la hierba volvió a crecer. Esas líneas del camino eran, hasta no hace tantos decenios, la única manera de conocer el paisaje rural del mundo. Buen ejemplo de ello son las corredoiras gallegas de las que nos habla Mario Trigo; de esos antiguos caminos que en su discurrir, casi escondido y olvidado hoy entre las zarzas, nos redescubren la memoria de unos pueblos y sus gentes. 

Configura ciudades.

Define barrios y pueblos.

Crea bibliotecas.

Construye relatos.

Caminar...

en solitario, junto al escritor escocés Robert Louis Stevenson y para que la inspiración la marque el ritmo de nuestros pasos. Y, en ese camino, descubrir con el filósofo francés David Le Breton cómo caminar contra la obligación del rendimiento recupera nuestra relación con nuestros sentidos y con el mundo.

Es un pensar al ritmo del camino.

Ambiguo.

Medio y fin.

Viaje y destino.

Es un preguntar sin obtener respuesta.

Caminar…

¿Qué sucede con la gente que no tiene coche o no sabe conducir —yo mismo— cuando se encuentra en una ciudad no pensada para caminar? La pregunta no es retórica, como nos explica Pau Faus desde Brasilia, la moderna capital de Brasil, fruto de una concepción utopista y nacida como símbolo de espacio abierto y de movilidad ¿fluida?

Es luchar contra la erosión del cuerpo.

Es combatir el achatamiento de la mente.

Caminar…

también escribe libros. Otros libros definen caminos; o se vuelven laberintos que nos demuestran que, a veces, como escribió Borges, es «la puerta y no el hombre» la que elige. Uno de esos libros es El Paseo del escritor suizo Robert Walser, al que nos acercamos agarrados de la mano del periodista David Puente, por las calles de Barcelona, cien años después de la publicación de la novela.

Es perderse y encontrarse.

Es naturaleza y artificio.

Es reto y desafío. 

Caminar...

es, muchas veces, escoger el camino más largo. Nos lo demuestra Eva Cid al hablar de cómo un videojuego, Pokémon Go, se convirtió en el más descargado de la historia cuando cambió el paradigma del medio y la realidad aumentada al dar un paso atrás: requerir, por primera vez en la historia, que el jugador caminara para poder progresar en la acción. 

Es medir tu cuerpo con la tierra,

Es huir de tu sombra proyectada por el sol.

Caminar...

es formar parte de algunas de las primeras aventuras turísticas. Y también del inicio del fenómeno masivo del montañismo y del senderismo.Un fenómeno al que nos acercamos con mapas interactivos de algunas de las islas, desiertos y volcanes más impresionantes del mundo, y también conociendo algunos de los refugios de montaña más importantes de los Pirineos. 

Es probar el límite de un cuerpo a cada paso. 

Es un arte delicado y sutil.

Dar un paso, luego otro paso y luego otro, y otro más.

Caminar...

para escuchar el mundo que sucede a tu alrededor. Y para eso, nos vamos a Italia, para escuchar la Florencia de Jordi Brescó en una ruta de 14 paradas, y hacemos un viaje sónico a través del micrófono de Pedro Montesinos, que nos lleva a Lahore, la segunda ciudad más poblada de Pakistán, para disfrutar de sus rumores, rugidos, pitidos, chirridos, traqueteos, entonaciones, gritos y reclamos.

Te convierte en mapa.

Te hace territorio.

Caminar…

en primera persona y por las calles de una ciudad india. Como explica en su crónica la joven arquitecta Pallavi Shrivastava, compartiendo sus percepciones sobre los avances en el uso del espacio público urbano para las mujeres de Bombay, con su caminar enfrentado a las convenciones del machismo.

Es un lenguaje poético

que no necesita ni sinécdoques, ni hipálages.

Se escribe con letra de canción popular,

y suena como un estribillo de pop.

Caminar...

como el flâneur, paseante urbano, burgués, ocioso y atento que enunció Baudelaire y desarrolló Walter Benjamin. Pero, como en tantos otros ámbitos de la vida: ¿dónde están las mujeres que escribieron sobre eso? Nos explica sus dificultades Anna María Iglesia en una crónica histórica con la mirada puesta en la gran Virginia Woolf, que una tarde salió caminando para comprar un lápiz en Londres y volvió a su casa siendo una persona diferente.

Es reconocerse persona.

Es revivir ese tiempo que llaman «muerto».

Es vivificar el tiempo de lo inútil en el camino.

Caminar…

para tropezar, una y otra vez. Nos demuestra las bondades del tropezón Ander Izagirre, que sabe que hay piedras en los caminos de Euskadi en las que conviene tropezar siempre, una y otra vez: Ulía, Aralar y Adarra-Mandoegi.

