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EL MEDITERRÁNEO EN HONG KONG

Aquí puedes ser muchas cosas a la vez
Xavier Moret

No es fácil explicar el Mediterráneo en Hong Kong. No es nada fácil y, sin embargo, fue para eso para lo que me contrataron en la Hong Kong Baptist University en octubre de 2010. Se trataba de participar, junto con otros cinco escritores, en un curso de dos meses en el que se suponía que teníamos que enseñar a los estudiantes chinos la cultura mediterránea. En fin, no sé si a ellos les sirvió de mucho, pero puedo asegurar que yo regresé enamorado de Hong Kong, una exótica ciudad en la que el pasado colonial británico y el presente chino, mezclado con grandes cantidades de dinero y unas buenas dosis de fortuna, se aúnan para dar carácter a una de las urbes más interesantes del planeta.

Había estado en Hong Kong anteriormente, pero fue en la típica visita de tres días en la que sólo tienes tiempo de ver lo que indican las guías: la proa de los rascacielos de la isla de Hong Kong, los shopping malls de Kowloon, los mercados callejeros, los tranvías de dos pisos, el pico Victoria… En resumen, ninguna sorpresa, nada que no estuviera programado. Bueno, sí: perdí la cartera y esto me obligó a visitar, sin desearlo, por supuesto, una comisaría de Hong Kong. No lo recomiendo, francamente.

En mi segunda visita a Hong Kong quedó demostrado que el gran lujo, cuando viajas, reside sobre todo en el tiempo. Si vas contra reloj, sueles ver lo que has ido a ver y poco más. Si te sobran los días, en cambio, irrumpe el factor sorpresa en forma de encuentros no planeados que te permiten descubrir lugares insospechados.

En Hong Kong tuve la suerte de que mis clases en la Universidad me dejaban el suficiente tiempo libre para salir a explorar la ciudad. Lo llamábamos así con mi amigo Khaled: «explorar la ciudad». Khaled Khalifa, por cierto, es un escritor sirio, nacido en Alepo pero residente en Damasco, que nunca llegó a tener claro que Hong Kong fuera una ciudad literaria. Daba clases en la universidad y se perdía por los barrios más recónditos, pero siempre echó de menos los cafés de Damasco y los locales con mucho humo. Él era así: un bohemio de los de antes, acostumbrado a escribir en las mesas gastadas de los cafés más canallas, con una cerveza al lado y un cigarrillo en la mano. Pero bueno, tampoco puede decirse que no pugnara por intentar encontrar su rincón literario, ya que muchas noches salíamos juntos a ver qué nuevo lugar de Hong Kong podía sorprendernos.

Juntos fuimos en metro, en los transbordadores de la compañía Star Ferry, en tranvía, en taxi y en el funicular del Pico Victoria. También nos pateamos el centro, por supuesto, admiramos Statue Square, una plaza dedicada a una estatua de la reina Victoria que ya hace muchos años que no está allí, y nos perdimos de noche por los bares y restaurantes cosmopolitas al sur de Hollywood Road y por los oscuros locales del barrio de Wan Chai.

La verdad es que anhelábamos, con mi amigo Khaled, encontrar el Hong Kong que el escritor británico Richard Mason retrató en El mundo de Suzie Wong, una novela de 1957 que triunfó en todo el mundo cuando en 1960 la pasaron a la gran pantalla. En aquel Hong Kong de antes, un pintor inglés llamado Robert Lomax llega a la ciudad en busca de sí mismo, se queda embelesado con el esplendor chino del barrio de Wan Chai, se instala en un hotel con alma de prostíbulo y se enamora de una prostituta llamada Suzie Wong que al principio se hace pasar por una niña rica. 

Con Khaled buscamos por Wan Chai a alguna mujer que se pareciera a Suzie Wong, pero sin éxito. Hong Kong ha cambiado tanto desde que se publicó la novela que ya no se reconoce la ciudad en la que vivía «la prostituta del corazón de oro». Por otra parte, la obsesión de las autoridades de Hong Kong de ir ganando tierras al mar ha hecho que los barrios del frente marítimo, como Central, Wan Chai e incluso Tsim Sha Tsui resulten irreconocibles.

El hotel Luk Kwok, en Gloucester Road, es de lo poco que queda del Wan Chai de Suzie Wong; aunque quizás sería mejor decir que lo que queda es el nombre del hotel. En la novela, cuando el pintor Robert Lomax desembarca en Hong Kong, una de las primeras cosas que hace es fijarse en este hotel, pero lo descarta enseguida, ya que piensa que es demasiado caro para él. Pero, claro, es bien sabido que de la realidad a la ficción media un buen trecho. Lo cierto es que el autor de la novela, Richard Mason, se hospedó en el Luk Kowk cuando llegó a Hong Kong en 1956, pero al escribir El mundo de Suzie Wong le pareció más auténtico enviar al personaje protagonista a un burdel. Da más juego, desde luego.

Para ser sinceros, el hotel Luk Kwok tampoco recuerda al mundo de Suzie Wong, ya que una renovación a fondo, acometida en los años ochenta, cambió de arriba abajo su aspecto. Sin embargo, supongo que para tentar a los pocos turistas que aún recuerdan la novela (o la película), en una vitrina de la recepción tienen el detalle de exhibir fotos antiguas del barrio y del hotel, además de una máquina de escribir, un DVD de la película y un recorte de prensa que habla de la actriz protagonista. Es un homenaje discreto, pero se agradece esta breve concesión al pasado de una ciudad que pretende vivir sin pasado.

