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POSTES POR EL BARRIO

Los eruvs en Inglaterra
Ignacio Pérez Ibáñez
 

Varias comunidades hebreas de Reino Unido están construyendo fronteras suspendidas de mástiles para poder salir de sus casas durante el sabbat. Sus vecinos se oponen rotundamente.

Prohibido arrancar los cuadrados del papel higiénico porque no está permitido dividir en dos un objeto. Prohibido abrir un paraguas porque se asemeja a montar una tienda. Y prohibido tocar y mover a tu mascota porque no es un «objeto con una función indispensable para la celebración». Son algunas de las actividades más llamativas que los judíos estrictamente ortodoxos se abstienen de realizar durante el sabbat, el séptimo día de la semana hebrea, consagrado al descanso total.

A pesar de que en el Antiguo Testamento no se especifica en ningún momento qué actividades están prohibidas, los rabinos, a lo largo de más de tres mil años, han elaborado una lista de 39 acciones primarias vetadas durante el sabbat. Y es precisamente la última de ellas, la prohibición de transferir un objeto de un dominio público a un dominio privado, la que está provocando auténticas guerras vecinales en ciertos barrios residenciales de Mánchester y Londres.

Está permitido salir a la calle e ir a la sinagoga, pero las llaves, las gafas, los medicamentos, las sillas de ruedas, los bastones o los carritos de bebés deben quedarse en casa. Esto se traduce en ancianos, enfermos y madres ortodoxas encerradas en casa desde la puesta de sol del viernes hasta la aparición de las tres primeras estrellas en la noche del sábado. No obstante, hay una manera de evitarlo: se llama «eruv».

 
 

Si por los dominios privados está permitido transportar los pocos objetos que se pueden tocar durante el sabbat, ¿por qué no convertir todo mi barrio en un dominio privado? Esa es, a grandes rasgos, la lógica de los eruvs. Para ello, deberíamos construir un muro de, al menos, diez palmos de alto y alguna que otra puerta, que encerrara completamente al vecindario. Pero claro, un gueto en pleno siglo XXI es inadmisible. Así que los posek, los treinta rabinos con más autoridad del mundo, permiten que, en vez de construir un muro de ladrillo, se empleen fronteras ya existentes (vallas, tapias, vías de tren, autopistas) y que, en los espacios insalvables, como por ejemplo los pasos de cebra, se coloquen postes a uno y otro lado de la calle y se unan mediante un hilo de pescar muy tenso.

Hay un auténtico boom de eruvs en Inglaterra. Y todo apunta a que se debe al 5% de crecimiento anual de la población judía ortodoxa en este país, consecuencia de los seis hijos que tienen de media. Ya hay diez eruvs plenamente operativos en territorio británico (seis de ellos en Londres y dos en Mánchester), seis están en proceso de construcción o ya han conseguido la autorización por parte de las autoridades locales, y otros tres están pendientes de esa resolución, entre ellos uno en el popular distrito londinense de Camden.

Hasta el pasado 13 de septiembre había proyectado otro eruv en Hale, un barrio al sur de Mánchester famoso por ser el hogar de varios futbolistas del United y del City. Finalmente no lo van a poder construir: la oposición por parte de los vecinos del barrio ha sido feroz. No quieren que se coloquen más postes ni que se invada el espacio público por motivos religiosos.

De haberse construido, habría sido el segundo eruv más grande de Inglaterra. Diecinueve kilómetros de perímetro y 95 postes de hierro galvanizado de seis metros de alto. Una versión reducida del proyecto original, que pretendía instalar 85 postes de seis metros de alto, 32 de cuatro metros y una valla de 800 metros de largo y un metro de alto.

