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HEMINGWAY

En La Habana
Manuel Madrid

Publicamos un fragmento de Caladas de Cuba. Crónica del verano del deshielo de Manuel Madrid, en el que narra los meses en los que Estados Unidos volvió a entablar relación diplomática con el país.

 
 

En la calle es palpable que la población se marchita. En La Habana es habitual ver a ancianas empleadas como barrenderas, dando dinámicos cepillazos y empujando con donosura sus aperos de limpieza. Viejitos que habitan en palacios resquebrajados salen cada mañana a buscar nuevos colores para sus tinieblas. Los hay que venden periódicos, que ofrecen joyas impresas, que cantan, que se disfrazan de payaso y se exhiben con el traje más estrafalario para divertir al turista y, gracias a la caridad, costearse una dieta balanceada. En la calle del Obispo, en el centro histórico de La Habana, el boato de una dama yeyé que se deja retratar por un dólar llama la atención del transeúnte. Es una mujer de uñas azules, con un vestido estampado de ruedas, con los hombros al descubierto, vuelo hasta las pantorrillas y un escote disimulado con perifollos entre los que se acurruca un gato con rabo y orejas brunas. Esta señora era, como después adivinamos, uno de esos personajes costumbristas autorizados por la Oficina del Historiador, la responsable de la restauración integral del patrimonio material y espiritual del centro histórico de La Habana. Nada parece escapar del control del Estado ni de esta institución, dirigida por el doctor Eusebio Leal Spengler, de la que dependen las autorizaciones que permiten estar en la calle a cartománticas, peladores de frutas, peinadoras de trenzas, peluqueros tradicionales, figurantes, vendedoras de flores, quintetos musicales, pintores y caricaturistas, parejas de baile y artistas de danzas folclóricas, y hasta exhibidores de perros amaestrados. Sorprende, de hecho, en un garbeo por La Habana Vieja tropezar con tantísimos tipos peculiares al mismo tiempo, por cualquier esquina de la ciudad, ya que estos artistas callejeros tienen permiso para deambular por el área declarada Patrimonio Mundial y por el perímetro de murallas hasta el Paseo del Prado, y de ahí al parque de la Fraternidad, y la franja costera del Malecón desde el Castillo de la Punta hasta el Parque Maceo. Todos ellos deben pagar, además de su cuotas tributarias como trabajadores por cuenta propia, un 10% adicional de los donativos que reciben de los turistas por tomarse fotos o contarles su historia para preservación y restauración del patrimonio. En ciertos casos se han producido denuncias por sobornos, y conflictos con los aprovechados sin licencia. La mayoría de estos cuentapropistas no podrán acceder nunca a una plaza en un asilo, en un «almacén de viejos», como le dicen, algo que en la isla casi nadie puede asumir. Solo hay 10.000 plazas, cifra que roza el ridículo, de modo que el Gobierno incluyó la figura del cuidador de ancianos y de personas dependientes en la lista de nuevas profesiones que pueden ejercerse de forma autónoma. ¿Quiénes recurren a esta posibilidad? Exiliados con plata como para costear a sus padres servicios integrales con fisioterapia que rondan los 60 euros/mes.  

