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GUM ART

La percepción de un chicle pegado en el suelo
Manuela Ramos Cacciatore

Muswell Hill es una zona residencial en el norte de Londres. Fue en este barrio inglés de casas unifamiliares de ladrillo rojo y valla blanca en el jardín donde Ben Wilson empezó a pintar los primero chicles que encontraba en el suelo. Cuatro años y más de diez mil pequeñas creaciones después, esta forma de street art que colorea chicles en el pavimento público se conoce como Gum Art: un movimiento artístico seguido en Alemania, Estados Unidos y Corea del Sur.

En Londres, capital de Reino Unido, la mayoría de los habitantes —ocho millones— de esta gran ciudad tiene una aplicación instalada en su móvil para evitar perderse; si falla, estás «fucked up». Pero la frase «cuando llegues a la avenida principal sigue los chicles, no tiene pérdida» en un mensaje de texto fue más que suficiente para encontrar la casa de Ben Wilson. Y como en el cuento de El Mago de Oz, seguí el camino, en este caso, marcado por un rastro de chicles.

Las miniaturas circulares pegadas en la acera de la avenida principal de Muswell Hill terminaban en las escaleras de entrada del número 78. La guarida del mago. A simple vista, un calco del resto de unifamiliares del vecindario. Pero con una esencia diferente a las demás. El hogar de este artista guarda en su interior más de 30 años de trabajo almacenado en las estanterías, paredes y jardín. Toda su obra contada a través de colillas de cigarrillos decorados, ladrillos de obra dibujados a mano con carboncillo y estatuas talladas en madera de cuatro metros de altura custodiando el jardín trasero. En la puerta de este museo del arte del reciclaje estaba él, al final del rastro de chicles esperando a que Dorothy llegara a la hora del té. Ben Wilson (1963) tiene ojos claros, nariz rosada y un marcado acento británico. Viste la misma ropa con la que lo encontré trabajando en el suelo del Millenium Bridge por primera vez: un mono color naranja, un forro oscuro debajo y un abrigo de obra amarillo fosforito. Se coloca la mochila llena de pinturas acrílicas, una esterilla, un soplete y una libreta donde dibuja los bocetos de las peticiones que le hace la gente y dice las palabras mágicas: «¿Preparada para pintar un chicle?»

Aunque es conocido por sus trabajos con los chicles, también imparte conferencias y talleres en el extranjero. «Se podría decir que me dedico profesionalmente a convertir lo negativo en algo positivo; es la base de este arte», comenta mientras buscamos un chicle que transformar. Ben Wilson, hijo de un pintor y una performer del mundo del teatro, se ha propuesto cambiar las calles de Londres con el movimiento Gum Art. Sus chicles son de cuerpo colorido, pensamiento creativo y conexiones personales.

El Gum Art —cuenta Wilson— se relaciona con el derecho de todo individuo a ser creativo con su ambiente: «Somos humanos; creamos y destruimos. La creatividad es parte de nuestro ser y tenemos derecho a mostrarla». Cada uno tiene su manera y puede que lo que funcione para uno, no lo haga para otros. «Yo pinto chicles y es algo con lo que disfruto. Pintar pequeñas imágenes en un trozo de goma de mascar me permite explorar lo que nos rodea». Es su forma de explorar su ambiente a través del arte y hacer que la gente sienta poder. «Podríamos decir que la base del Gum Art es ser conscientes de nuestro medio y adueñarnos de éste a través del arte».

Si según Wilson el Gum Art no es empoderante al menos sí nos hace más conscientes del entorno que nos rodea. Cree fielmente que en muchas ocasiones no vemos que nuestros actos, por pequeños que sean, tienen un efecto sobre la existencia humana. Igual que creamos, destruimos: «en esta sociedad materialista en la que vivimos, se ha olvidado que toda acción tiene su consecuencia. Incluso tirar un chicle al suelo. Intento que la gente se plantee algo más aparte del "¡Oh mira! ¡Qué curioso!" y lo fotografíe. Pienso».

