Article voces
Iniciar sesión
A
  • Altaïr Magazine en Facebook
  • Altaïr Magazine en Twitter
  • Altaïr Magazine en Pinterest
Iniciar sesión
¿Aún no estás registrado?

LA MATERIA ES EL HOMBRE

El mapa del mundo de nuestras vidas
Bru Rovira

Somalia, Chechenia, la antigua Yugoslavia; Georgia, RD Congo, Afganistán, Sierra Leona, Liberia; Siria y las aguas del Mediterráneo que cruzan las pateras. Puntos en el mapa de las vidas de Aitor, Paula, Carlos, Anna, Samuel, David. Médicas, enfermeras y logistas de Médicos sin Fronteras que narran al reportero Bru Rovira sus experiencias, sus temores, las lecciones aprendidas de cada proyecto nuevo, las vidas rozadas y tocadas.

El mapa del mundo de nuestras vidas, el nuevo Heterodoxo de Altaïr, traza fronteras, relieves y caminos en los últimos 30 años de conflictos del mundo, desde la caída del Muro de Berlín hasta la crisis de los refugiados. Aquí os dejamos el prólogo del libro, en el que Bru Rovira nos ofrece algunas claves de reflexión sobre lo que supone ser testigo de una época y de las grandezas y miserias del ser humano. 

 

Uno de los prisioneros se acercó hasta la orilla del mar cargando dos gruesas maletas. «Me voy para América», gritó adentrándose en las aguas heladas del mes de enero. La gente lo miraba incrédula, sin reaccionar. El hombre avanzó sumergiéndose en las olas hasta desaparecer en el horizonte. Al cabo de unas horas, las dos maletas aparecieron en la playa.

Esta escena la cuenta en un pequeño libro de autoedición el oficial del ejército de la República española Joan Vergés i Pineda. Ocurrió en las playas de Argelers, convertidas al final de la guerra civil española en un campo de prisioneros para los centenares de miles de refugiados que huían a Francia a través de los Pirineos. 

Ahora, mientras escribo estas líneas, y leo el libro de Vergés, me resulta imposible, 78 años después, no hacer el paralelismo entre las playas de Argelers y las imágenes que nos llegan desde los Balcanes y Grecia, donde los refugiados se hacinan bajo la nieve en campos cerrados, después de una larga y peligrosa huida que para algunos de ellos empezó hace ya varios años con las guerras del Medio Oriente.

A pesar del tiempo transcurrido, la escena parece calcada: decenas de miles de personas retenidas, familias enteras, encerradas detrás de una valla de alambradas que vigilan la policía y el ejército. Y más allá de las alambradas, ignorando el escenario del dolor, una sociedad que les da la espalda, negándose a acoger con humanidad a estas poblaciones necesitadas, hambrientas, traumatizadas.

Sin embargo, a principios de los años noventa, que es cuando algunos de los protagonistas de este libro empezaron su experiencia humanitaria, su vida a través del mundo, hubo un momento para el optimismo en el que muchos de nosotros pensábamos que el nuevo escenario mundial cambiaría a favor de una situación más justa.

Había caído el muro de Berlín y el optimismo consistía en razonar que la primera democracia occidental, vencedora de la guerra fría, lideraría un proyecto universal que tendría los derechos humanos y la libertad como piedra angular. El optimismo nos hacía pensar también que habría un nuevo orden mundial dispuesto a trabajar para reducir las profundas diferencias entre el Norte y el Sur, que propiciaría el diálogo y el acuerdo político como una nueva forma de las relaciones internacionales.

Fue una ilusión que duró apenas unos días, pues aquella primera década sin guerra fría —justamente la última década del siglo XX—, estuvo marcada por numerosos conflictos armados, estados fallidos, genocidios, hambrunas, desplazamientos de poblaciones, golpes de Estado.

De todos aquellos conflictos de los años noventa, quizás el más simbólico sea el de Somalia, donde después de una intervención armada dirigida por los Estados Unidos bajo el nombre «Devolver la esperanza», pronto se descubrió que allí donde no había intereses particulares —como argumentaría Bill Clinton al ordenar la retirada—, nada harían los países occidentales para proteger a las poblaciones.