El corazón de La Habana aparece desde bien temprano tomado por los turistas, que se mezclan con personajes inesperados a los que la fatiga no les roba el buen humor. Las cuatro plazas históricas de la ciudad han sido restauradas con delectación, algo que da esperanza para seguir interviniendo con el mismo gusto en el resto de calles, ya que hay barrios que por momentos parece que han quedado arrugados por una hecatombe. Y allá donde no te lo esperas te asalta un imitador de Hemingway, un dandy como el mítico ajedrecista José Raúl Capablanca, imbatible campeón mundial entre 1921 y 1927, años en los que abundaban en Cuba hombres con sombrero de ala caída, corbata con hebilla, chaleco y chaqueta con flor en la solapa, bastón, zapatos de charol, y el inconfundible habano entre los dedos; o una repartidora de bendiciones como la célebre Juana La Cubana, que tiene su puesto de orientación espiritual junto a la Catedral, donde se instala cual valquiria africana con su sombrilla, sus barajas y una muñeca negra vestida de blanco, Rufina, que la protege desde hace seis décadas. Resguardado del sol en los portales del Palacio de Lombillo, mira de frente la vida eterna el bailarín español Antonio Gades, con el brazo izquierdo apoyado en la cadera, inmortalizado en una pieza escultórica por José Villa Soberón. Gades, inconmensurable artífice de coreografías inolvidables como Bodas de sangre, fue un enamorado de Cuba, y en La Habana contrajo matrimonio en 1982 con la cantante y actriz Marisol, ejerciendo de testigos el mismísimo Fidel y la bailarina Alicia Alonso. 

Hemingway disfrutó de Cuba de forma intermitente durante 30 años. En La Habana recibió la noticia de la concesión del premio Nobel de Literatura en 1954 por su obra El viejo y el mar, una narración corta en la que la academia sueca vio un poder de concisión excepcional y destacó «su vigor y su maestría creadora de estilo en el arte literario moderno». Oriundo de Chicago (Estados Unidos), al periodista y novelista le decían «Papa» en Cuba. Durante la década de los años 30 frecuentó la habitación 511 del hotel Ambos Mundos, que hoy puede visitarse para apreciar el magno ambiente y las perspectivas de una ciudad que le inspiraba. Aquí se encontraba vivo. Observaba, aprendía y no se avergonzaba del sufrimiento. Así fue siempre. En el cuarto está el telegrama que le enviaron desde Estocolmo el 28 de octubre del 54, firmado por el secretario de la academia sueca, Anders Osterling, que le informó del reconocimiento y le invitaba a recoger el premio el 10 de diciembre. Hemingway, que ya entonces tenía casa propia, la Finca Vigía, en San Francisco de Paula, respondió con una carta de agradecimiento, expresando en primer lugar que lo aceptaba con humildad a la vista de los grandes escritores que lo recibieron anteriormente. «Las cosas pueden no ser inmediatamente discernibles en lo que un hombre escribe, y a veces esto es afortunado para él, pero con el tiempo se aclaran por entero y es por ellas, y por un grado de alquimia que él posee, que sobrevivirá o será olvidado», subrayó en su contestación. «En el mejor de los casos, la vida de un escritor es una vida solitaria. Las organizaciones alivian la soledad del escritor, pero dudo de que mejoren su obra. Su estatura pública crece conforme se deshace su soledad, y a menudo su obra se deteriora. Porque hace su obra solo, y si es un escritor lo suficientemente bueno, debe encarar cada día la eternidad o la falta de ella». La curiosidad me condujo hasta estos aposentos. ¿Quedaría alguna partícula de genialidad entre esas paredes que pudiera adherirse a los entusiastas? Deseaba mirar lo mismo que Hemingway, aún siendo consciente de que dos personas nunca ven igual ni poniendo empeño. Y desde este lugar que empezó a frecuentar en sus primeras pesquerías en la isla y donde escribió una de sus obras capitales, Por quién doblan las campanas (1940), en su cama, con un ejemplar de El viejo y el mar encima de un cobertor naranja, rodeado de sus cañas de pesca, su teléfono de cable y sus fotos, la más grande con Fidel, al que conocería en su último año en la isla, había una panorámica excitante de La Habana. 

