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IDAS Y VENIDAS

Un cuaderno irlandés
Mario Trigo

Apuntes y bocetos de un viaje rápido por las costas del sur de Irlanda. Cork y sus marismas, la antigua destilería Jameson, el puerto de Cobh, la historia de Kinsale... Santos, brindis, naufragios, referéndums, ruinas y arte apretados dentro de un cuaderno arrugado.

Mapa

Con un estallido de su bocina, el carguero pasa río arriba junto al castillo de Blackrock. En el patio de piedra, los cuervos dejan de parlotear y escapan volando. Tapan con sus alas la cara del astronauta Buzz Aldrin, que cubre el muro junto a la puerta del observatorio astronómico, y suben hacia el cielo nublado como asteriscos llevados por el viento.

En 1582 aquí se construyó una torre para defender la boca del puerto de Cork, que ya era entonces el más importante, el más rico del país. Cuatro millas río arriba están ahora los muelles, y el carguero no podrá pasar más allá de la punta de la isla central de Cork, pues los puentes modernos, pensados para el tráfico y los peatones, no lo permiten. En los siglos en que la torre de Blackrock les protegía de los piratas, las galeras habrían alcanzado el centro de la ciudad y los barriles y sacos de las bodegas se habrían desperdigado en botes por las riberas del Lee y los canales junto a las murallas.

Rio Lee

Los cuervos vuelven a aterrizar en el patio. Grandes y cuidadosos, parecen iconos en movimiento. No cuervos sino el cuervo, eterno, paciente. Quizás uno que ya estaba por aquí cuando se incendió la torre, y cuando la reconstruyeron al estilo soñador del XIX, como un castillo de juguete, con almenas y torres que nunca antes había tenido.

Ahora la gente toma un café bajo la cristalera del restaurante del castillo. Se me ocurre que la familia que intenta decidir qué tomará de postre está sentada, sin saberlo, en el quicio de la mayor puerta de Irlanda. Desde aquí hasta Roches Point el olor del aire carga con el miedo del Atlántico, la promesa del Atlántico, pero aún no los ha desatado.

(Panorama la isla desde sus idas y venidas. Desde sus llegadas y salidas:

Al principio, la isla está vacía. Llega Cesair escapando del Diluvio. Llega Partholan y su gente. Llegan los hijos de Nemed, luchan con los deformes fomorianos. Se van a otras tierras. Llegan los fir bolg. Llegan los tuatha dé danann. Llegan los milesios desde España y se van los tuatha al subsuelo —eran dioses, ahora son hadas—. Llegan los gaélicos. Llega un esclavo, que escapa tras seis años cuidando ovejas. Vuelve con el nombre de Patricio y ahora es santo. Se van las serpientes de la isla —aunque nunca hubo ninguna—. Se va el santo Brendan y quizás llega a América y quizás sube al lomo de una ballena. Llegan los vikingos. Llegan los normandos. Llega Enrique VIII, llega Cromwell. Se van los condes gaélicos de Ulster. Llegan los colonos protestantes desde Escocia. Se van los convictos en barcos atestados hacia las colonias penales de Australia. Llega el Phytophthora infestans, que pudre las patatas en la tierra durante cinco años. Se van toneladas de alimentos a mercados extranjeros mientras muere de hambre un millón de personas. Se van otros tres millones a lo largo de cincuenta años. Se va el ejército británico dejándole sus barracones a los soldados del nuevo país independiente. Se siguen yendo los emigrantes a América, a Liverpool. Llegan los inmigrantes atraídos por la explosión económica del Tigre Celta. Se vuelven a ir los jóvenes cuando explota la burbuja económica y en septiembre de 2008 la isla es el primer país de la eurozona en declararse oficialmente en recesión.)

Blackrock

La frase es de un poeta, pero nace en un documento de política municipal. La escribió Tom McCarthy para el prólogo del Plan Económico local de Cork 2016-2021 y ahora cubre en blanco sobre rojo —arenisca y caliza, los colores de la ciudad— una fachada en Grand Parade, su principal arteria comercial: «A city rising is a beautiful thing».  

