Iniciar sesión
A
  • Altaïr Magazine en Facebook
  • Altaïr Magazine en Twitter
  • Altaïr Magazine en Instagram
Iniciar sesión
¿Aún no estás registrado?

RUINOSA OPULENCIA (II)

Guinea Ecuatorial a las puertas de 2016
Juan Tomás Ávila Laurel

La historia de Guinea Ecuatorial y su relación con España, a pesar de los años y los esfuerzos, sigue cubierta de una suerte de niebla para muchos lectores en la antigua metrópolis —en otros puntos del mundo hispano, es directamente desconocida—. El único país del África subsahariana en el que se habla español; un lejano recuerdo de la colonia; la dictadura. Poco más se discute, fuera de los círculos interesados en el tema, sobre los avatares de su historia.

De la mano de uno de los autores más importantes del país, ofrecemos en dos entregas un repaso a la historia reciente de Guinea, a los tropiezos, pasos y luchas que la han llevado a su situación actual, y al panorama que los guineanos tienen a sus espaldas y en su futuro próximo. 

VIENE DE LA PARTE I

La pobreza en la que estaba sumida el país persistió hasta que la comunidad internacional creyó que la solución a aquella miseria material y moral era la implantación de la democracia, que daría a los guineanos la posibilidad de elegir a gobernantes más responsables. Aquella exigencia —o predisposición— de la comunidad internacional, que todavía mantenía al país en la lista de los necesitados de ayuda, coincidió con la fundación o la legalización de los partidos políticos. Pero aquella esperanza duró hasta las primeras elecciones multipartidistas, a principio de los 90, en las que el régimen demostró que no pensaba dejar el poder. Fueron el inicio de las abrumadoras victorias del partido de Obiang, victorias amañadas que implicaban el acoso a los miembros de la oposición, con detenciones, torturas y más de un asesinato. Inmediatamente, se inauguró la época de las «intentonas golpistas», artimaña arbitrada por el poder para consolidar la represión contra los opositores, a los que muy pronto, y como en la peor época de Macías, se consideraba traidores. En aquella época se rescató la tristemente célebre tortura llamada «etiopía», que había sido utilizada en tiempos de Macías: atar dos palos a la pantorrilla de la víctima y apretar los extremos hasta causarle un dolor agudo. Toda aquella represión contra la oposición y los ciudadanos disconformes, que perdían con su postura el derecho a acceder a cualquier empleo público, coincidió con las cotas más bajas de desarrollo del país, sin sistema educativo, con una infraestructura sanitaria testimonial y con ciudades carentes de electricidad, viviendas dignas y agua potable. Guinea todavía dependía de la ayuda internacional y al menos se sabía de las recomendaciones del Banco Mundial para hacer reformas o ajustes que dieran lugar a un buen gobierno.

La realidad siguió inalterable, con detenciones a los opositores y elecciones con mayoría rotunda (todas con una victoria de cerca del 100%) y con algunas presiones de la comunidad internacional, hasta que se descubrió el petróleo. Fue entonces, en plenos años 90, cuando todo cambió para no cambiar realmente nada. Ahí se perdió todo, al menos las esperanzas, pese a que con aquel afloramiento de petróleo, el país inauguró su mejor época para convertirse definitivamente en la Suiza de África. Pero lo desaprovechó. Pesó el hecho de tener la suerte, por dos ocasiones, de ser regidos por personas afectas de tantos complejos, carentes, además, de estudios. La aparición del dinero, un montón de dinero para los escasos 700.000 habitantes que somos, obnubiló completamente al clan del poder y les hizo jurar que permanecerían en el poder por un tiempo indefinido. El dinero sirvió para acallar las críticas a su mala gestión, y mostró una faceta que ya se conocía, pero que se intensificó: la corrupción. Aquel dinero que nunca habían tenido sirvió para que los miembros del clan se enriquecieran hasta unos límites irreales, pero con unas ganas desenfrenadas de mostrar su poderío. ¿Le sorprendería a los ciudadanos de cualquier país que el hermano de la primera dama diera una fiesta para celebrar que en su cuenta bancaria hubiera mil millones, en cualquier moneda? Porque pese a que el recuento se hacía en francos CFA, que una persona de 40 años, cuyos padres no dejaron una herencia y que no estaba ejerciendo ninguna actividad empresarial, tuviera una cuenta bancaria de un millón de euros escapa a toda explicación. Pero es una realidad de la Guinea de Obiang. El afloramiento del dinero tampoco sirvió para construir un tejido administrativo y de bienestar. Los hospitales siguieron siendo los mismos, y se dice que en 30 años en el poder el actual gobernante no ha construido ni una sola escuela pública, un hecho que cuenta con el agravante de que o intenta cerrar las privadas que existen, siempre regentadas por religiosos, o pone trabas a las iniciativas tendentes a abrir otras, las cuales funcionan dentro de los límites impuestos por la precariedad.