El mar se entreveía desde varias perspectivas. Detrás de la boscosa plaza de Armas y del hotel Santa Isabel, con sus alegres vitrales, al otro lado de la hedionda bahía que sale al Golfo de México, y que hoy nada tiene que ver con el río azul del que hablan los rapsodas, despunta el poblado de Casablanca, amoldado a una colina de vivaces flamboyanes, los árboles que en julio convierten La Habana en una llama inalterable. Desde otro frente, por encima del Palacio de los Capitanes Generales, y más allá de la plaza de la Catedral, se atisba la tiesura de las piedras de la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, vigilando el canal de entrada, y a su derecha, en lo que fue el primigenio fondeadero de Carenas, el inmutable Cristo de La Habana, obra de 20 metros de mármol blanco de Carrara esculpida en Roma por empeño de la artista pinareña Jilma Madera. Desde la lejanía oteaba el gesto suave del rostro; el cuerpo estaba cubierto aún de andamios, pese a que su restauración debía finalizar a la vuelta del verano, para la visita del Sumo Pontífice. Desde aquí, Hemingway no vio en los años 30 la imagen del Sagrado Corazón, ya que fue colocada en 1958. Sí disfrutó, en cambio, de esa vida entreverada a los empedrados de La Habana Vieja, una ciudad dentro de otra ciudad, un plano cuadriculado desde el Capitolio a la terminal de barcos de Sierra Maestra, y desde el túnel a la estacion central de ferrocarriles en el otro extremo. Eso sí es un paseo en el tiempo. Caminatas prolongadas esperan al extraño que se adentra por sus vericuetos, sobrecogido por una humanidad que se muestra sin telones. Las piedras hablan del esplendor pasado, de una convergencia de pasiones que han llegado vírgenes a nuestros días como si nadie hubiera mordido el calendario. La Habana produce alucinaciones. El poeta Lezama Lima, autor de una obra mirífica y perturbadora fácil de hallar en las librerías de viejo, Paradiso, decía que los tambores de la noche fabrican huecos y desconchados «por los que caben brazos de mar». Y aquí las corrientes se llevan vidas por delante. Por ejemplo, las de los cuatro vecinos de la calle Habana 409, entre Obispo y Obrapía, sepultados al ceder su edificio tras el peor diluvio del estío. Otros tres inquilinos se salvaron de milagro. Los «movimientos constructivos» en un piso inferior, unido a la lluvia y al deterioro del bloque, dejaron apenas en pie un tramo de fachada. La Habana estaba tan triste que ni sonaban las maracas de La Bodeguita del Medio. Hijos de la polla roja deben considerarse esos habaneros que no pasan por tremendo peligro en sus fincas, y sucesos como estos llevan a la gente a quejarse, y con razón, «porque las autoridades no resuelven nada».

Edificios ajados hay por doquier. Incluso en aquellos que parcialmente han registrado derrumbes hay gente cobijada, familias enteras con terror a no despertar más nunca porque conviven en cuachitriles apuntalados con maderas, con boquetes en cubiertas y balcones, algunos incluso sin techos, ni tuberías, ni agua. Paredes sin apenas sostén que a buen seguro, y si nadie lo remedia, volarán sin razón para desgracia de propios y extraños. Ciertas calles (Porvenir, Amargura, Desamparados, Luz, Merced, Picota) llevan impresas en sus rótulos un fatal destino. Siempre hay otros que estarán peor, se dice a veces como consuelo. Y no es la primera vez que los vecinos ven llevarse los refuerzos de vigas de inmuebles en estática milagrosa para contener otros desplomes.

