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GENGHIS KHAN EN JERUSALÉN

Una semana de turismo bíblico en Israel
Cristian Segura

Los cerca de cuatro millones de turistas que visitarán Israel este año verán muchas piedras. Piedras que fueron talladas por el ser humano, piedras sobre las que se asienta nuestra civilización, piedras que en muchos casos imponen y emocionan. Pero son tantas piedras, tantas horas memorizando efemérides y nombres, que el peregrino, aunque no lo admita, vuelve de noche al hotel soñando con tumbarse en el sofá de casa, con unas latas de cerveza, bolsas de ganchitos y nada que pensar: solo dejarse llevar por el último reality de Telecinco.

Este peregrino podría ser yo mismo después de la semana de turismo arqueológico que experimenté en Israel invitado por su gobierno. En varias ocasiones estuve a punto de tirar la toalla, no me entraban en la cabeza más nombres ni hechos históricos. Es triste arrastrarse por Meguido como alma en pena, agotado, ignorando las explicaciones sobre su fundación hace 5.000 años, reconstruida en veinte ocasiones, cada una de ellas por el rey de turno, y su aparición en la Biblia como Armagedón, palabra hebrea que significa «la montaña de Meguido»: la ciudad de la batalla del fin de los días.

«En aquel día habrá gran llanto en Jerusalén, como el llanto de Hadad-rimón en el valle de Meguido». Un grupo de peregrinos norteamericanos leía las palabras del profeta Zacarías desde lo alto de Meguido mientras un servidor contaba cien-pies. Había llovido y Armagedón era un hervidero de estos insectos, especialmente grandes, muy negros, muy activos. Me dejaba llevar por la imaginación –«¿serán criaturas del Apocalipsis?»– y jugaba con los bichos, con un palito, mientras el guía daba voces para que me reenganchara al grupo.

 

***

 

Cada noche se celebran en la puerta de Jaffa, en Jerusalén, dos espectáculos musicales con proyecciones de vídeo que se adaptan al relieve de las murallas. Los autocares desembarcan a grupos organizados de todo el mundo que esperan pacientemente su turno de proyección. En múltiples espacios arqueológicos de Israel se celebran estos espectáculos para entretener a los turistas tras la cena. El audiovisual que presencié en la puerta de Jaffa versaba sobre la historia de la ciudad. Frente a mí se sentaron tres mujeres chinas; detrás, una familia de brasileños de Sao Paulo, peregrinos guiados por un sacerdote franciscano.

El audiovisual era una producción apta para todos los públicos. La película enumeraba las desventuras de Jerusalén desde la destrucción del primer templo por parte de los babilonios, aunque hacía especial hincapié en la historia después de Cristo: las legiones romanas aparecían representadas como una suerte de soldados del imperio de Star Wars; a los cruzados cristianos se les identificaba como si fueran los jinetes oscuros del Señor de los Anillos; los musulmanes en cambio eran presentados como gente amable, de formas gráciles y rostros nobles. Cuando aparecieron las tropas otomanas capitaneadas por Suleimán el Magnífico, los miembros de la familia brasileña que se sentaba detrás de mí empezaron a preguntarse de quién se trataba, hasta que la madre dio en el clavo: «¡Ah! Es Genghis Khan». «Sí, es verdad, es Genghis Khan», confirmó el padre. Las hijas, satisfechas, asintieron con la cabeza. 

Los mongoles conquistando Jerusalén en el siglo XVI: este es el resultado del empacho de turismo en Israel.

