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GEOGRAFÍA DEL CAOS

Lesbos, cruce de destinos
Javier Triana

Del poste de una señal de tráfico cuelgan dos cartones escritos a mano con rotulador negro. Es una lista. En mayúsculas, pone: «Afganistán, Somalia, Eritrea, Irak, Siria, Pakistán, Yemen». Hay más. Junto a la señal, un chaval vende tarjetas telefónicas que permiten llamar a todos estos países. A casa.

Es la entrada al campamento de refugiados de Moria, en la isla griega de Lesbos. Es noviembre de 2015 y empieza a hacer frío. Los barracones inicialmente destinados para el uso de los migrantes se han visto desbordados muy pronto y ahora miles de personas acampan en el olivar vecino. Una explotación que ve cómo sus árboles se quedan sin ramas, arrancadas para paliar necesidades más inmediatas: las fogatas que, apenas se esconde el sol, surgen por doquier. Las ramas que quedan se usan de tendedero.

Lesbos dista ya mucho de ser sólo la poeta Safo y un lugar de veraneo. Del millón de refugiados que el pasado año entraron en Europa en busca de un futuro, se estima que la mitad pisaron esta isla. Lesbos es el punto en el que miles de procedencias desdichadas comienzan a confluir. Si existiera un mapamundi de la catástrofe, Lesbos podría tranquilamente colocarse en el centro.

El viejo Abdel Rahum es uno de los hombres que, junto a su familia, trata de calentarse en torno al fuego en Moria. La escena resulta atractiva y la luz es bonita, así que el compañero Dani Burgui y el que suscribe, que estamos allí buscando historias, optamos por acercarnos a charlar con él. Abdel, afgano, cuenta que de joven combatió ocho años contra los talibanes, pero ahora la violencia engendrada por éstos —sumada a la de los simpatizantes del Estado Islámico en ese país— ha podido con él. Se ha ido con toda su familia huyendo de aquellos fanáticos. «Tienes que afeitarte esa barba», le dice a Burgui. «Te podrían confundir con uno del Estado Islámico.» Para los afganos, las cuchillas de afeitar han pasado a ser indispensables y así nos lo hacen saber voluntarios de organizaciones humanitarias. En su país, la barba es sinónimo de extremismo religioso.

Bahor también es de origen afgano, pero nació hace 28 años en un campamento de refugiados de Irán. No conoce más vida que la del refugiado. Su familia tuvo que huir hace tres décadas de la violencia en Afganistán, y ahora ella ha tirado del carro para sacarles de Irán, donde se malganaba la vida como niñera. Los iraníes eran amables con ellos —asegura—; no así las autoridades. «El gobierno de Irán nos trata como a animales. No tenemos derechos allí. No nos permiten comprar coches o incluso alquilar una casa. Nos fuerzan a cubrirnos con pañuelos y, si mostramos el pelo, la policía nos detiene», relata. Ahora lleva la cabeza descubierta y nadie le dice nada por ello. Es morena de cabello liso, de figura menuda, con una bonita sonrisa. Está sentada en el suelo con su sobrina, su hermana y su madre, junto a la carpa de una de las varias organizaciones que tratan, con mayor o menor éxito, de tapar las fugas de esta crisis, una presa destinada a reventar.

 

Un hombre sirio ayudando a una mujer y a su hijo a levantarse tras la llegada de la patera en que viajaban al norte de la isla, cerca de Skala Sikamineas.

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Bahor no quiere que le haga una foto. Lo que le interesa es contar su historia, que se sepan las injusticias que ha sufrido su numerosa familia. Ella es la única que habla inglés de toda su gente. «Nuestro deseo es llevar una vida tranquila. Con educación, con paz y sin riesgos. Una vida como seres humanos.» La cotidianidad de algunos es para otros un anhelo irrealizable. Es la absurda lotería del dónde has nacido. Ahora Bahor aguarda en Moria a que concluya su proceso de registro frente a las autoridades y pueda embarcarse junto a su familia hacia Atenas, con Alemania como destino final.

