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EL RÍO DE ORO

Buscando fortuna en el Klondike
Jordi Canal-Soler

«Este no es lugar para turistas», rezaba el rótulo de madera junto al camino. Pintado con letras rojas a pincel, improvisado con planchas de madera, como la pequeña choza que se adivinaba en la distancia, más allá de la cadena, el cartel prohibía el paso a la concesión minera. Al lado, por si no fuera suficiente, otro cartel advertía que «Primero se dispara y luego se pregunta». 

La vida es dura aquí en el Klondike, y los mineros defienden con celosa violencia su lugar de trabajo. Hace ya muchos años que las máquinas excavaron hasta el último grano de tierra del valle, pero aún hay románticos y aventureros que, con parsimonia y constancia, vuelven a horadar las montañas a golpe de pico y pala. Buscan lo mismo que atrajo a miles de hombres a estas regiones desoladas hace más de cien años: alguna pepita olvidada en terrenos ya explotados, algún mero fragmento de oro que haya pasado inadvertido a los centenares de ojos que antes han repasado estas tierras ya empobrecidas. El oro del Klondike, en el interior del Yukon, aún sigue provocando fiebre.

El sol del verano cocía el aire, aún estando a menos de trescientos kilómetros del Círculo Polar Ártico. El ambiente era seco y polvoriento, y aquí y allá grandes acumulaciones de tierra revuelta convertían el paisaje en una de las mayores minas a cielo abierto del mundo. Me imaginé cómo debía ser el bosque que se levantaba aquí antes de que empezara todo, antes de aquel agosto de 1896, cuando George Carmack, Skookum Jim y Tagish Charlie encontraron oro en el lecho de Bonanza Creek, un afluente del río Klondike, cerca de donde éste desemboca en el Yukon.

Quería ir a ver Discovery Claim, el lugar exacto donde George Carmack hincó la pala y sacó seis dólares en oro de la grava del río. Ése fue el origen de la estampida que comenzaría al verano siguiente, cuando los primeros mineros enriquecidos volvieron a Seattle y San Francisco en un par de barcos. «Hasta una tonelada de oro», anunciaron los periódicos, había sido excavada de la roca. Según el Seattle Times de la época «los granjeros dejaban sus arados, los pasantes sus libros de contabilidad, los peones sus picos y palas, los gandules pedían más dinero, los padres se despedían de sus esposas e hijos, hombres ricos, hombres pobres y hombres de clase media se daban prisa hacia las estaciones de tren con un único objetivo: la gran Fiebre del Oro estaba en marcha».

 

George Brackett lavando una batea en la prospección de Eldorado Creek. 

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De las cien mil personas que sucumbieron a la Fiebre del Oro e iniciaron la aventura hacia el Klondike, casi la mitad pasaron por la ruta del Chilkoot, el único paso abierto en invierno a través de las montañas. La ruta empezaba en la población de Skagway, en un extremo del Canal de Lynn, en Alaska. Yo quería seguir la ruta de esos buscadores de oro, así que, desembarcado y con la mochila a cuestas, me quedé tan desconcertado como esos aventureros en medio de una ciudad a orillas de la naturaleza. 

Skagway surgió de la nada gracias al boom del oro, y aún hoy mantiene el carácter de ciudad fronteriza con el que nació. Sin embargo, paseando a lo largo de su calle principal, por entre las edificaciones de madera de finales del siglo XIX, me di cuenta de que había cambiado bastante. La calle ya no era el tramo fangoso que se puede ver en los centenares de fotografías que documentan la odisea minera: hoy en día está bien asfaltada y los futuros mineros que apilaban sus pertenencias a lo largo de las aceras de madera han sido reemplazados por los turistas de crucero, cargados con sus bolsas llenas de souvenirs de las muchas tiendas de recuerdos que flanquean la calle.

«Muchos de los edificios de Broadway, la calle principal, han sido restaurados hasta el último detalle», me dijo Billy Strasser, uno de los guardias del Servicio de Parques Nacionales que se encarga de hacer recorridos por la ciudad.

Desde 1976, el Klondike Gold Rush está declarado Parque Nacional de Estados Unidos, y junto al lado canadiense, que abarca hasta el Lago Bennett, incluye también parte de la ciudad de Skagway y sus edificios más conocidos

«El Mascot Saloon, por ejemplo», siguió contándome Strasser «data de 1898, y ya entonces tenía su instalación de luz eléctrica». Para restaurarlo se buscaron las piezas originales o, cuando no se podían encontrar, similares: la barra del bar se consiguió en una subasta de anticuarios y es de la misma empresa que fabricó la original.