En el sector de la salud, el régimen no ha sido más pródigo, sino que con el dinero del Estado construyó, hace unos años, unos hospitales que no ha dudado en privatizar. Se sabe que la familia del presidente es la dueña de clínicas en puntos variados de la geografía nacional; clínicas que no están al alcance de la población. El resto del dinero que sobra se destina a la autopromoción: desde el año 2011 Guinea ha albergado todos los eventos internacionales posibles; dos veces acogió la cumbre de la Unión Africana y otras dos la Copa Africana de Naciones, eventos que cualquier país más serio rechazaría por lo que suponen en gastos. Fue precisamente en el marco de estos eventos cuando el régimen aprovechó para modernizar algunas infraestructuras, propiciando mejoras en las carreteras y en las instalaciones aeroportuarias. El resto de la historia es el relato de un monumental traspaso de dinero a los bolsillos de los que mejor suerte tienen, como el desembolso para un complejo de hospedaje y conferencias que se construyó precisamente para los eventos de la Unión Africana. Los millones de euros enterrados ahí no caben en las cuentas de ninguno de los cuñados del pródigo presidente. Y estos grandísimos desembolsos coinciden sin una mejora para la población. Además, persiste el acoso a los opositores, o la compra de sus voluntades.

Hagamos un análisis de la vida guineana actual tomando como ejemplo la vida de Jerónimo. Nació en la parte continental y, luego de unos años en Bata, la segunda ciudad del país, pasó a Malabo, donde hizo el bachiller con un programa de estudios copiado de los sistemas educativos de la España de los años 50. De hecho, uno de los libros de Física en los que se apoyó para aprobar aquella asignatura es de Ediciones SM, del plan del 57; informaciones editoriales que nunca han sido del interés de Jerónimo. Logró terminar, pero antes de este añorado final, unos militares vinieron a su casa a detener al tío con el que vivía, y entonces repararon en él. Desde aquel día fue introducido en una lista negra que sólo conocen los originarios del distrito del presidente. Al tío lo acusaron de un intento de golpe de Estado y lo encerraron otra vez en Blay Beach. Jerónimo dejó de saber de él, pues de que comiera se encargaba su mujer, quien vendía ropa de segunda mano en un mercadillo del barrio de Los Ángeles. Mientras esperaba que alguna cosa pasara, fue haciéndose mayor y tuvo la esperanza de que la comunidad internacional presionaría a Obiang luego de que se supiera que éste había ingresado una cantidad incontable en un banco de los Estados Unidos, la banca Riggs. Aquel dinero era tanto en FCFA que no lo supo contar, así que creyó que esta vez no pasaría.

En una de estas, su tío pasó por casa aprovechando que lo habían llevado a trabajar en la construcción del hotel de uno de los yernos de Obiang. Dijo el tío que ya dejaron de recibir palos o cables en la planta de los pies, y que sólo fueron atados durante el primer mes, antes de que el hermano del presidente se enfadara con él y se fuera a Bata. Sí, precisamente este hermano que antes del golpe era trampero, un tal Armengol, y que luego del golpe fue llamado y, sin pasar por la escuela para aprender a leer y escribir, encargado con la dirección de la seguridad. Sí, este que acabó siendo general, y del que dicen que en cuestión de mantener a los opositores en la cárcel, era el de más poder, pues nadie es capaz de conceder la libertad a ninguno que cae preso bajo sus mandos.