Y así ocurriría exactamente pocos años después, en Ruanda, cuando en abril de 1994 las tropas extranjeras y las Naciones Unidas decidieron huir del país, dejando a su suerte a cerca de un millón de personas, que fueron asesinadas a golpes de machete en escasos tres meses.

 

Una niña enferma de kala-azar, sostenida por su abuela. Gambella, Etiopía, 2005. Fotografía de Bru Rovira incluida en el libro. 

+
 

Chechenia, la antigua Yugoslavia, Georgia, República Democrática del Congo, Afganistán, Sierra Leona, Liberia, serían otros de los nombres que escribirían la lamentable crónica del «dolor, dolor y más dolor», como dice uno de los protagonistas de este libro, Carlos Ugarte, al recordar su larga estancia en Somalia y el destino que les aguardaba a los civiles de Kosovo a punto de empezar el nuevo siglo. Luego llegaría el 11-S, la guerra contra el terror, la invención del eje del Mal, la invasión de Irak argumentada sobre una mentira. Y pronto se vio que el nuevo siglo que empezaba, en vez de tener las libertades y los derechos humanos como estandarte, los volvía a poner en entredicho, mientras la debilidad y la cobardía —probablemente también el desconcierto— de sus dirigentes cedían la responsabilidad política a las ideologías racistas y colonialistas más rancias, expresadas en la división entre el «ellos» y el «nosotros», el Bien y el Mal que, en boca de las grandes potencias, evoca y fomenta las viejas ideologías del peor siglo XX, representadas por el fascismo, el Holocausto y la persecución de los diferentes.

 

Mis primeros contactos con Médico Sin Fronteras habían empezado precisamente a principios de los noventa,

con la hambruna de Somalia, cuando todavía «vivían» en la calle Portal de l’Àngel, en Barcelona. MSF no tenía entonces más de una decena de proyectos en el mundo y sus recursos eran muy reducidos. Virginia de la Guardia, una de las responsables de prensa que hubo en aquellos tiempos, recuerda divertida cómo en más de una ocasión, al llamar a un periodista para «venderle» algún tema —«una moto» o «un disco solicitado», como se decía en el argot—,el periodista le preguntaba si MSF tenía algo que ver con una aseguradora médica.

Hoy, las cosas han cambiado notablemente. MSF maneja un presupuesto anual de mil quinientos millones de euros procedentes de sus donantes, lo cual les permite trabajar con total independencia. También para la prensa las cosas han cambiado, aunque no como sería de desear, pues los periodistas que quieren viajar por el mundo son cada vez más pobres, y ahora son ellos quienes llaman a MSF para que los metan en sus aviones o les acojan en sus proyectos.

 

Médicos Sin Fronteras no es una organización uniforme y entre sus trabajadores existen muchas y variadas sensibilidades y opiniones. Este libro recoge casi treinta años de experiencia en el mundo, y los contextos de lo vivido se mezclan con las propias vidas personales, pues, a unos y otros, «el mapa del mundo de nuestras vidas» —también la mía de reportero— nos ha ido conformando como lo que hoy somos.

El libro, pues, no pretende explicar MSF ni analizar su trabajo, y se limita a dar la palabra a algunos de sus miembros, unos veteranos, otros más jóvenes. Todos ellos han vivido los agitados años de los que hablábamos —genocidio, catástrofes naturales, hambrunas, guerras...—. Algunos han pasado por experiencias personales muy duras. Ninguno puede sustraerse a las preguntas sobre el sentido del trabajo humanitario, por qué el mundo es como es y por qué el ser humano puede ser a veces tan generoso y otras veces tan miserable; lobo y cordero.

En el año 2010 se hizo una primera edición de este libro con el nombre de Vidas sin fronteras. Hoy, seis años después, el texto se ha actualizado como El mapa del mundo de nuestras vidas. Desde luego, todos hubiéramos deseado que durante estos últimos años aquellos viejos conflictos del final de la Guerra Fría se hubieran cerrado para siempre; también que el «nunca más» que siguió a la destrucción de Europa durante la Segunda Guerra Mundial fuera algo más que una ilusión; que la pobreza entre el Norte y el Sur se hubiera reducido en vez de aumentar, ampliándose también en nuestros propios países, donde cada día es mayor la fosa que separa a los que lo tienen todo de aquellos que cada vez tienen menos.