Para recrear el viaje que los aventureros realizaron a través de las montañas, fui a apuntarme en las oficinas del Chilkoot Trail National Park. El camino ha sido conservado y sigue fielmente la misma ruta que recorrieron aquellos primeros buscadores de oro. Pero para poder pernoctar en él uno debe llevarse su propia tienda de campaña y reservar plaza en los campamentos.

 

El Chilkoot Trail en verano. Fotografía de Anthony DeLorenzo (autor también de la imagen de cabecera, el río Yukon en invierno).

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En las oficinas se encuentra también el Museo del Chilkoot Trail, y en sus paredes hay colgadas algunas fotografías de la época en blanco y negro. Hay también una pequeña exposición de un maniquí vestido de la época, con todo el cargamento que debía llevar consigo para poder entrar a Canadá. La Policía Montada, previendo las necesidades que los mineros tendrían para sobrevivir durante el invierno, obligaba a todo el mundo que quisiera entrar en el Yukon a transportar comida, ropa, tienda, estufa... Hasta una tonelada de equipaje.

Como todo el material no se podía llevar en un solo viaje, los futuros mineros tenían que dividir su carga en pequeños paquetes de hasta treinta kilos y transportarlos, uno a uno, durante los 53 kilómetros del recorrido. Yo, con mi carga, realizaría solamente uno de esos viajes; los mineros tenían que hacer el mismo camino más de treinta veces para poder transportar todo, yendo y viniendo. Quizá por eso, aunque sufrí bajo el peso de mi mochila al empezar el camino a la mañana siguiente, me sentí un privilegiado.

La lluvia convirtió el camino en un lodazal. Tenía que luchar para dar cada paso en el terreno embarrado. Poco a poco, el camino empezó a subir por un fuerte pendiente entre un bosque de píceas. El sotobosque, denso como el de una selva tropical, resplandecía de un verde casi fluorescente debido a la lluvia. Helechos, musgos, plantas y hojas se encaramaban unas sobre las otras como queriendo cubrir de un espeso manto el espacio entre los troncos.

No escuchaba más que el sonido de succión del barro al dar cada paso y temía, tarde o temprano, encontrarme con un oso a la vuelta del camino. Bajo el peso de la mochila, con la lluvia mojándome por fuera y el sudor por dentro, caminaba como un autómata deseando ya encontrar el primer campamento. Mis pensamientos fueron para aquellos locos que más de cien años antes habían recorrido ese mismo camino decenas de veces. Si yo estaba sufriendo con la primera vez y única vez, ¿cómo tuvo que ser hacerlo treinta veces? El camino era tan duro que algunos no lo aguantaban. Se sentaban junto al margen a descansar y morían de cansancio: un hombre viejo murió así y nadie se dio cuenta hasta el cabo de varias horas, después de que centenares de hombres hubieran pasado delante de él.

Cualquier carga extra era desechada: una sartén rota, unos zapatos destrozados, una pala agujereada, botellas vacías… Todo peso inútil era abandonado junto al camino y con el tiempo el Chilkoot Trail quedó literalmente salpicado por desechos de la estampida. Aún se pueden encontrar muchos de esos objetos abandonados, a pesar de la climatología y la rapiña coleccionista; por eso se dice que éste es el museo más largo del mundo.

 

Restos de una pala abandonada en el Chilkoot Trail. Fotografía de Iwona Erskine-Kellie (CC).

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Cuando llegué al campamento de Sheep Camp, extenuado, llovía aún y todas las parcelas donde plantar la tienda estaban empapadas. Monté mi tienda en una de ellas y luego, agotado por los veinte kilómetros recorridos, cené de una lata de conserva. Fue una mala noche, con el cuerpo dolorido y evitando que el saco de dormir se mojara en los charcos que las goteras de la tela habían provocado en el interior de mi tienda.

