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LA VENGANZA DE LA GEOGRAFÍA

Una conversación sobre mapas con Robert D. Kaplan
Pere Ortín

Aquella fría mañana de invierno, cientos de miles de personas esperaban la palabra de su nuevo mesías en el National Mall de Washington DC. Hacía 20 días que había empezado el año nueve del segundo milenio y la nación más poderosa del mundo vivía un momento de euforia: el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América sería negro, se llamaría Barack Hussein y tendría por apellido Obama. Minutos después de jurar su mandato, el nuevo presidente, nacido en Hawái, le dijo al pueblo soberano: «The world has changed, and we must change with it» (El mundo ha cambiado, y nosotros debemos cambiar con él). En inglés, el verbo «must» implica obligación y, tras aquella orden, la masa rugió y el Capitolio tembló.

Unos meses después del discurso de Obama, Robert D. Kaplan (Nueva York, 1952) escribía: «¿Cómo se prepara EE.UU. para una salida prolongada y elegante como potencia dominante?» La provocativa pregunta parecía construida al hilo de la orden de cambio del nuevo presidente. Kaplan, uno de los intelectuales más perspicaces en la lectura de los cambios geopolíticos del mundo, publicaba el controvertido ensayo The revenge of Geography en la revista Foreign Policy. En el texto reclamaba, como Obama, un «cambio» de paradigma intelectual en el análisis del mundo. Y planteaba, para ello, la necesidad de volver a la geografía, a leer mapas con la idea de entender la extrema complejidad del mundo en el siglo XXI.

Kaplan —un analista «determinista parcial, realista y pragmático»— y Obama —un «buenista» que sólo 262 días después de llegar a la presidencia ganó el Premio Nobel de la Paz— coincidían: más allá de los espejismos tecnológicos digitales, el mundo no se había hecho plano (como anunció Thomas Friedman). Las profecías, una vez más, habían fallado: el mundo continuaba bañado por las aguas revueltas del río del cambio permanente que Heráclito ya había descrito 25 siglos antes.

 

Llevaba casi un año persiguiéndolo. Robert D. Kaplan no era un hombre fácil de localizar. Al final, tras diversos contactos con su asistente y después de su último periplo de meses viajando por China, Kaplan me recibía digitalmente en su casa. Puntual, a las ocho de la mañana según el huso horario de su hogar de los Berkshires (Massachusetts), iniciamos una larga conversación en la que sólo nos dio tiempo a charlar del expansionismo de China, de la guerra de Siria o Irak; de los refugiados que cruzan Europa, de las veleidades del «malvado» Putin; del narco-estado fallido de México, de la maldición del petróleo aplicada a Nigeria o Guinea Ecuatorial; del Mediterráneo, del futuro de la industria textil en Ghana o Liberia, de la futura paz en Colombia; de Afganistán, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán… y todos esos países que terminan con el sufijo «-stán» (en persa: ستان), que significa «lugar de».

También nos dio tiempo para reflexionar sobre la tesis principal de sus investigaciones más recientes: cómo la soberbia tecnológica y el desconocimiento de la geografía han llevado a gobernantes, políticos y analistas a tomar decisiones geopolíticas erróneas, sin entender que el mundo es hoy una estructura de poder multinodal muy compleja de analizar y que, muy por encima de las ideas, siempre hay un mapa. Es su lógica geográfica de las ideas, definida en una magnífica frase que escribió en La venganza de la geografía: «Por supuesto que las ideas importan, y abarcan la geografía. Pero también hay una cierta lógica geográfica en dónde echan raíces ciertas ideas».

—¿Debemos temer a China? 

—No, aunque debemos estar siempre atentos a los movimientos de China. Los EE.UU. necesitan evitar cualquier conflicto con China por las graves consecuencias económicas que supondría. 

