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LA CÁRCEL DE LAS PLANTAS

Aquí se agachó Humboldt (I)
Ander Izagirre

En esta serie de Ander Izagirre encontraremos algunas caminatas por la isla de Tenerife para creernos un poco Alexander von Humboldt: Puerto de La Cruz, La Orotava, el Teide y Anaga. Y al final del camino, Fidelina Gallardo, ventera de Roque Bermejo.

 

Era sencillo hacer feliz a Alexander von Humboldt. El 16 de junio de 1799, en cuanto pisó el islote canario de La Graciosa, vio líquenes adheridos a unas rocas basálticas, se agachó a observarlos y se emocionó como un niño. Los anotó, los describió, y como acababa de dar sus primeros pasos en un territorio volcánico, se puso a fantasear con «la remota época en que los volcanes submarinos dieron origen a nuevas islas». Tres días después, al desembarcar en Santa Cruz de Tenerife, vio unas casas destartaladas y también le parecieron maravillosas: «Un botánico no debe quejarse de la vetustez de estos edificios», escribió, «porque los techos y los muros están cubiertos con el Sempervivum canariense y con ese elegante Trichomanes del que han hablado todos los viajeros». El berlinés Humboldt era un polímata, un homo universalis, un geógrafo y astrónomo y físico y etnógrafo y zoólogo y climatólogo y oceanógrafo y cartógrafo y geólogo y botánico y vulcanólogo; un científico explorador que escribió miles de páginas para descifrar las leyes del universo y las conexiones entre todos los fenómenos. Le parecía que el mundo estaba lleno de asuntos fascinantes, desde los líquenes hasta las estrellas, desde las erupciones de los volcanes hasta los excrementos de las moscas.

Entre 1799 y 1804 completó una de las mayores aventuras de su tiempo: una minuciosa exploración de Sudamérica y Centroamérica, una recopilación exhaustiva de sus geografías, sus naturalezas y de las sociedades que las habitaban. Simón Bolívar calificó a Humboldt como «el descubridor científico de América».

La estancia en Tenerife, camino de América, fue la primera escala de aquellas expediciones. En apenas seis días, Humboldt escaló el Teide y registró sus primeras observaciones sobre volcanes; recorrió el valle de La Orotava y encontró la clave para una ciencia nueva: la geobotánica; y hasta escribió unos apuntes que sirvieron para el nacimiento del turismo en Canarias.

«Ningún sitio me parece más apropiado que Tenerife para suprimir la melancolía y devolver la paz al alma dolorida», escribió Humboldt. Dio las siguientes razones: el clima templado, el aire puro, el paisaje bellísimo y la ausencia de esclavitud. Ese apunte fue el primer brote del turismo en Canarias.

Porque el turismo nació como terapia. Los ingleses del siglo XIX buscaban lugares con un clima templado y seco para los enfermos de tuberculosis, tisis, gota y reumatismo, para los afectados por la depresión que se pudrían en las ciudades frías y lluviosas, en general para los ricos que tenían mucho aburrimiento y poco sol. Las anotaciones de Humboldt y de otros viajeros llamaron la atención sobre Tenerife, una isla paradisiaca, de clima agradable, con ciudades cómodas y bien provistas.

El inglés Charles Smith se curó de sus problemas pulmonares tras una estancia en Puerto de La Cruz, y en 1841 compró la finca llamada Sitio Litre para instalarse allí de por vida. En esa misma casa estuvo Humboldt cuatro décadas antes, el mismo día en que bajó del Teide, en una fiesta para extranjeros ilustres. Entonces el Sitio Litre mantenía su nombre aún sin deformar: Little’s Place, porque era una casa colonial construida por el comerciante escocés Archibald Little. La finca se puede visitar hoy en día, con su jardín de plantas tropicales que atraía a los viajeros científicos como Humboldt y a los prototuristas ávidos de exotismo. Hay una colección de orquídeas y un drago similar al que aquí mismo fascinó a Humboldt: «Este árbol es uno de los habitantes más antiguos de nuestro globo (…). La verdadera patria del drago son las Indias Orientales. ¿Por qué vía se ha trasplantado este árbol a Tenerife? ¿Su existencia prueba que en una época muy antigua los guanches tuvieron relación con otros pueblos originarios de Asia?». Las hipótesis no son correctas pero las preguntas son brillantes, porque señalan enigmas, porque las preguntas de Humboldt eran tan poderosas como para desencadenar nuevas ciencias.

