Iniciar sesión
A
  • Altaïr Magazine en Facebook
  • Altaïr Magazine en Twitter
  • Altaïr Magazine en Instagram
Iniciar sesión
¿Aún no estás registrado?

EL COLECCIONISTA DE PLACAS

100 dólares y un viaje a Venezuela
Israel Fuguemann
Mónica P. Mateos

No le sorprenda, joven, que yo le hable así, pues hay una porción del pensamiento que llamamos propio y que sólo nos pertenece como el aire que envuelve nuestro planeta.

Rómulo Gallegos

 
 

Esta historia no comienza aquí, con nosotros soportando el crudo invierno en las calles de Montevideo, buscando placas viejas de automóviles en la Feria de Tristán Narvaja, con la neblina descendiendo frente a nosotros, impidiendo la vista completa del mercado ambulante más viejo del puerto, con más de 130 años de historia.

En realidad este periplo de 7.742 km. recorridos con cien dólares en el bolsillo inició en Venezuela, hace poco más de cuatro meses, a cuando nos aventuramos a recorrer el país contra el parecer negativo de todas y todos los que nos advirtieron que corríamos peligro al hacerlo.

Recién comenzaba el mes de mayo y Shantal volvía al colegio después de tres meses de suspensión de clases. Para ella fueron unas vacaciones largas, atípicas y aburridas porque no salía mucho de casa, incluso llegó a extrañar los días de juego en la escuela, pero no podía volver a ella por una extraña razón que hasta ahora no logra comprender. El jardín de niños al que Shantal asiste quedó trancado por el bloqueo de un grupo opositor al gobierno. Durante  ese tiempo su madre tuvo que arreglar la verdad, porque no supo cómo explicar que dos hijos de la misma tierra pelean por un mismo objetivo, pero con dos caminos totalmente diferentes para llegar a él.

Para los demás habitantes de Mérida, aquellos días fueron de caos e incertidumbre. En tan sólo unos días Venezuela terminó de estallar, el país terminó de partirse en una división política e ideológica que durante muchos años fue avanzando como un cáncer silencioso que al iniciar el año estalló. Los opositores al gobierno del presidente Nicolás Maduro y la policía venezolana convirtieron esta pequeña ciudad estudiantil en un verdadero campo de batalla.

Shantal tiene cuatro años de edad y su segundo nombre es Venecia. Su nombre representa el origen que le dio nombre a este país: cuando Alonso de Ojeda y Américo Vespucio navegaron hasta la península de La Guajira, en el extremo occidental del continente, anduvieron hasta llegar al lago de Maracaibo. A su llegada, los conquistadores vieron las comunidades indígenas habitando en palafitos y decidieron bautizar a esta tierra con el diminutivo del primer referente europeo que se les vino a la mente, Venecia.

Los estragos de los enfrentamientos entre oficialistas (grupos a favor del gobierno chavista) y opositores dejaron la cicatriz visible. La cristalería de algunos centros comerciales seguía dañada, en las fachadas se leían grafitis con leyendas en contra del Estado. La ciudad que ocupó durante los primeros meses del año los titulares de la prensa nacional e internacional parecía tranquila, nada tenía que ver con esas imágenes que dieron la vuelta al mundo, pero en el ambiente se sentía tensión. Ambas partes habían decidido sentarse a dialogar dentro del ojo del huracán que envolvía al país.

 

Pintadas contra y a favor del gobierno venezolano en las calles de Mérida. 

+
 

Mérida es una ciudad habitada por muchos jóvenes y uno de los principales destinos turísticos de los venezolanos. Las tejas rojas de las casas le dan un rostro apacible, son antiguas construcciones coloniales repartidas por la meseta central entre las montañas,  un bello pueblo andino vigilado por un gigante, el Pico de Bolívar. «La montaña de las nieves eternas» es el punto más alto en toda Venezuela, supera los cinco mil metros de altura y es uno de los dos emblemas de esta región; el otro es la Universidad de los Andes, fundada a finales del siglo XIX.

En una ciudad de estudiantes, con una actividad artística importante, las protestas no tardaron en hacerse visibles y radicalizarse. Mérida se dio a conocer como uno de los bastiones de la oposición al gobierno de Nicolás Maduro, el hombre fiel que Hugo Chávez perfiló para sucederle en el poder antes de morir de cáncer en marzo de 2013. Algunas pintadas piden la «rebelión» o que el primer muerto sea el socialismo y otras que la revolución continúe, y «paz y socialismo». La figura de Hugo Chávez es ineludible y algunos hablan como si él siguiera aquí con ellos; sus frases e imágenes son incluso mucho más notables que las del desdibujado presidente Maduro, que a un año de haber ganado las elecciones por un estrecho margen de 300.000 votos, ha tenido que sortear el descontento social.