 
 

Asia's Cauldron: The South China Sea and the End of a Stable Pacific (La caldera asiática: el Mar del Sur de China y el fin de un Pacífico estable) es el ultimo libro —aún no traducido al español— que acaba de escribir Robert D. Kaplan. De su lectura se desprende su análisis sobre los últimos movimientos estratégicos de China en su gran área de influencia y con sus vecinos. Kaplan contempla un mapa de China y lee que Pekín está a la altura de Nueva York. Traza líneas y comprueba cómo China se construye a partir de sus grandes ríos: Wei, Han, Amarillo y Yangtsé, y que todos fluyen de Oeste a Este. Por ello, y mucho más que por las típicas diferencias Norte-Sur, la sociedad china se ve condicionada por su demografía, los ríos y el binomio centro-periferia.

Es cierto que en los últimos años China dejó de ser el país más poblado el mundo (ahora es la India), pero se convirtió —algo mucho más importante— en la segunda potencia económica mundial, superando a Japón. Además —un hecho mucho menos conocido, pero muy relevante— China ya es la primera potencia mundial en número de publicaciones científicas y tecnológicas. Puede que haya especialistas que minusvaloren este hecho, que piensen que sólo es un detalle o que sus datos son falsos, pero parece claro que se trata de una muestra de su gran dinamismo interno, siempre bajo control autoritario, y de que, más allá de sus problemas de crecimiento económico o crisis bursátiles, la vida en China alienta todas las formas del expansionismo. 

Según Kaplan, China no supone una «amenaza existencial» para Occidente porque es una «potencia ultrarealista y pragmática»: sólo busca fuera lo que no tiene en casa. China, según el ensayista, «no pretende difundir ninguna ideología o forma de gobierno» en el mundo, al estilo occidental. El desafío chino es sólo geográfico y está condicionado por la globalización. En la práctica, sus intereses económicos siempre chocan con los de EE.UU. y Europa, ya que está claro que en cuestión de muy pocos años, China se convertirá en la primera economía mundial. En este sentido, y para analizar China hoy, la doble tesis que Kaplan plantea en su nuevo libro es:

 

a) El dominio del gran Mar del Sur de China es igual de importante que el dominio del Caribe para los EE UU.

b) Los contenciosos marítimos con Japón, Vietnam o Filipinas son importantes, pero no lo es menos el conflicto entre Moscú y Pekín por el poder y la influencia demográfica y económica sobre las antiguas repúblicas asiáticas del gran monstruo ex-soviético.

—¿Qué es la geografía?

—Un punto de partida, un telón de fondo en el que se desarrolla el drama humano de las ideas, la voluntad y el azar.

 
 

Robert D. Kaplan es un destacado analista político alineado con la corriente realista del pensamiento exterior norteamericano, y colabora con algunos centros académicos y de análisis de Estados Unidos. Estudió periodismo, sirvió en el ejército israelí, fue corresponsal en Europa y el mundo árabe, y vivió varios años en Grecia y Portugal. Hoy escribe en The Atlantic y es también articulista en The Wall Street Journal.

Le han llamado «aventurero», «halcón del conservadurismo» o «visionario pragmático de un mundo en descomposición», pero durante nuestra conversación nada de eso parece interesarle demasiado. Tampoco le molesta que algunas de sus más controvertidas propuestas hayan sido calificadas como «radicales» o «heterodoxas». Piensa que es «normal». Sus ideas sobrepasan los límites convencionales de las explicaciones ortodoxas propias de cenáculos diplomáticos, académicos y de la política internacional, en los que casi nadie dice que lo que realmente piensa.

De trato agradable y palabra medida, Kaplan mantiene una conversación rítmica: respuestas de variada duración, rápidas o lentas, pero siempre directas y bien argumentadas. Vindica un determinismo geográfico («parcial») y pone más énfasis en las divisiones que en los puntos de unión. En su opinión, necesitamos «más realismo» para interpretar lo que sucede en el mundo: «La geografía siempre se venga de nosotros cuando la desafiamos». Además, asume —como un mal necesario— cierta necesidad de reduccionismo para entender lo que nos sucede: «La Humanidad —aún hoy— está más dividida que conectada». Buen divulgador anglosajón, sabe adaptarse a las necesidades de su interlocutor y dispara frases que, sin llegar a ser aforismos, no te dejan indiferente.

