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ESTO ES ISLANDIA

Vivir bajo el volcán
Carmen Giró

La palabra «Bárdarbunga» tiene sonoridad africana, pero en realidad es el nombre de un volcán de Islandia que fue noticia en verano de 2014 por su erupción. A lo largo de varias semanas, entre finales de agosto y septiembre, se fueron sucediendo las alarmas, saltando de la luz naranja a la roja (máxima alerta), por lo que se temía que pudiera ser una explosión histórica. Finalmente, la primera erupción fue menor de lo esperado, pero siguió habiendo explosiones, ríos de lava y pequeños terremotos constantes. En esta isla donde los volcanes y los movimientos sísmicos son el pan de cada día, es complicado saber cuándo se ha acabado la película.

Europa y el Norte de América tenían la mirada fija en el Bárdarbunga ya que el recuerdo de su primo hermano, el volcán Eyjafjallajökull, estaba todavía muy presente. En 2010 la erupción de este volcán provocó una nube de cenizas que paralizó el tráfico aéreo de gran parte del hemisferio norte durante días. Los máximos representantes de la policía de la capital islandesa, Reikiavik, explicaban por televisión que estaban trabajando conjuntamente con muchas compañías aéreas para aprovechar la experiencia de lo aprendido en el 2010 y minimizar las posibles consecuencias negativas.

La erupción comenzó la noche del 30 al 31 de agosto, en una fisura de más de un kilómetro en el volcán, que está al norte del glaciar Vatnajökull. El Bárdarbunga no entraba en erupción desde hacía más de 100 años. El tráfico aéreo no quedó afectado, e incluso un piloto de la compañía islandesa Icelandair efectuó un pequeño rodeo antes de aterrizar para sobrevolar el volcán y que los pasajeros pudieran admirar desde lo alto la majestad de la naturaleza.

Pero la erupción del Bárdarbunga, como la de cualquier otro volcán, implica mucho más. La cancelación de vuelos y la clausura del tráfico aéreo son medidas preventivas, una incomodidad para el viajero, pero no un peligro. De hecho, la mayoría de volcanes de los que tenemos noticia en nuestras latitudes solo llegan a los periódicos cuando provocan tragedias mortales, como el volcán japonés Ontake, a finales de septiembre de 2014, o cuando comportan caos en el movimiento de aviones o de turistas.

Sin embargo, los islandeses que viven todo el año en esta isla sienten los volcanes de una manera muy diferente. Las erupciones les provocan problemas que casi nunca llegan a nuestros noticiarios. Para ellos es una parte más de su vida, unida a los múltiples terremotos provocados por la actividad volcánica y por la falla de las placas tectónicas de Norteamérica y Europa que cruza todo el país.

Sigga Pétursdóttir sonríe mientras afirma, con una lata de cerveza Viking en la mano: «Es muy raro vivir siempre bajo un volcán, pero somos islandeses y esto es Islandia». De hecho, esta frase, «esto es Islandia», la repiten como un mantra recepcionistas de hoteles, guías de excursiones, marineros, camareros, cuando se les pregunta por las últimas noticias sobre el Bárdarbunga.

Probablemente un poco hartos de la constante curiosidad del turista, los islandeses se ponen la máscara del estoicismo y recuerdan que viven en un país marcado por las inclemencias del clima ártico y una naturaleza mucho más poderosa de lo que se siente en casi ningún otro lugar del planeta. Si en las excursiones escolares, en vez de llevarte a tocar conejitos en una granja escuela, te llevan a ver cómo surgen de la tierra nubes de sulfuro, cómo el suelo puede quemar unas botas de montaña y cómo de repente se levanta ante ti una columna de 25 metros de agua, creces preparado para aceptar la fuerza de la naturaleza y convivir con ella.

Pero una cosa es estar acostumbrados y otra permanecer indiferentes. Los islandeses saben que en su país hay cientos de volcanes, más o menos activos, y que sus diferentes erupciones, que a menudo ni llegan a las noticias de  la CNN y la BBC, pueden dejarles estragos difíciles de superar.

 

El hielo del glaciar Skaftafell, como en los otros glaciares islandeses, puede tener hasta 800 metros de espesor.

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Una de las lenguas de los glaciares del parque nacional de Vatnajökull.

