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EL DESENTIERRO DEL DIABLO

El último anarquista de la puna (II)
Marina Hernández

AQUÍ PUEDES LEER LA PRIMERA PARTE

 

5

 

En las calles de Humahuaca las comparsas se encargan del ruido y los vecinos, del talco y la espuma. En Carnaval ha comenzado y por el espacio de nueve días y nueve noches este municipio y otros muchos del norte argentino se ocuparán de festejar el desentierro del Diablo, la tradición más respetada de la región en la que «se baila, se canta y se bebe con sagrada dedicación». El humo de colores provoca sensación de alucinación o tal vez es que las calles se han convertido en un espectáculo onírico en el que sus asistentes se divierten con toda libertad. Los diablos, hombres en sus trajes de telas de raso, lentejuelas, una larga cola, flecos de colores, careta y cuernos, aceptan de buen ánimo su misión: alegrar y entretener a los presentes con su picaresca, sus bailes y sus pecados. A la media tarde del primer día de Carnaval han acudido a las faldas de los cerros, donde se encuentra el mojón del pujllay y han desenterrado al diablo original de su hueco de tierra y piedras, devolviéndole a él la libertad y a ellos suficiente impunidad para divertirse hasta la extenuación. Se acompaña el rito con abundante chicha de maíz o maní y con saratoga, la mezcla de alcoholes locales con fruta fresca que se almacena en las casas de familia y que surtirán las gargantas de todos los presentes durante los días que aún le restan a la gran fiesta de los norteños.

 

El viejo recibe sus regalos sin sonrisa ni gratitud visible: es su estilo.

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«Llegando está el Carnaval
Quebradeño mi cholitay
Fiesta de la quebrada
Humahuaqueña para cantar
Erke charango y bombo
Carnavalito para cantar»

 

Y después:

 

«Yo soy el hijo del Inti Sol
De la Pachamama y el Inti Sol
Yo soy hermano del pueblo Coya
Del Inca hermano y del Aymará»

 

El ritmo es de charango y quena, reyes de las melodías de altura, pero ningún otro instrumento queda aparte, del mismo modo que en este sincretismo tampoco los turistas se han quedado afuera de la festividad tradicional y con su presencia y su hacer la completan y la actualizan. Saben bien cómo integrarse: agarran el vaso con pasión. En las calles se venden recuerdos de este Carnaval fabricados en Bolivia y en China y las zambas, las sayas y los carnavalitos se mezclan con voces foráneas, palabras inventadas casi siempre, y la certidumbre de que no son muchos los recién llegados que saben quién es el susodicho pueblo coya, ni el aymará tampoco, pero qué bien bailan. En el patio de la Huayra alguien ha prendido fuego a la basura al ritmo de una gangosa chacarera.

Me imagino que los mejores años del Carnaval humahuaqueño debieron parecerse a este, solo que por entonces Raúl participaba activamente en los delirios alcohólicos de la festividad como un vecino más y ya no lo hace. Aquellos años solía dejarse la voz en las coplas que él mismo inventaba y tocaba el derbake marroquí (puede que el mismo que percute Alfonso Kumovic en El Francotirador) hasta que le sangraban las manos. La comparsa Huayra Huasi del año 2000 enarboló las banderas negras del anarquismo y recorrió las calles de Humahuaca acompañada de malabaristas y lanzallamas en un gran número de fuego que no dejó a nadie indiferente —ni a las autoridades. Cada año una repetición de la misma juerga: damajuanas de vino Socompa vaciándose con la misma velocidad que los vientos de la puna y sayas, chacareras y carnavalitos que se bailaban descalzos. Sabían que la comuna era transitoria y por eso había que vivirla con intensidad. Al amanecer el viejo se levantaba y religiosamente acudía a su puesto de trabajo en la planta de Aguas Potables.

 

—Al fin y al cabo, yo no valía para amanecer chupando.

 

Un día comenzaron las hemorragias: le sangraba la nariz. Se ponía un taponcito para parar la sangre y continuaba «chupando», hasta que en un pico de hipertensión se lo llevaron al hospital. Pasó tres días conectado a una bolsa de suero y sintiéndose profundamente humillado. No volvió a emborracharse, «si acaso un vasito de vino blanco, al principio, para la abstinencia». Aquella decisión marcó también el fin de la carnavaleada como la había vivido hasta entonces. Dice que tomando agua no tiene sentido festejar. Habían pasado treinta y cinco años desde que comenzó a beber, en ese antiguo sueño juvenil de integrarse entre los indios.