«La frontera Sur de Europa con África no está en Gibraltar o Lampedusa. Está en el desierto del Sáhara»

 
 

Conoce Europa a la perfección, la ha caminado entera y podría dibujarla con la punta de sus zapatos. Kaplan asegura que el continente es como un viejo preso sometido a la tortura de estirarle cada parte de su cuerpo hasta el límite del aguante. Así, el Viejo Continente es un juego de fuerzas desiguales que tiran del Norte y del Sur, del Este y el Oeste; de un centro en tensión siempre con muy complejas, orgullosas y obstinadas periferias sureñas y orientales.

Niega con cierta ironía la idea del filósofo camerunés Achile Mbembe y su «growing irrelevance of Europe» (la creciente irrelevancia de Europa). Asegura que Europa «seguirá siendo uno de los grandes centros neurálgicos posindustriales del mundo en el siglo XXI» y que el traslado del centro de gravedad de la política europea de Bruselas hacia Berlín tendrá «grandes repercusiones mundiales». Para Kaplan, Europa «está a punto de moverse de nuevo en dirección a las regiones meridionales». Según él, cambiando la lógica geográfica de los paralelos por la de los meridianos, Europa podría descubrir en el Mediterráneo su (¿nuevo?) lugar, en un planeta cada vez más dominado por la «alianza» (de facto) geoeconómica del Pacífico, entre EE.UU. y China. 

Aunque resulte poco creíble viendo las imágenes de los últimos meses, con el drama de los refugiados y migrantes llegando de Oriente Medio y África, el Mediterráneo —hoy frontera y barrera natural de aislamiento— volverá de nuevo a ser, según Kaplan, el «conector fundamental» (para lo bueno y para lo malo) que siempre fue, en una nueva comunidad económica y cultural de intereses. Para Kaplan, esta nueva situación no vendrá impulsada por una ola de «buenismo» filantrópico o de simpatía con los no europeos, sino por los negocios y necesidades económicas que se derivan y surgirán de las enormes reservas de gas y petróleo que se esconden bajo las aguas y las costas del Mare Nostrum y que se harán accesibles en unos años.

«El gran enemigo de la geografía nunca fue la falta de conocimientos, sino el exceso de imaginación.»

 
 

—¿Cuál es la capital de Mongolia?

—Ulán Bator, respondía el más espabilado del grupo.

 

«Geografía» parece una palabra de otra época. Nos remite a aquellos tiempos en los que —no hace tantos años— en las aulas colgaba un mapamundi y se estudiaban los nombres de los ríos y las capitales del mundo.

Seamos más o menos deterministas parciales, al estilo Kaplan. Nuestra posición geográfica —nos guste más o menos— nos determina. Explica parcialmente algo de lo que somos y define, de manera general, nuestro lugar de partida en el mundo: la primera dotación de recursos naturales que conocemos, la cantidad de sol que recibimos cuando somos niños y, por tanto, la dotación de melalina fotoprotectora de nuestra piel; los litros de agua caída del cielo que, de media, recibimos en los tejados de nuestras casas cada año y, por tanto, los cultivos que, de manera natural, estamos acostumbrados a ver en las cercanías de ese punto geográfico del globo que nos ha tocado en suerte al nacer.