«Venezuela es el único país donde los ricos son los que protestan y hacen manifestaciones en contra del gobierno» aseguraba José, el padre de Shantal, un joven blanco y bajito al que la barba se le escapa por montones del rostro. Está recién graduado de la universidad, estudió Turismo, es simpático y ameno cuando charla para reflejar lo empecinado que está en mostrar a todos los extranjeros con quien tiene contacto que el país de la Revolución Bolivariana, tan difamado traspasando las fronteras, es una tierra mucho más amable y segura de la que todos imaginan.

A José lo conocimos por azares fortuitos del destino. El mensaje por la red social para alojamiento viajero nos llegó como una señal premonitoria. Estábamos a punto de abandonar la idea de visitar Venezuela. Todos a cuantos conocimos durante el trayecto por Colombia, incluso en México, antes de emprender el viaje, nos aconsejaban no visitar este país con poco más de 30 millones de habitantes. Familia, periodistas y personas en general mantienen un mal concepto de la situación política y social de Venezuela, más durante los últimos meses en que las protestas piden la destitución del actual presidente Maduro y un cambio a las políticas de restricción económica.

José y Andrea son una pareja joven, tienen 26 años de edad. Ambos nacieron en Mérida. Se conocen prácticamente desde la adolescencia y desde entonces se han mantenido unidos. Esta relación se consolidó y creció durante la época del chavismo en Venezuela. Pertenecen a la generación del cambio en las políticas sociales y de la visión de un mundo más igualitario que tras sus fronteras parece no tener mucha cabida.

 

Plaza en el centro de Mérida, en los Andes venezolanos.

+
 

Viven con Shantal en una pequeña casa de madera construida con ayuda del gobierno. El estilo de su cabaña fue importado de Italia, su ensamblaje es fácil y rápido, por eso el gobierno utilizó este tipo de hogares con la idea de beneficiar a muchos venezolanos, que, como ellos, no tenían un hogar propio. Antes de la llegada al poder de Hugo Chávez, el 62,1% de la población vivía en la pobreza y tener casa propia era una idea lejana. Antes de su muerte esta cifra se había reducido a la mitad, según datos del Banco Mundial.

Hay una idea que ronda en la cabeza de José desde hace mucho tiempo, una ilusión contenida que no puede emprender hasta no terminar de arreglar su casa, algo así como ponerle pies y manos lo antes posible al cascarón de madera que le entregaron hace apenas un par de meses y que nosotros estrenamos junto con ellos. Andrea y José, a diferencia de muchos venezolanos que han buscado el autoexilio en otros países por cuestiones políticas, quieren salir de Venezuela para conocer el mundo que han idealizado a través de los blogs de viajes que consultan constantemente por Internet.

Hace varios meses que el plan para comenzar a escribir su propia historia viajera junto a Andrea y Shantal está presente en sus pensamientos. La familia planeaba realizar el viaje lo antes posible, porque los diferentes tipos de cambio de dólar, llamados Cadivi, aún los podían beneficiar para comprar dólares. Pero la situación económica de Venezuela en estos momentos es tan volátil que han pasado cuatro meses desde aquellas charlas bajo los pies del Pico Bolivar  y las restricciones para obtener un pasaporte y dólares han empeorado.  José, Andrea y Shantal siguen esperando el momento de partir.

Para dos jóvenes que crecieron escuchando entusiasmados el fervor con que Hugo Chávez  incitaba a iniciar la Revolución Bolivariana hace 15 años, no es fácil aceptar que el gobierno sigue arrastrando la carga histórica de la corrupción en sus entrañas, pero lo hacen y también llaman a hacer consciencia de los alcances que obtuvo el sueño de Hugo Chávez. Porque hoy Venezuela es un país mucho menos desigual que antes de su llegada, uno donde la salud es un derecho y la educación una obligación gratuita.

Aquellos días viajamos al Páramo, atravesamos parte del sistema montañoso que conforman los Andes al norte de Mérida. Llegamos hasta el Pico del Águila, el punto más alto de las carreteras venezolanas, con 4.118 metros sobre el nivel del mar. Para llegar a este lugar hay que recorrer un complejo y hermoso sistema de montañas y pequeños valles donde se alzan casas coloridas que durante los últimos diez años aumentaron gracias al programa Misión Vivienda implementado por el gobierno de Hugo Chávez.

