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FLORY

Ya no vive aquí
Roger Karabak

En Kyauktada nadie le conoce pero todo sigue igual, o casi. Las callejuelas próximas al río huelen a humedad, a betel y a perro abandonado. Kyauktada es el distrito germinal del Yangún antiguo; un lugar añejo y enmarañado en el que se amontonan edificios con entradas imposibles que dan cobijo a los intrépidos chavales que juegan a una especie de futvóley en los meses en los que la lluvia ahoga este barrio y todo el sur del país. El Sepaktakraw es muy popular en algunas zonas del sudeste asiático: una combinación de fútbol, voleibol y artes marciales que se juega a pecho descubierto, con cigarrillo en la boca y dibujando piruetas imposibles.

Para referirse a las grandes urbes asiáticas —y Yangún lo es; sólo hay que fijarse en los montones de puestos de comida callejera y derickshaws que se dan cita en cualquier esquina— en demasiadas ocasiones se usa el manido cliché del crisol cultural y de la ejemplar convivencia entre religiones. Pero en el caso de la antigua capital de Myanmar, y más concretamente en la antigua zona de Kyauktada, esta afirmación sobresale por encima de cualquier otra. Conviven solemnes pagodas recubiertas en oro, mezquitas y sinagogas ensartadas en los desgastados bajos de un bloque cualquiera, mandires descoloridos e incluso alguna catedral católica que bien podría acoger una boda real. 

Este distrito se empieza a caminar desde la zona portuaria sorteando socavones y motocicletas. Allí, los locales descendientes de los coolies —indios expatriados por la multinacional del empleo precario de la época, el Raj Británico, para construir líneas de ferrocarril y otras tareas reservadas a hombres resistentes a las temperaturas del trópico— aguardan a una distancia prudencial y hacen reverencias a los clientes occidentales que se alojan en el hotel más exclusivo de la ciudad. En el bar, entre lámparas de araña y el embriagador aroma de puro cubano, la banda de jazz toca el mismo repertorio cada fin de semana. El The Strand es arcaico y desprende un cierto tufillo colonial. Unas calles más arriba, al pie de la Sakura Tower, un grupo de birmanos con los dientes negros como el carbón y la cara embadurnada de un brebaje verde que les protege del sol, se doblan y extienden la mano al oír el clic-clac de los zapatos de doscientos dólares repicando en el mármol.

Aquí nadie se acuerda de John Flory, o eso dicen. Tampoco les suena el nombre de Eric Blair. Quizá porque John Flory vivió en Kyauktada, sí. Pero no en la del barrio viejo de Yangún, sino en una ficticia, hacia la frontera con China, unos cuatrocientos kilómetros al norte de Mandalay. O mejor, a unas diez horas en autobús de esa ciudad que es como se miden las distancias por estas latitudes. A nadie le interesa ni la hora de salida ni la duración del trayecto. Saldrá cuando esté lleno y llegará cuando tu paciencia esté en reserva.

John Flory pasó quince años en la antigua Birmania, muchos de ellos en lo que hoy es Katha —su Kyauktada particular, la que el escritor británico creó para él sustituyendo el nombre original— un pueblo dejado de la mano de Dios que sigue viviendo de la madera de teca y en el que ya no queda apenas rastro del Club Europeo donde los funcionarios coloniales británicos se inflaban a ginebra mientras se derretían los pocos cubitos de los que disponían. «Por favor, den al portador quince latigazos» decía el compasivo Macgregor señalando al mayordomo cada vez que este cometía un error. Y no disponer de hielo era uno de los más graves. A día de hoy las neveras frigoríficas siguen funcionando igual y contienen lo que Flory denominaba «el cemento del Imperio», es decir, la mezcla etílica que vestía de cordialidad las relaciones entre locales y británicos aunque se odiasen en silencio. En realidad no era odio, era mucho más que eso. Un resentimiento visceral como el que llevó al general Ne Win a obedecer a su astrólogo personal en 1970 y cambiar de un día para otro el sentido de la circulación en el país —se pasó a conducir por la derecha— a pesar de que todos los vehículos tenían el volante en ese mismo lado haciendo de los adelantamientos una especie de ruleta rusa. Hoy en día, el juego suicida aún se practica en las polvorientas carreteras birmanas. Ya no son carros tirados por bueyes como los que llevaban a Flory de Katha a su puesto de responsable de una empresa de extracción de madera de teca en la selva, sino ruidosos coches y motocicletas de segunda o tercera mano.