Cork, marcada por los destinos del río y la destrucción.

Su nombre es marisma, corcaigh. La Cork medieval la componían 13 islas que hoy son solo una y los canales que hasta el siglo XVIII la recorrían siguen murmurando bajo el empedrado y el asfalto de ciertas calles. Cuando el mar sube por la ría con malas intenciones, la ciudad vuelve a ser un barco con demasiado lastre. Los ciudadanos caminan sobre el agua algo salada y algo dulce, quizás piensen en escapar a los barrios en las riberas norte y sur del río. Y cobran todo su sentido las farolas diseñadas por la arquitecta catalana Beth Galí para Patrick Street y Grand Parade, con su cuello de grúa portuaria o de mástil inclinado. La ciudad podría empezar su lenta marcha hacia el mar en cualquier momento.

La noche del 11 de diciembre de 1920 el centro de Cork estaba a punto de arder. Por la mañana, los voluntarios se moverían entre las ruinas humeantes de Patrick Street y el Ayuntamiento, entre los libros humeantes de la Biblioteca Carnegie. En represalia por una emboscada, los auxiliares del ejército británico, los vituperados Black and Tans, habían recorrido el centro de la ciudad saqueando e incendiando tiendas y edificios. El fuego se extendió voraz. La ciudad ardía y el país ardía. Un año después del incendio se firmaría el tratado de la independencia.

El Plan Económico al que el poeta McCarthy dió su voz o su slogan responde a una destrucción de otro tipo. La de edificios abandonados, tiendas cerradas, muelles en desuso, ecos de esa crisis económica de la que diez años después Irlanda está solo aparentemente recuperándose. Una frase repetida en Cork: el miedo a que pase aquí lo que está ocurriendo en Dublín, donde se ha generado una nueva burbuja. Después de las hipotecas, el alquiler.

Esa pulsión entre institucional y ciudadana está tomando nuevas formas. Mad about Cork, el colectivo de jardinería de guerrilla que embellece los rincones devastados por el abandono con palés, flores… O los grafitis y stencils que saltan, rojos, blancos y azules, desde los rincones inesperados de la ciudad, buzones, cajetines eléctricos o huecos entre los edificios. Imágenes icónicas de la República Popular de Cork, la Roja y Rebelde: el guitarrista de blues Rory Gallagher, la cantante nómada Maggie Barry, las jugadoras del equipo local de hurling, sosteniendo desafiantes el palo como una maza de guerra iroquesa.

Una vez, el mundo estuvo a punto de acabarse en Cork.

O empezando por Cork. El fin del mundo lleva mucho trabajo, así que por algún lugar deberá empezar.

La catedral anglicana de San Finbar se alza cerca del lugar donde el santo fundó allá por el año 600 un monasterio que después sería la ciudad del jarl Ottir el Negro, que también había fundado Waterford. Sobre este rincón de Cork vigila Goldie, encaramado en su aguja.

El ángel Goldie fue el regalo que William Burgess, arquitecto que diseñó la catedral, le hizo a la ciudad en 1870 para agradecer el empeño —y el mucho dinero— que había puesto en el proyecto, ampuloso y algo aburrido, puro neogótico. Según la leyenda popular, las trompetas de cobre bruñido de Goldie sonarán el día del Juicio Final, avisando de su llegada antes que en cualquier otro lugar del mundo y sirviendo como despertador para que los habitantes de Cork puedan poner sus asuntos celestiales en orden y ascender a los cielos como hoy entran en el avión los viajeros que han pagado por el embarque prioritario, mirando por encima del hombro a quien se queda atrás en la cola.

Así que es comprensible que se preocupasen algo cuando una mañana de 1998 se despertaron y vieron que habían desaparecido las trompetas de Goldie. ¿Quién les avisaría ahora del Apocalipsis?