Con la esperanza de un cambio, Jerónimo se apuntó al partido de su tío y esperó a la comunidad internacional. Mientras tanto, con el dinero que tenía en su bolsillo, Nguema Obiang, el hijo del dictador, se hacía llamar «el patrón de los chicos de Bata». Los chicos le llamaban «el Patrón» porque sabían que de vez en cuando les echaba dinero desde su coche. A veces venía con uno de una determinada marca, dejaba una cantidad a los que le llamaban «Patrón» y lo aplaudían, volvía corriendo a su palacio en el barrio de Asonga (en el camino al aeropuerto), dejaba el coche anterior, cogía otro y volvía a pasar por el mismo sitio. Todo esto lo sabe Jerónimo porque durante las vacaciones pedía prestado el carnet escolar de un primo suyo y conseguía viajar gratis a Bata, en un barco viejo en el que no suele caber nadie más, con la intención de ir al interior del país a ver a su madre. Como las vacaciones coinciden con las fiestas del 3 de agosto, el día del golpe de Obiang, el «Patrón» se hace más grande y quiere que los jóvenes de Bata lo sepan. En esa fecha organiza para ellos concursos de borrachos y glotones y, a veces, trae a un músico famoso de Estados Unidos para que todos sepan que tiene buena relación con el mundo de los famosos, y que le obedecen. Estos tocan dos días, cobran lo que nadie sabe y se van. Fue él quien dio esta idea a sus padres, Obiang y Constancia, quienes se sumaron a la misma e hicieron traer, más tarde, a Julio Iglesias o a Chenoa para cantar para ellos. Sí, fueron y cobraron millones. Iglesias dijo, incluso, que no sabía que hubiera un país africano donde se hablara español. 

Esto pasaba mientras Jerónimo se hacía mayor y descubría que el hotel del yerno del presidente acababa de ser construido, sin que nadie recordara que en el sitio donde construyó el aparcamiento para los clientes había un colegio, el colegio Los Ángeles, llamado así por ser el más próximo al barrio del mismo nombre. Sabe, como todos los que saben las cosas, que no era un colegio público. Bueno, sí, lo era, el dinero lo puso el fondo de la embajada de Japón, pero el encargado de decidir la construcción se quedó más de la mitad del dinero, y cuando llamaron a los donantes para inaugurar la escuela, no se lo creían, y, de hecho, pasaron delante de la misma sin creer que era para la que habían dado el dinero. Jerónimo sabía que todo el mundo conocía de la historia, pero en Guinea no se castiga a los corruptos. Además, muchas veces a los corruptos de la casa de Obiang los llaman «empresarios». Precisamente como el hijo, que dispuso de todas las facilidades para explotar los bosques de Guinea Ecuatorial, vendiendo directamente la madera a los que venían a comprarla, sin intermediarios.

Todo esto pasaba y no había pasado nada con el multipartidismo; en cada elección Obiang ganaba con unos resultados del 98 por ciento. En Campo Yaounde no había ni papeletas de la oposición. No había porque, según contó el Ministro del Interior, todos los votantes del barrio eran del PDGE, el partido del presidente, así que era imposible que votaran otra cosa. Claro, sabía que nadie podía contradecirle, pese a que Campo Yaounde era un infecto sitio sin apenas electricidad, sin agua potable, sin alcantarillado, maloliente a todas horas.