El hotel Ambos Mundos queda verdaderamente en un bellísimo entramado de calles que han inspirado deliciosas historias. En una pared de Colegio Universitario de San Gerónimo encontré esta frase de José Martí: «Las universidades parecen inútiles, pero de ahí salen los mártires y los apóstoles. Para estudiar las posibilidades de la vida futura de los hombres es necesario dominar el conocimiento de las realidades de su vida pasada. Lo que hacemos día a día es historia». También a un paso se halla el renombrado Templete, construcción de estilo neoclásico que rememora el momento de la fundación de la ciudad, y el Castillo de la Real Fuerza, la fortaleza más antigua de América y residencia de Isabel de Bobadilla, la mujer del capitán general de Cuba, Hernando de Soto. Los habaneros recuerdan su historia como un relato de fidelidad. Aquella mujer quedó al mando de la isla cuando su esposo decidió explorar los territorios que quedaban al norte, que hoy forman los estados de Georgia, Alabama y Florida. En aquel baluarte quedó aprisionado el espíritu de Isabel, que pasaba horas con la mirada dirigida hacia la acuosa inmensidad esperando encontrar las velas del barco de su amado, que nunca regresaría al morir por culpa del tabardillo, una fiebre maligna causada por la mordedura de animalejos inmundos. Años más tarde, fenecida la gobernadora por exasperación, el artista cubano de origen español Jerónimo Martín Pinzón dio forma a una escultura de bronce, una mujer con la cruz de Calatrava en una mano, que sería colocada en una torre de la fortaleza como veleta para indicar el estado del tiempo a los navegantes que se adentraran en la bahía. El gobernador hispalense Juan Bitrián la bautizó como La Giraldilla; hoy, la pieza original, símbolo de La Habana, se halla en la fortaleza y el cataviento que salta a la vista es una copia.

El escenario que trasiegan autóctonos y foráneos tuvo épocas dichosas. En el siglo XIX y en la primera mitad del XX el centro fue un enjambre de comercios de selecta mercadería. Tiendas de ropas, almacenes de víveres finos y licores, marmolerías, peleterías, fábricas de jabones y sombrererías se alternaban en esmeradas travesías como Obispo, O'Reilly y Mercaderes con bancos, emisoras de radio, joyerías, ópticas y estudios de fotografía y retrato. Una época en la que todo quedaba a la mano a bordo de volandas y quitrines. Hoy los carruajes son incluso más rudimentarios que entonces, y los taxistas a pedales se ganan la vida dando bocinazos por las esquinas, y sorteando zanjas y charcos grandes como cenotes. Pese a sus pedazos de oscuridad, Cuba permitía a Hemingway conjugar sus pasiones, que no eran solo las mujeres y los licores, y huir del demonio amarillo, como se refería al dólar, al oro corruptor. 

La pesca del marlín y del atún era otro de sus entretenimientos favoritos. Salía en su yate Pilar, y allí, en el mar, se olvidaba de las guerras pasadas. En ese texto mítico que le granjeó el Nobel, la historia de un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez, los guiños a Cuba son constantes. El protagonista, del que Hemingway nos cuenta que tiene las manos con hondas cicatrices, tan antiguas «como las erosiones de un árido desierto», vive en una choza hecha de recias pencas de palma real (guano) con las paredes decoradas con imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen del Cobre, a cuyo santuario en Santiago de Cuba donaría precisamente la medalla que recibió con el premio. Sigue por los periódicos los partidos de béisbol o pelota, el deporte nacional, algo que los cubanos comparten con los estadounidenses, si bien últimamente en las calles de la isla los niños no juegan más que a fútbol. El pescador come frijoles negros con arroz, plátanos fritos y un poco de asado, bebe cerveza Hatuey, y recibe las atenciones de un muchacho, Manolín, al que enseñó a pescar, pero con el que ya no sale a faenar debido a la mala suerte del viejo, que lleva ochenta y cuatro días sin una captura y pese a eso no pierde la fe ni la esperanza. El escritor dio forma en el hotel Ambos Mundos a capítulos aislados de su obra Las verdes colinas de África, y en El viejo y el mar vuelve a recordar este continente de «largas playas doradas y blancas» cuando el vetusto marino cae rendido de cansancio: «No soñaba con tormentas ni con mujeres ni con grandes acontecimientos ni con grandes peces ni con peleas ni con competencias de fuerza ni con su esposa. Solo soñaba ya con lugares y con los leones en la playa». Con Hemingway nos adentramos en el «limpio olor matinal del océano», vemos la fosforescencia de los sargazos en el agua, sentimos el «tembloroso rumor de los peces voladores» que emergen de las corrientes y el «siseo de sus rígidas alas surcando el aire», y nos compadecemos de las pobres golondrinas que vuelan y vuelan para no encontrar nada. El sabio hombre que al caer el sol se orienta a malas penas por el resplandor de La Habana nos arrastra a «aguas profundas y tenebrosas» para capturar al ejemplar más grande jamás visto en los mercados de la isla, «lejos de todas las trampas y cebos y traiciones», y nos duele a rabiar que no nos acompañe el chiquillo, y nos duelen aún más las heridas de las sacudidas del gran pez y los rayos del alto sol. Hablamos en voz alta, presentimos la tensión del sedal y los calambres, nos confundimos. Hasta que miramos cómo las nubes se forman para la brisa y nos percatamos de que «nadie está jamás solo en el mar». Rezamos incluso y le damos la razón: «No podría soportar ni la pérdida de uno de los ojos, o de los dedos, y seguir peleando como hacen los gallos de pelea. El hombre no es gran cosa junto a las grandes aves y fieras». Y discutimos con el sol y con la luna. Y suplicamos para que no nos fallen las fuerzas, y empujamos con él el mango del arpón contra aquel ser violáceo que se vuelve plateado, y queremos creer que hasta el gran Di Maggio se sentiría orgulloso de nosotros. Y gritamos todos juntos contra los tiburones que vienen a estropear nuestra hazaña: «¡Dentuso! ¡Maldita sea tu madre!». Aquel pez capaz de mantener a un hombre todo el invierno nunca llegará a puerto. El viejo, incapaz de matar a los tiburones a garrotazos, mantiene una batalla épica contra las mandíbulas de los galanos, que acaban devorando su trofeo. Todo pasó por alejarse demasiado de La Habana. En la popa del bote apenas quedaba «la blanca línea del espinazo». Ya en el puerto, de puro agotamiento, nos sentamos con él hasta cinco veces antes de volver a la cabaña, a los periódicos. Y tampoco nos cansamos de llorar cuando el inocente Manolín contempla al marino mientras sueña con leones marinos. 