Las medidas de seguridad israelíes son una fuente recurrente de anécdotas para los que vuelan a Tel Aviv. Historias de interrogatorios en cuartos oscuros, incluso de tactos rectales. Mi experiencia no es para tanto. En las mesas de facturación de El Al, la aerolínea israelí, el personal de tierra es amable y pide comprensión ante las preguntas a las que seremos sometidos. Primero comprueban que tu nombre aparece en la lista de potenciales pasajeros; tras ello, solicitan la carta de invitación que su Gobierno me ha hecho llegar para poder ejercer como periodista en Israel. Luego preguntan que cómo es que viajo a Israel para escribir un reportaje en Altaïr Magazine si trabajo para El País. «La dura vida del autónomo»; mi respuesta les convence. «Por cierto, ¿conoce usted a Enric González?». No sé si es una pregunta trampa, no sé si Enric González durante sus años como corresponsal en Jerusalén escribió algo que restara puntos en un control de El Al. Al final opto por decir que una vez le saludé, y que ambos somos seguidores del Espanyol. Silencio al otro lado. La siguiente pregunta es la definitiva: «¿Y conoce usted a Pilar Rahola?». Esta sí me la sé: «Por supuesto, somos uña y carne. Gran periodista y mejor persona». Aprobado, Israel me espera con los brazos abiertos.

Junto con la carta/salvoconducto, el Ministerio de Turismo me hizo llegar un dossier de información/instrucciones que aproveché para leer durante el vuelo. El apartado bajo el epígrafe «Seguridad» era el más interesante: «Alrededor de 3,5 millones de turistas visitaron Israel el año pasado y todos regresaron a casa felices de su experiencia en Israel». ¿Ni uno de 3,5 millones de turistas se fue de Israel descontento? ¿No hubo ni uno que sufriera una gastroenteritis causada por un falafel en mal estado? ¿O que cogiera un taxi que oliera a pies? El apartado «seguridad» continuaba así: «Una de las primeras gratas sorpresas que siente el visitante en su primer viaje es la profunda sensación de seguridad. De hecho, en muchos aspectos, en Israel se sentirá mucho más seguro que en su casa».

 

***

 

El ministerio de Turismo pone a disposición del grupo de periodistas una furgoneta y un chófer. El nombre del chófer es Moti Aharon. Moti es de padres sefarditas procedentes de Turquía. Él nació en Israel y no habla ni pizca de ladino –el castellano que heredaron los judíos expulsados de España. La hija de Moti sí entiende el castellano, aunque no lo ha aprendido por curiosidad sobre su pasado familiar, sino para poder seguir en versión original las telenovelas caribeñas que emiten por el canal de televisión Viva. Durante el viaje conozco a tres chicas que han aprendido castellano mirando este canal y también realizando un interrail de algunos meses por América Latina tras el servicio militar obligatorio –obligatorio excepto si eres ultraortodoxo o árabe israelí. Más que una moda, ya es una tradición pasar estas vacaciones postbélicas en América Latina, según me contó la camarera de una sucursal de la cadena de hamburgueserías Marinado, restaurante ubicado en un centro comercial a pie del monte Carmelo, entre polígonos industriales y sede de empresas tecnológicas.

Moshe Coen es el líder del viaje. Moshe es israelí de origen argentino, y es judío, pero liberal: si Moti solo puede comer alimentos kosher, a Moshe parece que los preceptos religiosos no le quitan el sueño. Moshe es guía turístico desde hace seis años. Anteriormente había trabajado para el Gobierno asistiendo en servicios educativos de comunidades judías en América Latina, organizando viajes de israelíes a Europa, muchas veces buscando las raíces que perdieron en el Holocausto. Algo especialmente interesante de Israel es el crisol de orígenes sobre el que se construye el país: multitud de personajes europeos, rusos, latinoamericanos, de Asia Central, del Magreb e incluso subsaharianos –los judíos etíopes, aunque estos, como en nuestra Europa, son los últimos en la cola del ascensor social.

 
 

Mi principal contacto con Israel fue a través de argentinos y de los grupos de escolares que visitan las mismas ruinas que los turistas. En Israel los hay montones, de turistas, de grupos de escolares —la competencia demográfica con los palestinos es de aúpa— y de argentinos —unas 50.000 personas han emigrado a Israel desde Argentina—. Contra pronóstico, vivir una semana entre masas de turistas, grupos de escolares y argentinos no me generó ningún ataque de ansiedad. Hay argentinos en posiciones administrativas notables, como Adolfo Reutman, director de El Santuario del Libro, el espacio donde se conservan los pergaminos del mar Muerto y el Códice de Aleppo. El Códice de Aleppo es un texto de la torá del siglo X d.C, tremendamente importante para el judaísmo. Solo la aventura que lo llevó a Israel desde Siria da para una trilogía de Steven Spielberg. El Museo de Israel tiene un patrimonio para quitar el hipo, pero Reutman confirma que la gran mayoría de grupos organizados se limita a echar un vistazo a la maqueta que hay de Jerusalén en los jardines, y a adentrarse en la sala de los manuscritos del mar Muerto: «Los rollos del mar Muerto son la Mona Lisa del museo», sentencia Reutman.