Poco antes de las siguientes elecciones, hubo cierta determinación de los opositores para que no volviera a ganar el mismo partido. Además, estaban muy animados, pues en Francia se había embargado la mansión y once coches de lujo que el Patrón tenía en un garaje. Es decir, cuando está en París, repite aquello de ir a un sitio con uno de los coches, dejarse ver, incluso saludar a alguien, comprar un reloj de 20.000 euros, dejar que lo envuelvan y salir a hacer una llamada, o a nada, y volver a la tienda con otro distinto. Todo aquel decomiso hizo creer a la oposición, y en concreto al partido de Jerónimo, que esta vez la «comunidad internacional» presionaría para que Obiang no volviera a ganar. Entonces se multiplicaron y dejaron octavillas por toda la zona de la ciudad donde podían actuar sin ser vistos. Pero Obiang ya los tenía en la lista y antes del día de las elecciones, mandó ir a detenerlos. Cuando, de noche, llegaron a la casa de Jerónimo, no lo vieron, pues había salido por la ventana de atrás. En respuesta, los militares se llevaron a su mujer, que estaba criando a un bebé que no había alcanzado un año; también al niño. Era uno de los hijos de Jerónimo, que hacía grandes sacrificios para sobrevivir. Como estaba realmente cansado, dijo que no le apetecía caer otra vez en manos de los militares, aunque sabía dónde habían sido llevados su mujer y su hijo pequeño: fueron llevados a Guantánamo, nombre con el que los guineanos bautizaron al edificio del Ministerio de Seguridad. Al día siguiente, recorrió varios sitios para dar con el presidente de su partido y gestionar la liberación de su mujer. Pero el presidente legal de su partido ya no era considerado como tal por el régimen, pues nunca había aceptado los resultados de las elecciones y no tenía «espíritu patriótico». Mientras duró la gestión para encontrar a alguien que diera la cara ante el régimen, los responsables de Guantánamo localizaron a una hermana de su mujer y le entregaron el bebé. Jerónimo no supo ni preguntó por lo que habían comido durante el encierro. Luego supo que en Guantánamo se le había impuesto una multa a su mujer, el requisito para abandonar aquellas infectas celdas. Entonces Jerónimo salió a la calle otra vez a encontrar a conocidos y parientes que le ayudaran a reunir el dinero de la multa. La tenía que pagar, no importaba que fuera inocente.

 

Teodoro Obiang presidiendo las sesiones de la 17ª Cumbre de la Unión Africana, celebrada en Malabo en 2011. (CC Embajada de Guinea Ecuatorial) 

+

Este año habrá elecciones, para las que Obiang ya ha dicho que se presentará por su partido, este grupo incondicional de hombres y mujeres que nunca le han llevado la contraria en nada y, además, se precian de decirlo en alto. El partido de Jerónimo fue descabezado, y un casi analfabeto fue elegido por el Ministerio del Interior para dirigirlo. Desde que Obiang aprendió que las farsas electorales pueden alargarle la vida política, ha mandado dar de comer y de beber a los jefes de partidos familiares que le han acompañado siempre en ellas: jefes de partidos sin militancia que forman una coalición con el partido en el poder, y que entonces sirven para que Obiang diga aquello de que Guinea tiene un sistema político. Una de las esperanzas de Jerónimo, cuando creía que a Obiang se le podía derrotar, era ganar un puesto en el Parlamento y tener algo para vivir. Y es que veía difícil que Obiang se dejara ganar. Pero Obiang tenía otro plan, así que acosó a los que sabía que no le harían la ola. Este mes de septiembre Obiang en persona, en uno de estos actos de cinismo, reconoció que el país estaba en crisis económica. Si no fuera porque en estos 30 años que estuvo en el poder no hizo nada, sus palabras no serían sino las de un cínico con poder. ¿En qué gastó el dinero, estas cantidades resultantes de haber sido el tercer país africano en producción petrolera? En construir un complejo de conferencias y hospedaje en Sipopo, playa artificial incluida, con arena traída de fondos marinos de sólo él sabe dónde, mientras la capital seguía sin agua potable y sin una fuente fiable de electricidad. Hizo un aeropuerto en Mongomeyen, en su provincia, un sitio donde no hay nada. Obiang, con la intención de proclamar una inversión propia en turismo, construyó un aeropuerto en Corisco, una isla casi deshabitada. Siendo Guinea uno de los países menos visitados del mundo, no sabemos para qué lo construyó. Obiang construyó estadios, dos en concreto, e hizo carreteras. También construyó un puerto y un aeropuerto en Annobón. Con todo esto, en un país al que no permite visitar, todavía creía que debía hacer más, y, como lo hiciera otro dictador, mandó construir para su mayor gloria una ciudad nueva, en la selva: Oyala. Con la población actual de Guinea, va a ser difícil encontrar habitantes para su flamante ciudad, un sitio que apenas permite que se visite, y del que dice que será la nueva capital.

