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LA CHINA MENOS CHINA

Viejos problemas en el nuevo Xinjiang
Jesús Gámiz

Si el aleteo de una mariposa puede provocar un tsunami al otro lado del mundo, durante la noche del 25 de junio de 2009 una pelea en una fábrica de la ciudad china de Shaoguan, en el sur del país, provocó a algo más de 3.000 kilómetros los peores disturbios étnicos vividos en China en varias décadas. Esa noche, un grupo de chinos Han (la etnia que constituye más del 90% de la población nacional) se enfrentó a varios compañeros Uigur, una minoría de origen túrquico, mayoritariamente musulmana y oriunda de la región autónoma de Xinjiang, en el oeste del país. Al menos dos uigures murieron, y diez días después, una multitud se congregó en la capital de Xinjiang, Urumqi, para protestar por una supuesta colusión de la policía china con los responsables del incidente en la fábrica. La protesta subió de intensidad, se descontroló y Urumqi vivió varios días de choques violentos entre hanes y uigures que dejaron entre 200 y 600 muertos, según diversas estimaciones.

A pesar de que la causa tibetana siempre ha gozado de una mayor popularidad mediática en todo el mundo, lo cierto es que es en Xinjiang donde China hace frente hoy a su mayor desafío territorial y de seguridad nacional. Con 1.6 millones de kilómetros cuadrados y fronteriza con siete países, es una de las cinco regiones administrativas de China: territorios con mayor capacidad legislativa que las provincias y en los que hay una minoría étnica especialmente prominente. En Xinjiang, esa minoría es la de los uigures. En términos lingüísticos, culturales y étnicos, los chinos Uigur son completamente diferentes de los chinos Han, y son más cercanos a los países de Asia Central. Los esfuerzos del gobierno chino por integrar a Xinjiang y a su minoría han tenido resultados desiguales, y persiste en la región una corriente nacionalista que reivindica la independencia para formar un país nuevo, un país Uigur: el Turquestán Oriental. 

Hay poco que se pueda decir sobre Xinjiang que no sea motivo de polémica entre los nacionalistas uigures y el gobierno chino: sus respectivas visiones sobre el pasado, presente y futuro de la región son frontalmente opuestas. Los uigures se reivindican como los legítimos pobladores originales, con una historia que se remonta entre 4.000 y 9.000 años (también aquí las versiones difieren). Protestan contra la incorporación manu militari de Xinjiang por parte de la República Popular China en 1949, seguida por la posterior migración masiva de chinos Han, que ya son mayoría en muchas zonas de la región, especialmente en el noreste. Para el gobierno de Pekín, Xinjiang forma parte de China desde que la dinastía Han se la arrebató a las tribus Xiongnu en el siglo II a.C. Según esta versión, los uigures sólo habrían comenzado a ser mayoría en la región 11 siglos después, tras una migración masiva desde la Mongolia actual. El gobierno subraya que lo que hizo el Ejército Popular de Liberación en 1949 no fue más que la recuperación de una provincia fronteriza, pero esencialmente china.

Probablemente lo más próximo a la verdad es que Xinjiang ha sido una zona levantisca que ha hecho de frontera entre China y Asia Central durante algo más de 2.000 años (su nombre en chino significa, precisamente, «nueva frontera»), y que durante siglos osciló entre el control chino y una cierta independencia, según la fortaleza o la debilidad del gobierno imperial.

 

Farolillos típicos han en una calle de Kashgar, corazón de la cultura uigur. 

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En cuanto al presente, Pekín alega que años de inversiones masivas, sobre todo en infraestructuras, están ayudando a Xinjiang a salir de un subdesarrollo crónico. Muchos uigures se quejan de que los frutos de ese desarrollo sólo los están recogiendo los hanes, a quienes ven como colonos, y se rebelan contra políticas de asimilación que perciben como ataques contra su religión y su cultura.

Las divergencias llegan hasta un asunto sobre el que, aparentemente, hay poco que discutir: la hora. Sin embargo, China es una anomalía internacional en esta materia. Un país entre cuyos extremos occidental y oriental hay 4.778 kilómetros vive, por motivos políticos, en un solo huso horario: la hora de Pekín. En ningún lugar del país se notan los efectos de esta política como en Xinjiang, donde amanece y anochece unas dos horas más tarde que en la capital china. Mientras que los habitantes Han de la región suelen seguir la hora de Pekín, casi todos los Uigur ejercen una especie de disidencia horaria y ajustan sus vidas a una extraoficial hora de Xinjiang, que va dos horas por delante. Para el viajero puede resultar confuso: al preguntar por la hora, puede recibir dos respuestas diferentes, dependiendo de con quién hable. Abdul, un taxista Uigur que se gana la vida trayendo y llevando viajeros, extrema la precaución: «tengo que tener cuidado cuando quedo con algún turista. Si no especifico bien de qué hora estamos hablando, puede que cuando el cliente llegue, yo ya me haya ido».

