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ESCALERAS CON NOMBRE PROPIO

La obra de Selarón en Río de Janeiro
Sona Nakhshon

Lo primero que vi en Río de Janeiro —tras la selva de favelas desde el avión y un trayecto difuso y abrupto en ônibus del aeropuerto hasta mi destino— fueron unas escaleras que ese día me parecieron interminables. Y no se trataba de unas escaleras cualquiera. Tenían una vida propia, adquirida bebiendo de las historias de tantas personas diferentes que han hecho que el sitio donde se hallan sea lo que es hoy en día. Son las Escaleras de Selarón, y hubo un tiempo en el que mi día empezaba con sus geometrías. Con ellas y con los pequeños monos que venían a tomarse el café conmigo.

Pocos consiguen que se bauticen unas escaleras en su honor. Jorge Selarón fue un artista chileno que, cansado tras años viajando por el mundo, vendiendo sus cuadros y dando clases de tenis, decidió establecerse en Río. Con el tiempo, le alquiló a doña Pina un cuarto en la calle de Manuel Carneiro, emplazada junto a unas infinitas escaleras de cemento que conectaban los famosos barrios cariocas de Lapa y Santa Teresa. Selarón consiguió hacer su taller y estudio en esa casa, en algunas de cuyas habitaciones convivían familias enteras. Allí exponía sus cuadros y recibía visitas, pues para ese entonces ya era algo conocido en la ciudad. 

Nunca imaginó Selarón que lo que le daría verdaderamente la fama empezaría con algo tan trivial como comprar media docena de bañeras antiguas. Sólo para que la escalera quedase algo más bonita, las colocó en unos espacios a los lados de la pendiente, las pintó de rojo y las empezó a usar como macetas. Sólo para que la escalera quedase algo más bonita. Después quiso decorar las bañeras con unos azulejos de Portugal y así, poco a poco, fue haciendo de esas escaleras su lienzo particular, donde pudo compartir su visión del mundo y del arte. Desde ese momento, Selarón comenzó a vestir con mimo las escaleras con azulejos de diferentes países, que con el tiempo le eran traídos y enviados desde todas partes del mundo. 

 

Selarón en sus inicios.

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Componiendo los azulejos.

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Fotografía de Vincent Poulissen.

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En el acceso a estas escaleras, Selarón grabó un manifiesto en el que declaraba que eran una obra de arte viva, mutante —y, en efecto, Selarón cambiaba los azulejos todo el tiempo— que sólo acabaría cuando él falleciese. Paradójicamente, fue hallado muerto en extrañas circunstancias en las propias escaleras, enfrente de la puerta de su casa, en enero del 2013. Y a finales de ese mismo año yo veía las escaleras por primera vez y me mudaba a esa misma casa, que durante esos meses de transición se había transformado en una especie de piso de estudiantes.

No era una casa bonita, ni cuidada, pero casi todo el que pasó por ella dirá que tenía algo especial. Uno de mis compañeros ocupaba —sin él saberlo— el antiguo cuarto de Selarón; cuando le conté quién había vivido muchos años en esa habitación me dijo que entonces entendía por qué le costaba tanto conciliar el sueño y a veces incluso sentía que se sofocaba. Sea como sea —no creo en los fantasmas— un halo extraño rodeaba esa casa, como una presencia muy fuerte que nunca se llegaba a materializar del todo.

De hecho, en un primer momento, me horripiló el sitio, pero poco a poco comencé a sentirme cómoda y a la semana ya no me quise ir de allí. Era una casa de dos pisos y en el de abajo aún vivían los antiguos vecinos, los de la época de Selarón. Y había una inquilina más... Doña Brandina era una moradora da rúa a la que la dueña de la casa le permitía quedarse en una especie de alacena, un espacio minúsculo donde una persona apenas podía tumbarse. Y eso con los 40 grados que podía hacer un día cualquiera en Río.

La señora Brandina era bastante antipática. Juro que me daba miedo encontrármela cara a cara. Tenía unas largas, sucias y espeluznantes uñas que se aferraban a la puerta de esa pequeña alacena cuando escuchaba que alguien abría el portal. Todo lo que veías entonces era una mano arrimando esa puerta, para que nadie la viera. La primera vez que vi esa mano cadavérica me llevé un susto y lógicamente quise saber qué era eso. Toda la situación era bastante extraña, sobre todo cuando volvías por la noche y escuchabas el chirrido de la dichosa puerta. La imagen de la anciana era desoladora y desagradable a partes iguales.