La región andina es reconocida por ser un importante productor de papa, cebolla, ajo y fresas. La gente que habita estas tierras fértiles y vive en altitudes superiores a los 3.000 metros es gente humilde que se dedica al campo. Su riqueza no se mide en bolívares, sino en tierras y animales. En las montañas no hay gente enfrentándose, el país resquebrajado de los medios internacionales no existe en estos lugares. En las calles la gente camina, los niños juegan, los comercios abren con los pocos o muchos productos que tengan, el país da la impresión de no estar peor que otros de la región, Venezuela, como los demás, se convirtió en un monstruo sin piernas pero que camina.

Las noches antes de partir rumbo a Barquisimeto fueron de largas tertulias, cursos intensivos  de socialismo latinoamericano, que a la mente programada de dos personas que siempre han vivido bajo el hierro del capitalismo le cuesta digerir.  Desde entonces comenzamos con José y Andrea un diálogo bañado de reflexión, crítica y recuerdos al borde de las lágrimas que hasta hoy perdura. Los venezolanos desayunan, comen y cenan temas políticos. Se han convertido en una sociedad crítica y con un alto sentido de conciencia social. Chavistas y opositores conviven a diario rozando la delgada línea de la tolerancia, esperando no reventarla porque familia y amistad dependen de ella.

La polarización política entre «viejos ricos y nuevos pobres» no distingue edad, raza o sexo, ni tampoco lazos familiares. José nos habló con mucho orgullo de un hombre al que admiraba, un chófer de tráilers que había recorrido toda Venezuela durante más de 30 años, un venezolano con amigos repartidos por todas las carreteras de la república y con un repertorio de historias tan vasto que un libro no alcanzaría para incluirlas todas. Un hombre que estaba seguro nos brindaría la ayuda necesaria para continuar recorriendo el país. El único detalle, para José, era que Hugo, su tío, es un opositor encarnizado del chavismo, la revolución y la figura de Chávez. Nosotros aceptamos el reto y partimos a su encuentro.

Hugo es venezolano, tiene 57 años de edad, es elocuente cuando habla para definirse como un tipo hiperactivo que tiene la energía de un joven de veinte. Vive a las afueras de Maracay y desde hace diez años se dedica al comercio, vende y compra casi cualquier cosa. Su habilidad verbal le concede  el don de ser un buen negociante. Antes de eso fue «gandolero» (chófer) gran parte de su vida, conoce prácticamente todo su país y está seguro de que «la Venezuela de antes era mucho mejor que la Venezuela de ahora».

Este hombre de bigote sin escrúpulos, mediano de estatura, de pecho erguido como un toro, algo calvo y cano, es carismático y tiene dos grandes obsesiones  en la vida. La primera es viajar, por eso compró la «Bambucha», una combi del año 1996 que se convirtió en su juguete los últimos seis meses. El nombre de este «bicho» a medio pintar, que por ahora está en ciernes de convertirse en una auténtica  joya automovilística, significa «vivir plenamente»; se lo debe al anuncio televisivo de una refresquera trasnacional que se miraba por la televisión extranjera hace algunos años.

La segunda obsesión son las matrículas de automóviles que atesora en una pequeña bodega en su casa. Durante años las fue coleccionando, sin saber que, como él, hay un grupo selecto de personas en el mundo que se dedican a conservar números de serie estampados en hojas de aluminio. Cuando comenzó a usar Internet, descubrió que tras las fronteras hay un mercado libre de productos intercambiándose con simples operaciones bancarias. Desde entonces Hugo ha querido ampliar su colección con placas de otros países, pero el modelo financiero y bancario de su país le impide realizar transacciones bancarias internacionales en dólares.

 
 

En 2013 viajó al Estado de Tamaulipas, México, para comprar personalmente un lote de placas que descubrió por un sitio en la web. El viaje duró unos cuantos días, pero con el ritmo frenético de Hugo fueron más que suficientes para cruzar 9 Estados de México y siete países de Centroamérica, hasta llegar a Panamá y tomar un vuelo de vuelta a Venezuela. Desde entonces añora volver a salir del país, pero las restricciones para la compra de dólares cada vez son más duras y por ahora sólo se aferra a la idea de que el gobierno actual pueda caer para cambiar el rumbo de las cosas.

Hugo está empeñado en vivir la vida intensamente hasta el último segundo de sus días, no le «para bola» a los achaques propios de una vida nómada, repartida en pueblos carreteros, hoteles de medio pelo y estaciones de gasolina. Él es capaz de viajar largas distancias todos los días, a pesar de ser hipertenso y tener los triglicéridos por los cielos; mientras haya lugares que conocer, él está dispuesto a rodar.