 

No es seguro que, al margen del whisky, la extinta revista Blackwood’s y los cuadros de perros la influencia de la civilización británica en la antigua Birmania llegara también al campo de la videncia. Hace unos pocos años, la Junta Militar decidió a través de su líder trasladar la capital de Yangún a Naypidó, una zona de nadie ubicada más o menos en el centro del país. El motivo esgrimido para el cambio, el oficioso —ya se sabe que el poder siempre guarda los detalles— fue que el consejero-adivino del Jefe de Gobierno tuvo una revelación acerca de potenciales ataques que se estaban planeando y atacar Yangún se le antojaba más sencillo —es una ciudad a la que se puede acceder por vía fluvial y muy próxima al mar—. El traslado de los ministerios se llevaría a cabo un once de noviembre a las once horas. Sí, eran once ministerios. Lo único que no encajaba era el año, pero no podían postergar la visión un lustro hasta 2011. Naypidó es una ciudad fantasmagórica de apenas cien mil habitantes —casi todos trabajadores del gobierno—, con carreteras de hasta veinte carriles por las que no circula ni un alma.

Como el corrupto funcionario birmano U Po Kyin los altos cargos del gobierno mandaron construir una enorme pagoda en la actual capital ¿Será que lo hicieron para expiar sus pecados y cruzar limpios la frontera del más allá? Según el budismo los fieles han de ir acumulando méritos durante sus vidas evitando así reencarnarse en un animal (o en cualquier otra criatura inferior al ser humano) lo cual supondría una gran ofensa, especialmente si era una rata o una rana que era lo que más temía el enemigo de Flory, el orondo U Po Kyin.

 

De ginebra ya no se habla en Myanmar, si acaso de cerveza, procesada por el gobierno, como todo lo demás. Tampoco hay columnas de soldados británicos con los rostros sonrosados y bien alimentados por la carne de vaca como las que U Po Kyin vio desfilando por la calles de Mandalay durante su precaria niñez y a los que envidiaba profundamente. En esta ciudad no queda el recuerdo de la polvareda que levantaban las botas de esos imponentes hombres blancos a su paso pero sí lo que el hastiado Flory denominó las tres pes: pagodas, parias —término anglo-indio que se utilizaba para los perros callejeros— y prostitutas, aunque el número de meretrices se haya reducido considerablemente tras más de medio siglo de dictadura militar.

En la esquina de la calle 26 con la 83, muy cerca del antiguo Palacio Real, monjes budistas esperan bajo un sol crepuscular a que llegue un transporte cualquiera mientras un par de chicas locales sonríen pícaramente a un tipo pálido como un muerto con barba de talibán. «Se pasan así el día» me dice en un aceptable inglés Amy —en realidad se llama Geeta— una anciana que lleva más de medio siglo anclada a este rincón de la antigua capital colonial prensando cañas de azúcar por un mísero puñado de Kyats. «No hacen nada más que intentar cazar a algún occidental» suelta mientras agita la cabeza mansamente, como un péndulo sin fuerza. «Si ese vestido me quedara tan bonito como a ellas, haría lo mismo». La realidad es que a Geeta tan sólo le queda su choza de bambú y un viejo cuenco para servirse el arroz.

Ni en Mandalay ni en ningún otro lugar hay nada que recuerde a John Flory. Ni una placa en una calle marginal, ni siquiera un cóctel con su apellido. Nada. Tampoco de su alter ego, George Orwell. A pesar de todo, Los días de Birmania son los que eran.

 
Roger  Karabak
Roger Karabak

Barcelona, 1982. Cronista de viajes y escritor de fondo. Tres elementos nunca faltan en su maleta: Kapuscinski, vitamina C y rock clásico. Ha recorrido más de 40 países y actualmente está preparando su primer libro ambientado en el Sudeste Asiático.