Las trompetas aparecieron 48 horas después cerca de la catedral católica de Cork, y todo el mundo respiró un poco más tranquilo. Se atribuyó la responsabilidad a unos juerguistas y fueron vueltas a colocar en las manos de Goldie en una ceremonia conjunta por el Diácono de la catedral y el obispo católico de Cork.

(Habían pasado muchos años desde la anécdota que el dramaturgo Brendan Behan contaba sobre el antiguo obispo católico de Cork, el reverendo Cohalan. Cohalan era muy anciano y estaba enfermo, pero mientras yacía en cama vinieron a avisarle de que acababa de fallecer el obispo protestante de la ciudad, mucho más joven y con aparente buena salud. Ante lo que el obispo Cohalan guardó silencio durante un rato largo, para después abrir un ojo y afirmar:

 

—Bueno, ¡ahora ya sabe quién es el verdadero obispo de Cork!)

 

Los dos hombres de la Iglesia subieron hasta el ángel, quién sabe con qué agilidad, por el mismo camino que habían usado los ladrones unos pocos días antes de Navidad: los andamios de las obras de restauración del edificio.

A la sombra de las trompetas del Apocalipsis hay un hermoso parque que ofrece luz y descanso a vivos y muertos. Dejo que me adelanten unos paseantes, me arrodillo sobre una de las lápidas del jardín y poso una cuartilla sobre las letras grabadas.

Saco el carboncillo y froto con fuerza.

El lugar me regala la palabra lugar.

Place

Las campanas de Santa Ana me regalan la palabra «todo», pero para obtenerla tengo que arriesgarme un poco más.

La iglesia en activo más antigua de Cork se alza en el barrio de Shandon, sobre las colinas al norte del río. Sus reclamos son un perfil icónico —la corona un hermoso salmón dorado—, un reloj que en realidad son cuatro —y siempre miente, porque debido al viento las saetas de cada fachada de la torre marcan horas dispares— y las campanas.  

Las campanas son un reclamo para los visitantes, pero para los vecinos deben ser un tormento: porque en Santa Ana dejan tocar las campanas a cualquiera. Subiendo por la estructura de madera de la torre se accede al sistema de control con ocho sogas que mueven cada uno de los ocho badajos. Al lado de las sogas, un libreto de partituras invita a tocar, adaptadas al lenguaje de las ocho campanas, la Oda a la Alegría de Beethoven o Hey Jude de los Beatles. Mientras subo manoseando los auriculares de seguridad que me han dado en la entrada, tres turistas alemanas tocan a seis manos el tema central de La comunidad del anillo. ¿Cuántos tapones para los oídos se venderán en las farmacias de Shandon a lo largo del año?

Los auriculares, rojos y relucientes, son necesarios para subir por las escaleras, que van estrechándose y pasan junto a las campanas. Calculo mal los tiempos, me olvido de ponérmelos y cuando estoy un piso por debajo de las campanas, empiezan a sonar alegremente. Happy Birthday. El sonido es doloroso, atronador. Manoteo para ponerme lo antes posible los cascos y me apoyo contra la pared, aliviado de que no haya nadie en este tramo de escaleras para asistir a la performance chapliniana.

Campana

Llego finalmente al nivel de las campanas. Aquí no se pasa al lado de las escaleras; la estructura de la torre y las vigas que sostienen su enorme peso es tal que hay que subir unos escalones y pasar (agachado en cuclillas, en mi caso) junto a una de las enormes campanas.

Aprovecho la oportunidad. Veo la cámara de vídeo montada en la viga y recuerdo los monitores de la entrada, detrás de la taquillera y su permanente rubia, así que me estiro contra la viga para evitar que además de ser un niño grande alguien me vea siendo un niño grande y me riña. Me siento contra la viga, debajo de la cámara de seguridad pero fuera del plano, y saco una hoja y el carboncillo.

Toco la campana deseando y temiendo que en este momento alguien tenga ganas de saber cómo suena My Heart Will Go On para una tonelada de bronce. ¿Cómo reflejaría el papel las vibraciones? Por si acaso, froto rápido sobre parte de la frase inscrita en relieve en la curva de la campana.