Seguir los pasos de Hemingway incluía alternar en el Floridita, cuna del daiquirí, que tiene en su carta uno especial dedicado al escritor, el «Papa's trago», como dicen los norteamericanos, un cóctel con Ron Havana Club de carta blanca de 3 años, jugo de toronja y de limón, hielo frappe y marrasquino (licor de cerezas negras amargas y miel). Hemingway era bebedor, pero no soportaba a los borrachos. Él mismo podía zamparse el agua de diez cocos de golpe. Quien ande buscando guerra tal vez tenga que dirigirse a otros antros, y en La Habana es fácil caer en la tentación. Solo hay que dejarse llevar por el Malecón, y andar por la acera adecuada, porque el oleaje a veces es más traicionero que los humanos. «Su código ético, de algún modo, también es el de los cubanos, sin que pueda decirse de quién es originalmente: porque el hombre puede ser destruido, pero jamás derrotado», escribió Armando Cristóbal, ensayista y narrador, en su libro Opus Habana. Interesante vida la de este hombre, encumbrado por su minimalismo, que estuvo cuatro veces comprometido, en cuatro épocas bien distintas. Una mujer para cada periodo histórico: Hadley Richardson (1921-1927), con la que conoció París tras la Primera Guerra Mundial y vivió el nacimiento del jazz; la periodista de 'Vogue' Pauline Pfeiffer (1927-1940), con la que pasó los años de la Gran Depresión y descubrió Cuba por vez primera; la corresponsal de Collier's Weekly Martha Gellhorm (1940-1945), con la que cubrió en España varias batallas en la Guerra Civil, el ascenso de Hitler y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, y con la que compró la Finca Vigía; y Mary Welsh (1946-1961), con la que pasó la Guerra Fría, vivió en Venecia y fue a safaris en África, sobreviviendo a dos accidentes aéreos, que le dejaron malherido y que fueron determinantes en su declive físico. Su vida sexual fue de lo más controvertida. En La Habana se prendó de Leopoldina 'La Honesta', una prostituta mulata con el diablo en el cuerpo a la que incluso le pagó el funeral. En el verano de 1959 visitó por última vez España. Tenía 60 años y vino con Mary, con la que por cierto exploró su ambigüedad sexual intercambiándose roles, para escribir unas crónicas taurinas para la revista 'Life'. El 8 de septiembre, en el coso de La Condomina, en Murcia, firmó tantos autógrafos en servilletas que perdió una billetera con 9.000 pesetas y una imagen de San Cristóbal con esta leyenda: 'Llévame conmigo y no tendrás peligro'. El ladrón se dio por aludido y devolvió la cartera, pero sin un duro, dejándola en la casa de Antonio Ordóñez en Madrid. El escritor yeclano José Luis Castillo-Puche, amigo del Nobel y biógrafo de sus hazañas españolas, decía que Hemingway era «un hombre mustio, cuando se ponía lacónico parecía hasta fúnebre». «Su problema era que llevaba el suicidio encima. Un día me llaman a las cinco de la mañana. ¿Quién puede ser? Era Ernesto, con un vozarrón imponente. Me dijo que me llamaba porque hoy podía haber sido el último día de su vida, y de lo que fuera después... Al entrar a Burgos, un italiano que conducía el coche en el que iba se estrelló contra un muro. Si se hubiera muerto ahí habría sido la solución, pero le dije: "Ernesto, España no es tierra para morir, para morir tú, y menos de sopetón"». Castillo-Puche le llevó a la casa de un moribundo Pío Baroja, y al salir, Hemingway le comentó que esa visita le había hecho mucho daño en el corazón. España y Cuba se repartieron sus simpatías. Fue un personaje realmente excitante, y la isla caribeña sigue sacando partida a su figura. Parte de sus sufrimientos creadores quedaron en La Habana, donde, según su amigo Yuri Páporov, experimentó «la fidelidad de la amistad masculina» y se alegró del triunfo de la Revolución popular. 

