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RUINOSA OPULENCIA (I)

Historia reciente de Guinea Ecuatorial
Juan Tomás Ávila Laurel

La historia de Guinea Ecuatorial y su relación con España, a pesar de los años y los esfuerzos, sigue cubierta de una suerte de niebla para muchos lectores en la antigua metrópolis —en otros puntos del mundo hispano, es directamente desconocida—. El único país del África subsahariana en el que se habla español; un lejano recuerdo de la colonia; la dictadura. Poco más se discute, fuera de los círculos interesados en el tema, sobre los avatares de su historia.

De la mano de uno de los autores más importantes del país, ofrecemos en dos entregas un repaso a la historia reciente de Guinea, a los tropiezos, pasos y luchas que la han llevado a su situación actual, y al panorama que los guineanos tienen a sus espaldas y en su futuro próximo. 

Antes de que Guinea Ecuatorial obtuviera su independencia, cuando todavía se llamaba Guinea Española, ya era conocida como «la Suiza de África», juzgándola por su enclave y las perspectivas, o datos, de su economía respecto de su población. Pero fue precisamente ahí donde el juicio sobre las acciones guineanas empezó a deformarse, pues debía quedar dicho de inmediato que los únicos ciudadanos que se beneficiaban de aquella bonanza eran colonos españoles. En Guinea existía un apartheid legal que dividía a los nativos en estratos sociales, asignándoles mayor o menor cuota de acercamiento europeo según las consideraciones de la jerarquía dominante. Los nativos podían ser, pues, emancipados plenos (casi asimilados a los blancos, y por ello con acceso a ciertos productos y servicios), emancipados parciales y no-emancipados. Teniendo en cuenta que esta disposición de la metrópoli fue promulgada en 1944, entonces podemos creer que en la etapa anterior todos los guineanos eran considerados meros súbditos, una categoría similar a la de esclavo o a la del niño.

Son los mismos sentimientos que sostuvieron esta catalogación los que definieron la relación de los guineanos con el poder. El transcurso de la Historia exigió que España fuera relegando el poder en los nativos, hasta que los avatares políticos permitieron la constitución (en 1964) de una región autónoma en lo que antes eran las Provincias Españolas del Golfo de Guinea, pasando a ejercer como presidente del Gobierno Autónomo Bonifacio Ondo Edu, un antiguo catequista que también había ejercido como maestro de enseñanza primaria. Al margen de sus cualidades personales, y la capacidad de ejercer las funciones que anteriormente había desempeñado, resultaría llamativo que la persona elegida para ejercer tan alto puesto fuera un catequista, habiendo habido oportunidad de que una persona mejor formada asumiera aquella función. Pero la realidad puesta a descubierto con la elección de Ondo Edu fue la de una autonomía meramente formal, pues las decisiones sobre la administración del territorio y las relativas a la marcha de la economía dependían de España, un hecho del que se quejó el propio presidente. A partir de la autonomía guineana los hechos parecieron acelerarse, y tras un breve periodo de cinco años, se concedió la independencia. Pasó a ejercer de presidente Francisco Macías, un antiguo emancipado pleno que había sido traductor en los tribunales indígenas y que conocía bien los entresijos de la relación del colono con los nativos guineanos, paisanos suyos que estrenaron nacionalidad el 12 de octubre de 1968.

 

Panorámica del puerto de Malabo en la época colonial, cuando aún era Santa Isabel.

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Las escasas credenciales de Macías fueron un factor decisivo en la instalación del nepotismo en la tradición política guineana. En la jefatura del Estado guineano había asumido el poder una persona que no tenía claras las funciones de su puesto, o no supo resolver los problemas acuciantes tras la ruptura con España —que ocurrió casi un año después de la proclamación de la independencia— como corolario de funciones no asumidas o responsabilidades no delegadas o poco definidas entre la antigua metrópoli y el joven país. Con aquello se produjo la expulsión de los ciudadanos españoles de los territorios guineanos, expulsión que afectó a la tropa española establecida, dando lugar a uno de los episodios más rocambolescos de la historia común: cientos de españoles abandonando Guinea, dejando atrás sus bienes, como casas, muebles, plantaciones y quizá algún activo dinerario atrapado en alguna entidad. Aquella estampida iba a inaugurar la etapa en que se pondría de manifiesto la verdadera naturaleza de los elegidos para regir los destinos comunes y su capacidad de gestionar el verdadero legado colonial. Pero Macías fracasó en esto, y fue entonces cuando dio inicio a una dictadura caracterizada por la brutalidad, la destrucción de las infraestructuras, la persecución de la intelectualidad, el culto a la personalidad, la violación de los derechos humanos y la destrucción de la Administración. 