La geopolítica se inventó en la segunda mitad del siglo XIX, coincidiendo con la expansión de los grandes imperios coloniales europeos, para dar cierta forma intelectual a todo aquello. Desde entonces, más o menos a la moda, los geopolitólogos juegan con grandes conceptos, generan edificios que casi siempre parecen sustentados en sólidos cimientos geográficos y análisis históricos. La lectura de muchos de sus trabajos es como la ficción: puede ser adictiva. En un mapa, como en una gran novela, parece siempre haber algo de verdad inmanente que nos ayuda a comprender el pasado, interpretar con claridad el confuso presente y analizar las diferentes posibilidades que nos quedan por delante. Robert Kaplan reivindica algunos de sus predecesores, como Fernand Braudel (y su análisis de la ecología como fuerza motriz de procesos históricos), Alfred Thayer Mahan (con su visión del papel de los océanos Pacífico e Índico), Nicholas Spykman (centrado en el control de Rusia) y, sobre todo, Halford J. Mackinder (quien, según Kaplan, vaticinó las dos guerras mundiales del siglo XX y la subordinación de Europa a Asia).

Kaplan no sólo reivindica la importancia de la geopolítica, sino que va más allá: el clima, la latitud, los mares, los ríos, las montañas, los desiertos, los recursos naturales, las etnias… marcan el destino de pueblos y Estados, las migraciones, la viabilidad económica de los asentamientos masivos, el sistema de vida, el auge y caída de los imperios, la emergencia de nuevos poderes y áreas de influencias, la paz y la guerra. Pero Kaplan nos conmina también a estar siempre atentos, porque los mapas también «mienten». Nos invita a no repetir los errores de aquel pasado lejano en el que la cartografía cristiana parecía más preocupada por las profecías autocumplidas de sus dogmas de fe que por los hechos. Porque el gran enemigo de la geografía nunca fue la falta de conocimientos, sino el exceso de imaginación. 

«Es necesario recuperar la sensibilidad —acerca del tiempo y del espacio— que hemos perdido en la época de los aviones supersónicos y la información digital.»

 
 

Anne-Marie Slaughter —prestigiosa especialista en política internacional de la Princeton University y ex alta funcionaria del gobierno norteamericano— ha calificado a Kaplan de «adivino», ya que «lee los límites del territorio a la manera en que un brujo lee las líneas de una mano». Pero no hay nada de magia en su trabajo. El método que desarrolla parece sencillo cuando se le pregunta por ello: la geografía es sólo y siempre un punto de partida, un «telón de fondo» en el que, según Kaplan, se desarrolla el «drama humano de las ideas, la voluntad y el azar». La trama y las motivaciones de los personajes protagonistas de esta historia de los humanos son, siempre siguiendo a Tucídides, «el miedo, el interés propio y el honor».

En sus trabajos, Kaplan intenta mostrarnos cómo «la inestabilidad tiende a corregirse» y cómo buceando en los mapas se lee el pasado. En sus textos plantea claves para analizar el presente, explicar la Historia y, como no, aventurar futuros posibles. Kaplan es gringo y no lo esconde, así que, en ocasiones, está demasiado seguro de sus afirmaciones. Lo reconoce, se ha equivocado en diversos análisis (por ejemplo, con su apoyo a la guerra de Irak), pero es capaz de desmenuzar la realidad globalizada con la misma facilidad con la que los mexicanos deshilachan el pollo para hacer tinga. Compartamos o no su ideología, sus lectores disfrutamos con sus análisis de una visión mucho más afinada y compleja de la realidad política del mundo. 

«México: tan lejos de Dios, tan cerca de los EE UU.»

 
 

Con una docena de libros de viajes en su haber, Kaplan publicó en el año 2000 Viaje al futuro del imperio, una especie de crónica de viaje y análisis que lo llevó desde Canadá hasta México, un recorrido que le permitió abordar uno de los asuntos más polémicos de las relaciones entre México y EE.UU.: la creciente e imparable integración económica, social, cultural, demográfica y lingüística del suroeste estadounidense con el norte de México.