Cuando vuelvo a salir a la luz, en la cumbre del campanario, alrededor tengo lo mismo que me prometió la campana: las colinas, la ciudad, las nubes a lo lejos, todo.

All

Grupos de estudiantes universitarios recorren el centro de Cork por la noche, saltando de pub en pub. Los restaurante están llenos, hay una atmósfera relajada en la ciudad, de reencuentro con el otoño.

An Spailpín Fánach, el temporero errante, es el título de una canción gaélica sobre un hombre que no tiene ni tierras ni oro, solo su salud; para malgastarla como un esclavo al servicio de otros. An Spailpin Fánach es también un pub de Cork con cierto renombre en las sesiones de música tradicional.

Estas sesiones siguen las reglas de una etiqueta propia, pero parten de dos bases: los músicos beben gratis y todo el mundo que sepa defenderse de algún modo con un instrumento en las manos o con su voz puede participar en ellas. Con el debido respeto, en el orden justo. Esta noche hay un violinista, dos mandolinas, un guitarrista y un muchacho que salta del bodhran —pandero— al tin whistle y al canto. La sesión no es instrumental, sino que va enlazando estándares de canción folk: Black is the Colour de Christie Moore, el Hallellujah de Leonard Cohen, Harvest Moon de Neil Young.  

Violinista

Cuando el lugar se va vaciando, antes de pedir la última copa, un hombre del público —presencia de motero, anillos en los dedos— se lanza a recitar La canción de Aengus el errante de W. B. Yeats. Amantes y temporeros cuentan solo con su salud para recoger día tras día, hasta el final, «las manzanas plateadas de la luna, las manzanas doradas del sol».

Las tres señoras se hacen una foto junto a la estatua de Annie Moore en el muelle de cruceros de Cobh. Ellas sonríen bajo sus pamelas de color pastel; Annie Moore está congelada en un momento incierto, algo desgarrador, entre la despedida, el miedo y la esperanza, junto a sus dos hermanos pequeños. Ella mira hacia tierra, su hermano Anthony extiende la mano de hierro hacia el mar. Sus padres han hecho el viaje unos años antes y les están esperando en Nueva York. El 1 de enero de 1892, Annie será la primera persona en cruzar el nuevo control de inmigración de Ellis Island, por el que pasarán hasta 1954 otros doce millones de inmigrantes.

Esta es la imagen de tantos de nuestros viajes, cuando el tiempo o la industria del turismo y nuestras propias inclinaciones han convertido en lugares de ocio y peregrinación veraniega sitios ambiguos, que cargan con una memoria de dolor llena de aristas. No puedo evitar pensarlo mientras veo a las familias estadounidenses entrar y salir del Heritage Center de Cobh, donde se centraliza la industria de las raíces. Aquí puedes buscar tus orígenes —ese reverso de la obsesión norteamericana por las nuevas oportunidades—. Trazar de qué condado salió ese O’Neill, esa Flynn, esa Moore que un día se asomó a la cubierta del barco para ver la Estatua de la Libertad. Alrededor de la pulsión por la identidad perdida se adhiere todo lo demás: el cristal de Waterford, los dioramas de la hambruna, la lana de Aran, los test de ADN, los delantales con refranes. Kiss me, I’m Irish.

Cobh

Más del cincuenta por ciento de los irlandeses que abandonaron el país entre el siglo XIX y el XX lo hicieron saliendo de Cobh. El pueblo se ha vuelto famoso porque entre los barcos que cada día, durante años, zarparon de sus muelles cargados de millones de viajeros, hubo uno que no llegó a su destino.

 

—Pero Cobh no se merece que el Titanic sea lo más conocido de su historia.

