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FUERA DE LA ZONA DE CONFORT

Relatar la experiencia viajera
Camila Werner
 

Después de haber pasado los veintiocho años de mi vida en Chile, ahora lo dejaba atrás. Por fin tenía coraje para salir de mi zona de confort. Mientras Santiago se me empezaba a hacer pequeñito, le tomé el peso a mi decisión. Realmente estaba abandonando mi ciudad y todos los fantasmas que rodeaban esa idea se hacían presentes. Ansiedad, miedo, nostalgia, pero también libertad fueron algunas de las emociones que se apropiaron de mí. Era un salto al vacío, pero no podía quedarme con la duda de «¿y si me hubiera marchado?» Ansiaba dejar atrás viejas costumbres y ojos preguntones. Para mí, era una oportunidad de empezar de nuevo.

Por eso, cuando El sentido del viaje de Patricia Almarcegui (Junta de Castilla y León, 2014) llegó a mis manos pensé en la importancia del viaje y en cómo nos configura como personas. Hoy en día, y para algunos, la forma de viajar se ha vuelto superficial. Al turista común y corriente no le interesa conocer nada más allá de lo que le dice una guía turística y las agencias de viajes suelen limitarse a recomendar los destinos de moda, reduciendo nuestras posibilidades de asombro. El deseo de descubrir una cultura diferente se ha ido perdiendo y hay pocas personas que viajen para escribir y relatar esa experiencia viajera. Y no solo relatarla, sino recuperarla.

En este ensayo, Patricia Almarcegui reflexiona sobre la importancia de la literatura de viajes, no sólo porque es una vía para descubrir lugares desconocidos a quienes leen esos relatos, sino porque es la mejor forma de plasmar lo que sucede en el momento de viajar. Escribir sobre nuestros viajes nos ayuda a conectar con el lugar y a entender emociones que vivimos mientras viajamos. Escribir nos aterriza, permite rememorar situaciones especiales y ayuda a que el lector nos entienda y se ponga en nuestros zapatos. En El sentido del viaje, Almarcegui toma las situaciones más importantes por las que pasa el viajero cuando viaja y explica cómo estos elementos lo van modelando como persona. 

Uno de los rasgos principales que configuran al viajero desde el inicio es el Otro. Dice Almarcegui: «El Otro se puede definir como lo que el viajero encuentra fuera de la sociedad y le resulta extraño. Puesto que el hombre se realiza en la dimensión social, forma un solo individual y cultural con él a partir del cual establece un diálogo creativo. No hay nada del Otro que no tenga que ver con la autorreflexión del viajero. La alteridad o la relación con el Otro es empírica pero también imaginaria. El Otro se convierte en el lugar del temor, del deseo, de la fascinación, de lo inconcebible, de la diferencia, del contraste, de la lejanía, pero también de sus ambivalentes, es decir, de la coincidencia, del reconocimiento, de la comparación y la proximidad».

Ese encuentro inicial con el Otro representa el primer choque cultural para el viajero y descubre las similitudes y diferencias entre culturas. El Otro rompe nuestros esquemas, y enfrentándonos a él, por contraposición, nos enfrentamos a nosotros mismos. Lady Montagu (1689-1762), esposa del embajador inglés en el Estambul otomano y gran viajera, describe en su Cartas desde Estambul, su relación con el Otro —en su caso, los turcos—. Montagu utiliza la representación del Otro como crítica a su país de origen, en un juego de espejos en el que la figura del Otro destaca como imagen mejorada de la suya propia. Sobre las mujeres turcas, escribe: «Es fácil comprobar que gozan de una mayor libertad que nosotras; ninguna mujer, del linaje que sea, tiene permiso para salir a la calle si no lleva muselinas, una que le cubre toda la cara dejando al descubierto los ojos y otra que le tapa por completo la cabeza y el tocado y cuelga a mitad de la espalda, y además, ocultan por completo sus formas con una cosa que se llama ferigi sin la cual ninguna mujer, de la clase que sea, se atreve a salir. Esta última prenda tiene mangas rectas que llegan hasta la punta de los dedos y las envuelve por completo, de un modo muy similar a las capas de montar […]. Podrás adivinar de qué manera tan efectiva disfraza este atuendo, pues no hay manera de distinguir a la gran dama de su esclava […] y los hombres no se atreven a seguir a una mujer por la calle».