Nada más conocerse que la propuesta había sido registrada en el Ayuntamiento de Trafford (Hale forma parte de esta gigantesca circunscripción), el exconcejal Neil Taylor y otros veinte vecinos crearon la plataforma ciudadana South Trafford Against The Eruv. No era la primera vez que oían la palabra eruv: en noviembre de 2014, el rabino Joel Portnoy y otros promotores registraban un proyecto similar en el mismo consistorio. Para darle un aire democrático y abierto, organizaron un debate público en el salón de actos de un hotel de cinco estrellas. A él acudieron más de 300 vecinos con ganas de guerra y, vista la oposición, recularon. No obstante, en julio de 2016 volvieron a presentar el proyecto. «Y no entendemos por qué —comenta Neil Taylor—. Algunos dicen que es porque el rabino Portnoy tiene planeado marcharse y quiere dejar el eruv como legado».

Lo cierto es que, temiendo la indiferencia y la abulia del vecindario, la plataforma antieruv no ha escatimado en esfuerzos: folletos, recogida de firmas, llamamientos en Facebook a escribir mensajes contrarios al eruv en la web del ayuntamiento... Y parece que no les ha ido mal: de los 1.118 comentarios dejados en el portal municipal, 963 son contrarios y 107 a favor. De las más de 500 cartas escritas que ha recibido el Departamento de Planificación Urbana, menos de 90 son en apoyo del proyecto. Y en cinco días consiguieron 450 apoyos en una petición en la plataforma online 38 Degrees. Al sexto, no obstante, la petición tuvo que ser clausurada debido a «contenido inapropiado» (comentarios antisemitas).

 
 

A la mayoría de los vecinos les enfurecía el hecho de que, por motivos religiosos, se estuviera ocupando espacio público. No obstante, había argumentos más sesudos, como el de Patrick Myers, actual concejal del Partido Conservador, quien aseguraba que, en medio de un antisemitismo creciente en Europa, esta construcción podía incitar agresiones antisemitas. Quizá no andaba mal encaminado: en 2015, la policía británica registró 938 crímenes catalogados como antisemitas, un 25% más que en 2014. La mitad sucedieron en Londres, con una población judía estimada de 160.000 personas, y el 18% en Mánchester, hogar de 27.000 personas que dicen profesar esta fe.

También había, entre los vecinos, preocupaciones más pragmáticas y alejadas de la simbología, como las de Jill Purcell, que aseguraba que el hilo de pescar prácticamente invisible podría herir a pájaros y murciélagos. Y otras que, directamente, caían en el antisemitismo y el insulto. Tom Howard, por ejemplo, creía que, una vez construida, esta frontera sería un imán para familias judías ultraortodoxas y no quería vivir en un barrio invadido por ellos. Sanoe Sky los llamaba «vergüenza de su religión» por «no ser capaces de mantener el culo en sus casas durante unas horas» y les emplazaba a irse a «otro país que acepte sus ridículos planes». Y Barrett Downing relacionaba el eruv con el conflicto palestino y la hipotética amenaza de que pensasen que el barrio era suyo por derecho divino.

En Hale viven, según el último censo británico, unas 19.000 personas. Por estadística, menos de 150 son judíos estrictamente ortodoxos. Un reducido grupo que, según Neil Taylor, portavoz de South Trafford Against The Eruv, no justifica la construcción del segundo eruv más grande de toda Inglaterra: «Demasiado daño para tan poco beneficio». Los promotores de la frontera han rehusado dar cifras sobre el coste de la construcción. No obstante, eruvs similares no han bajado de las 350.000 libras.

Parece que a los judíos estrictamente ortodoxos les gusta vivir en grandes ciudades. No hay cifras actualizadas pero, en 2011, de los cerca de 44.000 que vivían en Reino Unido, el 71% residían en Londres y el 24% en Mánchester. Dentro de la capital británica, la mayoría lo hacían en el área de Stamford Hill, al Norte: una amalgama de casas de tres pisos descuidadas, puestos de comida, letreros en hebreo y hombres jóvenes luciendo tirabuzones, chaquetones inmensos y sombreros de fieltro.