Aquel drago de Sitio Litre cayó durante un vendaval en 1867. Lo lloraron como a una celebridad, era el árbol exótico que todo viajero de postín debía conocer: un gran tronco cónico y rugoso, del que brotaban ramas desnudas que se abrían como las varillas de un paraguas volteado por el viento, y una copa de hojas muy gruesas. Del drago manaba una prodigiosa resina roja, conocida como sangre de dragón, que lo mismo servía para curar problemas digestivos que para barnizar violines Stradivarius. Era todo tan extraño y tan sugerente.

En 1888 una compañía inglesa compró once hectáreas de un erial volcánico en el Monte Miseria, justo encima de Puerto de la Cruz. ¡Monte Miseria!: un campo de lava formado por erupciones del Teide, un terreno mineral, negro y muerto en el que los ingleses crearon jardines, pérgolas, templetes, miradores y estanques, campos de césped para jugar a tenis y a críquet, y senderos para las carreras de sortijas. Allí levantaron el Gran Hotel Taoro, un edificio colosal con tres pabellones en forma de U y cuatro torres en las esquinas, una especie de monasterio del Escorial del turismo. Allí se alojaron reyes, duques, magnates y agathachristies, bien servidos por maîtres, camareros, doncellas y chavales negros que les portaban las maletas, pero a ese mundo le quedaban ya pocos años. La Primera Guerra Mundial lo ahogó. El hotel agonizó durante dos tercios del siglo XX. Pasó los últimos años reconvertido en casino y en 2007 cerró las puertas por última vez.

Vi una lagartija entrando por una tubería del antiguo hotel Taoro. Es posible —sería estupendo y terrorífico— que miles de lagartijas ocupen ahora las 217 habitaciones del hotel, el comedor con docenas y docenas de mesas, los almacenes, la biblioteca, los salones, la sala de billar, las salas de baile.

En los jardines del hotel, los jinetes ingleses galopaban y trataban de pasar su vara por las sortijas que pendían en los arcos a tres metros de altura. De las sortijas colgaban cintas pintadas a mano por señoritas inglesas y algunas tinerfeñas de buena familia. Al terminar la carrera, en los salones del hotel Taoro se celebraba una cena con baile en la que los ganadores entregaban las cintas a las señoritas que las habían pintado. Y bailaban.

Ahora, en el parque ya público de La Sortija, entre estanques, prados, palmeras y senderos, aún se conservan algunas extensiones de malpaís. Un malpaís es un amontonamiento de rocas volcánicas, protuberancias de lava enfriadas, retorcidas, caóticas, angulosas y ásperas. A una de las rocas se encarama un pequeño lagarto acorazado, del color del plomo, que alza la cabeza y vigila el malpaís. Le palpitan muy rápido la garganta y el corazón. Mueve la cabeza con giros bruscos. A cinco metros del lagarto, un chico y una chica de veintipocos se dan besos largos en un banco de madera, con los ojos cerrados, de espaldas a las rocas negras. El malpaís es un hervidero de lagartos. Salen de debajo de las piedras, corren entre los arbustos, pisotean la hojarasca, corren unos hacia otros, se cruzan, se siguen, se esconden, se asoman. Hay quince lagartos en una pequeña montonera de rocas. De pronto sale uno mucho más grande y más grueso que los demás, de unos treinta centímetros de largo, también de color de plomo pero con manchas azuladas y una papada gris. En la boca lleva un pedazo de carne, quizá un fragmento de alguna culebrilla, del que aún fluye un pringue amarillento. El lagarto va girando la cabeza a golpes, acomodando la carne en su boca, y se lo va tragando. Los ingleses no consiguieron alfombrar el mundo en su totalidad. Sus orquestas callaron, los lagartos siguen devorando enemigos.

La batalla es larga. Los lagartos llevan millones de años adaptándose a este territorio volcánico. Comen unas plantas carnosas y con sus propios excrementos abonan el terreno para que vuelvan a crecer. Así llevaban milenios y milenios, sin más preocupaciones que comer plantas y cagar, hasta que llegaron los humanos con sus gatitos, esas mascotas adorables que a veces huyen, se asilvestran y se zampan a los lagartos hasta dejarlos al borde de la extinción. En los barcos también llegaron las ratas voraces. Y en las pajarerías actuales se venden serpientes que a veces también escapan y se multiplican. A cambio de tanto enemigo reciente, los lagartos descubrieron los viñedos que traían los humanos, aprendieron a comerse las uvas y ampliaron su dieta. Hércules mató al dragón de cien cabezas, custodio de las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, las islas que los antiguos navegantes identificaban con las Canarias, en el extremo occidental del mundo. De las cien cabezas cortadas del dragón debieron de brotar los lagartos canarios actuales, que aún resisten.