 

6

 

—Se ha muerto un neolítico.

 

Así es como se reciben las malas noticias en la Huayra: con la frialdad y la falta de emoción de lo que ya se espera. Algún viajero pregunta que quién era.

 

—¡No será aquel que siempre decía «con todos mis respetos, señorita, tengo veinte pesos»!

 

No: ése es Pancho. Risas. Y otro:

 

—O el que viene antes del amanecer a traerle el parte meteorológico a Raúl. Siempre sabe de la lluvia el primero.

 

Tampoco. Ese también es Pancho. Al que se ha muerto no le conocíamos el nombre. Esta tarde se celebra el funeral, pero aquí a nadie le sorprenden las muertes tempranas ni que la palabra «celebración» tenga, en esta quebrada, significados caprichosos.

 

Neolíticos los llaman a la gente del pueblo. Fue Raúl quien acuñó el término, en uno de sus libros, y así es como, casi siempre en susurros, se nos presentan los humahuaqueños a los que recién llegamos. En el prólogo de Breve y verídico relato de tres décadas de convivencia con un pueblo neolítico Raúl explica que el término no tiene cariz peyorativo, todo lo contrario: en su constante lucha antisistema, el hecho de que aquel pueblo no hubiera superado la etapa neolítica era el mayor factor de atracción: «Por eso arranqué alegre y eufóricamente la instalación eléctrica de mi castillo, reemplazando la hiriente y fría iluminación de los focos por la cálida luz de velas y candiles», cuenta en el libro. También admite cuánto ama la quebrada y es que aunque nunca se sintiera un indio blanco, con los años encontró su lugar como vecino y amigo. Por eso, siempre que puede la conmemora: en El Francotirador la llama Huacapunco; en Puchamama reescribe el pueblo a través de la mirada externa del turista que llega en invierno, cuando Humahuaca queda abandonada a la suerte de los vientos del sur; Neolíticos, en cambio, se escribe desde adentro: es un manual de instrucciones para comprender a los habitantes del desierto. En él Humahuaca se ha convertido en un poblado feudal y Raúl, por si cupiera duda alguna, es en esta alegoría el señor de su castillo. Escribe: «Muy espaciadamente llegan viajeros. Se trata, en general, de jóvenes feudales que, de alguna manera, han oído hablar de mí y vienen a conocerme. En estos casos desarrollo sin hesitar mi teoría sobre la conveniencia para el género humano de un resurgimiento del Feudalismo Individualista, Solidario y Autigestionario como opción para enfrentar Sistemas Oprimentes, Despóticos e Inhumanos (…)».

La puerta del castillo se abre y con el haz de luz y polvo se cuelan un par de viajeritos porteños. Si les pones capa y espada de verdad que pasan por jóvenes feudales.

 

—¿Está Don Raúl?

 

En sus mochilas cargan juguetes de malabar, un puesto con pendientes y pulseras de macramé y, entre las manos, sendas ofrendas para el «comandante»: un kilo de arroz, un paquete de velas y 10 pesos de hoja de coca de la tiendecita vecina: de lo malo, lo mejor que se puede encontrar a este lado de la frontera. El viejo recibe sus regalos sin sonrisa ni gratitud visible: es su estilo. Les invitará a leer las condiciones básicas para quedarse a morar en el castillo de adobe (una serie de normas comunes aderezadas con su bufonesco humor) y la invitación a trocar una lectura del I-Ching con varillas de cardón por un yogur líquido, de preferencia vainilla. En esta nueva versión del folleto ya no aparece la antigua consigna de la Huayra: «anarquía o muerte» y el yogur se ha convertido en el inocuo sustituto del antiguo tetra-brick de vino Toro. Los viajeritos aceptan las condiciones y se hacen un hueco en la sala, entre los montículos de pertenencias homogéneamente sucias de los habitantes de la comuna. Cuando regresan a la cocina, se les ofrece un lugar en la mesa, se les pasa un pucho liado, y el viejo comienza su mágico espectáculo.

 

—Pasame la cartera, hacé el favor.

 

Adentro reposan los ejemplares de sus siete libros, dos autobiográficos, tres novelas, uno de cuentos y un pequeño ejemplar elaborado con tinta china, y las copias de su mediometraje, La muerte del sol, filmada por Facundo Flores.

 

—Y todo ello, damas y caballeros, y sin compromiso de compra, por el módico precio de 100 pesos. Se pueden leer sin comprar y por supuesto se puede comprar sin leer. Y si vas mal de plata estos días te los llevás por unidades. Che, mirá de cerca, que están cosidos a mano y dedicados en tinta china por el autor.