En el popular barrio de Camden también viven judíos ortodoxos. No en el área del mercado alternativo, sino más al Norte, en los alrededores del inmenso parque Hampstead Heath. La zona es como Notting Hill, pero en soso: filas interminables de casas georgianas sin color, sólo ladrillo y estuco blanco. No obstante, si el Ayuntamiento de Camden da su consentimiento, puede que ese paisaje lo amenicen 89 nuevos postes de seis metros de altura.

Efectivamente, hay planes para construir un eruv de 9,6 kilómetros de perímetro en esta zona. La propuesta ya ha sido presentada en el Consistorio, y, detrás de ella, hay un grupo de sinagogas ortodoxas. Según dicen, unas 6.000 personas se beneficiarán de esta frontera suspendida en el aire, tanto judíos del barrio como usuarios de los dos eruvs aledaños. Si llega a materializarse, el nuevo dominio privado unirá el eruv más antiguo de Inglaterra, el North-West London eruv, finalizado en 2003, y otro que ya ha empezado a construirse, el de Brondesbury. Tres eruvs en uno.

En algunos casos, las limitaciones que impone la norma afectan de forma directa a algunos judíos ortodoxos, que no pueden salir de sus casas durante el sabbat. Jeremy Ross, por ejemplo, se lamenta de que su hijo con autismo y un trastorno déficit de atención tenga que quedarse en casa porque no pueden llevar consigo las pastillas que le harían tranquilizarse en la sinagoga. Y Henry Knobil cuenta con pena cómo su mujer, que cinco años atrás sufrió un derrame cerebral, no puede ir a la sinagoga y ver a sus amigas porque está confinada en una silla de ruedas.

 
 

El Centro Islámico de Inglaterra y varios sacerdotes católicos y anglicanos han mostrado ya su apoyo al eruv de Camden. La reverenda Diana Young, que oficia en la iglesia anglicana de Saint John, en Camden, asegura que «no puede oponerse a algo que va a hacer la vida más fácil a sus hermanos judíos». No obstante, muchos en el vecindario no comparten esa visión: no quieren que se coloque ningún poste en las aceras —y con más razón en Hale, ya que algunas calles del barrio son patrimonio nacional—, y tachan de «inhumanas» estas normas en pleno siglo XXI. 

En el mayor eruv de Inglaterra, el de Prestwich, al norte de Mánchester, sucede algo inaudito: pese a haberse gastado casi 400.000 libras y haber sembrado el barrio con 117 postes, hay judíos ortodoxos que se niegan a usarlo. ¿El motivo? Creen que es inválido a ojos de Dios. De nuevo, nos topamos con otra discusión entre rabinos: en la Torá, es decir, no aparece nada sobre los eruvs. Es en los tratados rabínicos posteriores donde se perfila este concepto, y, en uno de ellos, la Mishnah Berurahse, se establece que los postes y el hilo no valen para crear un eruv en un dominio público. Se necesitan portones que atraviesen las calles y puedan ser cerrados durante la noche.

Los portones, en pleno siglo XXI, son impensables, así que la única esperanza de construir un eruv reside en la relatividad del concepto de dominio público. Los rabinos más laxos lo definen como un área que contiene una calle por la que diariamente pasan 600.000 personas, mientras que los más rígidos lo describen como un espacio en el que simplemente viven 600.000 personas. Si se aplica la primera definición, el eruv de Mánchester es válido porque por ninguna calle pasa esa cantidad de gente. Si se aplica la segunda, no es válido porque el área metropolitana rebasa los dos millones de habitantes.

En el área de Prestwich, hogar de unos 6.000 judíos estrictamente ortodoxos, prácticamente todas las mujeres que te cruzas por la calle cargan con un carrito y dos o tres hijos pululando a su alrededor. Visten a lo Jackie Kennedy: faldas por debajo de la rodilla, chaquetillas de manga larga y pelucas de cabello natural, abombado, estilo años cincuenta —la ley judía insta a las mujeres a cubrir su pelo—.

