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LA CAPITAL DEL ÁRTICO

Crónicas de Tromsø
Berta Jiménez Luesma
Paty Godoy

Es un campo abierto, a lo lejos se ven montañas, pero aquí el paisaje lo compone una explanada de nieve inmensa. De ella brotan, con la suavidad de unas acuarelas, decenas de manchas beis. Conforme nos acercamos se definen las figuras. Ya se distingue la textura, pelo; y las diversas partes que más llaman la atención, patas, cuello y ¡cuernos!

Estamos en una granja de renos.

Como terneros, los renos te apelan mirando con sus ojos desorbitados y un leve golpe de cabeza al aire. Quieren comer. La cornamenta de los renos mayores impresiona. Pero no impone desde el miedo, sino desde su compleja forma; parecen tener una base muy estrecha para sostener tal ramificación. La de los renos pequeños enternece. Son finos, casi rectos. El más pequeño, de hecho, solo tiene uno, y esto lo hace muy cómico. Más tarde nos explicarán que los renos renuevan los cuernos cada año. Se les caen y les vuelven a crecer. Cada vez más grandes y fuertes. Y muy rápido, como dos centímetros al día. 

 

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La cría de renos es una actividad principalmente desarrollada por los sami, el pueblo indígena que habita Noruega, Rusia, Suecia y Finlandia. Aunque los renos son animales salvajes, estos son muy dóciles. Tanto, que la actividad de Tromsø Artic Reindeer consiste en pasear por el espacio dándoles de comer —con el cubo o directamente de la mano— y acariciándoles la cabeza. Infancia, juventud, madurez y tercera edad están representadas en los visitantes que alternan el saludo a los renos con el chocolate caliente que toman en una pequeña casa de madera, acristalada de techo a suelo, desde donde contemplan la imagen de postal. La misma que nosotras fotografiamos con la Fujifilm X-T100, nuestra cámara de referencia para este viaje, cómodamente encajada en una pequeña mochila, con varios objetivos diferentes para cada situación. 

 

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El guía Knut Stene nos explica que, en su mayoría, los renos son propiedad de los sami. Para reconocer a qué granja pertenece cada uno, se les hace un corte detrás de la oreja que será la seña de identidad desde ese momento. 

 

—Cuando muere un reno, hay una persona encargada  de recoger el cadáver, e identificarlo. Él conoce todas las marcas y a quién pertenecen. Entonces sabe cómo dar parte—, cuenta Stene. 

 

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Cuando dice «una persona», quiere decir exactamente una, un especialista. Es un trabajo único de gremio individual. Stene también nos explica que si alguien se encuentra con un reno muerto recientemente, tras avisar, puede negociar quedarse con la carne.

Nosotras la probamos en el bidos, un guiso tradicional sami que han preparado al fuego en una tienda-cabaña de madera —laavo— en la propia granja. Está caliente, sabroso y nuestros cuerpos lo reciben tan bien que repetimos. Nos enseñan los vasos de madera tallados a mano. Los cuchillos para los renos, la ropa tradicional y el yoik; el canto sami, un modo de expresión propio. Suena angelical, puede tener letra o no, y se canta a personas o cosas: a las montañas, a la nieve, a los renos, al pueblo sami.

Hoy en día la comunidad sami ha alcanzado una gran aceptación a nivel social, pero ha sido un pueblo perseguido y excluido durante mucho tiempo. De hecho, hace solo cinco años que los servicios públicos han incorporado la lengua sami, explica Johan Issak, dueño de la granja. 

 

—Ahora todavía puedes cruzarte con personas intolerantes que creen que eres menos por ser sami, pero hemos avanzado mucho. A mis abuelos se les prohibía hablar en nuestra lengua—, asegura. 

 

El museo de Tromsø, además, dedica una gran parte de su fondo a la historia sami: a los años de exclusión y lucha y también a su cultura y folklore. 

 

—Me gustaría que ellos—, dice Johan mientras señala a sus dos hijos pequeños— pudiesen vivir con libertad el hecho de ser sami. 

No pueden parar. Aúllan. Saltan. Te miran con sus ojos azules, o marrones o negros, suplicando que venga, que ya. Que los dejes correr. Que quieren emprender ruta. Que por qué tardamos tanto.