 

Michael Martin mueve las manos teatralmente, apunta aquí y allá, dispara sus ojos azules, brillantes bajo el ala de un panamá gris. Martin, marino militar primero e historiador después, creó en 1998, con gran instinto comercial, el primer tour dedicado a explicar la relación entre el Titanic y Cobh. La ciudad —que entonces, bajo dominio inglés, se llamaba Queenstown— fue el último puerto en el que tocó tierra, después de haber salido de Southampton en abril de 1912. Aquí subieron los últimos 130 pasajeros, y siete personas aprovecharon sin saberlo la oportunidad de sus vidas: cambiaron de idea y bajaron a tierra.

 

—Cobh es un puerto fundamental desde muy antiguo. Hay restos fenicios aquí. Tiene mucho calado y una sola entrada; se puede defender fácilmente. Es algo que en los siglos XVI y XVII era muy escaso: un puerto de verdad seguro. Así que se convirtió en un hub de navegación transatlántica. Era natural que todas las navieras tuvieran oficinas aquí, y más normal aún que el Titanic pasase por aquí. Para Cobh era otro buque más, otro día más.

 

El día excepcional del buque excepcional se rememora en estéreo, en tres dimensiones y 365 días al año en la Titanic Experience, el museo interactivo que albergan las antiguas oficinas de la White Star Line, la naviera que fletó el Titanic. La entrada a la Titanic Experience reproduce un pasaje de época con el nombre de un viajero real. De modo aleatorio, cada visitante recibe la identidad de una de las personas que estaban en el buque. Mientras paso por las instalaciones entre proyecciones fantasmagóricas que hablan del tamaño, de los lujos, del desastre —en minucioso detalle— del Titanic, intento meterme en la piel de John Kennedy, de 24 años, que viajó solo.

Heartbreak Pier

El recorrido del museo está ilustrado con las fotografías del padre Frank Brown, que subió a Southampton con su cámara y bajó aquí, en Cobh. Una de ellas está tomada desde el balcón de la naviera, donde descansaban los viajeros de primera clase antes de subir a bordo. En la imagen, junto al llamado Heartbreak Pier, el embarcadero del que solo quedan maderos renegridos por la humedad sobre los que saltan las gaviotas, se apila algo que a primera vista parecen sacos o bultos y solo después se perciben como gente oscura, familias de tercera clase que lloran o ríen esperando la hora de zarpar.

En la salida de la Titanic Experience mi premio es descubrir qué ocurrió con John Kennedy. Emigraba para buscar un trabajo mejor; su billete lo pagó el Sr. Ludlow, cónsul en Estados Unidos. Se salvó del naufragio en el bote número 15. Empiezo a sentirme mal por haber interpretado el papel de un cobarde que se puso a salvo antes que tantas otras mujeres y niños, pero luego leo que falleció seis años después. De vuelta en Europa, pero con el ejército, murió en la Primera Guerra Mundial.

Sobre el pueblo se alza la Catedral de San Colmán, alta y sombría. El lugar donde los emigrantes recibían la última comunión en tierra irlandesa antes de subir al barco. Camino por cuestas donde las casas de colores se apilan como naipes mientras suena el carrillón de la catedral. Desde lo alto, Spike Island cierra la bahía con las ruinas de su penal, pero a lo lejos, entre Roches Point y Weaver’s Point, sigue esperando el mar.

Spike Island

Vuelvo a mirar la carta del restaurante y veo que sí, efectivamente pone eso que he creído leer. Entre los cafés, además de un Espresso, un Latte o un American se ofrece un «Cortado».

Durante estos días, encontraré menús irlandeses que incluyen burrata, sobrasada y cuscús. Pareciera que la cocina del país está apoyándose en elementos externos para elevar su materia prima —excelente— por encima de las formas aburridas con las que se identifica la tradición culinaria: las sopas de pescado, el salmón, la ternera y los dulces, que aprovechan la leche en todas sus formas. En el Market Lane de Oliver Plunkett Street, en Cork, pruebo finalmente una trucha irlandesa. Está preparado con una base de curry y dahl indio.

Y está deliciosa.

