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FÁBULA DE VENECIA

El escenario eterno de Corto Maltés
Fran García

No bastan dos ojos para observar a fondo Venecia. Quizá las cosas más sorprendentes suceden cuando los sentidos se adormecen y aparecen las brumas que acompañan a los sueños. La seducción de las cosas que vemos cruzando sus puentes o caminando por sus calles es proporcional a las que nunca veremos; las que se encuentran en las casas y palacetes cuyas puertas no podemos abrir, las puertas que se han instalado en lo más hondo de nuestra imaginación. Igual es uno de los motivos de la gran cantidad de gatos que pululan por Venecia: la imposibilidad de saciar todas sus curiosidades. 

«En Venecia hay tres lugares mágicos y escondidos: Uno en la Calle dell´Amor degli Amici, el segundo cerca del Ponte delle Maravegie, y el tercero en la Calle dei Marrani, en los alrededores de San Geremia, en el Ghetto Vecchio». Palabra de Hugo Pratt. El gran maestro quedó embrujado por los relatos que envuelven las estrechas calles de una ciudad encantada. Los abraxas de Basílides, las sectas aventureras de sarracenos, Simón el Mago, Hipatia, Epifanio, los Caballeros Teutónicos y tantos otros que descubrieron que las personas que quieren «saber», deben abrir las «siete puertas secretas».

Nos encontramos en 1921 y Corto Maltés ha llegado a Venecia para descifrar un acertijo que le ha proporcionado el Barón Corvo en una carta. El premio es encontrar la «Clavícula de Salomón», una esmeralda tan pura como bella. Es entonces cuando Corto se ve envuelto en las disputas entre masones y un grupo fascista, única referencia histórica a la incipiente y futura realidad italiana. Los personajes surgen en la trama como apariciones que aportan su voz en esta fantástica historia de la joya salomónica. Encontramos a Bepo Falieri que pertenece a la Logia RL Hermes; Stevani, un impulsivo fascista que tiene en su poder el diario del Barón Corvo, quizá clave en este misterio; Hipazia, una neoplatónica de Venecia, matemática, poetisa y filósofa; el borrachín Böeke, enamorado de Hipazia, y su madre Patita de Plata; Schulz el tipógrafo, o Melchisedech, el viejo judío del Ghetto que advierte a nuestro protagonista: «Cuidado Corto, tu curiosidad te lleva a jugar con recuerdos adormecidos en el polvo del pasado, con ritos mágicos y ritos de iniciación secreta… El tuyo es un juego peligroso». 

Rasputín, omnipresente personaje de la serie, tampoco falta a su cita, esta vez transformado en una especie de genio de la lámpara que se le aparece a Corto en un sueño. Corto es el nexo de este apasionante entramado de viejas historias, se mantiene desafiante ante el peligro con su perspicaz ironía y alguna que otra frase lapidaria: «No creo en los dogmas ni en las banderas».

 

Panorama del Campo del Ghetto Novo de Venecia (CC ncrob1).

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Acompañando sus pasos por la noche veneciana, alumbrada por una luna turca, Pratt homenajea a la que considera su ciudad. Dibuja postales de la Plaza de San Marcos, Santa Agnese, San Pietro de Castello, la Madonna dell´Orto, los leones de mármol del Arsenal o el puente de la Nostalgia, sin olvidarse de sus famosos gatos callejeros.

Venecia es, en todo caso, el personaje principal de esta obra, fascinante y turbadora, repleta de misterios, tantos como sus callejones y canales. Historias que surgen desde cada una de las antiguas casas de la ciudad, leyendas de todo pelaje que van salpicando la narración de secretos y misterios.

Una Venecia suprema y viva, con un corazón que late reposado pero firme, guiando su flujo sanguíneo por todas sus arterias, una sangre cuyos glóbulos rojos son cuentos vikingos, hispanoárabes o judíos relacionados con el misterio de la «clavícula». El corazón de una vieja ciudad que desvela partes de un conjunto pero nunca el conjunto completo, dejando la puerta abierta a otras aventuras, a otras fábulas que en un futuro próximo volverán a desencadenarse sobre sus húmedas calles.