Dos autobuses Fred Olsen paran en la entrada del parque y se bajan ochenta o cien jubilados alemanes. Por la noche, en uno de los restaurantes de la primera línea de playa, una orquestilla toca canciones de Julio Iglesias. Hay muchos alemanes cenando platos combinados, temprano, en la terraza. Entre las mesas más cercanas a la orquesta,bailan dos ancianas de pelo blanco, muy menudas, muy flacas, muy arrugadas, cerca de los noventa años. Son las únicas que bailan. Los que están cenando las miran y se sonríen unos a otros. Las ancianas bailan agarradas, bailan muy suave, con un gesto concentrado y serio, mirando lejos, a veces con una mueca que parece de dolor. Bailan muy lento, y todos los comensales van dejando los cubiertos y las miran en silencio.

Las que han sido derrotadas son las plantas. Humboldt visitó el Jardín de Aclimatación en Puerto de La Cruz, una finca en la que se plantaban semillas de especies tropicales traídas de las colonias españolas, para cultivarlas y después introducirlas en la península. Admiró las guayabas, las chirimoyas y las pomarrosas. El proyecto se abandonó unos años después. Hoy es un jardín muy visitado por los turistas.

Al Parque Botánico se entra como a un templo vegetal, entre ficus, palmeras datileras, cipreses y pinos canarios altos como columnas. A sus pies se extienden especies exotiquísimas: el árbol de las pasas del Himalaya, la pitcairnia de Guatemala, el cafeto etíope, el madroño griego, el helecho nido polinesio, el aloe de Suazilandia, el árbol de las salchichas del África tropical, el mango birmano, el manzano cafre, el floripondio ecuatoriano, el árbol de fuego australiano.

A veces el jardín parece una incubadora de alienígenas. Dan escalofríos el tejepilote mexicano, con sus flores como tentáculos de un color sangre brillante; o el lirio araña del Caribe, con su estallido de flores blancas como chorretones de nata; y sobre todo la gigantesca higuera de Lord Howe, el árbol que camina, el árbol de cuyas ramas brotan raíces aéreas que buscan el suelo y se entierran para seguir alimentando la expansión de este monstruo vegetal, de esta higuera estranguladora de árboles huéspedes, de este ficus macrophylla columnaris que avanza por oleadas, tendiendo enormes y sucesivas cortinas de madera.

Las plantas son seres inquietantes. Y se les adivina alguna intención, lenta y remota. En jardines como este se aprecia el despliegue amenazante de las raíces nudosas, que se extienden milímetro a milímetro en absoluto silencio. Si aceleráramos el tiempo por mil, escucharíamos los siniestros crujidos de su crecimiento. Se aprecia el despliegue de tantos cogollos de hojas envolventes, de los que brotan pinchos, cardos, agujas, troncos como lanzas; se aprecia la expansión de las palmas, las hojas, los filamentos, las lianas asfixiantes, las ramas que se dividen y se dividen y se vuelven a dividir, que crecen por la tierra y por el aire, que se reproducen en secreto por un subsuelo que ignoramos y que está monstruosamente invadido por marañas de raíces como nidos de serpientes, las ramas que se retuercen, que envuelven, que avanzan, que segregan pringues, que tapan, que ahogan. Que crecen siempre. Con intenciones.

El Jardín Botánico tiene un gran mérito: nos da la impresión de una exuberancia desbocada y apenas nos damos cuenta de que se trata de un terreno domesticado entre senderos simétricos que confluyen en un estanque central, pura geometría, puro dominio humano. No nos lo dicen pero estamos visitando una cárcel de plantas. Parecen amenazantes pero las tenemos todas juntas, encerradas, bien vigiladas, y si esta afirmación parece demasiado imaginativa, no hay más que ver lo que ocurre cuando alguno de los árboles intenta extender una rama más allá de los muros del parque: la podan sin piedad.

Los lagartos se resisten pero tenemos a las plantas dominadas. Y es gracias a gente como Humboldt, uno de los que se empeñó en nombrarlas, localizarlas y clasificarlas. Qué son las taxonomías de los botánicos, sino fichas policiales.

Ander Izagirre
Ander Izagirre

Ha publicado crónicas sobre las víctimas de la violencia en Colombia, los supervivientes de Chernóbil, los porteadores de la cordillera del Karakórum, las niñas que trabajan en las minas de Bolivia, los campesinos que se rebelan contra la Mafia en Sicilia, los ciclistas que se dopaban con bacalao, también sobre su vuelta a España en vespa. En 2015 fue galardonado con el Premio Europeo de Prensa y en 2017 recibió el Premio Euskadi de Literatura 2017.

 
 

En Twitter: @anderiza