Lo rollos del mar Muerto se han promocionado con un áurea de leyenda que los hace irresistibles para el postureo. Son los documentos más antiguos que se conocen en hebreo y en arameo sobre el Antiguo Testamento, escritos entre el siglo III a.C y el siglo I d.C. Calculo que un 80% de los turistas que entran en la sala de los manuscritos no tiene ni idea de esto, y del 20% restante, la gran mayoría olvidará lo que les ha contado el guía en menos de dos horas. Pero los rollos del mar Muerto, como la Mona Lisa o la Sagrada Familia, son un icono, y los iconos hay que fotografiarlos y compartirlos en facebook porque, de lo contrario, no has estado en el Louvre, en Barcelona o en Israel. Y este es el principal inconveniente de los rollos del mar Muerto, que no solo no pueden fotografiarse, sino que además solo pueden verse pequeños fragmentos de los originales.

Pese a que Reutman nos dio autorización para utilizar las cámaras a nuestro antojo, y pese a que nuestra visita la encabezaba él, los vigilantes, los guías y sobre todo los turistas nos recriminaban que estuviéramos fotografiando los pergaminos y la espectacular bóveda que los protege. A la tercera amonestación guardé la cámara, harto de que la envidia corroyera a aquel matrimonio de holandeses que me seguía por los pasillos sermoneándome:

 

–Pst, pst, no puede hacer fotos. ¡Eh! Que no dejan hacer fotos. ¿Me ha oído? Está prohibido hacer fotos, lo pone ahí, mire, lo pone ahí.

–Pues a mí me ha dado permiso este hombre que tengo a mi lado, que es el director del museo.

–¿Y por qué no puedo hacer yo fotos?

–Señora, haga lo que le salga del zueco, pero déjeme en paz.

 

(La mujer, ofendida, sacó la cámara de su mochila, aunque fue rápidamente advertida por uno de los vigilantes mientras me dirigía inútiles miradas de socorro.)

La arqueología en Israel es un asunto muy serio. Su geografía es como un queso gruyer. La Autoridad de Antigüedades de Israel informa que hay 300 nuevas excavaciones cada año en búsqueda de vestigios de todos los tiempos, pero sobre todo –por eso es una cuestión de Estado–, de la presencia judía en Tierra Santa desde hace miles de años. «Quizá como en ningún otro país, la importancia de las antigüedades desenterradas no puede ser mayor en lo que a geopolítica se refiere», escribía en 2017 uno de los reporteros estrella del diario progresista The Jerusalem Post, el hoy fallecido Daniel K. Eisenbud. «Los descubrimientos son habitualmente mostrados al mundo, o bien como una evidencia de la soberanía israelí en la patria judía o bien como prueba de su ocupación», decía Eisenbud. «Con el sionismo apareció la arqueología en la tierra de Israel; luego, con el Estado de Israel, la arqueología tomó otro camino. La arqueología se convirtió en otra manera de demostrar que los judíos pertenecían a este lugar hoy conocido como el Estado judío», comentaba en 2018, también en The Jerusalem Post, el analista Micah Halpern.