A pesar de que la tensión en Xinjiang ha bajado de intensidad con respecto a 2009, todavía hoy muchos chinos se andan con ojo cuando viajan por la región, algo que una pareja de jóvenes viajeros Han resume con crudeza: «en algunas zonas, aunque no estés en peligro directo, percibes cierta hostilidad». En los últimos años, Xinjiang ha sido escenario de varios atentados terroristas, un asunto en el que tampoco es fácil aclararse. El Gobierno chino suele atribuir los ataques a musulmanes extremistas agrupados en torno a una oscura organización llamada Movimiento Islámico del Turquestán Oriental o Partido Islámico del Turquestán (está más o menos aceptado que existió en el pasado; hoy muchos expertos internacionales creen que está desmantelada). Este es un factor en el que el Gobierno de Pekín insiste para ganarse las simpatías de la comunidad internacional. 

Organizaciones uigures y de derechos humanos tienen a menudo otra narrativa: los atentados serían obra de exaltados que reaccionan de manera violenta a políticas represivas impuestas por el Gobierno chino (y ponen el acento en estas últimas). El veto a la presencia de periodistas e investigadores independientes hace casi imposible verificar las diferentes versiones de cada incidente.

La estación de Urumqi Sur, la mayor de la ciudad, presenta una estampa casi bélica: alambres de espino, tanquetas y policías militares con fusiles de asalto. El 30 de abril de 2014, tres personas murieron y 97 resultaron heridas aquí en un ataque con cuchillos y explosivos. Hay que pasar por dos controles de seguridad antes de acceder a la estación, y se aplican las medidas propias de los aeropuertos. Al igual que ocurre con los aviones, no se puede subir al tren con compuestos inflamables. Urumqi no es sólo la capital y la mayor ciudad de Xinjiang, sino también la puerta de entrada al resto de la región, ya que casi todos los vuelos, tanto internacionales como nacionales, llegan aquí. Por lo tanto, si se quiere explorar Xinjiang por tierra, es prácticamente indispensable pasar por esta estación de tren. Casi todas las guías de viaje recomiendan ir con tiempo extra para pasar los controles de seguridad. Otro consejo: no llevar desodorante ni espuma de afeitar.

 

La montaña de fuego de Turpan, inmortalizada en el clásico Viaje al Oeste.

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Como tantas otras cosas, la composición demográfica de Xinjiang también es motivo de controversia y objeto de reivindicaciones políticas. Puede decirse que a medida que se avanza hacia el Suroeste, disminuye la proporción de hanes y aumenta la de uigures. El tren que conecta Urumqi con la capital cultural y espiritual de los uigures, Kashgar, sigue esa dirección y pasa por uno de los puntos más interesantes de Xinjiang desde el punto de vista histórico: Turpan.

Turpan fue una de las ciudades-oasis a lo largo del tramo septentrional de la Ruta de la Seda a su paso por Xinjiang, y su propia existencia es poco menos que un milagro. Se encuentra en una de las depresiones más profundas del mundo, donde apenas llueve, y está considerada casi unánimemente como la ciudad más calurosa de China. Si Turpan pudo florecer en esta paramera como un nodo comercial de la Ruta de la Seda (y sobrevivir hasta hoy) fue gracias a un ancestral sistema de irrigación conocido como «karez», una red de canales subterráneos que recoge la nieve fundida de las montañas de Tianshan, al Norte, y la transporta hasta el núcleo urbano. El karez creó un oasis artificial, una isla verde en medio de un desierto en la que se producían melones y uvas que se suministraban a la corte imperial de Chang´an (la moderna Xi´an).