En Finca Vigía quedaron sus cocoteros, sus mangos, sus guanábanas, sus lilas americanas y orquídeas venezolanas, un tilo de Brasil y una magnífica ceiba; las jaulas de gallos de pelea, las pieles de un león de Nubia, de un león del Kilimanjaro; la cabeza de un búfalo y la cornamenta de un ciervo americano; las llaves de casas de varias ciudades, una espada de torero, sus discos de vinilo... En fin, su universo. Quién iba a pensar que ya no volvería más a aquella ciudad donde se apostaba casi la vida en el frontón del jai-alai, la pelota vasca, o la «fiesta alegre», donde compartió tantas juergas con republicanos españoles exiliados. En una de ellas, hablando con un pelotari, según Páporov, le soltó: «En el amor, en el amor todo debe ser honrado. Y en su debilidad está su fuerza, si éste es amor, ¡si es que hay!». Cuba había sido mucho más que un lugar de paso para Hemingway. Cojímar, el pueblito pesquero, le inspiró una obra maestra, la del viejo, el mar y el muchacho, escrita en apenas ocho semanas.  Podía haber mayor muestra de fidelidad de los cubanos hacia Papa Hemingway que tantísimos años después de su muerte por suicidio en Idaho, el domingo 2 de julio de 1962, aún se organicen concursos de imitadores. La Cuba de Hemingway también es la del contrabando, la del Harry Morgan de Tener y no tener (1937), aquel tipo que se gana la vida con una lancha transportando hasta Florida damajuanas y botellas. La Habana: pececillos hermosos y hombres mordiendo el anzuelo de las profundidades.

 

Imagen de cabecera, detalle de la portada Caladas de Cuba

 
 

CALADAS DE CUBA

MANUEL MADRID

Manuel Madrid
Manuel Madrid

Murcia, 1979. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Redactor de noticias locales de La Verdad desde 2010. Cada sábado publica la columna de opinión «La Vereda del Capitán». Autor del libro de crónicas de viajes Amarás América y Caladas de Cuba.