Los arqueólogos en Israel no paran, no tienen tiempo para publicar sus hallazgos. Cuando terminan en un lado, empiezan en otro. El turismo también es una fuente de ingresos para financiar las excavaciones. En el Valle de Tzurim, en la ladera oeste del monte de los Olivos, hay un proyecto patriótico en el que se invita a turistas a participar en la criba de cubos de tierra procedentes del monte del Templo de Jerusalén. Esta tierra es parte de los escombros que a partir de 1996 generaron unas obras en el monte Moriá –el del Templo– por parte del Movimiento Islámico, la organización musulmana que vela por la mezquita Al Aqsa. La web del parque turístico de la Ciudad de David lo promueve así: «Estos escombros fueron vertidos al barranco de Cedrón. La ciudad de David se hizo cargo de examinar esos restos, y hoy es un proyecto arqueológico que propone una experiencia turística apasionante».

Que las religiones monoteístas surgen del mismo palo se comprueba fácilmente en este rincón del planeta: sobre el monte Moriá de Jerusalén se supone que fue donde Abraham se disponía a rebanar el cuello de su hijo Isaac por encargo de Yahvé; el Islam cree que la piedra sobre la que Abraham/Ibrahim iba a realizar el sacrificio –detenido justo a tiempo por un enviado del Señor– se conserva en la Cúpula de la Roca, que se encuentra en lo alto del monte. Los musulmanes opinan que el crío al que Abraham iba a mandar al Cielo no era Isaac sino Ismael. Fuera uno u otro, hoy Abraham estaría ingresado en una institución mental y habría perdido la custodia de sus hijos, con lo que seguramente no tendríamos tantas religiones en el mundo. En el monte Moriá fue también donde Salomón supuestamente construyó el Templo del pueblo de Israel hará unos 3.000 años, y también donde supuestamente Mahoma se elevó a los cielos –desde la misma piedra del casi infanticidio de Isaac/Ismael–, y donde Jesús la lió parda en el segundo templo. Si leer este párrafo ha sido agotador, imagínense una semana escuchándolo.

La Explanada de las mezquitas ocupa hoy la mayor parte de la superficie. El archifamoso Muro de las lamentaciones es tan solo una esquinita del lugar. El muro, una muralla, es sagrado porque es el lugar más cercano al centro de gravedad del judaísmo, el Templo. Pero la mayor parte del muro está bajo tierra. En el lado judío, la actividad religiosa y turística bajo la superficie es frenética. Pero los musulmanes también querían una mezquita subterránea, y lo que hicieron fue construir la mezquita de Marqan en unas antiguas naves que los cruzados bautizaron como los Establos de Salomón.

Los establos de Salomón no eran establos ni eran de Salomón, son obras de la época de Herodes. Los cristianos han sido prolíficos en inventarse mitos que perduran en nuestra mente como hechos incuestionables. Uno de los inventos más acertados en lo que se refiere al marketing es la tumba de Cristo. Santa Helena (IV d.C) fue enviada a Tierra Santa por su hijo, el emperador Constantino, para que determinara el punto exacto donde falleció y fue enterrado Jesucristo. Santa Helena no solo lo encontró sino que dándole a la pala encontró bajo tierra la cruz del Calvario. La Iglesia del Santo Sepulcro, edificada en el punto exacto en el que Santa Helena dio con el pleno al quince de la arqueología, y es el espacio cristiano más concurrido de Israel.

 
 

De las obras de la mezquita de Marwan salen los escombros que arqueólogos y turistas inspeccionan en el valle de Tzurim. Bajo una gran tienda de campaña, una treintena de jubilados de Pittsburg se apretujan alrededor de unas cajas de madera en las que han vertido tierra del monte del Templo. Linda Smith y Karen Spanke estudian cada piedrecita con atención máxima. Tienen mucha presión encima: en la página web del proyecto del valle de Tzurim se asegura que «cada cubo de tierra que es cribado contiene fragmentos de cerámica, vidrio, vajilla, objetos metálicos, huesos, piedras talladas y teselas». Minutos antes, Linda y Karen se sentaban en un auditorio en el que un arqueólogo les detallaba las maravillas que encontrarían: las piezas más cacareadas son puntas de flechas de la batalla de los macabeos contra la ocupación griega en el siglo II a.C –la fiesta del Janucá conmemora aquella victoria–, un sello en hebreo del siglo VII a.C., y los medio shekel, la moneda con la que podías acceder al templo.