Aprovecho la sobremesa para hablar con Tony O’Reilly, el chófer que nos lleva estos días por la región. Afable y cercano, Tony conduce su minibús por todo el país, por lo que tiene una perspectiva fantástica para entender el primer impacto de muchos viajeros, sus curiosidades, su fascinación. Le pregunto por los americanos.

 

—Ah, son… Mira, vienen muy emocionados. Lo disfrutan todo, pero lo miran todo con ojos nostálgicos. Son muy ingenuos. Cualquier rincón les parece sacado de El hombre tranquilo, ¿sabes? John Wayne, Maureen O’Hara, el pequeño pueblito…

 

La imagen de Irlanda y su cultura ha llegado hacia el resto del mundo inevitablemente filtrada por los Estados Unidos. Las películas, los estereotipos, una textura del país que pasa antes por la mirada de la tercera generación emigrada y se carga de nostalgia o admiración, de un cierto conservadurismo. Esto nos llega a los demás y vuelve a la propia Irlanda, modulando la percepción de sí misma.

 

—Es curioso lo que ha pasado con el día de San Patricio, por ejemplo —prosigue Tony—. Siempre había sido estrictamente religioso: ibas a misa, comías un estofado en familia y ya está. Ahí se acababa. —Hasta 1970, de hecho, los pubs estaban obligados a cerrar ese día—. Fueron los americanos los que lo convirtieron en una gran fiesta, con desfiles y 48 horas de borrachera, y la cerveza verde… Y en los años 90 eso llegó aquí y al resto del mundo.

 

2018 fue para Irlanda un año de cambios simbólicos importantes. Cuando el Papa Francisco aterrizó en el aeropuerto de Dublín en agosto, se encontró unos 20.000 fieles esperando recibirle. 40 años antes, Juan Pablo II había sido acogido por 200.000. Se encontró también con un primer ministro abiertamente gay, Leo Varadkar, que si quisiera podría casarse con su pareja, porque el matrimonio homosexual se aprobó en 2015. Y se encontró con una sociedad encolerizada por los abusos a menores dentro de la Iglesia. (A las puertas de la catedral de Cobh encontré un cartel de la Diócesis explicando las medidas tomadas para proteger a la infancia e invitando a denunciar cualquier irregularidad; la excusatio non petita de la accusatio manifesta.)

En la portada del magazine dominical del Irish Times encuentro a una de las mujeres que han trabajado para otro de estos grandes cambios: Lynn Ruane. Ruane tiene 34 años y una hija de 15. Ruane dejó el instituto y sobrevivió a una generación de heroinómanos en el barrio de protección social de Tallaght. Ruane tiene un brazo lleno de tatuajes y un asiento en el Seanad, el Senado irlandés. Y la senadora Ruane —una de las tres que vota directamente la comunidad del Trinity College para la cámara alta— estuvo, entre otros, detrás de la campaña Together for Yes, que buscaba el voto positivo para eliminar la octava enmienda de la Constitución irlandesa y despenalizar el aborto.

El 25 de mayo de 2018, el sí alcanzó un 66% de votos. La nueva ley, que entró en vigor el 1 de enero de 2019, permite el aborto por decisión libre de la madre hasta la duodécima semana, y hasta los seis meses en caso de riesgo para la salud.

La estrecha carretera cruza las montañas hacia el norte sobre la turbera de Knockmealdown. Curva tras curva, el pinar da paso al brezo y el monte pelado. Aparcamos en la línea exacta que separa los condados de Waterford y Typperary. A lo lejos se ve también Kilkenny, y las montañas de Galtee, y aún más lejos, Slievenamon, la montaña de las mujeres, donde el héroe Finn Mac Cumhall organizó una carrera para escoger esposa —pero le dijo un atajo a Gráinne, su amada—; y aún más lejos Slievebloom, en el centro del país.

