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EL RUMOR DE LA FRONTERA

Viaje por el borde entre Estados Unidos y México
Alfonso Armada

Publicamos un fragmento de El rumor de la frontera. Historias de un viaje por el borde entre Estados Unidos y México. En este libro el periodista Alfonso Armada, narra de este a oeste la porosidad de la brecha entre dos mundos. 

 

¿Cómo leemos? Como si diera lo mismo. ¿Cómo vivimos? Como si la muerte no existiera. ¿Cómo pensamos? Como si la historia ya estuviera escrita. ¿Cómo morimos? Sin la menor certeza.

La escritura es un animal obsceno que se mira en el espejo de sus antepasados para beber tinta que se nutre de realidad y de metáforas. Como los mapas. Una de las más afortunadas.

Si escarbamos lo bastante en nuestra genealogía descubriremos que todos venimos de otro lugar, y que la estirpe, como la propiedad, los lindes, las fronteras, no es más que una convención. Más que escribir este prólogo, que quiere interpelar al emigrante potencial que todos llevamos dentro, y que volveremos a ser en el futuro, lo queramos o no, lo que de verdad me hubiera gustado es volver a hacer el viaje. Pero con todo el tiempo del mundo, ese lujo que nunca tenemos. Si he descubierto algo entre la ya alejada primera edición de este Rumor y la que ahora sale como un mensaje en otra botella lanzada al mar es que necesitamos escuchar más: las voces de los otros, la voz de los ríos, la voz de los animales, la voz del viento entre los árboles. Lo que a fin de cuentas hace Svetlana Alexiévich y ha venido a corroborar el premio Nobel de Literatura: de alguna forma, una recompensa para todos los cronistas que no dejan de serlo, que no han roto el pacto sagrado con el lector. 

Teníamos que haber vuelto a la frontera. Hacer el viaje en sentido inverso, desde San Diego y Tijuana hasta Browsville y Matamoros, y por supuesto demorarnos mucho más tiempo en Jacumba para saber qué fue de la guapa mayordoma Belia Ramos y de un asturiano llamado Francisco Alonso Granda a quien la suerte apenas le sonrió en la vida y se desvivía de sol a sol cultivando las tierras del lado estadounidense de la existencia para sacar adelante a su prole mexicana. En Holtville podríamos comprobar si Martín Sánchez sigue siendo el enterrador que se hallaba de viaje en la ida y si se ha visto obligado a ampliar el camposanto para los migrantes que no importan, esos de los que con tanta exactitud como rabia y misericordia habla el reportero salvadoreño Óscar Martínez en un libro (Los migrantes que no importan) que se escribió después de nuestro periplo y que ahora ya forma parte de mi ajuar para calcar el mundo. Allí, apenas al comienzo de su propio viaje, le pregunta uno de los tres compatriotas que huyen al Norte, al país que un tal Trump ha prometido limpiar de hispanos ilegales: «Disculpá, espero que no te ofenda, pero hay algo que no entendemos. ¿Por qué nos ayudás? ¿Por qué te importa?».

Si volviéramos algún día a emprender el viaje en sentido contrario, del Pacífico al Atlántico, tendríamos que desviarnos una vez más en Ocotillo y preguntar qué fue de la entonces niña solitaria Jessie Jones y de sus perros, y desde luego quedarnos más tiempo con Julia Caldera en Ciudad Juárez para ver si le devolvieron ya los verdaderos restos de su hija desaparecida, y hablar con Nuestras Hijas de Regreso a Casa, y preguntar a Raúl Fierro Echevarría, el médico que tenía tanto de Chéjov, si la vida seguía valiendo tan poco allí como cuando la retrató mi querido Sergio González Rodríguez en Huesos en el desierto y a Roberto Bolaño le sirvió para el tuétano de su 2666.