Quien más quien menos, todos tienen algo que reivindicar en Israel. Los Legionarios de Cristo compraron en 2004 el camping Hawaii Beach, en el mar de Galilea. Querían establecer un centro de receso espiritual en el corazón de Tierra Santa. Durante las obras se produjo un milagro: hallaron los ruinas de Magdala, puerto que fue arrasado por los romanos y abandonado a su suerte tras las revueltas judías del siglo I d.C. Magdala era también la ciudad natal de María Magdalena. Desde 2009, cuando dan con el jackpot Magdala, los Legionarios de Cristo han ido desarrollando una nueva comunidad, con su sector arqueológico, su inminente hotel para acoger a devotos de María Magdalena y una iglesia dedicada a ella y a las mujeres del Evangelio. El templo es un regalo caído del cielo para los Legionarios: en 2006, el Papa Benedicto XVI abrió la caja de los truenos al borrar de la historia oficial al fundador de la congregación, el sacerdote Marcial Maciel, tras seis décadas recibiendo el Vaticano denuncias por los abusos que cometió contra mujeres y a menores.

Tras estar unos años formalmente intervenidos por el Vaticano, los Legionarios resurgen de las cenizas. Magdala recibe miles de visitas. Frente a lo que fue la sinagoga hay un cartel gigante con la foto del padre Juan Solana, el descubridor de Magdala, sobre un lema en inglés que a mí me hace pensar en un McAuto: «Pray – Give – Go» [«haz tu petición, suelta la mosca, ya te puedes ir»]. Más abajo confirman el sentido del mensaje: «Usted es testimonio de que este enclave es importante. Usted es una piedra viva que trae este lugar a la vida a través de su visita, de sus oraciones o de su donación». 

Moshe Emergui es nuestro guía en la Ciudad de David. La Ciudad de David es un gran escenario arqueológico/propagandístico. Se trataría del primer núcleo urbano de Jerusalén y el lugar por el que, según el profeta Samuel, el rey David consiguió entrar en la ciudad a través de un pozo, seguido por las tropas israelitas, para conquistarla a los jebuseos. También es donde supuestamente David construyó su palacio. Supuestamente esto es así, recita Emergui, aunque no todo el mundo está seguro de ello. En Israel hay dos escuelas arqueológicas: la progresista, que es la que duda, y la conservadora. Los historiadores norteamericanos Alexander Joffe y Rachel Hallote publicaron en 2002 un trabajo ampliamente citado a nivel académico –«La política de la arqueología israelí: entre el nacionalismo y la ciencia»– en el que describen el enfrentamiento entre el uso nacionalista de los hallazgos históricos y el uso con una finalidad meramente científica. Esta dicotomía se agudiza a partir de la expansión del territorio israelí con la victoria de la guerra de los Seis Días –1967–, según Joffe y Hallote: «El componente nacionalista de la arqueología no solo no desapareció a partir de 1967, sino que empezó a manifestarse sobre todo a través de los intereses de grupos nacionalistas religiosos, que veían en el control de la tierra bíblica de Judea y Samaria como la culminación de la misión de Israel y de su relación con Dios».  La Fundación Elad, la gestora de la Ciudad de David, es un exponente de la arqueología nacionalista israelí.

La vida de Moshe Emergui no tiene nada que envidiar a la del rey David; además, no hay sombra de duda sobre la veracidad de sus peripecias: hijo de sefarditas marroquíes, nació en Israel, aunque a los 5 años la familia se mudó a Madrid. Allí vivió hasta los 19 años, cuando los padres hicieron de nuevo las maletas para trasladarse a Miami. En Florida fue rabino. También fue rabino en Isla Margarita, Venezuela. Durante su juventud retornó a Israel para alistarse en el ejército, en una unidad de paracaidistas, y también para desarrollar sus estudios religiosos. Se casó con su mujer en Montreal, donde regentaron un establecimiento de sushi kosher. Volvió en 2009 a Jerusalén para trabajar como voluntario en las excavaciones de la ciudad del rey David.