Fábula de Venecia, publicada en 1977, es la obra más personal de todas las creadas por Hugo Pratt para la serie del aventurero maltés. Nacido en la región de Emilia-Romaña, sus frecuentes estancias en Venecia proporcionaron a un jovencísimo Pratt sus primeros encuentros con las antiguas fábulas que pueblan las viejas casas del Ghetto Vecchio, el barrio donde su abuela se reunía en casa de una amiga y donde escuchó por primera vez la historia de la esmeralda. Los mundos enigmáticos de las disciplinas talmúdicas y las filosofías esotéricas judeo-greco-orientales comenzaron a interesarle, al igual que la historia de su familia por parte materna, de origen sefardí.

Disfrutó alimentándose de toda una simbología grabada en las decoraciones de las piedras de las casas venecianas, con sus celosos muros y sus patios de atmósfera cautivadora. El Ghetto Vecchio se encuentra en el barrio de Cannaregio, al norte de la isla. Los turistas solo transitan esta zona para contemplar la única sinagoga de la ciudad que pervive, y los menos visitan el Museo Hebreo que se encuentra a unos pasos del templo. Cannaregio permite huir del hervidero de turistas de la Plaza de San Marcos y adentrarse en calles donde los niños juegan con sus cosas y los mayores cuentan viejas historias en voz baja sentados en los bancos de las plazas. En el libro La Venecia secreta de Corto Maltés (Norma editorial), sus autores, los italianos Guido Fuga y Lele Vianello, proponen disfrutar la ciudad por medio de siete rutas. Amigos personales de Pratt, sus autores pasean por monumentos, tiendas, restaurantes, enotecas y rincones de lo más variopinto, muchos de ellos frecuentados por Pratt. Se detienen en detalles y recovecos que pasan desapercibidos para el resto de personas y guías turísticas.

Las rutas secretas por Venecia dicen mucho sobre el carácter y los gustos de Pratt. Son el complemento perfecto para sus memorias: El deseo de ser inútil (Confluencias editorial). Recuerdos y reflexiones narradas al periodista Dominique Petitfoux en su casa de Lausana y buena prueba de que creador y personaje se confunden con escasas distinciones: vividor aventurero, viajero impenitente, agnóstico irredento —no entraba ni en las iglesias de Venecia—, anticolonialista, maravilloso acuarelista, anarquista vocacional, cantante de jazz ocasional y apátrida convencido.

Un texto que también recoge sus sombras, como su tibia «amistad»con la familia del nazi Adolf Eichmann, al que conoció en su etapa del Sargento Kirk y Ernie Pike, en Argentina. Pratt fue sin lugar a dudas el exponente más notable de la generación de autores italianos que despuntaron durante la década de los sesenta. Considerado el Emilio Salgari del Siglo XX, su moderno Ulises recoge el espíritu de otros autores a los que se le ha comparado, como Hemingway, London o Stevenson. Peleó durante décadas por su ámbito creativo, los cómics —fumetti—. Encendidos debates con novelistas que no consideraban el noveno arte como tal, con excepciones como las de Umberto Eco. 

Su aportación al género es hoy en día indiscutible. Las estepas de Manchuria, los bosques del Amazonas o las islas del Caribe llevan impregnadas su voz y su pluma. Con Fábula de Venecia, Hugo Pratt regresa a su infancia. Transforma a la «Reina del Adriático» en el escenario de una representación teatral. En ella, Corto Maltés, dirigiéndose al lector, nos presenta al resto de personajes. Actores que nos han entretenido con esas viejas leyendas y que han cumplido con creces su papel dentro de la representación, quedando a la espera de nuevos lectores/espectadores.

Fran García
Fran García
Apasionado de las novelas gráficas y del medio radiofónico, ha trabajado en Onda Cero y en el Magazine del diario barcelonés La Vanguardia. Este agitador cultural con alopecia es director de NOVEMBRE NEGRE, festival de cine y novela negra, y coordinador de SPLASH, un festival de cómics. Además, coordina la programación de .DOC, una muestra de documentales de actualidad.