Kaplan se ríe sin disimulo de aquellos que tratan de explicar el mundo, y la vida de los humanos en él, sin la ayuda de los mapas. En este sentido, uno de los ejemplos favoritos de Kaplan es México, que tiene 3.141 kilómetros de frontera con su vecino del Norte, Estados Unidos, al que está cada día más ligado. Sobre este asunto, Kaplan, periodista excepcional y académico poco ortodoxo, defiende con mucha convicción sus ideas, y las expresa mediante dos planteamientos contundentes: 

 

a) El porvenir de Estados Unidos está y estará cada vez más ligado al de México (obvio).

b) La frontera con México es el problema más importante de la política exterior de EE.UU. (nada obvio).

 

¿Por qué? Pues vayamos, como nos recomienda Kaplan, a los detalles que nos aporta la geografía social, cultural y política. Los estados de California, Nevada, Arizona, Nuevo México y Texas, junto a sus vecinos al Sur (los estados mexicanos de Baja California Norte, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas) «están configurando una región socioeconómica, de características únicas y diferente al resto de Estados Unidos, pero también al resto de México, que podría ser una nueva nación en menos de cien años». El Doctor Charles Truxillo, investigador de la Universidad de Albuquerque, ya había planteado a principios de siglo algo así como las bases de lo que sería una futura «Hispanic Homeland» independiente, un nuevo país llamado «República del Norte», que uniría, según su análisis, los estados del norte de México y los del sur de los EE.UU. en 2080.

Aunque este tipo de profecías geopolíticas —como todas— siempre son susceptibles de estar equivocadas, los datos cartográficos y las cifras humanas parecen apoyar la idea: el último Anuario de Migraciones del banco mexicano BBVA Bancomer 2015 indica que en EE.UU. ya viven unos 35 millones de mexicanos, de los cuales unos 12 millones aún son nacidos en México. La estadística va en aumento, con incorporaciones demográficas procedentes de Centroamérica.

Los mapas nos dicen muchas cosas, pero también nos pueden mentir. Cualquiera que haya estado en dos ciudades que se llaman igual (Nogales, en Sonora, México y Nogales, en Arizona, EE.UU.) puede corroborar que, más allá de sus diferencias en los estándares de niveles económicos, vida pública y privada, justicia social y comportamiento de autoridades y poderes públicos, la frontera de México con Estados Unidos es una invención que no representa más que el mapa de una estúpida guerra del siglo XIX y una venta traicionera de territorio. La línea imaginaria que se pinta en uno de los desiertos más duros de la Tierra no tiene ningún sentido y, más allá de las vallas, no podrá servir para contener los sueños de los que llegan a Caborca desde el Sur, ni tampoco para calmar las pesadillas de los que juegan al golf al Norte, en Tucson. Como dicen los mexicanos, «tan lejos de Dios, tan cerca de los EE.UU.».

«Especialmente si eres periodista, cuanta más geografía sepas y más la respetes, mejor reportero serás.»

 
 

Escribió Adam Gopnik —ensayista y crítico de The New Yorker— en la edición de la revista publicada el 29 de octubre de 2012, que el gran reto actual al que se enfrentan los geógrafos es mostrar cómo la evolución de la forma de entender nuestro paso por el planeta es un camino con cuatro etapas: races, faces, places and spaces (razas, caras, lugares y espacios). La primera historia que escribió la Humanidad fue la historia de las razas (races), con sus mitos y dioses y su reconocimiento excluyente («nosotros» y, por tanto, «ellos»). Después vino la historia de las caras (faces), esto es, la historia como épica de reyes y profetas, de faraones; de papas, sultanes y emperadores. 

Luego llegó la historia de los lugares (places), con los Estados, países, naciones, ciudades e imperios, formados por gente diferente pero equiparada por su pertenencia a un lugar. Y ahora parece que ha llegado el momento de elaborar la historia de los espacios (spaces). Con esta maravillosa sencillez que tiene la lengua inglesa, y definidas ya las cuatro etapas de la geografía y de los geográfos, hoy, en la época de los «espacios», es muy importante definir y preguntarnos qué significa el concepto «espacio», entendiendo también las historias de las geografías y las geografías de las historias.