 

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Amir Gorzalczany es el jefe del departamento de publicaciones de la Autoridad de Antigüedades de Israel, especializado en arqueología islámica. Gorzalczany es argentino, también es una especie de Indiana Jones. No es alto, ni su figura es atlética ni su timbre de voz es el de Morgan Freeman, pero quince minutos con él bastan para saber que en un apocalipsis zombi, Gorzalczany sobreviviría. Y si Gorzalczany te dice que ya le gustaría tener claro que han descubierto el palacio de David, es que la cosa no está clara. 

Gorzalczany enumera la cantidad de hallazgos arqueológicos de los últimos diez años en los que ha participado y que todavía no han sido anunciados en publicaciones académicas por falta de tiempo; cuenta cómo fuera de los focos él dialoga en congresos con sus homólogos iraníes, y cómo intercambia información académica con compañeros de países árabes. Gorzalczany también comparte con Moshe viejos recuerdos de Buenos Aires, de amigos comunes en el club Macabi de la calle Tucumán, o de cuando los matones de Videla paseaban por su barrio en un coche con los cañones de las metralletas saliendo por las ventanas.

Amir Gorzalczany es aquel tipo de personas que ayudan a tener esperanza en este mundo. También lo es Shlomi Peled, nuestro guía en Herodión, la fortaleza que Hérodes mandó construir para recibir al general romano Marco Agripa y para ser enterrado tras su muerte. Peled es grandote e impasible. Mantiene en todo momento una parsimonia que combina con advertencias en forma de largos silencios cuando, por ejemplo, su audiencia ignora sus explicaciones. Eso es lo que sucedía cuando cada diez minutos sobrevolaban Herodión patrullas de cazas militares: yo me quedaba embobado mirando al cielo, hasta que Peled dejaba de hablar y esperaba a que yo me diera cuenta.

La tienda de souvenirs de Herodión tiene una sección de camisetas bélicas. Mi favorita lleva el lema  «Guns & Moses» («Pistolas y Moisés») con un par de fusiles M16 cruzados entre una estrella de David y una menorá. A pocos metros de la tienda, en una caseta de material de jardinería, una placa recuerda a David Ross Rosenfeld, «aquí asesinado por terroristas mientras desempeñaba su trabajo para la Autoridad Nacional de Parques. 2 de julio de 1982». Desde la caseta se ve el pueblo de Tuqu', fundado en 1948 por antiguos nómadas beduinos. Frente a Tuqu' crece el asentamiento israelí de Tekoa –que es el nombre bíblico del lugar–, fundado en 1975 inicialmente como base militar. 

 
 

El embrollo en el que existe Israel es colosal. Los conflictos religiosos, el choque entre dos comunidades y el estado constante de alerta militar de Israel hacen que la frivolidad de los souvenirs pueda sorprender más que en otros destinos turísticos del mundo. Aunque también es cierto que nada de esto es nuevo de hoy: la parafernalia turística en Israel tiene por lo menos diecisiete siglos de tradición. Todo empezó en el siglo IV, con Santa Helena, la madre de Constantino, el emperador que abrazó el cristianismo como religión oficial de Roma. La conversión institucional a la nueva fe fue acompañada de una persecución a sangre y fuego del paganismo. Junto a purgas y destrucción floreció un nuevo destino turístico: el de los lugares bíblicos. 

El museo de Mizgaga se encuentra a orillas del Mediterráneo, en el kibbutz Nasholim. El edificio del museo es una antigua fábrica de botellas de vino que el barón de Rotschild financió a finales del siglo XIX para dar trabajo a los incipientes asentamientos sionistas. El museo alberga objetos arqueológicos de los vestigios del puerto de Tel-dor –los más antiguos datan del 2.000 a.C–, pero también expone una columna de mármol con un reliquiario hoy desaparecido y una inscripción en griego que indicaba al peregrino que en el reliquiario se conservaba una piedra del Gólgota –el lugar donde fue crucificado Jesús, según las sagradas escrituras. «Este reliquiario debía ser un tremendo imán para atraer peregrinos a la iglesia  de Tel-Dor», apunta la información del museo. 

