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BALENGI, BALENGI, BALENGI

Guinea Ecuatorial
Juan Tomás Ávila Laurel

Upolo estaba en la playa, tratando de capturar cangrejos para ir la pesca cuando vino un niño a decirle que su mujer había dado a luz a una niña. Se lo esperaba, no que fuera otra niña, sino que diera a luz, porque en su pueblo todo embarazo tiene un término. Por esto aquella noticia no le alteró. Otras versiones de la historia cuentan que no lo encontraron como se dijo, sino remendando su red. Pero esto último no era la verdad, porque Upolo no tenía red alguna, y porque no había conocido a ningún emancipado que se la comprara. Entonces pescaba con nilón y anzuelo que compraba en la factoría. A esto sí que tenía permiso.

Antes de llegar a casa para hacer acto de presencia y para que la vecindad no creyera que no tenía ningún interés por la hija que había tenido su esposa, se encontró con Mekogo. Estaban solos, pero Mekogo, que tenía fama de poco serio y de borracho, pese a ser gran pescador, le contó como si no quisiera que ningún testigo le oyera, que Guinea Ecuatorial ya era independiente, y que los papeles se habían firmado en la tierra de los blancos. ¿Tan pronto?, pensó Upolo, mientras Mekogo se alejaba luego de mirar de hito en hito para asegurarse de que nadie le había visto hablar de aquello. Inmediato a esta revelación, el cuerpo de Upolo sufrió un estremecimiento y empezó a sudar, y cualquiera que lo viera no creería que hubiera recibido una doble noticia buena: La independencia de su país y el nacimiento de su cuarta hija.

Llegó a casa y vio a todas las mujeres cantando enfrente de la misma para celebrar la buena nueva, y decían que era una niña muy hermosa. Como padre que era, hicieron gurururururururu, cuando lo vieron, buscando la mejor música de la garganta para felicitarlo. No supo qué hacer, pero sí sabía que todo lo que se gastara para celebrar aquel nacimiento iría a su cuenta: vino de palma, vino de caña, pescado, tabaco, comidas especiales para el día y la noche, todo lo pagaría él. Pero miró mejor y vio a un grupo de hombres que no estaban celebrando, sino tratando un asunto. Cuando se acercó a ellos supo lo que estaba pasando ahí: las mujeres estaban alegres por el nacimiento de la niña, pero la mujer todavía estaba en la pequeña casa detrás de la casa grande, donde dio a luz, porque en el vientre había dos niños, y el chico todavía no había salido. Entonces había que llamar a la más antigua de las parteras para que dijera cómo nadie había predicho que el embarazo traería una noticia tan extraordinaria, como que Guinea ya era independiente de los blancos. ¿Cómo ninguna había podido saber que en aquel vientre había un niño y una niña y que el primero tardaría mucho en salir? Fue ahí cuando Upolo pensó que aquella nueva etapa política de su país no iba a ser cualquier cosa, y que aquello lo intuía el hijo, de ahí que no quisiera salir. 

Los hombres esperaron que las parteras hicieran lo mejor que sabían, y lo hicieron bebiendo y comiendo a cuenta del dueño de la casa, Upolo. Él pescaba porque todos los varones del pueblo lo hacían, y quien no lo hiciera se vería sometido a muchas preguntas, ¿qué comes en casa si no pescas para tu mujer?, ¿acaso quieres que hablen mal de ella cuando mire el cayuco de otro hombre casado o soltero? Pero aparte de aquella tarea casi cotidiana, Upolo era el alguacil del pueblo. Para él, con aquel empleo formaba parte de la Guardia Colonial. Tenía su uniforme de pantalón corto y camisa de manga corta y cinturón. También tenía silbato, gorra y porra, pero rendía cuentas de su actividad cuando lo llamada el jefe tradicional, quien ejercía en nombre de los blancos y era el único que sabía cuándo les iba a visitar el delegado del gobierno. Pese a ser oficial del gobierno, y a tener silbato y porra y uniforme oficial, ninguno de los poderosos que conocían aquellas circunstancias habían mediado para concederle ni siquiera el grado menor de la emancipación. Aquello le fastidiaba, pues decían que pese a que su español era aceptable, no tenía ninguna finca de cacao o de café, no había estado siquiera en la capital de su provincia y no tenía dinero. Y como no era emancipado pleno, no podía comprar aceite de oliva ni cualquier otro producto exclusivo de los blancos. Pero él conocía la ley y más de una vez había hecho serios intentos por hacerse catequista para que de una vez por todas le fuera concedida la emancipación, pues demostraría que estaba trabajando bajo las órdenes de un cura blanco, que sólo les visitaba los domingos.