 
 

El primer paso para iniciarse en este arte es encontrar un gum. No es una tarea tan sencilla si buscas en un lugar donde ya están todos ocupados. «Muswell Hill es la zona de Londres donde más he trabajado. Habré pintado cerca de mil. Éste, es una de mis primeras creaciones pero aquí no llegan las cámaras de los turistas», comenta señalando uno en concreto. A Ben Wilson se le ha visto por los suelos de Shoreditch y de Oxford Street. Pero sin duda, el lugar más popular donde turistas y viandantes fotografían sus chicles es el Millenium Bridge. Este puente camufla entre sus rejillas metálicas del suelo más de 400 imágenes que Ben ha ido plasmando a lo largo de los años. «Es difícil verlas si no te fijas. A veces la gente cruza de un lado a otro sin ver nada, e incluso no te creen si les dices que el puente está lleno de ellas. Me resulta divertido trabajar aquí porque es curioso descubrir cómo percibimos y nos relacionamos con el espacio que nos rodea», explica.

Para Hill lo interesante no es la obra, sino la proyección de la gente al observarla. Más allá de quemar el chicle darle forma o pintarlo, es un arte de perspectiva, de percepción. 

Es un chicle en el suelo, o una expresión artística para reflexionar sobre la percepción del mundo. O una llamada de atención al materialismo de la sociedad y la despreocupación por el medio ambiente. O, incluso, una imagen fruto de nuestro pensamiento creativo: «Recuerdo a una niña de unos cuatro años de edad que se acercó a ver qué era lo que estaba haciendo en el suelo. Había muy poca luz; le enseñé una de las imágenes con la linterna del móvil y fue a la niña a la que se le iluminó la cara. Para ella era algo fantástico; se puso a buscar más y en su mente ella imaginaba qué dibujo sería lo que había en el suelo. Su madre se acercó a ver qué había encontrado la niña y le dijo que eso sólo era chicle. No se dio cuenta de que su hija estaba usando su pensamiento creativo para imaginar». 

 
 

Con la vista mirando al suelo, seguimos buscando el lienzo adecuado. «El chicle ideal no tiene que ser muy viejo. Algo abultado, para que sea más fácil arrancarlo del suelo y darle forma. Acostumbro a moverlos de su sitio y trabajo con ellos en un lateral para no molestar a la gente que pasa por la calle», explica. Su forma de trabajo es directa: tumbado sobre una esterilla y con el despliegue del material a su lado. El chicle elegido está situado a menos de un metro de la puerta de una cafetería. Pero si la calidad es óptima, no importa el lugar. Algunos de los clientes que salen del lugar lo miran trabajar extrañados. Unas madres con carritos de bebé que pasean por las calle paran a saludarle. Es el vecino más popular de Muswell Hill. En Londres se le conoce por el nombre de «chewing gum artist» y por ser el inventor de la técnica del Gum Art. Durante los ocho años que lleva dedicándose a ello, ha mejorado su método. El chicle que vamos a pintar va a ser moldeado, quemado con un soplete, pintado con acrílicos y secado con laca en un tiempo récord. El tiempo que «chewing gum artist» tardó en retratar con destreza nuestro encuentro en un chicle fue el tiempo exacto que dura esta entrevista. Y empezamos con el «Art».

El chicle es un espacio sobre el que las autoridades no tienen jurisdicción: «Puedes pintar sobre un chicle que ha sido arrojado en el suelo sin ningún tipo de problema legal. Es como tener un espacio de libertad de expresión que te permite trabajar donde quieras y además te ofrece la oportunidad de hacerlo de una forma diferente. Tiene truco».

 

—Entonces, ¿hablamos del vacío legal o de un punto de rebeldía?

 

—Todos tenemos derecho a ser creativos pero por ley está prohibido expresarse en el espacio público. Un chicle está «sobre» el espacio público. Por eso mismo, artistas como Banksy, que se dedican a pintar grafitis en la pared, tienen que esconderse. Yo no tengo que hacerlo. Aunque sí que he tenido problemas, en varias ocasiones con la policía en el Millenium Bridge.

 

¿Y por qué no cambias de lugar si puedes pintar en cualquier chicle de Londres?