Via Crucis llaman los católicos al camino del calvario del hijo de su dios.

«Lineas de canciones» dibujan y caminan los aborígenes australianos en el mapa rojo de su continente.

Caminar…

y pensar en la palabra inglesa travel —que significa «viaje» y procede de la voz francesa travail, que significa «trabajo»—. Y, cuando un «viaje» se convierte en un «trabajo» de búsqueda espiritual, nace una peregrinación, ese ejercicio de esfuerzo y privación que, en forma de trueque, acaba en recompensa espiritual para peregrinos como los que nos cuenta el cronista peruano Ralph Zapata en un viaje a pie de doscientos kilómetros al Santuario del Señor Cautivo de Ayabaca (Perú).

Un medio de expresión.

Un verbo con múltiples significados. 

Una palabra con historia.

Es recordar;

y, con el paso de los años,

recordar es vivir. 

Caminar...

para entender —como el recientemente fallecido artista de manga japonés Jiro Taniguchi— que existe en ese ejercicio una fascinación casi melancólica por la naturaleza. Que se mezcla con el aliento íntimo de los pequeños momentos que construyen la vida y en los que no pasa nada o pasa casi todo.

Caminar...

para viajar al norte de Inglaterra entre los años 122 y 132 de nuestra era. El emperador romano Adriano ha mandado construir un muro que cruza la isla de Gran Bretaña de Este a Oeste. Es una frontera que ya no existe, pero que Ruth Pérez de Anucita nos rememora en su crónica a través de unas historias pasadas que se esconden en el camino, entre las rocas.

Caminar…

es una actividad «única», una acción extraña, de un cuerpo alargado y con dos piernas que vive en perpetuo desequilibrio y que «se balancea al borde de la catástrofe», como describió el ensayista John Napier.

Caminar…

para reconocer que, desde nuestro primer andar en África, hemos recorrido un largo trecho, y que el bipedalismo —con todas sus innumerables ventajas (liberar las manos para cargar, fabricar herramientas complejas, crear y manipular objetos sofisticados...)—, junto a nuestro magnífico pulgar oponible y nuestra impresionante capacidad para transmitir información compleja, nos convierten en algo de eso que, por convención, llamamos humanos.

Caminar…

para pensar en el camino. Como Dante, Muir o Austen. También como William y Dorothy Wordsworth; como el incomprendido Thomas De Quincey; y como, por supuesto, William Hazlit, que escribió, en 1821 y treinta años antes que el Caminar de Thoreau, el primer gran ensayo sobre el camino, Al irse de viaje; o Virginia Wolf y James Joyce, o el caminante, meditador, y gran poeta Gary Snyder; o el apasionado cineasta alemán Werner Herzog.

Caminar…

por el acelerado mundo de hoy como epígonos y siguiendo los pasos de poetas científicos, rastreadores literarios, errabundos filósofos, prácticos senderistas, simples merodeadores, esforzados campesinos, burgueses viajeros, peregrinos dolientes, lúdicos excursionistas, esforzados alpinistas y hedonistas domingueros.

Caminar…

para explorar la mente y disfrutar del cuerpo en un magnífico ejercicio de sencillez que estimula nuestro pensamiento desde Platón y Aristóteles a Hegel, Kant, Mill, Kierkegaard o Wittgenstein. O Rousseau, el que más «ensoñaciones de paseante solitario» tuvo y que marcó la ruta del caminante radical por excelencia en la cultura occidental, Henry David Thoreau, al que, como no, acompañaremos a los bosques para sentir que hemos vivido.

Caminar…

para acompañar a Lucy, nuestra primera mamá, en aquel soleado día en una sabana de hace unos cuatro millones de años, en lo que hoy es Etiopía, cuando ella, torpe, se puso a caminar para huir de su propia sombra.

Caminar…

para construir este monográfico 360˚ como un collage de historias enganchadas en la superficie de un mapa al que le faltan unos trozos que se ha llevado el viento.

Caminar…

para descubrir que la verdad absoluta no existe: el camino de ida y el de vuelta nunca son iguales.

Caminar...

para sentir lo mismo que dicen que se le oyó decir (o no) al joven Thomas De Quincey aquella fría tarde de noviembre de 1802 mientras vagaba exhausto por Londres, casi derrotado por el hambre y el cansancio después de muchos días sin comer, del brazo de Ann, una prostituta que le acababa de salvar la vida.

 

—Caminar es una de las bellas artes. 

 

PERE ORTÍN

Director de Altaïr Magazine