No pudo ser. Más de una vez planteó aquel asunto al cura, pero aquel le daba palabra de que cuando les visitara el gobernador, y como agente del orden que era, se le dejaría un lugar en la comitiva y aquello haría incrementar su fama entre los vecinos. Eres un buen servidor de la madre patria, le decía el cura cuando le agradecía que hubiera empleado su poder para mantener el respeto durante la misa, aun sea a base de coscorrones que sufrían los niños más díscolos. Pero con lo que había pasado aquel día, iba a enfrentarse a las necesidades de un hijo propio, que vino al mundo el mismo día en que su país recibía la independencia de un alto miembro del gobierno del Generalísimo Franco. Cuando lo supo, creyó que cosas nuevas iban a suceder. Para él, la etapa de Autonomía, que siguió después de que el país adquiriera el estatuto de Provincia, fue corta, muy corta. Pero no había nada que hacer, nadie estaba por encima de los blancos. Pero él no sabía que a partir de aquella proclamación, todo iba a suceder de manera tan rápida.

Mientras sus hijos crecían, las cosas de la política cambiaron y había que votar para que el país tuviera un presidente negro. Con aquella historia recordó con qué cuidado le había contado su amigo de lo que había ocurrido. Fue algo que les marcó. Y fue que del resultado de las votaciones había salido vencedor Macías, un pamue del interior, pero en su pueblo habían votado por alguien que conocía el mar, por uno de los suyos. Pero para la desgracia de lo que iba a ser Guinea, Macías sí conoció a quienes no le habían votado, y entonces pensó vengarse. Castigaría con dureza a aquellos traidores, conocidos como Nkua, esclavos, que habían preferido a uno de sus enemigos. Y pronto empezó el castigo. 

Desde que la gente supo que aquello estaba pasando, y viendo que todos los que habían sido oponentes de Macías estaban bajo tierra, buscó formas de defender su vida, y fue así como la mujer y todos los hijos de Upolo se refugiaron en Gabón. Todos menos la hermana gemela, que no pudo ir porque se había quedado en casa para que nadie del pueblo se alarmara y los delatara. Fue esta hija de Upolo la que creció en su pueblo y que cuando el poder lo exigió fue alistada por primera vez para ir a Bata a desfilar para celebrar las fiestas inventadas por Macías. En aquellos tensos años Upolo ya no podía decir que había sido alguacil. Con sus propias herramientas y con su sabiduría, fabricó el fusil de madera con que su hija desfilaba en Bata cuando el partido único de Macías lo exigía. Hombres y mujeres de todos los sitios estaban obligados a desfilar con fusiles de madera para celebrar las gestas. Upolo no, y no sólo por su edad, sino porque resultó que pasaron unos años y uno de los conductores que llevaba a la gente a los desfiles se fijó en su hija, y una mañana se presentó en el pueblo con varios artículos diciendo que quería casarse con ella, sin haber preguntado siquiera si tenía padres y madres. Upolo sabía que estaba en la lista de los que habían votado por los «desgraciados» enemigos de Macías y sabía que aquello no iba a terminar bien. Pero como sabía que en aquel entonces todos los revolucionarios tenían que condenar el colonialismo y alabar a Papá Macías, cuando se presentó a su puerta aquel hombre para pedirle la mano de su hija sin hacer nada de lo que se hacía en su clan, se puso en medio del pueblo y gritó: Guinea, arriba, viva Macías, abajo los traidores… Dicen que dijo muchas cosas, pero algunos se quedaron con aquello de Balengi, balengi, balengi. Se suponía que estaba alabando el nuevo poder, pero en su lengua, que no era la de su yerno. ¡¡Guinea Ecuatorial, Macías, balengi, balengi, balengi!!, dicen que gritaba con las manos en alto. Fue cuando se supo que había perdido la cordura.