La situación real del país certifica que el acomplejado mandatario se ha equivocado, porque no ha sabido diversificar la economía para seguir siendo solventes una vez acabado el petróleo, o cuando surja una contingencia que impida beneficiarse del mismo. No existe la promoción de la agricultura en el país, y el ligero aumento de población como consecuencia de la llegada de multinacionales del petróleo ha obligado a los guineanos a comprar alimentos en Camerún, en barcas o embarcaciones tan frágiles que a veces no pueden soportar los embates del mar, de un trozo pequeño de mar, como sucedió el pasado mes de junio. A 20 personas que viajaban en uno de estos barcos no se les volverá a ver. Murieron cerca de ocho de ellas y se salvaron unas cuantas, y sin que hubiera mediado equipo de salvamento alguno de Guinea. No podemos dar datos concretos porque al Gobierno de Guinea no le interesó.

Cuando se acerque el mes de las elecciones, Obiang saldrá a la calle casi cojeando. Porque es un anciano al que sus más allegados no han permitido dejar el poder a su hijo Teodorín, el Patrón, quien fue promocionado al rango de comandante en este mes de agosto. ¿Comandante de qué? Pues de los puestos de control y represión de los ciudadanos, para que el poder sea de ellos para siempre. En la calle, Obiang presentará su aval: todo lo construido. Pero no dirá ninguna palabra de los 17 bebés que perdieron la vida en el hospital de Bata porque dicho centro sanitario, construido durante la época colonial, dejó de tener energía eléctrica durante varios meses. 17 bebés de los que nadie dirá ninguna palabra. ¿A que no sería creíble que nadie no dijera nada de los hospitales privatizados que tienen por ahí, de los que presumen, pero en los que no quieren ser tratados? Porque no debe costar tanto que un hospital presuntamente moderno pueda tener un rincón para una veintena de inocentes que apenas hacen bulto. A lo que íbamos: cuando salga a la calle, les dirá que ha convertido el país en un sitio desarrollado y pondrá las fotos de las carreteras y las rotondas otra vez. Y cuando mande leer los resultados de las elecciones, le corresponderá el 98 por ciento de los votos y montará, otra vez, un Gobierno de cerca de 80 miembros, un Parlamento de 100 diputados y un Senado de 70 senadores para un país de las dimensiones conocidas: apenas 28.000 kilómetros cuadrados. Estos puestos políticos, incapaces de presentar iniciativa alguna, tienen una dotación económica sustancial, aparte de las ventajas de su inútil cargo, y todos tienen coche oficial. Es este el único gasto que hace el régimen para los guineanos, aunque la realidad sea que estos guineanos concretos, los que utilicen los coches oficiales, jamás le llevarán la contraria y todos los días de su ejercicio proclamarán su adhesión a «la línea política del partido», hasta que el destino imponga otra cosa.

En dos ocasiones, correspondientes a dos etapas distintas, los guineanos se han visto impedidos para cambiar de gobernante. En la primera dictadura, la represión llevada a cabo contra el resto de ciudadanos hizo que se protegieran luego del golpe que acabó con Macías, porque la pérdida del poder suponía un serio compromiso ante la justicia. En la actualidad, y pese al clamor ciudadano, los dueños del poder no podrían dejarlo porque, con una ambición desmedida, se han apoderado de lo que corresponde al resto de la población. Obiang y su familia se han apoderado de Guinea Ecuatorial. Sería imposible que no tuvieran que responder a las preguntas si la situación pasara a ser otra. Así que se aferran al poder.

Juan Tomás Ávila Laurel
Juan Tomás Ávila Laurel

Escritor ecuatoguineano nacido en la isla de Annobón en 1966 y formado como técnico sanitario. Ha combinado el ensayo sobre la realidad de su país con la narrativa corta y la novela, donde destacan sus obras Avión de ricos, ladrón de cerdos (El Cobre, 2008) y Arde el monte de noche (Calambur, 2009).