Al despertar a la mañana siguiente todos los excursionistas ya habían partido para la etapa del Chilkoot Pass. Me calcé las botas aún húmedas, desayuné un poco, empaqué mis cosas, me cargué la mochila y salí hacia la montaña. El camino se enfiló enseguida y poco a poco la vegetación arbórea fue dejando paso a la arbustiva y finalmente sólo quedaron algunos matojos de hierba que sobrevivían entre las rocas y daban color a un ambiente grisáceo. Aquí y allá, algunos neveros que se mantendrían sin fundir durante todo el verano. Si ya me costaba ahora a mí subir por esas cuestas, ¿cómo tuvo que ser en el invierno de 1898, cuando el grueso de los aventureros llenaba los caminos entre la nieve? El escritor Jack London, que vivió la Fiebre del Oro y describió su ambiente con maestría en obras como Colmillo Blanco y La llamada de la naturaleza, escribió que el Chilkoot Trail era «el peor camino a este lado del infierno».

Lo fuera o no, hoy en día sigue siendo un camino que exige entrenamiento. Justo antes de la gran rampa que sube hasta el Chilkoot Pass, llegué a The Scales (literalmente, «las Balanzas»). Aquí era donde se pesaba el material para aquellos que querían pagar a porteadores. Alcé la vista y vi delante de mí lo que era el último tramo antes de llegar al Chilkoot Pass. Estaba desprovisto de nieve y no parecía la gran rampa con la fila de hombres cargados como hormigas que se ve en las fotos antiguas. Es la imagen más famosa del Chilkoot Pass, que popularizó en 1925 La quimera del oro de Charles Chaplin, hasta el punto que hoy en día es la ilustración de fondo de las matrículas de los coches de Alaska.

Yo no encontré nieve, pero la subida fue igual de fatigosa, y descansé a menudo tanto para recuperar el aliento como para apreciar las vistas que dejaba atrás. Poco a poco el panorama se fue cubriendo de una niebla baja que, reptando por las rocas, subió hasta donde me encontraba. Mi paso era lento, pero no tanto como el de los prospectores que subieron los peldaños de nieve: las crónicas dicen que se podían tardar hasta seis horas para subir en los atascos monumentales que se repetían, día tras día, en los escalones.

 

Mineros escalando hacia Chilkoot Pass.

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Subida al Chilkoot Pass, hoy. Fotografía de Iwona Erskine-Kellie (CC).

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Hacia el mediodía llegué finalmente a la cumbre del Chilkoot Pass, donde se encontraba la frontera. Al poco rato dejó de llover. Cuando me acercaba ya a Happy Camp, el campamento donde debía pasar la noche, un rayo de sol empezó a filtrarse entre las nubes. Y cuando desperté a la mañana siguiente, el sol resplandecía como si nunca hubiera llovido a este lado de la frontera.

Desayuné con calma, y ya de bajada por el sendero, me sentía mucho más animado. Un clima adverso puede causar estragos en la moral de un excursionista, pero cuando el tiempo va a favor, el ritmo se acelera: llegué a media mañana a Lindeman City, junto al lago del mismo nombre, donde está la base de la institución de Parks Canada en este parque. En Lindeman Lake los aventureros cargaban todas sus pertenencias en una embarcación y navegaban hasta el lago inferior, Bennett Lake, donde nace el río Yukon. A partir de allí les esperaban seiscientos kilómetros de agua hasta Dawson City.

Yo no llegué a embarcarme. En Bennett Lake subí al tren del White Pass & Yukon Railroad y bajé en la frontera canadiense junto a la carretera entre Whitehorse y Skagway. Ahí subí a un bus destartalado que en un par de días me llevó, después de cruzar extensos bosques de píceas entre paisajes ondulados, hasta el objetivo final de los futuros mineros: Dawson City.

A los pocos días del descubrimiento del oro del Klondike, todas las mejores concesiones ya estaban estacadas por esos mineros con más experiencia, los sourdough (literalmente, «masa dura»)y ya tenían dueño. Cuando el grueso de los miles de buscadores arribó después de la ardua travesía, ya no quedaba ningún pedazo de tierra para reclamar.

Me imagino su inmensa frustración: dejarlo todo, sufrir durante meses y, al llegar al objetivo ansiado... Sin poder cumplir su sueño, los recién llegados, llamados cheechako, (del chinook, «nuevos», «novatos») sólo podían volver a sus casas, quedarse a trabajar en las minas como peones de los que habían llegado antes o buscar trabajo en los negocios que empezaban a nacer en Dawson. Hubo algunos con suerte: alguien se jugaba a las cartas una concesión demasiado pobre, o se vendía parte de una rica mina a cambio de comida.