Es el mismo destino que ansía Fawaz, yemení de 21 años, quien ya ha superado todas las trabas burocráticas de la isla y espera sentado en el puerto del Mitilene, capital de Lesbos, bajo el calor del mediodía, apoyado en un murete de hormigón, con la vista protegida por unas gafas de sol. Su viaje hasta aquí fue una odisea digna de Ulises, pero no la de uno que vuelve a casa a reclamar su trono y a Penélope, sino la de un Ulises desgarbado, de tez tostada, inglés perfecto, sonrisa amable y cuya Ítaca hará falta construir piedra a piedra, en un secarral yermo en tierra inhóspita e ignota.

 

Un grupo de refugiados sirios llega a Lesbos a una playa cerca de la localidad de Eftalou, al norte de Lesbos, en la que no hay nadie que pueda transportarles a un campamento (en esos momentos las llegadas superaban con creces la capacidad de respuesta de los voluntarios); tuvieron que caminar varios kilómetros. 

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Su país nunca ha sido el colmo de la estabilidad, pero desde marzo de 2015, cuando los rebeldes hutíes avanzaron hacia el sur del país tras haber tomado la capital medio año antes, Yemen se encuentra sumido en una compleja guerra en la que tienen puestos sus tentáculos, sus intereses y sus armas las potencias regionales: Irán y Arabia Saudí. El conflicto, de vertiente sectaria, también cuenta con un ingrediente de islamismo radical que ha sido aprovechado por la rama yemení del Estado Islámico, así como por Al Qaeda en la Península Arábiga, tradicionales pescadores de ríos revueltos. No extraña que Fawaz y su familia quisieran dejar atrás todo aquello. Ellos son del Sur, pero vivían en Saná, en los alrededores del aeropuerto de la capital, donde el repiqueteo de los bombardeos se convirtió en ruido de fondo a fuerza de la costumbre.    

Cuando conocieron a un traficante que se ofreció a llevarles hasta Jordania, no se lo tuvieron que pensar demasiado. Su madre vendió las joyas. Su padre hizo lo propio con el coche. Mil dólares por persona. Cinco mil en total. Sus padres, sus hermanos pequeños y él llegaron a Amán en coche, en un viaje de 36 horas de carreteras, caminos y campos a través. Fawaz continuó el camino hacia Europa, para abrir brecha para el resto de su familia. Fueron otras 24 horas de coche entre Amán y la ciudad turca de Esmirna, cercana a Lesbos. Salió de Jordania, entró en la guerra de Siria y salió de ella con vida para después llegar a Turquía. «Siria fue muy peligroso. Pero a mí me dijeron que me sentara en el asiento de atrás y no me moviera. Y eso hice», cuenta. Después llegaría el viaje en patera y la suerte quiso que la suya no fuera sobrecargada y llegara a las playas griegas. Para entonces, no saber nadar era el menor de sus problemas.

Ahora no tendrá que preocuparse ni siquiera de eso, porque viajará en un gran ferry a la Grecia continental. Pero no a Atenas, sino a Kabala, más cercana a la frontera con Macedonia, desde donde seguirá hacia el centro de Europa. En Alemania, dice, las ayudas al estudio son muy buenas, y su deseo de estudiar medicina pasa en parte porque así sea.

 

Una familia siria celebra que han llegado a Europa con una foto de recuerdo mientras los niños juegan con los chalecos y lanzando piedras contra los barcos encallados en la playa. 

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De la costa opuesta del Golfo de Adén a la de Fawaz proceden Ahmed, sus dos hermanos y la novia de uno de ellos. Estos cuatro somalíes también viajan a Kabala, aunque su destino final es más ambicioso: Noruega. Ahora, cuando se acaba de cumplir el quinto aniversario del inicio de la guerra en Siria, un informe de UNICEF estima que 3,7 millones de sirios han nacido en ese período, y no conocen más que guerra, violencia y éxodo. Ahmed y sus amigos saben algo de esto y no son recién nacidos: ellos están ya en la veintena y tampoco han conocido mucho más, ni mucho mejor. Somalia entró en una complicada guerra civil en 1991, tras el derrocamiento del dictador Mohamed Siad Barré, cuya caída fue un reflejo de la del Muro de Berlín, puesto que el tirano bailó por turnos con el bando soviético y con el estadounidense durante la Guerra Fría, dependiendo de la música. Ahora el país africano oriental trata de imponer la autoridad del Gobierno central —elegido por sufragio restringido en 2012 en un proceso auspiciado por la ONU— y derrotar a su principal amenaza, los yihadistas de Al Shabab.