Knockmealdown

A los pies de la cara norte del Knockmealdown Pass está Ballyporeen, un pequeño pueblo que dormita aunque sea ya sea media mañana. En esta aldea de cuatro casas fue bautizado el bisabuelo de Ronald Reagan, y aquí es donde vino en su visita oficial de 1983, aún recordada por los locales. Pero aunque Reagan fuese buscando las raíces de sus ancestros, su Innisfree personal, le persiguió la actualidad: en Ballyporeen se encontró grupos de activistas protestando por la implicación de los Estados Unidos en la guerra sucia de la Contra nicaragüense para derrocar a los sandinistas.


Por esa relación especial con EE.UU., las visitas de sus presidentes a la isla han sido casi siempre verdaderos eventos. Pero ninguno al nivel de la que Kennedy hizo en 1963. Aún se recuerda el impacto y el orgullo. JFK electrizó al país contando que su abuelo había crecido en una América donde los comercios que ofrecían un empleo ponían dos carteles: «Se busca empleado» y «Abstenerse irlandeses». Quedaba uno de esos carteles en Estados Unidos, decía Kennedy: en la puerta de la Casa Blanca. Y él lo había quitado.

Lo asesinaron en Dallas apenas un mes después de visitar Irlanda. El impacto fue aún mayor y no hay municipio del país que no tenga una avenida Kennedy, un parque Kennedy, un paseo Kennedy.

Empieza a llover en la autopista, camino de Cashel, y al llegar el día es frío y un viento del este azota la roca coronada de ruinas. Cashel es como una muela que se alza sola en la llanura y ha recogido estratos de historia, torres, paredes y muros como las excrecencias de un coral.

Cashel

Seamus, nuestro guía en el complejo de Cashel —enérgico, con una mirada directa que desafía la lluvia bajo unas cejas hirsutas que sobresalen de su perfil— nos invita a mirar el paisaje. Desde esta altura se ve la llanura ordenada, rica, llena de terreno cultivable y granjas. Pero es un paisaje del siglo XVIII: con campos y setos.

 

—Ahora intentad imaginarlo en el año 0. No hay setos, no hay campos arados. Es un espacio abierto. Las únicas señales de vida son pequeñas granjas autosuficientes protegidas con muros de tierra. Y todas pagan tributo y obedecen a la familia que reside aquí, en el caiseal, la «fortaleza con muros de piedra». Aquí se ha hecho fuerte una familia de ganaderos (el ganado es la medida de riqueza). Hasta 1101, aquí vivirán las familias más poderosas de Munster, los reyes de la región. Y ese año, Brian Boru, el rey supremo de Irlanda, le dona Cashel a la Iglesia. Aquí se desarrolló y acabó la edad dorada de los monasterios irlandeses. —Ahora señala a la plaza que queda entre las murallas, las ruinas de la catedral y el complejo de casas de piedra.— Este era el espacio de los mercados, un lugar religioso pero sobre todo comercial, un núcleo económico. 

 

Con ese dinero el monasterio pudo mantener un coro opulento y construir la joya arquitectónica de Cashel, la capilla de Cormac, entre 1127 y 1134. El mejor ejemplo de románico irlandés, que tuvo que ser restaurada desde 2009 porque las visitas la estaban literalmente destruyendo.

Una característica del románico irlandés son los tejados de piedra, como el resto de la estructura. Altos y agudos. La arenisca de las losas del techo se había dañado, dejando entrar el agua de la lluvia sobre los frescos del techo. Como ocurre en tantas grutas con arte rupestre, las bocas abiertas de admiración solo lo empeoraban, así que ahora solo se permite la entrada de 100 personas cada 15 minutos, de modo que la atmósfera de la capilla se seque entre boquiabierta visita y visita.  

La capilla de Cormac se apoya en la gran catedral gótica, desventrada y sin techo. En su muro exterior hay varias marcas de los canteros europeos que vinieron para construirla. Me acerco a una y froto el carboncillo.