Estando tan loco, no pudo saber qué suerte corrió su hija, que fue a vivir con su marido en otro lugar. Se conocieron en aquel camión en que se les trasladaba a Bata para que desfilaran y dijeran todo lo bueno que era Macías y lo malo que había sido el colonialismo. Esto sí, Upolo nunca llamó colonos a los blancos cuando los conoció en su juventud. Pasaron años y dijeron que algo había pasado, y que el teniente coronel Obiang había derrocado a su tío. Upolo, que realmente no estaba loco, no se creyó que aquello iba a cambiar, pero se alegró. Ahora podía decir a cualquiera que se salvó gracias a que Dios le mandó aquella locura. Pasaron unos meses y los que habían estado en Gabón regresaron, pero el hijo no. Parece que en aquel país se había unido a los opositores de los dos presidentes que había tenido el país. Es decir, estuvo años «hablando mal» de Macías y otros muchos años hablando lo mismo de Obiang viviendo, además, entre acechanzas de los militares gaboneses. No fue nada fácil. Estando en su pueblo, Upolo vio llegar a un hijo de su pueblo que le dijo que los blancos ya habían pedido a Obiang que permitiera la oposición y que querían contar con él para cambiar la historia guineana y recuperar el buen nombre de los Nkua, esclavos, y él le dijo que ahí estaría para lo que hiciera falta, que lo que había pasado ya era demasiado.

Pasaron los años y un día llegan al pueblo los dos gemelos. Upolo no sabía que se habían reencontrado ni lo que se habían dicho, porque no dejó su pueblo natal. Aquellos hermanos saludaron a los miembros de la familia y luego reunieron a todos los parientes del pueblo que seguían vivos y dijeron el propósito de su viaje. Quisieron que todos supieran que ellos habían ido al pueblo a pedir a su padre, Papá, por favor, que dejara de militar en la oposición, pues por aquella militancia no solamente aquel pueblo no recibía ninguna atención del gobierno, por ejemplo, la iglesia estaba totalmente destruida, sino que ellos no podían conseguir buenos trabajos en Bata o en Malabo, y que por favor, por favor papá, dejara el pasado y les permitiera trabajar para también gozar del dinero del petróleo antes de que se acabe y volvamos a la pobreza. Además, añadieron, que por aquella oposición nadie creía que su militancia en el partido de Obiang era auténtica, así que no eran promocionados. Lo decían como lo último que podía hacer por ellos su padre cincuenta años después de haberlos tenido. Aquel hombre ya era mayor y sabía que no podía enfrentarse a la historia, a más historias. Se dice que luego de que sus dos hijos se fueran, porque dijeron que no podían vivir con la «chusma», Upolo se sentó delante de su casa y dijo otra vez aquello de Guinea, balengi, balengi, balengi. En su lengua estaba diciendo que Guinea Ecuatorial era un país sin rumbo, o que sus ciudadanos lo eran. 

Juan Tomás Ávila Laurel
Juan Tomás Ávila Laurel

Escritor ecuatoguineano nacido en la isla de Annobón en 1966 y formado como técnico sanitario. Ha combinado el ensayo sobre la realidad de su país con la narrativa corta y la novela, donde destacan sus obras Avión de ricos, ladrón de cerdos (El Cobre, 2008) y Arde el monte de noche (Calambur, 2009).