 

Ahmed y sus hermanos, escapados de Somalia y esperando alcanzar Noruega, donde hay una gran comunidad de somalíes. 

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Esta expedición de supervivientes de uno de los rincones más peligrosos del planeta sólo quiere mandar dinero a casa desde Noruega. Los países nórdicos han acogido desde que empezara la guerra a miles de somalíes, por lo que Ahmed y sus hermanos confían en sus posibilidades de residir allí de forma legal, encontrar un trabajo y enviar remesas a su Mogadiscio natal, una ciudad de espléndido pasado y ruinoso presente. Los somalíes, de tradición nómada y de cultura emprendedora, son una de las diásporas más importantes del planeta y estas remesas de dinero del exterior engrasan la economía del maltrecho Estado, tantas veces apellidado «fallido».

Como fallida es también la respuesta europea a esta oleada migratoria. Es un problema de dimensión internacional, pero Europa no ha sabido (y no está sabiendo todavía ahora) estar a la altura de los valores que defiende y de los que tanto hace gala a la hora de censurar a otros países de fuera de su entorno.

En el puerto de Mitilene, unos ojos griegos, grandes, compungidos, apesadumbrados, miran desde un grafiti a los centenares de refugiados que acampan sobre el asfalto, esperando a que parta su barco. Otros acaban de llegar y han sido interceptados por los guardacostas. Hacen fila en las dependencias policiales. Los agentes no quieren que nadie saque fotos a la escena. Ni siquiera de los tres contenedores que están a rebosar de chalecos salvavidas naranjas, rojos, azules, negros. Chalecos de imitación que, llegada la hora de la verdad, se convertirán en un lastre más que en una ayuda para seguir a flote. En el vertedero de la isla hay montañas de ellos. Si los chalecos son naranjas, seguramente el portador sea sirio, pues estos son los más caros y en teoría de mayor calidad. Cualquier otro color delatará una nacionalidad afgana, iraquí, paquistaní. Los sirios suelen tener un nivel económico más elevado y su viaje ha sido más corto. Así, cuando se avista una lancha procedente de Turquía, el color de los chalecos dará una pista sobre la procedencia de los ocupantes.

Pero ni mi vestimenta ni mi aspecto le dan pista alguna a Amani. «¿Tú eres cristiano o musulmán?», pregunta la mujer, negra y esbelta, en la fila de un reparto de comida a unos pocos pasos del grupo de Fawaz y los somalíes. «Es que en mi país se están matando cristianos y musulmanes», simplifica. Amani procede de la República Centroafricana, uno de los países peor parados del África Subsahariana, y viaja sola. Era esteticista, cuando había modo de serlo en Bangui, la capital. Ahora quiere hacer lo propio en Alemania o Francia, y como habla francés, seguramente se decante por la segunda opción.

La familia de Osman quiere llegar a Suecia porque saben que es un destino amable para los niños, o eso les han contado. Osman es sirio, aunque nació en Turquía hace siete meses y ahora mismo su tío lo tiene en brazos en esta isla griega. Es el primer hijo de Armine, quien huyó de Damasco embarazada junto a su hermano y su marido. El bebé observa todo en silencio, enfundado en un body gris de rayas de colores. Sonríe de cuando en cuando. Les quedan aún muchos días de trayecto por delante.

 

Grafiti en el puerto de Mitilene, en Lesbos, junto al campamento improvisado de los refugiados que esperaban tomar el barco para llegar a la parte continental de Grecia. 

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En una isla en la que cada solicitante de asilo relata un viaje de realismo no mágico sino real, es difícil posicionar la historia de cada uno en una clasificación. Pero sobresale una. Es la más inverosímil y me la cuenta Elvis a los pocos minutos de zarpar el ferry que nos ha de transportar de Lesbos hasta Atenas. En la popa del barco, entre los refugiados asiáticos que se despiden alegremente de la isla, Elvis llama la atención básicamente por dos cosas: por estar sólo y por ser el único negro del paisaje. Es un chaval tirando a rechonchete, con unos mofletes que dibujan una cara simpática.