Macías adoptó una retórica tan antiespañola como antiimperialista, vehiculada en eslóganes que constituyeron el único tema del programa educativo de aquellos años. La misma brutalidad desatada hizo que no se pudiera sostener ningún pilar de la economía, pues miles de ciudadanos se vieron obligados a abandonar el país y, con la eliminación física de los más capacitados, Macías cercenó la posibilidad de abrir vías alternativas para el desarrollo. Durante los años de aquella barbarie, Guinea Ecuatorial apenas sobrevivió económicamente con una actividad casi testimonial de la agricultura cacaotera, industria colonial por excelencia, y la pesca furtiva u oficialmente consentida en casi toda las costas guineanas. Con la Administración totalmente en ruinas, los efectivos humanos de la misma fueron utilizados para la agricultura de cacao, inaugurando otra vez una etapa de mano de obra forzada, en los brazos de maestros y empleados de las oficinas públicas. En uno de aquellos delirios, Macías rescindió el contrato con Nigeria para el empleo de braceros en las fincas y fue cuando recuperó el trabajo forzado, llegando a llevar a Malabo, bajo presión armada, a todos los varones de la isla de Annobón en edad de trabajar, en un intento desesperado por mantener la agricultura. Fue lo que llamaron «salvar la cosecha».

Instalado en su megalomanía, Francisco Macías renegó de sus raíces culturales europeas y casi impuso como oficial su lengua materna, el fang. Dio preeminencia al ejército, creando unidades nuevas constituidas por efectivos de su entorno geográfico, los cuales dieron lugar a la temible Juventud Hormiga, que sembró el terror por casi toda la Guinea Ecuatorial. Dicha rama del ejército estaba formada por personas que por su corta edad no podían tener el juicio formado sobre cuestiones importantes. Muchos guineanos recuerdan a un célebre miembro de la Juventud Hormiga, famoso por su crueldad, apodado Viejo. Una vez derrocado Macías fue presentado a un juicio y se descubrió que no sabía leer, ni podía responder en castellano a las preguntas. Viejo había alcanzado el grado de comandante, en una especie de promoción ideada por Macías, quien a su vez se proclamó general mayor, pese a no haber hecho el servicio militar. Los más brutos, que eran los que menos sabían, ocupaban los primeros puestos. Con el Ejército, Macías inició la introducción del nepotismo en todas las esferas del país, pues los que deberían constituir su jerarquía habían sido apartados, eliminados, ocupando su lugar estos jóvenes analfabetos originarios de su provincia. En aquellos años se hizo también célebre un tal Bathó, precisamente el que comandó al grupo enviado a Annobón para traer a todos los adultos en edad de trabajar. La ascensión del mismo Bathó es paradigmática, porque de sembrador del terror pasó a comisario de seguridad, ascenso imparable que le hizo ocupar altísimos puestos en sucesivas etapas de la historia guineana. El mismo Gobierno fue ocupado por los miembros del distrito de Mongomo, en un movimiento tan marcadamente centrífugo que el mismo Macías se instaló en Mongomo, luego de una larga estancia en Bata, dejando la capital, Malabo, a expensas de los miembros prominentes de su clan, como el mencionado Bathó y el jefe del Ejército, Obiang Nguema Mbasogo.

El aislamiento que Macías se autoimpuso durante los años 70 —temeroso de veleidades golpistas—, el terror sembrado por los brazos armados, la destrucción del aparato de Administración, junto con la eliminación de las capas intelectuales y el abandono de todas las actividades de producción, propiciaron que el país cayera en una miseria sin precedentes. La sociedad de un país considerado la Suiza africana pasó a engrosar la lista de comunidades mundiales de las que no se podía extraer dato alguno sobre sus medios de subsistencia, que eran exiguos, pero de los que no se podía hablar porque nadie podía entrar para recabar datos y opiniones. Los habitantes iban en harapos y la destrucción de las infraestructuras públicas y privadas dibujó un cuadro de desfallecientes famélicos que huían de su infausto destino, en un país con unas condiciones climatológicas que ni de lejos hacían presagiar una carestía de aquellas dimensiones. Habiendo quedado como testimonial la agricultura del cacao, desaparecida la del café —que se dio más en la región continental— las generaciones nacidas en aquellos años nunca supieron que la madera, la palmera de aceite, el abacá, el coco y la yuca habían sido productos de exportación del país. Ni siquiera podían haber imaginado que luego de la Guerra Civil española, Guinea sirvió como fuente de abastecimiento de una España hambrienta, y con productos entre los que se incluye la yuca, con la que se hacía harina.