Así, en este nuevo libro no podía faltar la crisis provocada por los refugiados, y las operaciones de salvamento en el Mediterráneo, donde MSF se convirtió estos dos últimos años en naviera, y botó a la mar el barco de rescate de refugiados Dignity. Algunos de estos refugiados huyen de viejos contextos ya conocidos, como pueden ser Somalia o Yemen, pero a esta odisea humana para salvar la vida se suman hoy centenares de miles de refugiados provenientes de las guerras de Oriente.

 

Un matrimonio de ancianos kosovares utiliza el teléfono satélite del autor de este libro para hablar con sus hijos en Alemania, el día en que los serbios se retiraban y entraban las tropas de la KFOR. Yunik, 1999. Fotografía de Bru Rovira incluida en el libro.

+
 

Al alarmante retroceso que en los conflictos actuales los estados occidentales están haciendo sobre el cumplimiento de los derechos humanos y las mínimas normas de la guerra aprobadas por las convenciones de Ginebra —con ejecuciones sumarias extrajudiciales, torturas, crímenes de guerra, la negativa a someterse a los tribunales internacionales…—, hay que añadir la dificultad que los médicos tienen cada vez más para trabajar sobre el terreno, pues también los ataques a hospitales se han convertido en un arma de guerra, vulnerándose la neutralidad aceptada en las convenciones internacionales. La crónica del ataque sufrido por el hospital de MSF en Kunduz, en Afganistán, se incluye al final del libro como un documento que explica con detalle estos ataques hasta hoy inimaginables.

Algunos contextos como la guerra del Yemen han sido actualizados de manera que puedan entenderse los cambios ocurridos. Otros contextos, sin embargo, se mantienen tal y como los encontraron los protagonistas del libro, pues lo que se pretende es narrar la experiencia personal.

Antes de morir de cáncer, el periodista italiano Tiziano Terzani escribió con su hijo el libro El fin es mi principio. Terzani, uno de los grandes corresponsales en China, reportero en Camboya y en Vietnam, cuenta con sorpresa y no disimulada decepción en este texto cómo el día en que fue a la fiesta de graduación de su hija en un college de Cambridge, descubrió hablando con los compañeros de estudios que ninguno de ellos había decidido estudiar para maestro, profesor de literatura o de filosofía, y que ni uno solo entre todo el grupo deseaba salir al extranjero, aunque sólo fuera para ir a enseñar inglés a Tombuctú ¡Todos querían trabajar en las finanzas! «Quedé completamente chocado», dice Terzani.

No es necesario recordar que una de las causas principales de la actual crisis que sufre el mundo, especialmente en los países más pobres, hay que buscarla en el mundo financiero y la renuncia de los políticos a ocuparse del interés público y del bienestar general. 

¿Tendrá que ver este desaguisado de la economía y de la política con la educación que se imparte en las «mejores» universidades? 

Vistos los resultados, es evidente la importancia que debería tener la educación de los valores en nuestras escuelas. La búsqueda del sentido de las cosas que uno hace. De la pertenencia y la responsabilidad. 

Recuerda Terzani que cuando él estudiaba en la Universidad de Pisa, «la materia de las materias era el hombre, y la materia de las materias de las materias, la sociedad. La idea, por tanto, era que podíamos cambiar la sociedad para mejorarla». 

Los protagonistas de El mapa del mundo de nuestras vidas coinciden con Terzani en que si uno quiere tener una vida interesante —una vida con los demás, una vida digna y posible para todos en el planeta— «la materia es el hombre».

 

El mapa del mundo de nuestras vidas 

Bru Rovira 

(Altaïr, 2017)

Con la compra de este libro, estarás ayudando con 1 € a los proyectos de Médicos Sin Fronteras

Bru Rovira
Bru Rovira

(Barcelona, 1955). Periodista freelance. Trabajó en diversos diarios, entre ellos La Vanguardia, donde estuvo durante 25 años como reportero. En 2002 recibió el Premio de Periodismo Miguel  Gil y en 2004 el Ortega y Gasset. Autor de obras como Áfricas, Maternidades o Solo pido un poco de belleza