El reliquiario de Tel-Dor coincide en el tiempo con lo que el escritor Carlos Pascual define como el «turismo pionero». Pascual lo explica en el prólogo del relato del viaje de Egeria a Tierra Santa reeditado por la editorial La linea del horizonte. Egeria era una noble de la península Ibérica que a finales del siglo IV se apuntó a la moda de Santa Helena: invirtió tres años sabáticos para conocer los escenarios de la Biblia. Pascual cita a otras mujeres de alta alcurnia que se apuntaron a la moda del primer peregrinaje cristiano, pero lo que hace a Egeria especial son sus escritos, un testimonio excepcional de aquel momento: «Luis Lavaur, en su Historia mundial del turismo, sitúa el caso de Egeria justamente como gozne entre los frívolos desplazamientos de la aristocracia imperial y una nueva forma de viajar que marcará los incipientes tiempos medievales: la peregrinatio cristiana […] Los sillares de los templos paganos se aprovecharon para las obras constantinianas en el Santo Sepulcro y otros santuarios, que se convirtieron en meta de peregrinos. Estos pronto llegarían en tropel desde todos los rincones del Imperio».

Egeria cuenta que por allí donde pasaba, los guías y los ermitaños competían en obsequiarla con alimentos locales y objetos de recuerdo. «Muchos siglos antes de que se pusiera nombre francés a los souvenirs, los peregrinos como Egeria recibían de los obispos o monjes de cada sitio unas eulogias o presentes, como recuerdo del lugar y del viaje», escribe Pascual. Diecisiete siglos después, mis eulogias del cardo romano de Jerusalén son una kipá amarilla con la sonrisa de una cara smiley y un posavasos con el lema «I love Israel»; mi piedra del Calvario son el bocadillo que me zampé en el local de comida rápida Holy Bagel, en el casco viejo de Jerusalén, o los botellines de agua bendecida a la venta en el río Jordán, con unas instrucciones que indicaban que «su uso es solo para finalidades religiosas, no para beber».

Hacer un alto en el camino en el Centro bautismal Yardenit fue lo mejor del viaje. No estaba incluido en el programa del Ministerio de Turismo, Moshe lo propuso porque nos sobraba algo de tiempo en nuestra ruta hacia el mar de Galilea. Fue una visita rápida porque a nadie del grupo, excepto a mí, el sitio parecía interesaba de manera especial. Yo me hubiera quedado la semana entera. El centro bautismal Yardenit, gestionado por el kibbutz Kinneret, es el principal enclave israelí para bautizarse en el Jordán. El Jordán es hoy un riachuelo que se va secando. Yardenit se ubica en uno de los pocos meandros en los que el río tiene suficiente caudal para que una persona pueda sumergirse. Cristianos de todo pelaje se dan un chapuzón para reforzar su fe allí donde Jesús fue bautizado por su primo Juan el Bautista –se desconoce el punto exacto, probablemente porque Santa Helena no se propuso encontrarlo. 

«Disfruta de una experiencia bíblica», «Sumérgete en el espíritu» son algunos de los lemas inscritos en el acceso principal. Los turistas salen del centro cargando bolsas con el «kit bautismal» –por 25 dólares son tuyas la túnica oficial de inmersión, una toalla y el certificado de bautismo–, botellas de vino de Caná, garrafas de 4 litros de agua del río, sandalias de peregrino –las hay «bonitas» o «estándar»– o tu bautismo filmado en DVD por un israelí de origen indio llamado Gideon. Todo es desgravable, incluso los envíos por correo internacional, una ventaja que destacan los carteles informativos, folletos y recibos de compra del Centro Yardenit, como si la fe fuera cuestión de un 10% más o menos de IVA.