Aquella carestía atroz contribuyó a vaciar el país de sus habitantes, un éxodo a cuyas víctimas aquella dictadura irracional bautizó como «los que se fugan sin motivo». Casi se llegó a prohibir los viajes al extranjero, una decisión que se quiso hacer efectiva con campañas para la destrucción de todos los cayucos y embarcaciones similares que se encontraban. Fue precisamente este hecho el que agudizó el hambre entre la población, porque privó a muchas familias del socorrido recurso de la pesca artesanal. Pueblos pesqueros, como los annoboneses, ndowés y bubis, localizados respectivamente en la isla de Annobón, la zona costera de la parte continental y la isla de Bioko, sufrieron por culpa de aquella irracional prohibición. Los que eran convictos de fugarse sin motivo eran llevados directamente a Blay Beach, si no perdían la vida durante las torturas previas. Fueron los años en que el penal isleño de Blay Beach, que también es conocido como Black Beach, cobró triste renombre como el infame lugar en que campaba por sus malvadas anchas un sargento originario de la región continental. El relato hecho por los pocos supervivientes de las atrocidades cometidas por aquel hombre hacen que Blay Beach sea equiparable a las peores prisiones de la Historia, y los hechos de Macías, emparejados con los de los peores regímenes.

Aquella situación hizo que los que pudieran, y con los medios que tuvieran, abandonaran el país o lo intentasen. Los nativos de la región continental arriesgaban sus vidas para entrar en Gabón o en Camerún, países limítrofes con su territorio que podían acceder a pie. Fue en este contexto en el que los refugiados en Gabón cobraron notoriedad, porque en aquel entonces la producción petrolífera de aquel país estaba en su punto culminante. Gabón ocupa casi nueve veces la extensión total de Guinea Ecuatorial y, en comparación, su población es escasa. En aquel tiempo el presidente era Omar Bongó, quien aprovechó aquella riqueza para consolidar su puesto. Esa riqueza hizo que su país se convirtiera en una fuente de atracción para casi todo el Golfo de Guinea. Sus habitantes acudían a Gabón para aliviar la pobreza de sus respectivos países. Fue cuando a los guineanos se les conocía como «ecuató», apelativo peyorativo referido al tipo de vida al que se dedicaban, a la brutalidad que su país había ejercido sobre ellos y a los escasos recursos educativos o técnicos propios de un país que había dado completamente la espalda a la educación y a la formación. Con aquellas credenciales, a los guineanos refugiados en Gabón no les fue nada fácil desprenderse del sambenito de delincuentes. Además, por ese motivo no era fácil para ellos acceder a los papeles de residencia. Las redadas contra guineanos y contra otras nacionalidades eran frecuentes en aquel Gabón dominado por la insolencia de saberse fortalecido por el dinero del petróleo. Desde muy temprano los extranjeros se acostumbraron a aquello de «el gabonés primero». Este hecho marcó a los guineanos que lo sufrieron, pues aquel país con el que compartían la lengua fang pasó a constituir el Eldorado de unos guineanos que pasaron de ser la promesa de África a vivir en ciudades sin agua potable, sin electricidad y sin los servicios básicos, cosas que veían por primera vez en Gabón.