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Helga Ásgerdóttir afirma: «No tenemos miedo… todavía», mientras hablamos de la erupción del Bárdarbunga. Son los primeros días de la alarma, a finales de agosto. En dos días ha habido 2.500 terremotos, que no se han notado en la superficie pero sí en los sismógrafos. Ya han cortado las carreteras que van hacia el aislado interior, las desoladas pistas forestales que cruzan las montañas alrededor del casquete polar formado por el inmenso parque nacional de Vatnajökull. Decenas de volcanes y picos, glaciares con un espesor de más de 800 metros de hielo, cráteres con lagos de aguas termales en su interior… Y en cada uno de esos picos, un riesgo para la población.

Entre los volcanes más activos y peligrosos están el Hekla y el Katla, además del Bárdarbunga y el Grímsvötn. Todos con un ritmo constante, aunque no regular, de erupciones. Pero Islandia está preparada. Los vecinos de la zona reciben formación para estar preparados para una evacuación de urgencia. Cuando el volcán explote, recibirán la alarma por teléfono móvil y deberán colgar un cartel en la puerta de su casa avisando de que ya se han ido (las granjas están muy aisladas entre sí). Tienen que desconectar las vallas eléctricas, abrir los cobertizos para que los animales puedan huir, y dirigirse a uno de los centros de evacuación.

Conforme se agrava la alarma por la erupción del Bárdarbunga, los terremotos crecen en magnitud en la escala de Richter y su epicentro sube hacia la superficie. Se suceden las notas informativas para los habitantes de la zona, turistas y excursionistas. Helga explica que cuanto más sube el epicentro del terremoto, más cerca está la erupción. «Ahí dentro están pasando cosas», asegura, añadiendo que si la erupción se da fuera del casquete de hielo, hay ríos de lava, explosiones de rocas… Pero que si se da dentro del hielo, entonces lo que predomina es la ceniza. «Cuando explotó el Eyjafjallajökull nos levantamos un día y todo el valle estaba cubierto de una capa de hasta cuatro centímetros de ceniza. Fue muy triste, aunque en realidad a nosotros no nos afectó mucho porque estamos en el Norte».

Esto ocurre porque la erupción de un volcán no es tan simple como el dibujo que nos hacemos en la cabeza, de un cono perfilado por donde sale lava y fuego. En las informaciones que el gobierno islandés ofrece para actualizar alarmas y notificaciones se explica que lo que llamamos volcanes son en realidad sistemas volcánicos, con infinidad de ramificaciones subterráneas, fisuras y calderas. Dependiendo de múltiples circunstancias, la erupción puede convertirse en explosiva o devenir en nubes de cenizas, hacer saltar piedras a 50 metros de altura o hacer fluir ríos de lava kilómetros abajo. Si el volcán está situado en un glaciar, como el Bárdarbunga, provocará inundaciones. Si la erupción surge en el hielo, habrá cenizas. Y todo ello mezclado con terremotos, con otras fisuras en otras montañas, y en diferentes días y semanas. 

Las cenizas volcánicas y los gases tóxicos que provoca la erupción destrozan cosechas, matan ganado y causan problemas respiratorios a las personas. Sigga, en Skógar, al sur de Islandia, recuerda una capa de siete centímetros de ceniza negra cubriendo lo que ahora es un prado reluciente de verde salpicado de ovejas. Claro que su vecino saca la máscara islandesa de estoicidad y asegura: «Si tengo que morir, prefiero que sea aplastado por la naturaleza que por una bomba en Irak o en Gaza».

 

Cuando un volcán entra en erupción, la lava va atrapando cuanto pilla a su paso, y deja campos que son uno de los paisajes más espectaculares y característicos de Islandia. Son muy diferentes de los paisajes volcánicos de los climas cálidos. En Islandia, el clima ártico ha propiciado que las arenas volcánicas acaben cubiertas de un manto de musgo de casi diez centímetros de espesor, en espectaculares laderas de arena negra justo al lado de la lengua de un glaciar.

Además de la lava, el fuego, las rocas y las cenizas, el otro gran peligro de los volcanes son las inundaciones que provocan. Al explotar dentro del casquete glaciar, la erupción derrite el hielo de las capas inferiores de los glaciares, lo que provoca riadas impresionantes que arrastran consigo todo lo que encuentran. Agua, piedras, lava, todo ruge y devasta el territorio. De hecho, el principal peligro del Bárdarbunga era el de las riadas e inundaciones. Debido a la orientación del volcán, su erupción podía provocar la crecida de los grandes ríos que desembocan en la costa norte. Helga explica que muchos de los puentes que cruzan los ríos en esa zona se desmontan en esas ocasiones para dejar paso a la gran riada. También se han excavado diques y canales para ayudar a canalizar el gran volumen de agua que llegará procedente de los glaciares.