«Al final del día, el mundo sigue sin ser plano.»

 
 

Puede que las redes sociales y los flujos de información y datos masivos de todo tipo nos ofrezcan cada día más la posibilidad de ver, dibujar y representar los espacios y las interacciones humanas como nunca antes. Puede que hoy, incluso, podamos mapear las conexiones, los deseos y las aspiraciones de los humanos, por ejemplo, a través de las búsquedas de la pantalla de un smartphone. Puede que también la sociogeografía —nuevas geografías de los anhelos— nos ayude a descomponer la intersección de millones de pequeños mundos representados en mapas de datos (Big Data) que se pueden seguir y visualizar (transacciones financieras de una empresa internacional, un recorrido en bicicleta). Pero a pesar de que las (des)ilusiones ópticas y digitales del siglo XXI nos hayan nublado la visión hasta plantearnos el espejismo de un mundo globalizado sin contornos definidos, la geopolítica ha vuelto para ayudarnos a interpretar la fatalidad perpetua que parecen dibujar nuestros mapas. Para comprobar cómo nos siguen interpelando desde una realidad telúrica e inamovible de la que, según parece, no podemos escapar.

Kaplan nos avisa: un buen mapa rompe todo afán de simetría y se exhibe como lo que es: una muestra más de la entropía en la que vivimos. Por ello, se trata, también, de desconfiar de ellos, especialmente de aquellos que se presentan a sí mismo como simétricos, precisos, relevantes, atractivos, perfectos… como los de Google.

Cerramos la conversación comentando cómo, para los seres humanos, el acto de conocer sigue siendo «más atractivo que el conocimiento mismo». Finalizamos nuestra enjundiosa charla y, a modo de despedida, me pide que, como periodista y documentalista que soy, no deje nunca de leer y estudiar mapas: «Antes de filmar o escribir sobre un lugar y sus gentes, estudie críticamente los mapas de esa zona». Yo le aseguro que ya lo hago, y le digo que intentaré hacerlo más aún…

El mundo, como nos avisó el presidente Obama aquella fría mañana de enero de 2009 en el National Mall de Washington DC, nunca ha dejado de cambiar y sigue mutando. No nos queda más remedio, siempre, que adaptarnos. Puede que las modificaciones actuales de la vida y el mundo sean más rápidas. ¿Quién sabe? Lo que está claro, como reivindica Robert D. Kaplan, es que en esos procesos de cambio interminable siempre habrá un espacio de análisis necesario para los mapas. Esos dibujos, colores, líneas y formas, con todas sus virtudes y defectos, siguen siendo un principio esencial para interpretar el planeta: nos ayudan a abordar la diferencia fundamental entre cómo los humanos vemos el mundo y cómo el mundo es en realidad, más allá de nuestras imágenes y recuerdos, siempre defectuosos, y de nuestra fatigada capacidad de comprensión.

Puede que haya sido cierto, como cantó el gran Gill Scott-Heron, que la revolución nunca fue televisada. Ahora sólo nos falta saber si, gracias al trabajo de geopolitólogos como Kaplan, la próxima revolución, esa que está por venir, podrá ser cartografiada. Mapas, mapas, mapas… La geografía ha vuelto y ha venido para vengarse.

 

STORYMAP DE JORDI BRESCÓ

ILUSTRACIÓN DE CABECERA DE BÁRBARA M. DÍEZ

Pere Ortín
Pere Ortín
«Oficio de periodista, humildad de viajero y mirada de documentalista». Lo escribieron de él en una reseña de prensa sobre uno de sus documentales. Alumno de la vida e investigador de lo humano, tiene claro que solo vemos lo que queremos ver; que la belleza —y la fealdad— está(n) en el ojo del que mira y que no vemos las cosas como son, sino como somos nosotros. Tras sus trabajos en la prensa escrita, la televisión y el documental, hoy dirige Altaïr Magazine.