Lo bueno de estar una temporada en Hong Kong es que, tarde o temprano, te permite entrar en contacto con los llamados expats, gente de otros países, por lo general anglosajones, que se han ido lejos, muy lejos, para vivir otra vida. La mayoría sobreviven dando clases de inglés, mientras pasan las noches bebiendo y tratando de escribir una novela, o un libro de poemas, que de una vez por todas les sacará del anonimato. Es cierto que algunos inspiran compasión, pero siempre son preferibles a los yuppies que sólo te hablan de millones de dólares. Uno de estos últimos, por cierto, me dijo en la barra de un bar que, después de conseguir el primer millón, resulta muy fácil hacer mucho dinero en Hong Kong. Cuando le pregunté cómo diablos hacía la gente para reunir el primer millón, me respondió con una sonrisa: «Esta es la pregunta que nunca tienes que hacer en Hong Kong».

Pero es mejor que volvamos a los expats. Uno de ellos, David McKirdy, me cayó bien desde que le conocí en un recital de poesía. Sus poemas trataban de la relación entre lo occidental y lo oriental, un tema muy apropiado en Hong Kong, y no tenían esas dosis de pedantería con la que muchos poetas suelen disfrazar su escasa calidad literaria. Además, me gustó que al acudir a felicitarle me dijera que ni daba clases de inglés ni trabajaba en ninguna institución británica. David McKirdy se ganaba la vida como mecánico de viejos Rolls Royce.

McKirdy era un tipo original, de eso no hay ninguna duda, y me gustaba hablar con él en el Club de Corresponsales Extranjeros, un local con tanto sabor colonial que incluso los clientes parecen sacados de una película de época. Me gustaba que, a diferencia de la mayoría de expats, McKirdy se sintiera antes que nada hongkonés.

Mi amigo, el poeta-mecánico, tenía cara de duro, una sonrisa que le contradecía y una biografía curiosa. Había nacido en Escocia, pero sus padres lo trajeron a Hong Kong cuando tenía sólo cuatro años. Había crecido en la ciudad, había aprendido a hablar cantonés y cuando le invadía la nostalgia del viejo Hong Kong, miraba El mundo de Suzie Wong: «Allí aún puede verse cómo era Hong Kong antes», se justificaba.

«Hong Kong me encanta», me decía. «No podría vivir en otra ciudad. Tiene la energía de Nueva York, pero es mucho más segura. Además, aquí puedes ser muchas cosas a la vez, algo que no pasa en Reino Unido. Allí sería imposible que fuera mecánico y escribiera poemas; aquí, en cambio, es perfectamente posible».

Hong Kong, es cierto, te da la posibilidad de vivir muchas vidas. Me lo confirmó la escritora Xu Xi, que había crecido junto a las Chungking Mansions, un extraño bloque de apartamentos, en pleno barrio de Kowloon, que es algo así como un gueto del tercer mundo en la avenida más glamurosa de la metrópolis.

La primera vez que pasas frente a las Chungking Mansions ya te das cuenta de que hay algo en el bloque que lo diferencia del resto del barrio. La iluminación es apagada, la fachada está llena de desconchados, en los pisos hay decenas de pensiones y restaurantes baratos y en la entrada suele haber un grupo de vendedores que te ofrecen todo tipo de mercancías sospechosas.

En las Chungking Mansions rodó Wong Kar-wai la película Chungking Express, y allí vivió durante muchos días el antropólogo norteamericano Gordon Matthews para escribir una obra de investigación en la que explica cómo este bloque de apartamentos, propiedad de demasiadas personas como para que alguien piense en comprarlo y renovarlo, se ha convertido en un lugar inquietante en pleno centro de Hong Kong.

Más arriba de las Chungking Mansions se celebra, por la noche, el mercado de Temple Street, por el que a mi amigo Khaled le gustaba perderse porque decía que le recordaba los bazares orientales. Y más arriba todavía está el barrio de Kowloon Tong, donde se encuentra la Baptist University y donde teníamos la residencia. Es, como muchos barrios de Hong Kong, una mezcla de Oriente y Occidente, con calles llamadas Oxford o Cambridge y tiendas chinas de formato ínfimo que conviven con un deslumbrante centro comercial.

A partir de Kowloon Tong empiezan los llamados Nuevos Territorios, unos barrios bien comunicados por el tren ligero que han experimentado una gran fiebre constructora a partir de 1997, cuando Hong Kong dejó de ser británica para convertirse en una Región Administrativa Especial que está previsto que sea completamente china en 2047.

No sé como será Hong Kong en 2047, pero puedo asegurar que ahora mismo es una de las ciudades más interesantes de Asia y probablemente del mundo entero. Quizás porque es una excepción dentro de China, o porque le sienta bien el lema de «un país, dos sistemas». Sea como sea, me gusta Hong Kong, una ciudad capaz de albergar decenas de rascacielos, pero también de sorprenderte con una isla como Lamma, situada a sólo media hora en ferry de Central, en la que no sólo no hay rascacielos, sino que tampoco hay coches ni casas de más de tres pisos. Es, en resumen, el lugar donde tengo previsto instalarme si algún día me da por reiniciar mi vida y convertirme en un expat.

 

DÍAS DE HONG KONG

Xavier Moret

ALTAIR, 2013

COLECCIÓN HETERODOXOS

 

FOTO DE CABECERA: EL TRANVÍA HONGKONÉS EN WAN CHAI (CC RICHARD FISHER)

Xavier  Moret
Xavier Moret

Periodista, escritor y viajero. Tiene la suerte de ganarse la vida combinando las tres cosas que más le gustan: leer, escribir y viajar. Ha trabajado en la televisión y escribe habitualmente en diversos medios de comunicación españoles. En la colección Heterodoxos de Altaïr ha publicado Viaje por la Costa Brava y Días de Hong Kong.