La señora Brandina se enfermó a los pocos días de estar yo allí y pasó a dormir desnuda en el suelo del patio de la casa, lado a lado con el cuarto de uno de los inquilinos antiguos del piso de abajo, el señor Francisco. Una estampa realmente grotesca. Se orinaba, gruñía y no colaboraba y, sin embargo, contra todo pronóstico, el señor Francisco asumió su cuidado. Ese hombre menudito, que también pecaba de mal carácter, le hacía zumos todos los días para que no se deshidratara y le dedicaba palabras llenas de cariño y compasión. Era profundamente conmovedor ver cómo cuidaba con tanto esmero a una persona así de desagradable a ojos de cualquier otra persona. Esa imagen pasó a ser una de mis impresiones más vivas de Río, y aunque después Francisco no fue un vecino ejemplar, sólo por ese hecho podré admirarlo el resto de mi vida.

En el segundo piso teníamos una terraza en la que pasé meses viendo los días sucederse con el mismo escenario de fondo: las escaleras. Cuando ahora, en algún momento, siento que me aburro, vuelvo sin remedio a esas otras horas de aburrimiento y sofocante calor en Río, en las que mi vida se transformaba en una especie de Ventana indiscreta. No mentiré si digo que vi un palo de selfie por primera vez desde la terraza de la casa de Selarón y recuerdo que me pareció hilarante y absurdo y nunca imaginé que tan sólo pocos meses después sería el pan de cada día en las redes sociales. También desarrollé un juego que consistía en adivinar la nacionalidad de los cientos de turistas que pasaban por allí todos los días. Un dato curioso que pude comprobar es que las rusas tienen una manera radicalmente diferente de posar para la cámara; no se me escapaba una.

Como era la casa de Selarón y muchos turistas habían leído sobre el personaje en su copia de la Lonely Planet, las fotos a la fachada del edificio estaban a la orden del día. Me pregunto en cuántas de esas fotos hechas por extraños habré salido yo, secretamente analizándolos. O mejor aún, qué momentos de mi vida habrán captado sin que yo me diese cuenta: quizás algún día en que me había dado por hacer figuras de arcilla y pintar para relajarme, o cuando estaba leyendo un libro y teniendo alguna gran revelación, o quizás echando a alguien de menos.

 
 

Y algo tan absurdo como el modo de subir esas escaleras fue trending topic en nuestra casa. Pues llegamos a observar que la gente que vivía en las escaleras las subía de un modo diferente a la gente que simplemente las visitaba. Los primeros se complicaban la vida subiéndolas en zigzag; los visitantes lo hacían en línea recta, como personas normales.

A veces me asomaba a las escaleras y mi mirada se cruzaba con la de alguno de los policías que patrullaban allí día y noche. Por algún motivo, verles a todas horas era una sensación incómoda; me hacía sentir culpable de algo. Aunque más incómodo era salir de casa y pasar por delante de unos cuantos policías cacheando a algún chaval en busca de marihuana, como si en una ciudad tan grande y problemática como Río de Janeiro no hubiera males mayores. Siempre con la táctica del poli bueno y el poli malo, pero con la novedad de un tercero dedicado a grabarlo todo; grabar es para la policía carioca lo que un selfie para una egoblogger.

Las escaleras estaban y siguen estando plagadas de habitantes que se van intercambiando en el tiempo, pero no en el espacio. La banda sonora de mi vida allí fue La Bamba, que, entre otras perlas musicales, interpretaba unas veinte veces al día un personaje entrañable, cuya voz exhalaba sus últimos berridos ante multitudes de turistas que encontraban aquello altamente entretenido. A mí, en cambio, lo que me tocaba era padecerlo.

Porque a decir verdad, allí en Río, todos son muy artistas. Tienes una guitarra, eres un artista; has hecho unas pulseras, eres un artista, véndelas; has conseguido un djembé, lo vas a petar. Y todos venden de todo, desde desodorantes usados hasta broches de su abuela. Y eso, extrañamente, me resultó inspirador. Nunca en Europa había sentido que podía salir a la calle y montar allí mi negocio de lo que fuese. Como si quería vender la ropa que ya no me ponía. Y un día, animada por esa tónica, la gringa (gentilicio de cualquier extranjero, sea cual sea su nacionalidad) se puso a vender café. Y no lo hice para ganar dinero, porque de hacerlo por dinero me hubiese llevado una gran decepción. Lo hice porque me pareció divertido, porque es algo que no haría en mi país y era una manera diferente a la que yo estaba acostumbrada de interactuar con la gente. Durante una época fui regularmente a una peluquería de estilismos africanos y les ofrecía mi café, lo cual parecía hacer a las peluqueras muy felices. Eso y cotillear sobre una gringa a la que no se le ocurría mejor cosa que venir a Río y ponerse a vender café.