 

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Son cinco perros en cada uno de los trineos de Lyngsfjord. En el nuestro, el que va en el centro no parece tan motivado y mientras sus compañeros se desesperan él se lame el lomo tumbado sobre la nieve.

 

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Parece descabellado conducir un trineo sin haberlo hecho nunca. O sin haber aprendido nociones básicas. Y con una cámara colgada al cuello, esperando poder capturar momentos del paisaje ártico. Pero tenemos el viento a favor: la Fujifilm X-T100 es muy ligera y manejable y el mecanismo del trineo es sencillo: dos esquís de madera sin sujeción sobre los que la conductora debe apoyarse y un freno en el centro, que hay que presionar para parar o por si viene una bajada pronunciada.

 

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Eso sí, para llevar a cabo este mecanismo tan sencillo hay que mantener el equilibrio con uno de los pies, en movimiento. La otra persona va sentada tras los perros. ¡Probemos!

Aún no sé cómo notan que el freno ya no está puesto. Pero en cuanto te descuidas comienzan a correr. Tal vez porque intentan tirar hacia delante sin descanso. Se notan sus ganas, sus ansias y su energía. Aunque hay que ayudarlos en las subidas, fluyen y devoran los metros sobre la nieve. 

 
 

Cogen mucha velocidad y la sensación de adrenalina cuando hay bajadas o baches es enorme. Sobre todo porque no tenemos totalmente dominado el trineo. De hecho, me caigo dos veces. Pero salir volando forma parte de la experiencia. No hay golpe, lo inhibe la nieve, virgen, esponjosa y pura, que espera casi para arroparme. 

Johanna es francesa, tiene 29 años y lleva tres viviendo en Tromsø y trabajando en un camping. Vivía en París y estaba harta. Quería un cambio radical: 

 

—Primero fui a las Svalbard y luego aquí— comparte, y asegura que vino inspirada por sus autores de referencia: Jack London, Nicolas Bouvier o John Douglas. 

 

Cuenta que le gusta la estética ártica y que ningún día sea igual al anterior. Que es muy difícil conocer gente, pero que una vez que tienes un amigo noruego es para siempre. Y no, no le deprime la ausencia de Sol. Es una enamorada de la naturaleza y el deporte de montaña. 

Ayaka Niina es guía japonesa y le apasionan el turismo y las auroras boreales. Lleva ya varios años estudiándolas y persiguiéndolas: ha trabajado con las auroras australes, en Nueva Zelanda, y tenía ganas de un cambio de polo a polo —porque le atraen—. 

 

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Dice que es muy complicado romper el hielo con las personas noruegas y su forma de ocio de fin de semana está más relacionada con ir a su cabaña en soledad que con socializar.

Manu Par es italiano y es guía. Le da exactamente igual todas las horas de noche, porque en verano «puede estar en la montaña hasta medianoche, si quiere, y sin problemas». Pero avisa: «La noche polar no es para todo el mundo». Le encanta vivir aquí y entrar esquiando hasta la cocina de su casa. Cree que Tromsø es una ciudad completa al aunar lo familiar y lo cosmopolita. Quiere construir su vida aquí o en Groenlandia o en Alaska. 

Giulia es italiana y trabaja en la Arctic Cathedral. Le gusta Tromsø por el ambiente internacional y porque «el ritmo aquí es más relajado», asegura. Añade que el sector turístico lo desarrollan en su mayoría personas de fuera de Noruega —algo hemos observado—. También ha notado una estructura y unos códigos sociales diferentes con las personas noruegas, pero le encanta que sea así: «Un amigo noruego es un buen amigo». 

Nosotras hemos conocido a Knut Hansvold. Trabaja en el sector del turismo como guía de la ciudad y es, literalmente, lo contrario a la percepción generalizada: es cercano, hablador y es fácil tomarle confianza. Por supuesto (aunque seguro que sería un buen amigo), él también adora Tromsø. Lo adora por cuna, y por su riqueza. Por el mosaico de secretos que esconde. Y que por suerte, comparte con nosotras. 