Si volviéramos a hacer el viaje en sentido contrario al que en julio de 2005 nos llevó de Este a Oeste en zig-zag a lo largo de la linde que era una especie de tercer país, y acaso lo siga siendo, deberíamos volver a Marfa a preguntar por Dostoyevski y en El Cenizo por Juana Velasco y Rodrigo Rodríguez y su tristeza. Y por supuesto comprobar los estragos de la Santa Muerte en ese territorio donde el narco no ha cedido, y buscar a Doña Ninfa y a todos los que se siguen jugando el tipo por contar la verdad, y ver si Margarito López sigue bien de salud y ejerciendo de peyotero, y si la constable Annette Muñoz, que vigilaba la frontera con más humanidad que la migra, ha aprendido a hablar con los caballos con la misma elocuencia que Margarito.

 

Si escarbamos lo bastante en nuestra genealogía descubriremos que todos venimos de otro lugar, y que la estirpe, como la propiedad, los lindes, las fronteras, no es más que una convención. (c) Corina Arranz

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Porque en realidad seguimos extraviados. Lo constatamos en la 9 West y en un villorrio llamado Ánimas, por donde al parecer cruzó la loba herida de Cormac McCarthy. La frontera sigue intacta, dividiendo como una falla teológica y económica dos mundos que se necesitan y se repelen, imantados por la necesidad y el dolor. He seguido prestando atención, con un océano por medio, gracias a libros como Los migrantes que no importan, crónicas, fotografías y relatos, a ese rumor, esa frotación de las capas tectónicas que, como un sismógrafo moral, dan cuenta de en qué nos hemos convertido. Gracias a Óscar Martínez encuentro la confirmación de una sospecha que quise corroborar de un sheriff y de un agente de la migra: «El 28 de marzo de 2008 un juez federal estadounidense multó con más de 4 millones de dólares a la compañía Golden State Fencing, la que lo construyó (el muro de la zona de San Diego), porque, para abaratar costos, emplearon a mexicanos y centroamericanos indocumentados». Si indocumentados construían el muro, indocumentados levantaban cuarteles de la migra y cárceles para ellos mismos y los que siguieran viniendo al sueño, tras sus pasos.

Si no hacemos caso de Wislawa Szymborska, y no atendemos a este juego de reglas desconocidas, nuestro extravío será irremediable. La frontera es, como las Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich, la crónica del futuro. La que está todavía por escribir. En la medida que dejamos de lado la compasión nos extraviamos. Perdemos el sentido del viaje. Nuestra brújula.

Aunque nunca dejamos de morir, los enterradores también tienen derecho a vacaciones. Pero ya que se trata de la vida y de la muerte, empecemos al menos una vez por el principio. A la barrera de óxido y cámaras levantadas por los gringos entre los dos Nogales, del lado de Sonora le han querido dar una tunda artística. Alfred J. Quiroz, de Tucson, acompañado de Guadalupe Serrano y Alberto Morackis, del taller Yonke, han fraguado un irónico y eficaz «Paseo de la Humanidad». Inspirándose en los exvotos de oro y plata llamados «milagros» que los migrantes ofrecen en las iglesias del interior de México para agradecer o pedir una gracia, Quiroz —que dedica su obra a «curar o salvar la frontera»— ha recortado en aluminio figuras de coyotes hambrientos, de dólares y calaveras sedientas de agua. En su libro Milagros en la frontera, Jorge Durand y Douglas S. Massey hacen recuento de «retablos de migrantes mexicanos en los Estados Unidos». Son estampas de fervor popular, de un arte ingenuo y delicado que practican pintores aficionados. Un retablillo muestra a la Virgen sobre la corriente del río fronterizo donde dos hombres pugnan por salvarse. Reza: «El 28 de mayo de 1929 me sucedió la desgracia de haver sido arrastrado por las aguas del Río Vravo (en El Paso – Texas) y viéndome en tan gran peligro invoque con veras de mi corazón a Ntra. Sra. de San Juan de los Lagos y al momento acudio a mi salvasión un compañero mío el cual luchando con denuedo las temerosas aguas logró sacarme salvo al margen del río y en acción de gracias por tan patente milagro hago público el precedente retablo. San Francisco del Rincón. Enero 29 de 29132. Domingo Segura». 

