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ELOGIO DEL TROPEZÓN

El arte de caminar
Ander Izagirre

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, y lo dicen como si fuera algo malo. Aquí van algunos paseos vascos con rocas en las que conviene tropezar una y otra vez: Ulía, Aralar y Adarra-Mandoegi.

Camino por las calles de mi barrio de Gros, me cruzo con desconocidos y no me saludo con ninguno. Enseguida camino por los senderos del monte Ulía, me cruzo con desconocidos y me saludo con todos. Entre el saludo impensable y el saludo indudable solo hay diez minutos a pie.

Entonces, ¿dónde está la frontera? ¿A partir de qué punto los desconocidos empiezan a saludarse? ¿Cuándo debo decirle «epa» a un extraño y cuándo debo ignorarlo?

Llevaba un tiempo observando estas ceremonias y puedo afirmar que el territorio de la ignorancia mutua —es decir: el territorio urbano— llega hasta la parte alta de la calle Zemoria. En la parte baja de la calle Zemoria, junto a la gasolinera, saludar a un extraño crearía una situación embarazosa («perdón, ¿nos conocemos?»), recelosa («¿este tío qué quiere?») o incluso alarmante («¿este no era el ciclista nudista que salió en el periódico?»). En la parte alta, donde acaban las casas de Zemoria, una rampa de hormigón sube junto a unas huertas, unos prados con ponis y cabras, todavía entre casas. Son los Doscientos Metros del Desconcierto Social. En esa zona gris hay gente que saluda y gente que no. Yo suelo emitir un «ñe» entre dientes, que no compromete ni significa. Pero en cuanto ando cien metros más, ya por el camino de tierra que se mete en el bosque, cada vez que me cruzo con alguien sacudo la cabeza y le suelto un sonoro «epa». Empieza el territorio del reconocimiento mutuo —es decir: el territorio salvaje—.

¿Y por qué en el monte saludamos a extraños? Algunos amigos opinan que es por el sentido de pertenencia a un grupo: igual que los ciclistas se saludan en la carretera, igual que los motoristas se dan ráfagas de luz o extienden dos dedos, los montañeros se saludan y así se reconocen como miembros de una tribu.

Yo voy más allá: en el monte nos reconocemos como humanos en territorio hostil. Dos donostiarras encontrándose en Ulía viven la misma experiencia que dos Homo habilis encontrándose en la sabana africana hace dos millones de años. Los homínidos harían gestos, saltarían y gruñirían para comunicarse algo así como «hola, amigo, cómo te va, por aquí todo bien, no he visto bestias, sigue tranquilo». El paso de los milenios ha pulido el mensaje y lo ha simplificado hasta una forma primordial: «Epa».

Sí: nuestro «epa» significa «hola, amigo, cómo te va, por aquí todo bien, no he visto bestias, sigue tranquilo». Es una solidaridad ancestral, una complicidad de especie frente al enemigo común que nos espera más allá de Zemoria.

 
 

No es casual que en la mismísima calle Zemoria funcionara un matadero hasta 1972. El matadero anterior estaba en la Parte Vieja, hasta que a finales del siglo XIX, con la ciudad en plena expansión, el Ayuntamiento quiso sacarlo del cogollo burgués y recolocarlo en los confines de San Sebastián. Los carniceros se quejaron por el nuevo emplazamiento de Zemoria (o «Cemoriya» o «Semoroya»). Lo consideraban «insalubre e infeccioso, rodeado de arenas movedizas que le dan mayor calor, lo que se notará en la descomposición de sebo, tripería y desperdicios; y la arena suelta impedirá el oreo de las reses sacrificadas». Zemoria era el último puesto en el territorio de los humanos, una frontera en la que matábamos animales sin piedad —sebo, tripería, desperdicios— y enviábamos un mensaje a la malamadre naturaleza: hasta aquí, chiquita.

Por eso, cada vez que traspaso el límite de Zemoria y subo hacia Ulía, sé que puedo ser devorado. A la vista solo hay lagartijas, gatos y gaviotas. Pero no me fío de ellos. Son hijos silenciosos y agazapados de saurios, grandes felinos y dinosaurios supervivientes. Es importante mantener la desconfianza genética que nos ha traído con éxito hasta aquí.