Nuestro tiempo con Hugo fueron días de largas jornadas y muchos kilómetros. Cruzamos las montañas, llegamos hasta el mar, nos mostró parte de la belleza inigualable de Venezuela y también nos convido a la realidad ineludible de la escasez de productos de primera necesidad. Recorrimos centros comerciales, mercados, tiendas, quería que viéramos con nuestros propios ojos que no exageraba.

A pesar de tener varias similitudes con el fallecido comandante de la revolución bolivariana, Hugo Chávez —como el nombre, la edad, las tres primeras letras del apellido y la grandilocuencia— a éste Hugo de las carreteras no le gusta siquiera mencionar su nombre, por eso cada vez que se refiere a él utiliza apodos como «el loco» o «el señor  que acabó con el país».

Éste gandolero dicharachero pertenece a un amplio sector de la población que está en desacuerdo con el gobierno del actual presidente Nicolás Maduro, al que según algunas encuestas posicionan con un 80% de desaprobación, una cantidad inversamente proporcional a la que llegó a tener Hugo Chávez cuando logró tomar el poder en 1999. La escasez de algunos productos, la irracional inflación —de hasta el 300% en los últimos meses— y el fuerte control cambiario son la mecha que terminó de detonar la intolerancia que Hugo siente por quienes apoyan al gobierno de la «mal llamada revolución».

Maracay está ubicada en el centro del país, cuenta con una posición geográfica favorable para el comercio, y por esta razón Hugo decidió establecerse en esta ciudad de calores infames hace diez años, cuando dejó de manejar camiones de carga pesada. Su labia es tan eficaz que cambió la gandola por la compra y venta de cualquier cosa, desde un tornillo de chasis hasta estantes para negocios. Productos que hoy escasean más que nunca.

Venezuela es de los pocos países en el mundo en el que los carros no se devalúan al salir de la agencia. Al contrario, cada día son mucho más cotizados debido a la escasez de productos que se ha producido por la falta de divisas. En las ciudades, las grandes agencias de automóviles muestran sus amplios espacios y aparadores vacíos. En el país de la gasolina más barata del mundo, conseguir un auto en estos días implica tener que buscar en el mercado negro los vehículos, que, según Hugo, pueden doblar su precio original.

A las afueras de los centros comerciales y tiendas de autoservicios se forman largas filas de personas desde la madrugada. El motivo del desvelo y la paciencia para formarse hasta por tres o cuatro horas se debe a la escasez que existe de productos básicos de consumos como harina y pan,  leche, jabón, crema dental, papel y carne. La especulación y el miedo conjugados forman una mala oración que para su desgracia los venezolanos tienen que pronunciar a diario.

En el año 2005 el gobierno de Hugo Chávez se declaró abiertamente un gobierno socialista, y sentó las bases de lo que sería la cuarta república venezolana. Desde entonces una serie encadenada de expropiaciones en sectores industriales básicos fue la bandera que enarboló el gobierno chavista; petróleo, agricultura, minería dejarían de ser gestionados por compañías mayoritariamente extranjeras y pasarían a ser administrados por el gobierno.

El problema, planteado por boca de Hugo suena simple. En este país ambos bandos tienen discursos tan convincentes que cuesta trabajo no creerles. Todos manejan cifras, citan ejemplos y hablan con la seriedad de un docente. «Este gobierno socialista quiso implantar una política en un país corrupto», asegura él.

La vida de Hugo es ajetreada incluso para Odalis, que es veinte años menor que él y la mujer con la que comparte sus días, viajes e hijos. Tal como si siguiera siendo el gandolero que surca las carreteras de su país, el hombre madruga para montar su vehículo y salir a trabajar. Cualquier pretexto para él significa salir de la ciudad y visitar a uno de los tantos amigos que tiene regados por ahí. La Bambucha tiene apenas tres meses con él y sólo en el último le ha sumado veinte mil kilómetros; este hecho hace que Hugo yerga el pecho con orgullo.

Su casa está ubicada a tan sólo unos metros de la carretera. Es una tímida construcción que desde hace unos años está tomando forma, y toda ella es idea de Hugo, que también funge como arquitecto. Él la diseñó y la ha ido construyendo poco a poco. Es tan hiperactivo que él mismo funde los hierros y hace la mezcla; de vez en cuando le ayuda un maestro albañil, que más bien parece su ayudante.