Otra atracción que no pude observar tanto como me hubiera gustado eran los cantos corales en el teatro de Cesárea. Cesárea fue una cuidad que Herodes construyó en honor a César Augusto. El legado de Herodes es ingente. «Los guías vivimos de él», nos dijo con ironía Moshe. La mejor descripción del personaje se la oí precisamente en Cesárea a un sacerdote franciscano que conducía a una legión de turistas de Buenos Aires: «Algo que hizo Herodes, además de matar a niños, fue construir mucho». Al rey Herodes le pirraba Roma, copiaba de la capital los estilos, las costumbres, las artes... Herodes vendría a ser el equivalente bíblico de aquel nuevo rico chino que se construyó hace unos años una réplica exacta del Chateau-Laffitte en las afueras de Pekín .

 
 

Los guías dicen que Cesárea tiene el teatro con la mejor sonoridad del mundo. Parece ser que es una creencia muy extendida porque los peregrinos sabían a lo que iban: se subían al escenario, cantaban alguna melodía religiosa y rápidamente se despedían para dar paso al siguiente equipo. Una coral de evangélicos brasileños ofrecieron un espectáculo de voz y danza que si al acabar hubieran pasado el platillo, se forran. Aunque mis favoritos fueron unos católicos mexicanos, residentes en El Paso, Texas. Era un grupo variopinto, de edades y estatus social diferentes, pero les unía que llevaban misma la gorra azul identificativa de su agencia de viajes y que todos sin excepción desentonaron como nadie lo hizo aquella mañana en el teatro de Cesárea.

El responsable del grupo de El Paso era un joven palestino que hablaba un castellano perfecto y que tenía una presencia profesional impecable. El resto de guías se saludaban y hablaban entre ellos, pero él evitaba el contacto. «¿Veis a ese de ahí?», nos señaló Moshe solo entrar en Cesárea, «es uno de los 36 guías que palestinos que el Gobierno permite que trabajen en lugares arqueológicos de Israel. Nosotros, en cambio, no podemos hacer lo mismo en Belén».

Desde un primer momento se intuía algo extraño, sensación que se confirmó cuando nuestro grupo y el de El Paso coincidieron en una cola. Entablamos conversación, al ser ellos y nosotros castellanohablantes. Moshe se dirigió al grupo americano con una pregunta sobre la historia del lugar, a lo que el guía palestino reaccionó acercándose a Moshe y diciéndole al oído –aunque bien audible para los demás: «Este es mi grupo, solo yo puedo hablar con ellos».

 

***

 

La última noche nos hospedamos en el Dan Panorama, un rascacielos que corona Haifa. El hotel parece salido de una película de Wes Anderson. Los dos maitres del restaurante y el guardia de la puerta tienen unos 70 años. Los huéspedes eran familias enteras: abuelos, hijos y nietos con aspecto de clientes reincidentes. La decoración de los salones comunitarios del hotel tenía algo como pasado de moda, igual que aquellos dos hombres gigantes, siempre con el mismo traje negro, que dirigían el comedor, o el anciano de la puerta con el revólver en la cintura. El portero/abuelo escudriñaba atentamente a los más jóvenes, la mayoría norteamericanos, algunos con apariencia de marginado de la clase, otros con aspecto de haber consumido demasiadas horas fumando porros escondidos entre los setos de un suburbio de clase media de California. Uno de ellos me pidió un cigarrillo cuando crucé por última vez el umbral del Dan Panorama Hotel. Parecía aburrido, como si estuviera escaqueándose de la familia; me guiñó el ojo en agradecimiento, pero también como si supiera que yo volvía a casa. Al subirme a la furgoneta de Moshi, me puse los auriculares y di al play en el móvil: tenía preparada Rock the casbah de The Clash; me imaginaba que era un extra del videoclip de la canción, sentado en la parte de atrás de un cadillac descapotable conducido por Moshe. En el asiento del copiloto, su amigo el guía palestino subía el volumen y cantaba, con los mexicanos de El Paso a los coros: «By order of the prophet / We ban that boogie sound / Degenerate the faithful / With that crazy casbah sound». 

 

Artículo realizado en colaboración con: 

 
 
 
Cristian Segura
Cristian Segura

Periodista y escritor catalán. Actualmente trabaja en El País. El 2011 ganó el premio Josep Pla de narrativa por El cau del conill. Su último libro La sombra del ombú es un reportaje sobre las razones del suicidio.