La flecha del viaje entra en California por la interstate freeway número 8, a través de un desierto sin sombra, donde hasta los arbustos parecen ceniza abrumada y el cemento ha reemplazado al alquitrán. La frontera corre paralela durante kilómetros y son miles los que también se la siguen jugando aquí. No hay villorrio sin templo, pero lo primero que seca el horizonte no es el campanario, sino el depósito de agua con el santo y seña del lugar trazado con letras de tipografía ciclópea. Holtville no es una excepción. Celia Morales no conoce al enterrador, pero desde el mostrador del Big John Food Mart parece al tanto de todo lo que ocurre. No pierde comba y se aplica el cuento: «Pueblo pequeño, infierno grande». Mexicana de Guerrero, es vecina de Holtville desde hace tres lustros. Pese al «mucho racismo», numerosos compatriotas y trabajadores de más al sur se siguen arriesgando. No todos viven para sufrirlo, no todos se salvan de su ordalía para poder encargar más tarde un retablo en agradecimiento el Santo Niño de Atocha, al Sr. De la Conquista, al Señor de la Misericordia, al Sr. San Miguelito, el Sr. De los Milagros, a la Virgen de Guadalupe, a Nuestra Señora de San Juan de los Lagos.

 

La frontera corre paralela durante kilómetros y son miles los que también se la siguen jugando aquí. (c) Corina Arranz

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«¿Por qué se sostiene el tinglado?». (c) Corina Arranz

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Holtville pertenece al Condado Imperial, el más pobre de California, y pese a todo ha de hacerse cargo de la autopsia y del entierro de los cadáveres que nadie reclama y que a veces pasan semanas y hasta meses en el depósito. Más de doscientos hombres y mujeres que murieron de hambre, de sed, de insolación en el desierto han ido a parar al tercer lote del cementerio de Holtville, el más alejado de la carretera, sin lápidas propiamente dichas, sin césped, sin árboles, sin sombra. Sin nadie que les rece. Entre los muertos de primera y ellos hay un terreno baldío, cordón sanitario trazado por dos muros vegetales de altísimas adelfas. Se alinean sobre la tierra que alguien caritativo, tal vez el propio enterrador, Martín Sánchez, ha regado ante de irse de vacaciones. De los que no se averiguó su nombre, el bloque de cemento del tamaño de un ladrillo sólo musita Joe Doe: Juan Pérez, Juan Nadie. Otros sí tienen al menos un principio de biografía: Patricia Navarro, Zoil V. Alvers, Alfred Peres, Manuel Ortiz, Zaila Gonzales, Rogelio Gonzalez, Ramon Gonzales, Pilar García... Quienes se apiadan de los que nadie se apiada han clavado unas sencillas cruces blancas que sólo dicen, bajo un sol que no sabe de misericordias, dos palabras: «No olvidado». 

Precio de la habitación 104 del hotel Casa de las Palmas de McAllen (sin desayuno y sin impuestos): 114 dólares.

Salario de un obrero en una maquiladora de Reynosa con jornadas de ocho horas tras una semana de trabajo: 70 dólares.

Número de paquetes que cinco empleados de la compañía de mudanzas Omega (entre ellos tres indocumentados, al menos) hicieron de nuestra mudanza de Nueva York: 208.

Salario por hora trabajada de un empleado de mudanzas sin los papeles en regla en la ciudad de Nueva York: 10 dólares.

¿Por qué se arriesga a morir cruzando el río Bravo?

¿Por qué se sostiene el tinglado?

 

Imagen de cabecera de Corina Arranz 

Alfonso Armada
Alfonso Armada

Periodista y escritor español. Aunque nació en Vigo, le gusta decir que es portugués. Estudió periodismo y teatro en Madrid. Ha trabajado para El País y ABC —en este último como corresponsal en Nueva York y hoy dirige su máster de Periodismo—. Sus libros recientes son Diccionario de Nueva York (2010), Mar Atlántico. Diario de una travesía (2012), Fracaso de Tánger (2013) y el último publicado Sarajevo (2015). Mantiene el blog de FronteraD.

 
 

Twitter: @alfarmada