La ola represiva instaurada por los guineanos del entorno familiar, provincial y étnico de Macías amenazó con arrastrar a sus propios miembros. Entre ellos, las delaciones y acusaciones falsas eran tan constantes que cualquiera podía ser el siguiente en caer en desgracia, como había ocurrido con muchísimos guineanos a los que no se podía hacer ningún reproche. Con aquel peligro, unos miembros del Ejército planearon un golpe militar, aprovechando que, desde que había iniciado su regreso a sus raíces geográficas, Macías estaba instalado en su poblado natal, avergonzado, quizás, de su inepcia, aunque la retórica triunfalista no cesara en los escasos medios de comunicación del país. El golpe se materializó el 3 de agosto de 1979, atribuyéndose su autoría el entonces teniente coronel, sobrino de Macías y encargado de la defensa de la isla de Bioko, Obiang Nguema Mbasogo. Severo Moto, el actual presidente del Partido del Progreso —opositor en el exilio por estar ilegalizado el partido en Guinea— un hombre de la misma generación que Obiang, y que había estado en la cárcel, relata que cuando llegó al sitio de la presentación de la cúpula del poder constituido tras el golpe, se llevó una decepción, porque vio las mismas caras. Y cita especialmente al innombrable Bathó, quien fue «reciclado» para la nueva andadura política que iba a tener lugar en el país.

¿Por qué razón fue inevitable que en el nuevo régimen surgido del golpe hubiera caras viejas? Porque el nuevo amo del poder había sido un alto miembro de un régimen atroz que se sostuvo por la complicidad de otros, a los que se debía salvar, pues la caída por delación de algunos implicaba la caída de la baraja entera. Fue la manera por la que evitaron el banquillo o la condena muchos criminales, como el también innombrable Ondo Ela. Habiendo sido testigo de todo lo que se había hecho en Blay Beach durante un largo periodo, aquel sargento sabía quién iba a regir los destinos del país y de su catadura moral. En realidad, uno de los hechos más llamativos después de la caída de Macías fue la salvación de aquel sargento analfabeto que, asistido de un perro y armado siempre con un machete, sembraba el terror entre los detenidos de Blay Beach. Es a él  a quien se deben mayormente las resonancias tétricas de aquella penitenciaría.

Aquel pacto de silencio marcaría otra vez los destinos de Guinea, porque no sólo impidió el sometimiento a la justicia de los más prominentes hombres del régimen de Macías, sino que significó la consagración del nepotismo, en el que, en virtud de aquel pacto de silencio, los puestos más relevantes son asignados a los originarios de la provincia del actual presidente, un hecho que también consagra la discriminación de las otras etnias de Guinea Ecuatorial. El hecho de que las personas sean elegidas sin tener en cuenta sus credenciales académicas resulta en un país que no se ha podido dotar de un aparato administrativo donde se prime el mérito y se alabe la eficiencia. Esto hizo que en los primeros años de Obiang el país no pudiera sacudirse de los factores negativos que habían lastrado al régimen de Macías. Y como muy pronto se percibió la deriva totalitaria, muchos profesionales que hubieran podido regresar del exilio no lo hicieron, o fueron apartados, y la ineficacia acompañó para siempre a los guineanos. Hubo varios intentos de rehabilitar la agricultura cacaotera, y también una vuelta a la explotación maderera, un recurso que muy pronto pasó al control personal del hijo más conocido del nuevo amo del poder, quien más tarde compaginaría el ejercicio de alto funcionario del Gobierno de su padre con el de empresario privado. En realidad, el padre creó para él el Ministerio de Aguas y Bosques, para que tuviera el control total sobre las áreas madereras objeto de su interés. El nombramiento y los sucesivos ascensos de este hijo de Obiang son el paradigma de cómo transcurren los asuntos políticos en el país, pues nadie esperaba que un joven que apenas tiene el bachiller pudiera ser nombrado. En él concurren todas las circunstancias para obtener un puesto en el gobierno de Obiang: es del entorno geográfico del presidente, no tiene formación, carece de escrúpulos y es derrochador.

 

LAS FOTOGRAFÍAS DE ESTA ENTREGA PROVIENEN DEL LIBRO MBINI. CAZADORES DE IMÁGENES (ALTAÏR, 2006), DE PERE ORTÍN Y VIC PEREIRÓ, SOBRE LA EXPEDICIÓN CINEMATOGRÁFICA DE HERMIC FILMS A LA GUINEA COLONIAL.

Juan Tomás Ávila Laurel
Juan Tomás Ávila Laurel

Escritor ecuatoguineano nacido en la isla de Annobón en 1966 y formado como técnico sanitario. Ha combinado el ensayo sobre la realidad de su país con la narrativa corta y la novela, donde destacan sus obras Avión de ricos, ladrón de cerdos (El Cobre, 2008) y Arde el monte de noche (Calambur, 2009).