Y la solidaridad de especie. Por eso saludé a la señora de unos sesenta años con la que me crucé ayer en un sendero. No está en edad de reproducirse, pensé, pero quizá en su casa ayuda a criar pequeños humanos. Es valiosa para nuestra lucha. Así que le dije «epa» y reforcé el mensaje con unos pensamientos telepáticos:

 

—Tranquila, señora, no he visto hienas en esta ladera. Y si salta una, pelearé con ella.

 

Me miró con cara de susto. No estoy seguro, puede que las frases telepáticas se me escaparan en voz alta. O puede que ella escuchara, como yo, algo que corría entre los arbustos. Por si acaso, me agaché, cogí una buena piedra y sonreí a la señora. Ella apresuró la marcha. Yo cubrí su retirada.

 

Cogí aquella piedra: es probable que Josetxo Mayor se diera cuenta, porque se sabía la vida de todos los pedruscos de este monte.

 

—Mira, ¿ves esa losa de ahí, la que está entre las zarzas? Antes estaba aquí, bien colocada en el camino, pero alguien la ha tirado. ¿Por qué harán esas cosas?

 

Josetxo —84 años, sonrisa tímida, mejillas rojas, buzo de trabajo, botas, rastrillo en la mano— también contaba la historia de otra piedra hincada en mitad de un sendero en Ulía. Excavó alrededor de ella, para sacarla y despejar el camino, pero no consiguió encontrarle el final.

 

—Esa piedra llega hasta el infierno; tuve que dejarla como está, y bueno, no queda mal, parece un monolito.

 

O la de otra roca plana que trajo rodando por la ladera y que se ha quedado como un banco improvisado para que descansen los caminantes.

Si en Ulía se movía una piedra, Josetxo se daba cuenta. Si crecía una hoja, también. Conocía la vida y milagros de un olmo que estaba muy pocho, hasta que él le quitó las zarzas de alrededor y empezó a crecer con energía, o de los madroños que él plantó, del pino caído, del haya veloz, del abedul que acariciaba como si fuese un nieto.

 

—Era un pirulí y míralo ahora, qué hermoso se ha puesto.

 

Josetxo Mayor en el monte Ulía.

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En una curva cerrada del camino, los paseantes se agarraban a la rama baja de un castaño y la iban torciendo. Hasta que Josetxo amplió el radio de la curva: pasó semanas excavando, alisando la tierra, colocando losas de arenisca para trazar una especie de segundo carril, más alejado del castaño. Así salvó la rama.

Josetxo pasó 31 años abriendo, limpiando y cuidando los caminos de Ulía por su cuenta. Empezó el 16 de septiembre de 1986, tras un ataque de nostalgia.

 

—Cuando era crío yo jugaba en Ulía. Ya luego veníamos con las chavalas, con las botellas de sidra, a merendar y a darnos morreos. Pasé muchos años sin venir, y cuando volví, me encontré con que las zarzas se habían comido todos los caminos. Nadie los cuidaba. Me dio una pena de llorar. Me entraron ganas de quitar la maleza a mandobles, y así empecé, sin herramientas ni nada, arrancando rastrojos a mano. Pensé: a ver hasta dónde puedo llegar.

 

A golpe de azada, podadora y rastrillo, abrió una red de senderos que ahora unen los bosques y los acantilados de Ulía, todo un itinerario entre San Sebastián y Pasajes. Escogió losas de arenisca, las picó, las amoldó, las colocó una a una para pavimentar zonas resbaladizas; desenterró una calzada olvidada del siglo XIX, cuidó árboles, resucitó fuentes.

 

—Aquí hay mucha fatiga y muchos sofocones. Pero juramentos, ni uno. Un voluntario no tiene derecho a decir juramentos. Si no quiere trabajar, que lo deje.

 

El primer día que paseé con Josetxo, se le acercó un caminante, un hombre de sesenta y pico.

 

—¡Qué bien tienes los caminos, Josetxo! Hacía tiempo que no venía por aquí.

—Pues yo hace tiempo que no salgo de aquí.

 

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EL ARTE DE CAMINAR

UN VIAJE A ESCALA HUMANA

ALTAÏR MAGAZINE

Ander Izagirre
Ander Izagirre

Ha publicado crónicas sobre las víctimas de la violencia en Colombia, los supervivientes de Chernóbil, los porteadores de la cordillera del Karakórum, las niñas que trabajan en las minas de Bolivia, los campesinos que se rebelan contra la Mafia en Sicilia, los ciclistas que se dopaban con bacalao, también sobre su vuelta a España en vespa. Galardonado con el Premio Europeo de Prensa 2015.

 
 

En Twitter: @anderiza