La desaparición es otro elemento esencial del viaje que nos influye. Según Almarcegui: «La separación de la tierra natal implica una toma de conciencia de distancia de la misma y, por lo tanto, de uno mismo. Al separarse, el viajero se convierte en un miembro de la comunidad que transporta y debe transmitir unas tradiciones. Esto implica una responsabilidad, pues debe exponerse al peligro de la mutación o alteración de sus referentes. En el trayecto, las singularidades se debilitan y se produce su desaparición o relajación. De allí que, para algunas tradiciones, la desaparición comprometa la unidad de la comunidad de la que forma parte. Fruto del mecanismo de la desaparición se encuentran algunos de los viajeros contemporáneos, quienes, ajenos a los avatares culturales y políticos de sus países, huyen y deciden instalarse en otros lugares».

Cuando viajamos no advertimos de inmediato cómo nos puede afectar el viaje. Sin embargo, cuando nos alejamos de nuestra tierra natal peligran nuestros referentes, ya que trataremos de pertenecer al destino en el que nos encontramos para confundirnos con él. Anne Marie Schwarzenbach, escritora y viajera suiza de principios del siglo XX, en su libro Muerte en Persia, reflexiona sobre el impacto que produce sobre nosotros el nuevo lugar de destino: «Al comienzo, entregados al grandioso paisaje, a sus magníficos colores y formas puras, a su majestuosa peculiaridad, llamamos a ese estado la fase de las impresiones fuertes. Experimentamos modos de vida exóticos, primero con curiosidad, luego con resistencia; pero en algún momento, y sin que sepamos cómo, nuestra resistencia nos abandona».

 
 
 

Sobre el traslado físico (y mental) en el viaje, y su relación con el viajero y sus referentes, Patricia Almarcegui explica: «El traslado implica una reflexión y exigencia particular. Obliga a cambiar de lugar y en cada cambio la relación con el observador y el lugar varía. Sin traslado no hay cambios de espacios y sin cambios de espacios no hay encuentros con el otro y por lo tanto no hay posibilidad de alteración de los referentes».  Su colega Anne Marie Schwarzenbach, más de un siglo antes, había explicitado el símil entre viaje y vida que se deja intuir en el discurso de Almarcegui. Dice Anne Marie: «Nuestra vida es semejante a un viaje… y más que una aventura o una excursión a regiones insospechadas, parece una imagen concentrada de nuestra existencia». Y ñade: «No ser sedentarios. No estar satisfechos. La vida debe ser movimiento».

En su objetivo de desmigar la idea de viaje, Patricia Almarcegui introduce el concepto de disfraz. El disfraz es la manera más directa de formar parte del Otro y de confundirse con él. Para ilustrar esta definición, Almarcegui se vale de Lady Montagu, que gracias a ser la esposa del embajador británico pudo acceder a un harén y hacer la primera descripción objetiva que se conoce de este microcosmos femenino. Su disfraz le permitió fundirse con el Otro y ser aceptada como una más, todo para llegar a la conclusión de que «aquello que está vetado» para las mujeres turcas, también lo está para las mujeres europeas: «Todas sus damas […] están dispuestas a morir de celos y envidias [por el sultán] […]. Mas esto no me pareció ni mejor ni peor que cuanto ocurre en los círculos de la mayoría de las cortes, donde se observa la mirada del monarca y se espera cada una de sus sonrisas con impaciencia y éstas son envidiadas por aquellos que no las obtienen».

Otro elemento fundamental del viaje es la memoria: «Itinerario y memoria se hallan íntimamente ligados, pues, sin esta, las experiencias se perderían  […] El viajero busca el mayor número de referencias en las fases iniciales de registro para poder retenerlas y repensarlas después», dice Almarcegui. 