Porque llegará. No saben cuándo ni en cuánta cantidad, pero las inundaciones siempre llegan después de la erupción del volcán. En la costa sureste, directamente en las laderas del glaciar Skaftafell, (el más grande de Europa, dentro del casquete glaciar de Vatnajökull), todavía se pueden ver los efectos de la erupción del volcán Grímsvötn en 1996. El volcán entró en erupción el 30 de septiembre y el lago subglacial de la caldera empezó a llenarse con agua del hielo fundido por la erupción. Cinco semanas más tarde, el 5 de noviembre, llegó al valle una gigantesca riada glacial que barrió todo a su paso. El gran puente de hierro por donde pasaban los coches quedó doblado y retorcido como si fuera un chicle. Ahora lo han convertido en una escultura a los pies del nuevo puente, para recordar la fuerza devastadora de la naturaleza.

 

El puente de hierro, retorcido como un chicle por la riada glaciar volcánica y ahora reconvertido en escultura.

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En la actualidad, los sismógrafos y la tecnología ayudan a los científicos a prevenir problemas. Pero antes de que todo eso existiera, los islandeses tenían sus propios métodos. Los habitantes del valle del glaciar Skaftafell podían saber de un modo infalible cuándo llegaba una inundación. Como la riada de las aguas venía por debajo de la lengua de hielo del glaciar, ya que el hielo se fundía por debajo por efecto de la lava, cuando veían que la lengua del glaciar del valle contiguo subía de nivel y les tapaba la vista de una montaña determinada, sabían con certeza que llegaba la riada. Encendían una gran hoguera con leña que siempre tenían preparada para avisar a todos los granjeros de la zona de que debían ponerse a salvo ellos y su ganado.

El vecino de Sigga está más interesado en contarnos cómo afectó la grave crisis financiera del país a los islandeses. Pero como Sigga continúa hablando del volcán, no le queda más remedio que añadirse a la conversación. Asegura, convencido: «Hay un tubo de lava que cruza todo el país en diagonal. Cuando un volcán explota, puede decidir salir por cualquier otro lado». Quizá no es una explicación muy científica, pero ejemplifica los miedos reales de la población ante la incertidumbre de vivir bajo un volcán.

Una vulcanóloga norteamericana que encontramos en la cima del Laki, de vacaciones en Islandia, ha decidido alargar su estancia para ver por dónde respira el Bárdarbunga. Resume con ironía el momento: «Como vulcanóloga, te puedo hablar de lo que está pasando hoy, pero no te puede decir nada de lo que pasará mañana». Esto es Islandia.

 

UN VOLCÁN EN LA REVOLUCIÓN FRANCESA

En el sistema volcánico del Katla, la erupción del Laki en 1783 fue una de las mayores catástrofes naturales de la Historia. A lo largo de ocho meses, sin interrupción, una fisura de cráteres de más de 25 kilómetros expulsó toneladas de lava, cenizas y ácido sulfúrico. Los gases tóxicos y las cenizas oscurecieron el Sol y provocaron la muerte de una quinta parte del país. Los que sobrevivieron se enfrentaron a una hambruna sin precedentes, con la mitad del ganado muerto y las cosechas destrozadas.

Los efectos de la erupción se dejaron sentir en todo el hemisferio norte, con un descenso de las temperaturas, lluvia ácida y daños devastadores en cosechas de Europa, Japón y Estados Unidos. Se encontró hielo en el Golfo de México y se registraron heladas en Nueva Orleans.

Los historiadores creen que el hambre que provocó esta erupción al causar la pérdida de cosechas fue uno de los factores que influyó en una de las mayores insurrecciones populares de la historia: la Revolución Francesa de 1789.

 

Fotografías de Carmen Giró y Jaap Wegbrans.

Carmen Giró
Carmen Giró
Periodista freelance especializada en viajes, cultura, sociedad y salud. Comunicar y escribir están ligados a la pasión y al trabajo, que, a veces, se unen al verbo viajar; la mejor manera de ensanchar las barreras mentales mientras se cruzan las fronteras físicas.