 

Y le tiende un Bufón al viajerito, un pequeño fanzine con tapa «fina», es decir, hecho con recortes de lencería. Bufón versión hot, edición limitada. Así, en los veranos, si hay suerte, se venden unos cuantos libros, y se apacigua el miedo a un invierno hostil sin víveres a los que echarle mano. Un día que el viejo vendió varios combos se palpó el bolsillo y exclamó:

 

—¡Me pesa el bolsillo de tanta guita! ¡Quítenmela!

—Usala Raúl—le dicen los hippies—, andá a comer a la vía.

—Que no tengo dientes, ¡carajo!— pero luego sí que va, cuando los guisos del fogón se repiten, un día tras otro, en el básico gastronómico del reciclaje «arroz con lo que haya».

 

Hasta los años 90 estuvo circulando el ferrocarril entre la estación de Retiro en Buenos Aires y la de La Quiaca, a punto de ser Bolivia, hasta que el déficit crónico de los ferrocarriles y el programa de privatizaciones del presidente Carlos Menem condujo al cierre definitivo del ramal. Ahora, sobre las antiguas vías del ferrocarril se ubica la alternativa al comercio oficial: mujeres y hombres que venden su mercadería —frutas y verduras, ponchos y artesanías, vajilla y menaje, empanadas, guisos, jugos y coca— a precios de menudeo. Junto al puente que cruza la quebrada hacia la Peña Blanca se ubican los comedores de calle donde Raúl, a veces, hace el almuerzo. Después sube despacio hacia el Barrio Alto Independencia, a más de 3000 m.s.n.m, ayudándose de su bastón. Últimamente le va mejor la orinoterapia, me cuenta: tiene mejor las varices. Los domingos el viaje es dirección norte: en una de las últimas casas del pueblo se ubica la radio desde donde emite, semanalmente, su programa radial El Viento Quebradeño. Durante dos horas la emisión se centra en el final de Fidel Castro, la guerrilla colombiana, el nuevo partido político español Podemos, el patriarcado según Casilda Rodrigáñez Bustos. Lee los fragmentos que ha subrayado en los periódicos internacionales que le llegan por encargo a la quebrada una vez cada tanto. Se centra en la lucha socialista y comienza todos los programas con el consabido lema atribuido a Guevara: “Hasta la victoria siempre”. Como la música es condición sine qua non de los habitantes de rutas, siempre hay por allí algún guitarrero amigo, percusionista o aerofonista con su charango, bombo o quenas dispuesto a alegrar el éter de la quebrada (88.7 en la FM). Lo que más se versiona: Los Kjarkas, Violeta Parra, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui o Bruno Arias. El camino de regreso al Barrio Alto Raúl lo hace despacio, ayudándose de los brazos amigos. El cielo a esa hora siempre se vuelve rosa y Marte brilla detrás del monumento a los indios victoriosos: nadie sabe si en realidad se trata del chasqui aborigen Pedro Socompo trayendo la noticia de la libertad o de Diego Viltipoco, el cacique Omaguaca que le echó una mano al General Belgrano en sus batallas por la independencia.

 

7

 

En sus memorias, Raúl afirma que en la época en que escribió El Francotirador, sus personajes le vivían. Sin embargo, parece razonable proponer una lectura a la inversa: que en realidad fue él quien los vivió a ellos —quien vivió a través de ellos—, agotando las posibilidades del haber sido en sus cuerpos ficticios y diciendo con sus voces que zafar es legítimo, que sí se puede vivir en los bordes, no darle oportunidad al sistema de fagocitarnos o extirparnos nuestra capacidad de elegir.

 

Raúl Prchal es un hombre que eligió hacer de su vida, su obra.

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Cuando el viejo escribió acerca de las salidas individuales, dijo que no estaba convencido de ser el dueño de la verdad. Sus propias conclusiones, decía, fueron las que le hicieron elegir qué actitud tomar frente a la sociedad: rechazarla. Su actitud fue la lucha pasiva y no combativa y fue siempre contradictoria pero firme. Lo sigue siendo: Raúl Prchal es un hombre que eligió hacer de su vida, su obra. Una vez me dijo que la vida no se le ha hecho larga.

 

—Total, cuando se me acaben las ganas, voy y me muero.

Marina Hernández
Marina Hernández

(Madrid, 1989) Es periodista y escritora. Ha sido becada por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Imparte talleres de escritura y edita diarios íntimos de mujeres en Índigo Editoras.