Cantero

En 1647, durante las guerras confederadas, la catedral fue escenario de una gran masacre. El 13 de septiembre, tras un asedio del ejército enviado por el parlamento inglés para tomar control de la isla, fueron sometidas las fuerzas católicas y los civiles que se habían refugiado en la roca de Cashel. Se luchó metro a metro, en los muros y en las puertas de la catedral y dentro del edificio. Al acabar la jornada, el ejército parlamentario pasó por la espada a 1 000 personas; las crónicas hablan de montañas de cuerpos en la nave central. Después robaron las riquezas del monasterio y destruyeron las imágenes de los santos.

Hay un cuento de Yeats que retoma un hecho similar, La maldición de los fuegos y las sombras. Un grupo de soldados puritanos atacan la abadía de Sligo, matan a los monjes y queman los iconos. Pero un misterioso personaje acude para avisarles de que dos mensajeros están galopando para organizar la respuesta de los irlandeses. Así que cinco soldados salen a interceptarlo en una carrera enloquecida por las laderas del monte Ben Bulben hasta que, aterrados por el sonido implacable de las gaitas y visiones de otro mundo, caballos y jinetes se despeñan por un precipicio aparecido de la nada.

En la imaginación de Yeats, los sidhe, las hadas, se encarnan para vengar la violencia sufrida por la tierra. Es la literatura misma la que se convierte en instrumento de justicia, intentando ofrecer algo parecido a un contrapeso frente a la crueldad insensible de la historia. En Cashel, caminamos por la nave vacía, devorando esa historia descolorida, que ya no hiere pero va a juego con el día gris y la lluvia que arrecia.

Un hombre lee el periódico tumbado y descalzo al sol junto a las murallas de Charles Fort, al borde del antiguo foso. Al fuerte —con su forma de estrella del XVII— le cuesta mantener la pose tétrica en este día soleado, por muchos fantasmas que albergue. Apetece seguir el ejemplo y tumbarse en el césped donde las lavanderas de los soldados ponían a secar la ropa o los niños jugaban al fútbol, antes de que se recuperara la ruina en los años 70 para abrirla a las visitas. O perderse por los edificios desventrados y los parapetos para ver a un lado Kinsale, subiendo por el río Bandon, y al otro el mar abierto.

Charles Fort

Durante el verano, las terrazas y restaurantes de Kinsale se llenan de visitantes y el puerto de veleros. Es un centro de ocio que atrae clientes locales y trabajadores inmigrantes. En el restaurante Fishy Fishy nos han atendido un valenciano y una tarraconense. Están aquí para ganar algo más de dinero mientras aprenden inglés.

4 000 españoles desembarcaron en Kinsale en 1601, durante las guerras contra Inglaterra. Esperaron 3 meses la llegada de refuerzos de los condes católicos de Ulster, que marchaban en pleno invierno con sus tropas desde la otra punta de la isla, pero todo resultó en derrota. Unos años después, esos condes se exiliarían de Ulster, abriendo un vacío de poder que la corona inglesa llenaría con la Plantación, dando tierras a colonos escoceses e ingleses. Drip, drip, la gota de las consecuencias va calando: 400 años más tarde habría una isla dividida, comunidades enfrentadas, terrorismo sectario, un lento proceso de paz y reconciliación que se retrotrae a las identidades creadas por otros.

Subo a la muralla y miro hacia el Sur. En los registros de la propiedad del norte de España se encontraban antiguamente fincas de las que se decía que lindaban al Este, Sur y Oeste con las de sus vecinos y al Norte con Irlanda o Inglaterra, mar de por medio. Aún no se había afirmado la titularidad pública de las playas y costas y la avaricia —o la imaginación—  se extendía tanto como el horizonte.

Noto el picor del viento salado en la piel.

Si ahora trazase una línea recta sobre el globo terráqueo, sobre los caladeros del mar Celta y el Pequeño Sol, estaría volviendo a casa. 

Cuervos

Realizado en colaboración con Turismo de Irlanda

Mario Trigo
Mario Trigo
(Torrelavega, 1980) Formado como jurista en Santander y traductor en Granada, dibujante por autodeterminación. Un atlántico enamorado de Italia y de los cuadernos de viaje. 
 
 
En twitter: @AyBialetti