En Tromsø es fácil presumir. Cuenta con el romanticismo de ubicarse en el círculo polar ártico, pero gracias a estar situada en la costa, las temperaturas medias anuales no bajan de -9 grados centígrados —en el interior pueden alcanzarse casi -40˚—. Es una ciudad pequeña, de unos 72 000 habitantes, pero la universidad —muy demandada sobre todo en los campos de la Biología y la Física por las características del lugar— y el sector turístico la llenan de vida y de diversidad: más de 100 nacionalidades la habitan. Es manejable, pero colmada de cafés, bares y pubs, sumando una enorme oferta de ocio. Es urbe pero escaparse a la naturaleza supone un trayecto corto. Tiene tres iglesias: una de ellas, la de Nuestra Señora de Tromsø, de madera, es la catedral cristiana que se encuentra más al norte del globo. Las otras dos se conocen popularmente como catedrales, pero no lo son. Una es la catedral de Tromsø y también es de madera. La tercera, la catedral del Ártico, es una fantasía arquitectónica. Un triángulo enorme y blanco que observa la ciudad desde la ribera. Su interior es impactante, fue construida en 1965 y su estilo resulta muy futurista. Fotografiarla con la Fujifilm X-T100 nos hace sentir una suerte de Stanley Kubrick. Para conseguirlo, toca cambiar de objetivo y buscar ese plano cónico central mítico del director.  ¡Click!

Tromsø es tierra de visionarios. Aquí publicó una de sus primeras novelas Knut Hamsun, premio Nobel de literatura en 1920. El libro se titulaba Misterioso, y era tan malo, según cuenta Hansvold, que el propio autor intentó posteriormente comprar todos los ejemplares para no dejar huella de sus vergonzantes inicios. 

También es tierra de valientes: aquí se rinde homenaje a Roald Amundsen, primera persona en cruzar el paso del Noroeste y en llegar al polo sur. Además, en 1928 participó en el intento de rescate de Umberto Nobile —un desarrollador aeronáutico italiano y compañero de expedición— de cuyo dirigible se había perdido el rastro. Amundsen, junto a otros, salió desde Tromsø y falleció en el intento. 

 

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Knut bromea en todo momento con la noche polar. Y nos cuenta que para entretenerse tienen una oferta cultural y de festivales muy variada. 

 

—Está la Maratón de Invierno en la oscuridad y sobre nieve. El Northern Lights Festival, donde la caza se acompaña de música en directo. Y también el Festival de Cine Mudo. 

 

Justo nos disponemos a entrar al Verdensteatere (Storgata, 93B) el primer cine mudo de Tromsø que ahora ha vuelto a albergar proyecciones pero ha incorporado un bar. Porque Tromsø también tiene vida de noche. Y la tenía mucho antes de 1928, que es la fecha de la que data el Ølhallen, primer bar de la ciudad y fábrica de la cerveza local (y la más septentrional del mundo). Le viene de largo.

En la plaza de Roald Amundsen, además de su escultura, hay una roca de 371 kilos. Cuentan que la colocó allí el pescador Eidis Hansen porque tras muchos días en la mar, regresó y no le quisieron servir alcohol en el bar. Así que dijo: «Si yo no bebo, nadie bebe» y obstruyó la puerta del establecimiento con semejante armatoste. 

Paseamos por Storgata, la calle principal, entre las luces y los adornos navideños. Vemos las casitas de madera roja. Este color es tradicional en las casas noruegas y antiguamente se obtenía mezclando ocre con aceite de hígado de bacalao. Observamos el mar a ratos, cuando se deja ver entre calle y calle. Y la sensación no puede ser más parecida a una de esas bolas de cristal de invierno. Alguien debe estar agitándola, porque nieva, pero nosotros tres estamos dentro. 

 

El contenido periodístico de esta crónica es responsabilidad exclusiva de sus autoras y de Altaïr Magazine y en su elaboración hemos contado con el apoyo de Fujifilm.

 
 

Y con la colaboración de:

 
 
 
Berta Jiménez Luesma
Berta Jiménez Luesma

Periodista de largo, larguísimo aliento.Vive en un estado constante de tranquilidad nerviosa. Solo sabe hablar con preguntas. Boli desenfundado y gafas violetas. Masterizada en criminología. 

Paty Godoy
Paty Godoy
Reportera y videoperiodista mexicana. Es la corresponsal en España del periódico Excélsior de México. Le apasiona el universo audiovisual y sus maravillosas posibilidades de narrar lo humano. Colabora con la productora norteamericana Story Hunter y ha dirigido el DocuWeb Farselona (www.farselona.com)
 
 

En Vimeo: patygodoy // En Twiter: @patygodoy_