 

—Porque este lugar es una metáfora de mi trabajo. Debajo del Millenium Bridge cruza el Támesis, un río de mareas. Cuando la marea baja, se pueden ver todas las cosas que guarda bajo sus aguas. La gente intenta encontrar esos pequeños tesoros que de vez en cuando aparecen en el río al igual que buscan mis creaciones escondidas en el suelo del puente.

 

Millenium Bridge, que une la catedral Saint Paul con el museo Tate Modern, ha dado fama al trabajo de Ben Wilson. Gracias a este puente, Gum Art aparece en guías turísticas, exposiciones en galerías de arte, blogs, artículos y reportajes de prestigiosos medios internacionales y también tiene una página en Wikipedia que habla de la vida del artista. Gente de todo el mundo se para en mitad del puente metálico a mirar el suelo y fotografiar las pequeñas creaciones en forma de goma de mascar. «Es cierto que es uno de los centros turísticos de Londres y que gracias a ello se conoce mi trabajo. Pero también es el sitio donde más he luchado por hacer lo que hago», recuerda.

En el 2007, Ben Wilson fue arrestado e imputado por un delito de vandalismo callejero. Se le acusó de ser el autor de delitos de desorden público. Querían prohibirle ejercer su arte en el Millenium Bridge pero gracias a una oleada de cartas de apoyo de los ciudadanos no se llegó a aplicar la sentencia. Aunque el trabajo de Ben pagó con las consecuencias: «Fue un momento triste. Una pareja me pidió que les dibujase un chicle en el Millenium Bridge para conmemorar el futuro nacimiento de su hijo. Después de un año, volvieron para presentarme a su bebé. Pero el chicle ya no estaba. Los barrenderos lo habían quitado», cuenta. Ben Wilson es consciente de que «como todo en esta vida» su arte es caduco, desechable y temporal. Pero los vínculos que se establecen entre la persona, el artista y el chicle, no desaparecen: «La basura nadie la quiere pero darle un segundo uso a un chicle y transformarlo en una obra positiva sí. Todo es transitorio, nunca se sabe por cuánto tiempo va a estar el dibujo marcado en el suelo; por eso lo importante es el proceso creativo y las conexiones que estableces entre la persona y el chicle con los que trabajas», explica. 

El primer rastro de chicles que pintó en el puente fue destruido por una empresa de limpieza que contrató el Ayuntamiento «aunque no hicieron muy bien su trabajo». Los dos intentos anteriores han sido frustrados por los trabajadores municipales que limpian periódicamente los chicles del puente. Pero con la creciente popularidad de este movimiento artístico, confía en que no vuelva a repetirse esta situación en su tercer intento: «He luchado mucho por expresar mi arte y he tenido serios altercados con las instituciones públicas pero gracias al apoyo de la gente por fin puedo desarrollar mi trabajo sin problema. Tengo mucha suerte de tener una comunidad que me respalda y que crece cada día más», comenta concentrado en perfilar los bordes de negro en nuestra obra casi terminada.

Recuerda que la primera obra que hizo fue en el Millenium Bridge y es uno de los recuerdos más bonitos que tiene: «La realicé para un grupo de estudiantes egipcios de intercambio escolar. Dibujé El Cairo y Londres unidos, en la superficie del chicle. Les pregunté al grupo si querían que escribiese algo en su idioma dentro del mismo, y escribí una palabra en árabe que ellos me dijeron».

 

—¿Qué palabra era?

 

—Hope. Y esperanza fue la primera conexión que el Gum Art creó.

Manuela Ramos Cacciatore
Manuela Ramos Cacciatore

Zaragoza, 1992. Después de estudiar periodismo decidió irse a viajar sola por Europa. Aventurera, adicta al movimiento constante y defensora del cambio a través de la comunicación. En un futuro no muy lejano quiere dedicarse a contar la migración, un tema que lleva en su sangre. Por el momento, colabora con Zero Grados, Homeless Entrepreneur y desarrolla proyectos en Eslovaquia.

 
 

@ramosmanuela