Clarence Berry, por ejemplo, un camarero del salón de Bill McPhee, intercambió la mitad de su concesión en Bonanza Creek por una mitad de una concesión en un arroyo cercano, bautizado como Eldorado Creek. Después de lavar la grava extraída en invierno y pagar a sus trabajadores, le quedó una fortuna de 130.000 dólares por unos meses de trabajo. Otro minero compró una pequeña concesión sobrante que nadie quería y, después de empezar a excavar en ella, la fracción resultó ser una de las secciones de tierra más ricas de todos los campos auríferos y dio a su propietario medio millón de dólares en oro…

Los que no se hicieron ricos en las minas lo intentaron con los mineros. Uno de los primeros que intuyó que la riqueza se lograba más rápidamente aprovechándose de ellos y no ensuciándose en las minas fue Joe Ladue, que en septiembre de 1896 construyó el primer edificio de Dawson City, esbozó un mapa de cómo debía ser la ciudad e instaló el primer aserradero. Al poco tiempo ya había levantado el primer salón, que le generaba unos ingresos de más de cien onzas de oro al día: en Dawson City las monedas de plata y los billetes de papel empezaron a escasear desde muy pronto, y la moneda de intercambio era el polvo de oro, que se pagaba a diecisiete dólares la onza. En los salones, llenos de mineros que venían a celebrar sus descubrimientos, un pellizco de oro pasaba por un dólar. Los camareros ganaban una onza y media por día de trabajo, o más, si tenían pulgares especialmente grandes.

Paseando por las calles de Dawson pude sentir el latido de la actividad minera de tiempos pasados. Vi unos cuantos de los viejos salones, restaurantes y también unas cuantas iglesias y hasta un templo masón, todos de la época. Las antiguas edificaciones de madera estaban muy bien cuidadas y hasta los guías de la oficina de turismo de la ciudad iban vestidos de época. 

 

La Front Street de Dawson City en 1898. Fotografía de archivo del Museo McCord de Montreal. 

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El éxito de Dawson City, sin embargo, fue efímero: pasó de una población de cuarenta mil habitantes en 1898, en pleno boom minero, a sólo ocho mil en 1899, cuando se descubrió oro en Nome y la mayoría de los mineros sin concesión marcharon de la ciudad hacia la costa oeste de Alaska. Pero, con el tiempo, el público volvió a interesarse por esa historia de oro, éxito y fracaso, y actualmente Dawson City acoge a más de sesenta mil turistas al año.

Entré en una ferretería para comprar algo esencial. La herramienta básica del buscador de oro: la batea con la que lavar la tierra.

—¿Ya sabes cómo se usa?— me preguntó el dependiente, un viejo sourdough que sonrió divertido por mis ansias de oro.

Me pareció ser uno de los cheechako sin experiencia que llegaban en masa a Dawson. No quise responderle. Seguro que algo encontraría... Iba con un buen manual para aprender cómo hay que mover el plato para separar el oro, y bien pertrechado de ilusión me dirigí hacia donde estaban las minas. Las estadísticas no me detendrían. Sabía que de las 100.000 personas que marcharon hacia el Klondike, sólo 50.000 llegaron finalmente a Dawson. En diez años se extrajeron trescientos millones de dólares en oro, pero fue a parar a una ínfima minoría de los que habían empezado el viaje: sólo 4.000 encontraron oro y sólo 400 consiguieron inmensas fortunas. Sin desalentarme, con mi batea a cuestas, había seguido el camino, pasando junto a las viejas concesiones todavía trabajadas por huraños mineros con pocas ganas de hacer amigos.

Ahora remontaría un poco más el río hasta llegar a la concesión que la Oficina de Turismo de Dawson pone a disposición de quien quiera probar suerte. Me acercaría reverente al Klondike, sacaría mi batea del fondo de la mochila, escogería con mis manos una buena porción de tierra aurífera y en las tranquilas y cristalinas aguas del arroyo lavaría la grava esperanzado.

Unas semanas antes una turista había encontrado una pepita. Con un poco de suerte, algo amarillo brillaría en el fondo negro de mi batea…

Jordi Canal-Soler
Jordi Canal-Soler
Biólogo, amante de la escritura y explorador de la diversidad del mundo. Viaje al blanco es su última publicación, un diario personal donde se relatan los últimos 111 kilómetros —nueve días de expedición, en abril de 2009— hasta el Polo Norte.