A través de la memoria intentamos fijar todo lo que hemos captado con nuestros sentidos, antes de que desaparezca. Aún así, no somos capaces de recordarlo todo. ¿Por qué hay detalles que recordamos con tanta facilidad mientras que hay otros que quedan en el olvido? ¿Qué factores hacen que unas situaciones dejen más huella que otras? Para Anne Marie Schwarzenbach la memoria es clave, pero también lo es el olvido. «¿Para qué enumerar nombres de pueblos, puertos, tribus? Los olvidaba, los borraba de mi mente, e iba deslizándome por mi sueño del Hindu Kush como a través del crepúsculo, la niebla matinal y las altas horas del mediodía embriagado de intenso y rutilante sol. Y todo quedaba atrás, cuando me adentré en las llanuras de Kabul ya me había despedido; las semanas transcurrían sin ser contadas, llegaba el otoño.» 

 

Lady Montagu en traje turco, por Jean-Étienne Liotard (1756). Palacio sobre el agua en Varsovia.

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Hay momentos en los que deseamos formar parte del Otro, apropiándonoslo. Así lo explica Patricia Almarcegui: «En otros casos, al viajero le atraen las singularidades del lugar, las cuales asimila hasta que penetran en él. Así las absorbe y las incorpora con lo que puede adaptarse al destino y extenderse hacia él. De forma similar, hay viajeros que penetran en el lugar para conocerlo mejor, aunque terminan anulando sus diferencias. El objeto de la absorción y la penetración es apropiarse del Otro. En este ejercicio, el viajero y el Otro deben situarse en el mismo nivel, pues para sentir como provechosas las características del destino hay que anularlas y transformarlas en propias». 

En este sentido, Lady Montagu se siente tan a gusto con las turcas que casi se comporta como una de ellas. No sólo toma baños con ellas, deja que la peinen y disfruta como ellas de todos los chismes de la ciudad, sino que también se va de paseo, como una miembro más del harén, sustituyendo su naturaleza británica por la turca y apropiándose de sus características. «El otro día recorrí con ella (Fátima, la mujer del segundo funcionario del Imperio Otomano) toda la ciudad en un carruaje abierto y dorado, con nuestro cortejo de ayudantes, precedidas por nuestros guardias, que muy bien podrían haber pedido a la gente que vieran algo que jamás habían visto ni volverían a ver: a dos jóvenes embajadoras cristianas que no habían estado antes en este país juntas, y creo que nunca volverían a estar. Como podrá imaginar mi señora, reunimos multitud de espectadores.» 

Existen muchas formas de viajar y muchas formas de contarlo, casi tantas como seres humanos viven en la Tierra. Una de las herramientas más útiles para relatar una experiencia es la descripción. «Sin duda, la descripción es la figura más representativa de las formas del viaje. Describir es hacer y ver, saber y hacer saber, objetivos del viaje desde la Antigüedad. El uso de esta figura es consecuencia de la función representativa de la literatura de viajes, que incluye desde su fundación obras de carácter documental con referencias geográficas, históricas y culturales. Puesto que la historia, la geografía y la cartografía también destacan la descripción, el relato de viajes comparte la función poética con la literatura, se hace necesario establecer elementos diferenciadores entre dichas disciplinas», reflexiona Patricia.

Gracias a los detalles que logramos con la descripción es posible que quien nos lea pueda comprender sentimientos y sensaciones que hemos experimentado en nuestro viaje. Mientras más precisos somos con las palabras, más nos acercamos a esa realidad que queremos transmitir. En mi intento por crear un blog y relatar mis experiencias en Barcelona se me ocurrió describir a los españoles. ¡Hasta tenía un título en mente! Cosas que me gustan de los españoles, se llamaría la publicación, y en su mayor parte no eran más que expresiones lingüísticas que me parecían divertidas. Pero nunca encontré las palabras adecuadas para describirlos. Annemarie Schwarzenbach, en cambio, hace descripciones tan minuciosas que deja en la mente del lector imágenes perfectamente definidas: «Se podían ver viejos libros adornados con miniaturas, cuyos delicados trazos dorados eran apenas visibles en el papel amarillento, pulseras delicadamente trenzadas engastadas con turquesas y coral, cuya yuxtaposición ofrecía un espectáculo maravilloso; viejas espadas, platos rotos pintados con colores desconocidos hoy en día, iconos rusos con rostros de santos pintados en oro rojizo e hijos de Dios de grandes ojos, viejos trozos de telas con bordados exquisitos». 