Me acerco:

 

—Hola, ¿qué tal? Me llamo Javi...

—Hola, yo soy Elvis.

—¿De dónde eres? Yo soy de España.

—De Camerún. ¿Conoces Camerún?

—Sí. Bueno, no he estado, pero sé dónde está. ¿Eres de Yaundé? ¿Dualá?

—No, de un pueblo del Norte.

—Ah, imagino que ahí tenéis muchos problemas con los locos de Boko Haram...

—¿Qué? No, no. En mi pueblo no pasa nada de eso.

 

Elvis duda antes de arrancar. Asegura que huye de su familia. Es una de esas historias tan imposibles que uno se la cree con prudencia. «Hace siete meses falleció mi padre», empieza. Su padre era el líder del clan, de uno que, por pura torpeza, ni recuerdo, ni anoté en mi libreta. «Entonces comenzaron los rituales para sucederle.» Las viudas del líder, seis contando a la madre de Elvis, se encerraron en una suerte de cónclave para decidir quién lideraría ahora el grupo. De los 13 hermanos, Elvis fue el elegido.

 

—¿Y en qué consistían los rituales?

—No lo entenderías. No quieres saberlo...

 

Sí, sí quiero saberlo. De hecho, he de reprimir las ganas de saberlo que tengo. Estamos varios segundos en silencio. Elvis se gira, se pone de espaldas a la barandilla de popa sobre la que nos apoyamos, se vuelve a girar, mira hacia abajo, al mar, y comienza a hablar de nuevo. «Por ejemplo», dice, «me tenía que acostar con todas las mujeres de mi padre, salvo con mi madre.»

No. Efectivamente, no lo iba a entender. «Y no pude hacerlo, ¿sabes? Por eso me fui. Primero a Abuya». En la capital nigeriana, Elvis había estudiado arquitectura años antes. Era un lugar que conocía bien. «Pero allí me encontraron. Mi familia sabía que podía estar ahí y me encontraron. Enviaron un mensajero para decirme que, si regresaba y continuaba con los rituales, no tendría represalias.» Nunca volvió y su familia, afirma, le echó una maldición.

Se dirigió al Norte. Atravesó Níger y llegó hasta la costa mediterránea de Libia. Desde allí, quiso cruzar a Europa. Pero la embarcación en la que viajaba naufragó. «Estuvimos tres días flotando en el mar, hasta que nos rescataron. No se lo quise decir a mis compañeros de viaje, pero yo sé que la lancha se hundió por mi culpa. Por culpa de la maldición de mi familia.»

El barco que les sacó del mar no era de salvamento. Era un mercante que les descargó en la costa turca, cerca de Estambul, y desde allí Elvis buscó un modo de seguir su camino hacia Europa. Unos traficantes le volvieron a montar en una patera. Esta vez resistió el trayecto.

Llegó, cómo no, a Lesbos.

 

Lesbos después del tratado con Turquía

El centro de registro de Moria cambió de estatus pasado el 20 de marzo de 2016. En una visita a finales de marzo, se habían cerrado los accesos, reparado y elevado las vallas existentes y eliminado el asentamiento aledaño, un campamento informal de refugiados. Moria se había convertido —y aún lo es— en un centro de detención bajo el controvertido acuerdo migratorio entre la Unión Europea y Turquía. En él languidecen miles de personas (más del doble de su capacidad) detenidas por más tiempo del estipulado por la ley local. Las precarísimas condiciones, la falta de información y la desesperación de los internos han resultado en varios episodios violentos. No se permite libertad de movimiento. Algunos esperan el resultado de su solicitud de asilo. Otros han sido devueltos a Turquía a merced del citado tratado. Lesbos, a final de marzo, no era la Lesbos hiperpoblada de noviembre. Era una Lesbos fantasma. Habían escondido a los refugiados. Y se estaba vulnerando la legislación local e internacional.

Javier Triana
Javier Triana

Periodista freelance afincado en Estambul, desde donde cubre la región para El Periódico de Catalunya. Autor del libro ¡Goool en Las Gaunas! (Libros del K.O., 2014) y codirector del documental 01:05:12. Una carrera de fondo (España, 2015).

 
 

En Twitter: @javi_triana