 

Fotografía de Daniel Clement.

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Otro personaje escaleril era un hombre de unos sesenta años que vendía sombreros panameños. No lo veía tan a menudo como a los otros, pero me acordaba bien de él porque tenía unos bigotes un poco a lo Dalí, sólo que más gruesos, y un aire ciertamente aristocrático que contrastaba con la gente que hacía vida en las escaleras. Meses después, por motivos diversos, acabé tocando a la puerta de su casa y descubrí que aquel hombre, Fabio —a quien por cierto le habían acabado robando sus existencias de sombreros— era un italiano que había sido diplomático durante muchos años. Fabio contaba muchas historias; todas ellas hacían imaginar épocas de esplendor y aventuras: África, fiestas en yates, curiosidades culinarias, alguna que otra droga. En Río la vida era más difícil. Un día, en esas mismas escaleras, le salvó la vida a un compañero con spray pimienta que elaboraba él mismo y que siempre llevaba enganchado en su cinturón, listo para ser usado. Fabio también hacia un poquito de magia, pues consiguió —con ayuda de un joven pupilo— convertir su cuarto, sin ningunas condiciones habitables, en un sitio acogedor y lleno de vida. Y tras semanas de intenso esfuerzo y despliegue de los pocos recursos que tenía, fue desahuciado junto con el resto de personas que vivían en el edificio, familias enteras que a pocos días del Mundial, con su desorbitante inflación de precios, no tenían a dónde ir. Las cosas se pueden poner muy desagradecidas en la ciudad maravillosa.

Un día nos llegó a casa una carta para Selarón, en la que había una nota y un par de azulejos de Suiza. Era extraño abrir una carta para alguien que ya no estaba y más extraño aún que esos azulejos hubieran sido enviados con toda la buena intención del mundo para formar parte de esa increíble colección en las escaleras, pero ya nunca fueran a estar expuestos allí.

A veces me quedaba observando la parte de las escaleras que había justo enfrente de nuestra terraza. Era una pared blanca, con algún graffiti esporádico, que desentonaba con toda la explosión de color circundante. No se podía continuar la obra de Selarón, así que esas partes que no había tenido tiempo de trabajar iban a quedar tal y como estaban para siempre. Las escaleras habían dejado de ser una obra viva. Habían cambiado por completo el paisaje de un barrio, habían atraído la atención de miradas de todo el mundo, pero quizás estaban destinadas a perecer con el tiempo debido a la dejadez de las autoridades para protegerlas y de los habitantes para mantenerlas. Ya no hay un Selarón que limpie con esmero los azulejos todos los días y a nadie más le preocupan, mientras estén ahí y den dinero. Hasta que ya no estén.

Cuando en Río me preguntaban dónde vivía, respondía con cierto aire orgulloso que en las Escaleras, como si le importase a alguien aparte de mí. Y es que esas escaleras —más que ninguna otra parte de Río— se han comido mi historia, la han absorbido desde arriba hasta abajo, han visto mi frustración, mi alegría, mi tristeza y mi ilusión y me han salvado del síndrome del papel en blanco.

Uno de mis últimos días allí, subí como otras tantas veces hasta la cima de las escaleras, me senté y miré hacia abajo. Y en ese preciso instante me di cuenta de que las había subido en zigzag, sin ser yo consciente de ello. Pensé entonces que una vez me fuese jamás volvería a ese sitio, pues, como han dicho infinidad de poetas, no has de volver a los lugares donde fuiste feliz.

 

FOTOGRAFÍAS (SALVO INDICACIÓN) DE COLLECTIF LES ENFANTS

Sona Nakhshon
Sona Nakhshon
Tras haber sido criada entre varias culturas, idiomas y países se ha vuelto una nómada de espíritu y ya no puede separar su vida del movimiento del viaje. Formada en Comunicación Audiovisual, pero nutriéndose de varias disciplinas, lo único que sabe con seguridad en este frenético mundo es que lo seguirá recorriendo para contar pequeñas y grandes historias sobre ello.