La vida en el barrio se desarrolla en Leicester Road y Bury Old Road. El resto de esta gigantesca área lo ocupan parques —todos iguales—, casas unifamiliares con su correspondiente jardín y cama elástica para que los niños se diviertan, ocho sinagogas, y alguna que otra iglesia. No obstante, lo indispensable para vivir, es decir, el supermercado kosher, la carnicería kosher, la pastelería kosher, la peluquería kosher y la tienda de telefonía —esta vez, no kosher— se encuentran en esas dos calles.

Yossi Richman, de 29 años, carnicero en un establecimiento de Leicester Road, cuenta que confía plenamente en el eruv, que él y su familia lo utilizan, y que cree que ha mejorado notablemente la calidad de vida en el barrio. Resulta chocante que sea la única persona consultada esa mañana —si no se tiene en cuenta al responsable de la estructura— que reconoce utilizarlo. El resto lo ve con buenos ojos, pero, por miedo a quebrantar uno de los preceptos más sagrados del judaísmo, no lo utiliza. «Hay muchas opiniones entre los rabinos y, ante la duda, mejor no recurrir a él», explica Benjamin Silbiger, ejemplo de estética ortodoxa: traje holgado, sombrero de ala y cuerdas deshilachadas colgando del pantalón como recordatorio de que siempre estarán ligados a Dios.

Ahora, tres años después de su inauguración, los promotores del eruv están pensando en ampliarlo. Todavía no han presentado la solicitud en el Ayuntamiento, pero están a punto. La población judía en las fronteras del eruv está aumentando continuamente: «hay semanas que vienen hasta diez familias de Israel», cuenta Martin Katz, promotor de obras que diseñó la infraestructura y que, cada semana, emplea dos horas en recorrérselo entero junto con un rabino para comprobar que ningún hilo está roto. En el caso de que así fuera, se lanzaría una alerta a través de la página web del eruv.

 
 

Mánchester no es nueva en relación con los eruvs. En 1904 ya había uno en el centro de la ciudad, justo al lado de la actual estación de trenes de Victoria. Miles de judíos procedentes de Rusia, Ucrania, Rumanía y Letonia llegaron en masa a la ciudad huyendo del hambre y, con ellos, trajeron la ortodoxia. Hoy en día, este eruv —el de Prestwich— se encuentra mucho más al Norte y tiene un perímetro de 21 kilómetros, el mayor de Inglaterra. La idea de construirlo surgió en 2003, pero llegar a acuerdos con los judíos opuestos al proyecto, con los vecinos contrarios a los postes y recaudar dinero costó diez años. «Y no nos arrepentimos para nada: mejora la armonía familiar, matrimonial y favorece que el sabbat sea un día especial», asegura Katz, padre de cinco hijos.

Cuenta la tradición que fue Salomón, allá por el mil antes de Cristo, quien instituyó el primer eruv del mundo, en Jerusalén, aprovechando las murallas. Tres mil años después, hay más de 300 en todo el mundo, algunos en lugares tan inusitados como Gibraltar, México, Johannesburgo o Río de Janeiro. Y, teniendo en cuenta el ritmo de crecimiento de la población ortodoxa en el Reino Unido, se espera que las solicitudes para construir nuevos eruvs en este país aumenten considerablemente. Una prueba para la administración británica que, históricamente, se ha caracterizado por el laissez faire en el ámbito religioso, pero que en los últimos años está mostrando una mano más dura. La oposición a los eruvs puede ser la primera llamada de atención. 

Ignacio Pérez Ibáñez
Ignacio Pérez Ibáñez

Siempre ojo avizor de obsesiones, debilidades y ovejas negras. Dicen más de lo que somos que el precipicio de la normalidad. Sin duda, es el mejor de los tiempos. Ante todo, originalidad. Ahora, becario de Cadena Ser y orgulloso colaborador en Zero Grados.