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EL TURISTA DESNUDO

de Lawrence Osborne
Laureano Debat

Hay un lugar en el mundo donde los nativos nunca vieron a un hombre blanco, lo que podría parecer insólito a nuestro etnocentrismo occidental. Pero este lugar existe y está en las islas de Papúa Oriental, en Indonesia, a donde se traslada el escritor y cronista de viajes inglés Lawrence Osborne para ver si consigue escaparse un poco del mundo parquetematizado.

«Cuando te vimos pensamos: ¿qué es eso? Supusimos que erais personas. Pero ¿esa piel blanca? Nos quedamos espantados. ¿Cómo íbamos a saber que los hombres podrían ser blancos? ¡Y también las mujeres!». Así lo recibe el jefe de una de las aldeas de los kombai, que el periodista visita junto a un reducido grupo de curiosos.

Osborne plantea su travesía desde la posición de viajero, antropólogo y turista, las tres cosas entrelazadas, partiendo de la premisa de que «el mundo entero es una instalación turística y el desagradable sabor a simulacro se eterniza en la boca». Siente deseos irrefrenables de largarse del Planeta Turismo, ese espectáculo de simulación global en donde todos los sitios que visitamos, en cualquier parte del mundo, tratan de parecerse lo más posible a la imagen pre-fabricada que tenemos sobre ellos. 

Un parque temático global en donde los mismos lugares que él visita le devuelven una imagen pre-fabricada de sí mismo. En Calcuta, por ejemplo, donde los indios esperan que Osborne interprete el papel de inglés, «un papel fijado en la memoria racial de los demás» y que al cronista no acaba de quedarle claro qué es lo que quieren, si «una demostración de estoica autoridad o algo sacado de la película Trainspotting».

Y pese a su intención de salir del Planeta Turismo, el libro no intenta ser una apología de nada, ni siquiera de la búsqueda de lo exótico ni de lo auténtico, ya que ambos escenarios se plantean como una utopía. Lo que reivindica Osborne es el movimiento como tal, el trayecto porque sí, el continuo flujo, porque «el desplazamiento cuenta más que el destino». 

El Turista Desnudo, entonces, es la crónica de un desplazamiento más que de un descubrimiento. El propio autor reconoce que «la promesa de abandonar el mundo es una idea potente, aunque sepamos que se trata de un mito». Y es por esto que se propone transitar todas las fases del viaje actual, las diversas facetas que adquiere lo oriental con respecto a su relación con el turismo: Dubái, Calcuta, Bangkok, Bali y Papúa. 

Viéndose a sí mismo como un «escapista de un hemisferio tan rico que ya no sabe qué hacer, salvo moverse», recupera la tradición de los viajes de Margaret Mead en Cartas de una antropóloga y de los Tristes trópicos de Claude Lévi-Strauss, ambos autores que al inglés le «transmiten una sensación de brutal soledad y de adversidad» y de los que trata de averiguar el impulso que los ha llevado a recorrer esos sitios, la emoción inconsciente que los llevó hace muchas décadas a descubrir que no somos universales ni únicos aquí en ese magma que llamamos Occidente.

El antiguo barrio persa Al Bastakiya de Dubái le «recuerda a un plató abandonado», un sitio histórico que se empeña en imitar la arquitectura moderna y donde todo está «comprimido en el presente eterno, que es, a fin de cuentas, la dimensión preferida del turista».

Tailandia es Hedonópolis, el centro neurálgico del turismo médico en Asia.  Osborne se lo pasa recorriendo clínicas de cirugía estética y se somete a tratamientos de reconstrucción dental y de limpiezas de colon, alojándose en mega-complejos que incluyen clínica y resort, todo en el mismo paquete.

«Para que resulte atractiva, Bali tiene que estar vacía de contenido. La Disneylandia hindú, la llama a veces la población local», escribe el inglés en su visita al paraíso turístico que actúa como el espejo reverso de lo que podría ser Papúa. Bali es el sitio más desconextualizado de Indonesia, el único sitio de este país musulmán que visita el turismo global. 

Pero Osborne, como turista desnudo, se propone escapar del turismo global y visitar esas islas indonesias que nadie quiere conocer. «Cuando un puritano de Lonely Planet define un sitio como sórdido, lo primero que hago es visitarlo» escribe Osborne, quien transita por varios registros en todo el libro: es un historiador erudito, un viajero curtido y un gonzo muy irónico, que despliega un estilo de escritura magnético y con grandes momentos, como cuando habla sobre uno de sus compañeros de expedición en Papúa  («Juha parecía un ingeniero romántico, si es posible imaginar algo así, con unos ojos nórdicos casi blancos que sugerían un interrogante perpetuo, una ironía de otras épocas») o cuando descubre que los «kombai tenían mucho sentido del humor,  más que los franceses, probablemente».

El encuentro de Osborne con los pueblos originarios de Papúa tiene algo del encanto vintage de los viajes de Marco Polo. El cronista se mueve por sitios en los que no hay ninguna marca ni signo de los que se considera la «lengua global». Y donde no hay absolutamente nada, ni siquiera lo más elemental, de la infraestructura turística.  Las sensaciones de Osborne sobre esta isla transitan en lo que él mismo llama «sensación de irrealidad», algo que no podía decodificar como «lo real» y quizás, en este punto, haya encontrado su sentido del viaje. Y quizás sí se haya salido con la suya en su intento de escapar del Planeta Turismo, cuando afirma que «aquellas cabañas, aquel sendero, aquella selva sin fin, no formaban parte de mi mentalidad» y cuando transita por zonas en las que el mapa GPS consta como «sin datos»: «En el visor de nuestra omnisciente tecnología, aquel equívoco paraíso ni siquiera existía. No estábamos en ningún sitio, en ningún lugar… dondequiera que estuviésemos».

El encuentro con los pueblos kombai pone en jaque, incluso, la idea del viaje, esa pulsión del viajero occidental: «Nosotros, turistas congénitos, nos preguntábamos por qué no habían viajado por todas partes; ellos se preguntaban por qué lo habíamos hecho». De hecho, el cronista se encuentra en la complicación de no saber cómo explicarle al jefe de una tribu de qué manera funcionaban los aviones y de tener que soportar la mirada consternada del jefe kombai, que no podía entender como alguien no sabía cómo funcionaban los aparatos que su propia cultura había inventado.

«En el futuro, estos entornos serán parques temáticos o reservas patrulladas, como el pueblo de Mapais visitado por los Alfas en Un mundo feliz. Los kombai serían como los guías indios de la novela de Huxley, los Primitivos que viven fuera de nuestro encantador mundo feliz». Si bien Osborne augura un futuro distópico para esta región todavía virgen, la duda permanente de lo que ve, de lo que siente, de lo que le dicen es constante en todo el libro. 

El inglés no afirma haber estado en un lugar auténtico al regresar de Papúa. No le interesa la autenticidad, sino lo contrario: dar cuenta de la imposibilidad de esa palabra. Ese «dondequiera que sea» para denominar a Papúa pasa a ser una marca más en su mapa, porque muy pronto estará en otro lugar, volverá a viajar y seguirá moviéndose así, hasta que se muera, siendo siempre viajero, antropólogo y turista. 

 
 

El turista desnudo

Lawrence Osborne

Gatopardo ediciones (2017)

 

Imagen de cabecera, detalle de la portada de El turista desnudo

Laureano  Debat
Laureano Debat

Escritor, periodista y blogger. Argentino, radicado en Barcelona hace cinco años, editor de un blog de crónica literaria y colaborador freelance en diferentes publicaciones de España y Argentina.