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ISLAS FEROE

Un lugar irreal, melancólico y hermoso
Altaïr Magazine

CON LA COLABORACIÓN DE

 
 
 

Las islas Feroe, «islas de las ovejas», son 18 gigantescas rocas emergidas en medio del Atlántico Norte y camino del círculo polar ártico. Un impresionante archipiélago boreal que huele a hierba y sal; en el que resuena el balar de una población de ovejas que duplica la de humanos y en el que sólo existen tres semáforos. Unas islas que, apartadas de la creciente masificación del turismo nórdico, constituyen un lugar casi secreto e ideal «para ir más lejos».

Altaïr Magazine ha viajado a las Feroe para conocerlas, como siempre en nuestros monográficos 360º, a partir de la mirada de sus habitantes locales que nos llevan de la mano en el intento de conocer, primero, y apreciar, después, este mundo aislado que busca una alquimia razonable entre tradición y modernidad.

Asegura el dicho feroés que «si no te gusta el tiempo, espera cinco minutos». Y así es. Las islas Feroe son como la vida: nada permanece, todo cambia; sobre todo, las personas. Sjúrdur Skaale, uno de los dos políticos feroeses del parlamento danés y conocido humorista en su país, nos describe la profunda polarización anímica de su gente: «las caras de los feroeses en invierno y en verano no tienen nada que ver. Parecen dos países distintos».

 
 

El feroz rugido del océano y el tímido silbar de la hierba mecida por el viento. Las Feroe intentan refinar sus muy marcados, atractivos y únicos contrastes: el blanco (invierno) y el verde (verano). Estas tierras de cuentos vikingos y de melodiosas baladas tradicionales, son también, como nos explican los miembros de la banda local de rock Týr, las de guitarras aceleradas en su versión más metálica y pagana.

Las Feroe saben a algas y piel de bacalao cocinadas por el chef Poul Andrias Ziska (Nordic Prize de cocina 2014) en su restaurante Koks, en Kirkjubøur. Estas islas son salvajes y ásperas como la delicada lana con la que las diseñadoras de moda Guðrun & Guðrun hacen, a mano, sus creaciones.

Las Feroe son, como nos las enseña Finnur Lützen, un universo de acantilados y fiordos en los que reina el curioso frailecillo. Un lugar en el que borregos sin GPS, pero con cámaras, ejercen de cartógrafos; y donde también, según nos cuenta, Bergur Ronne Moberg, existe un desconocido universo literario hecho de una memoria en la que todo empieza de nuevo. 

Con Birgir Enni y a bordo de su velero Norðlýsið, navegamos a la búsqueda de cuevas en las que se escuchan sonidos imposibles. Y cerca de ellas, entre acantilados remotos, encontramos la ola perfecta para hacer surf allí donde no van los surfistas.

 
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Los frailecillos son los pájaros más famosos en las Feroe. (Jordi Brescó)
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La bahía de Tjornuvik es un lugar ideal para la práctica del surf. (Sergio Villalba)
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La población de ovejas dobla la de personas en las Feroe. (Marco Grassi)
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Un arcoiris presidiendo Gjogv, en la isla de Eysturoy. (Jordi Brescó)
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El Norðlýsið es el barco más conocido de las Feroe. (Norðlýsið)
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La punta Norte de la isla de Kalsoy. (Gregoire Sieuw)
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Los Týr combinan heavy metal y tradición feroesa. (Jordi Brescó)
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La isla de Mykines es un escenario ideal para una ruta de trekking. (Jordi Brescó)
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El chef Poul Andrias Ziska busca cerca de su restaurante los ingredientes para su cocina. (Jordi Brescó)
 

Todo eso son las Feroe. Y mucho más: una (a)isla(da) Mykines —la favorita— con sus 8 habitantes, pero ¿dónde están los árboles? No los busque. No los hay. A partir de los conocimientos de dos geólogas locales, Óluva Reginsdóttir Eidesgaard y Jana Ólavsdóttir, descubrimos como hace casi 60 millones de años, las Feroe eran muy muy diferentes: una meseta volcánica parte de Groenlandia en la que crecían grandes árboles. 

Así y por carreteras estrechas donde los coches ceden el paso a las ovejas por ley, exploramos estas «islas con duende» para reflexionar, gracias a la historia que nos cuenta Gunnar Hoydal, sobre algunas de sus tradiciones.

Gris con tonos blancos, niebla densa, lluvia fina, o intensa, y, despúes, un arcoíris esplendoroso. A la espera de la nieve que llegará, seguro, cuando el calendario se acerque a diciembre, nos desplazamos por túneles subterráneos excavados bajo el océano. Hacemos trekking en puentes colgantes. Caminamos entre los acantilados de los fiordos en estas tierras donde ferries y helicópteros hacen de transporte público local. Las Feroe no se parecen a nada, pero les faltan jóvenes; y, sobre todo, esas mujeres que se van para estudiar en el continente y ya nunca vuelven, como también nos cuenta Eydna Skaale.

Más allá de sus aspiraciones independentistas, las gentes de las Feroe (situadas entre Noruega e Islandia, pero dependientes de Dinamarca, aunque fuera de la Unión Europea), no cultivan el estereotipado cliché cultural de la frialdad nórdica; se nos muestran cercanos y amables. 

Puede que sus gentes, además de sus fiordos y pueblecitos que parecen decorados; sus prados infinitos y al lado de faros colgados en acantilados imposibles, hagan de las Feroe «el Shangri-La del siglo XXI», como relata Elin Brimheim Heinesen. 

Las Feroe, un universo especial, atractivo y único, áspero y duro. Un archipiélago casi secreto con cierta mística irreal, un lugar melancólico y muy hermoso. Disfruten.

 

Foto de cabecera: Mountain bikes en la punta Sur de la isla de Vágar (Martin Paldan)

 

PERE ORTÍN

Director de Altaïr Magazine

 
 
 

PARA SABER MÁS, AQUÍ TIENES EL ÍNDICE DEL 360˚ SOBRE LAS ISLAS FEROE

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