Entrar en ella es entrar a una bodega: hay tornillos, mangueras, filtros de gasolina, materiales de construcción, todo lo que se pueda guardar ahora para venderlo después más caro. Ese es el juego del mercado en Venezuela, especular, guardar y revender. Pasa con los materiales, incluso con la comida. Todos tienen tanto miedo a lo que vaya a ocurrir en los próximos meses, que han empezado a acumular lo que puedan para asegurar una entrada de dinero o una comida. Los venezolanos se acostumbraron a vivir con la incertidumbre de que un golpe de Estado puede ocurrir en cualquier momento.

Venezuela fue por muchos años un país acostumbrado a comprar todo cuanto se pudiera pagar con el dinero derivado del petróleo. La gran fortuna, para muchos analistas, radica en que el gobierno de Chávez se topó con los precios más altos del combustible en muchos años. La bonanza fue tan visible que alcanzó para subsidiar una gran cantidad de bienes y servicios que en su momento nadie se molestó en dejar de pagar.

 
 

Desde el descubrimiento a principios del siglo XX de algunos de los yacimientos más grandes del mundo ubicados en territorio venezolano, los gobiernos en turno descobijaron sectores de producción primaria; resultaba más fácil importar que producir. No son muchas las historias de éxito empresarial en manos del sector privado, pero Hugo está seguro de que las empresas en manos del gobierno están destinadas al fracaso. «Lo que Venezuela necesita es abrirse al libre mercado», dice, dejar que cualquiera compre y venda lo que quiera y pueda. Por ejemplo, placas de automóviles en otros países.

Son varios años los que Hugo lleva queriendo ampliar la colección de placas, y aunque lo ha hecho de poco a poco, sigue sin sentirse conforme, no le bastan las paredes de su casa tapizadas de números y letras. Ha mantenido a la distancia comunicación con algunas personas que, como él, atesoran láminas de metal con distintos nombres de ciudades. Uno de ellos está a más de 7 mil kilómetros de distancia, en Montevideo, pero no existe forma alguna de que Hugo le haga llegar los 100 dólares que está dispuesto a pagar por una decena de placas.

El gobierno venezolano controla estrictamente la compra de dólares; esto provocó que estallara el mercado negro para su compra y venta. Después de las protestas a mediados de 2014, la diferencia era abismal. Por 11 bolívares que el gobierno pagaba en el cambio oficial, el mercado negro compraba y vendía 600% más cara la divisa, una cantidad estratosférica que muchos están dispuestos a pagar en un complicado sistema económico que hasta la fecha no ha cambiado.

Hugo ha hecho su plata poco a poco. No es rico, porque en Venezuela cada vez es más difícil serlo, pero tampoco es pobre, porque en Venezuela también es difícil serlo. Está en un limbo económico difícil de descifrar, tiene sus ahorros pero no los puede gastar a su antojo, son dólares en situación de stand by.

Cuatro meses después los 100 dólares siguen en la misma situación, siguen sin llegar al coleccionista uruguayo, el destinatario final, al que Hugo nos encargó buscar en la continuación de nuestro viaje para entregarle el dinero. Por eso es que ahora buscamos en la Feria de Tristán de Narvaja, bajo la neblina y el frío que cala los huesos. Ese billete ha viajado más de 7 mil kilómetros con nosotros buscando terminar su cometido, pero hasta ahora no ha podido hacerlo. Se resiste a ponerle punto final, tal como nosotros a esta historia, que no ha de terminar hasta que Hugo reciba las placas de un país que quizás nunca pueda conocer, más que por los números de serie de sus autos viejos.

Israel Fuguemann
Israel Fuguemann

Periodista, fotógrafo, promotor de la lectura y viajero «pata de perro». Se formó en la Escuela de Periodismo Carlos Septién, desde entonces ha colaborado en diarios y revistas escribiendo de manera independiente crónicas y reportajes a ras de suelo. Metiche profesional que busca por voz propia de sus personajes (todos reales,) hallarle sentido al mundo de las letras. 

 
 

En Twitter: @Fuguemann_

Mónica P. Mateos
Mónica P. Mateos

Fresca y extrovertida en la vida, dura y metódica en el periodismo. Cursó estudios en la Carlos Septién, escuela decana del periodismo en México. Se ha desempeñado en el mundo del periodismo cultural y político. Trabajó varios años para el diario El Universal de México hasta que escuchó una canción en la radio y decidió cambiar «la renta, el sueldo y el trabajo en la oficina por estrellas y huertos de harina». Ahora vive sin rutina, es experta en redes sociales y administra su blog de crónicas y viajes. 

 
 

En Twitter: @LaMateos_