 

Retrato de Ruy González de Clavijo. Grabado de más de 100 años de antigüedad (autor desconocido).

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Ruy González de Clavijo, embajador del rey castellano Enrique III que viajó a China en el siglo XV, representa el cambio de mirada del viajero antiguo al moderno. En su crónica de viaje Embajada a Tamerlán, utiliza las descripciones ya no sólo para detallar un lugar, si no para preguntarse, a través de éstas, por las causas de lo que percibe en su itinerario: «E cuando el viento desconcertava este pabellón e los árboles d’él, subían omnes encima della e andavan a pies por ella a do querían. Así era tan alto que de lexos parescía castillo, e tan grande e tan alto e tan ancho era este pabellón que era una extraña cosa de ver. E mucho más de fermosura avía este pabellón que no se podía escrevir», relata al describir el pabellón o tienda en la que vive Tamerlán, a las afueras de Samarcanda, dando cuenta de su evidente asombro por lo que ve.

Continúa explicando Almarcegui: «La comparación es el principal recurso para hablar del Otro. Esta permite situar a la misma altura las características del viajero y las del habitante, y a través de un ejercicio de horizontalidad, asimilar e incorporarlo. De esta forma, se establece una relación entre dos términos en virtud de su analogía. Al compararse el otro con los referentes del viajero, se asegura también la realidad de lo mencionado, o que crea un relato más fiel y preciso. Igualmente la comparación vincula más estrechamente al lector con el relato, pues al compartir los mismos referentes puede implicarse y sentir de forma parecida al viajero».

La comparación es el primer elemento que usamos para acercarnos al Otro. Es el recurso que nos facilita ver similitudes y diferencias. Recuerdo que cuando pisé suelo barcelonés me aliviaba ver la cantidad de similitudes que teníamos los chilenos y los españoles —empezando por la lengua—. Unos amigos chilenos que viven en Francia me comentaban hace poco que se sentían como en casa cuando visitaban España; «es como el país latino de Europa», me dijeron.

Patricia Almarcegui menciona varios recursos más para analizar cómo cambia el viajero cuando viaja. Lo cierto es que nunca vuelve a ser el mismo. Desde el momento en que deja la tierra natal ya hay una parte de él que nunca volverá a ser igual. El deseo de viajar es el primer paso para cambiar. Por muy superficial que sea el viaje y aunque no nos interese mezclarnos con otra cultura, nuestros referentes sufren cambios. El nuevo destino forma parte de nosotros, aunque sea por un periodo breve. «Viajamos para reencontrarnos», dice Patricia en su libro y no puedo estar más de acuerdo. Viajamos para encontrar algo que nos hacía falta y para enriquecernos. Cuando volvemos a casa todo parece igual. Pero nada lo es. Incorporamos elementos nuevos que amenazan nuestros viejos referentes. Luego la nostalgia es hacia el otro lado. «¿Cuándo volveremos a viajar?», nos preguntamos en cuanto el avión roza la pista de aterrizaje. La necesidad de querer descubrir nuevos lugares que modifiquen nuestros parámetros en infinita. Vivir esa experiencia una y otra vez es parte de nuestra esencia. 

 

IMAGEN DE CABECERA: LAS SEÑORAS GOLDSMITH EN COCHE EN EL BOSQUE DE BOLONIA (1897), DE JULIUS LEBLANC STEWART

 
 
 
 

EL SENTIDO DEL VIAJE, DE PATRICIA ALMARCEGUI (JUNTA DE CASTILLA Y LEÓN, 2013)

 
Camila Werner
Camila Werner

Periodista y viajera curiosa. Descubrir lugares desconocidos es una de sus pasiones, tanto como conocer a las personas que los habitan, desentrañar sus secretos y contar sus historias. Salir de la zona de confort y enfrentar desafíos son parte de su carácter. A veces, juega a ser escritora.