A principios del siglo XX, Turpan también fue uno de los escenarios de una historia no muy conocida y que muchos países prefieren no recordar con demasiado detalle: el expolio sistemático de reliquias arqueológicas en el oeste de China por parte de las potencias imperialistas occidentales y de Japón. Entre 1914 y 1915, en dos expediciones narradas en el libro Tesoros enterrados del Turquestán Chino, el arqueólogo alemán Albert Von Le Coq aprovechó el caos que reinaba en China para llevarse hacia Alemania innumerables reliquias de la antigua ciudad de Gaochang y las cuevas budistas de Bezeklik, en los alrededores de Turpan. En su libro, Von le Coq defendía estos «préstamos» por la necesidad de preservar los hallazgos históricos en una época de enormes turbulencias. Los chinos veían (y ven) el asunto de manera diferente. Hoy todavía se puede visitar la casa en la que Von le Coq se hospedó durante su estancia en la región. Es una estructura de adobe, conservada a duras penas, en Tuyoq, un pequeño pueblo-oasis Uigur situado a 70 kilómetros al este de Turpan. En la puerta hay un cartel que recuerda la estancia del alemán en términos poco amistosos: «Albert Von le Coq es famoso por arrancar frescos en Xinjiang. Robó un gran número de reliquias culturales únicas como frescos, clásicos confucianos, cerámica, objetos de madera... dañando gravemente la prefectura de Turpan». Para colmo, muchas de esas reliquias acabaron expuestas en el Museo Etnológico de Berlín, que quedó como una alfombra tras no menos de siete bombardeos ingleses durante la Segunda Guerra Mundial.    

La carretera que une la ciudad de Turpan con los lugares históricos que están al Este transcurre al lado de una de las sierras más icónicas de Turpan: la Montaña de Fuego. Un macizo de arenisca roja de unos 100 kilómetros de largo que, en ciertos momentos del día y dependiendo de la posición del Sol, puede tener apariencia de llama debido a las numerosas zanjas creadas por la erosión. La Montaña de Fuego aparece en uno de los clásicos de la literatura china, Viaje al Oeste, un relato basado en el viaje (real) de un monje a la India, en el siglo VII, en busca de manuscritos budistas. Como suele ser el caso en China, las autoridades no han desaprovechado la oportunidad para hacer caja, y han construido un recinto (a casi 10 euros la entrada) desde el que se obtiene una perspectiva limpia de la montaña. Lo único que hay, además del aparcamiento, es una estatua del Rey Mono Sun Wukong, el personaje más popular de la novela, para conferir algo de pedigrí histórico-literario. Muchos viajeros prefieren ahorrarse el sablazo y toman las preceptivas fotos desde la cuneta de la carretera. 

 

Clavados en las puertas de casi todas las casas hay placas de color rojo y azul que rezan «Familia segura» o «Familia civilizada».

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Kashgar, el punto de confluencia entre los tramos meridional y septentrional de la Ruta de la Seda en su avance hacia el Oeste, es el corazón de la cultura Uigur. Su nombre evoca imágenes de caravanas de camellos cargados con mercancías rumbo a Asia Central y a los puertos del Mediterráneo. No hace ni 15 años, las guías de viaje todavía decían que la ciudad no era muy diferente a la que había visitado Marco Polo en el año 1273 o 1274, pero hoy las cosas han cambiado bastante. A principios de 2009, el gobierno local anunció un plan de unos 500 millones de dólares para reformar la ciudad antigua. Como bien saben arquitectos e historiadores del arte de todo el país, cuando una administración china habla de «reformas», a menudo hay que echarse a temblar. Hoy, tras años de demoliciones, reconstrucciones y traslados de familias a otras partes de Kashgar, queda un casco viejo que es una versión saneada, aséptica y turística en la que (otra sensación común en China) es difícil saber si lo que hay delante tiene 10 o 200 años de antigüedad. A unos 50 metros al Este, resiste, irreductible, el único barrio verdaderamente viejo, en el que aún no han entrado las grúas y las excavadoras. Se trata de una pequeña concentración de casas que se remontan varias generaciones, encima de una loma, con pinta de favela, y que resaltan como un clavo en un entorno que se moderniza rápidamente, ajeno a consideraciones históricas.

Con todo, la ciudad vieja de Kashgar (ya sea en su versión vieja-nueva o vieja-vieja) sigue siendo un bastión Uigur en el que los únicos signos Han son los farolillos rojos colgados en algunas calles, presumiblemente para que nadie se olvide del todo del país en el que está. Si se hace un ejercicio de abstracción, es posible imaginarse en una ciudad árabe o centroasiática, porque no hay ningún paisaje urbano en todo el país que esté más alejado de las esencias culturales chinas. Las calles están llenas de negocios artesanos: herreros, orfebres, barberos o sastres; la hora que rige es la de Xinjiang, por todos lados huele a cordero y el mandarín es casi una lengua extranjera. Sin embargo, la mano del gobierno no sólo se ve en los farolillos. Clavados en las puertas de casi todas las casas hay unas placas de color rojo que rezan «Familia Segura» o «Familia Civilizada». Las primeras se entregan a familias en las que algún miembro ha peregrinado a La Meca y ha vuelto sin sobresaltos, y las segundas a aquéllas que, simplemente, no montan problemas. En el centro de la ciudad vieja se encuentra la mayor mezquita de China, la de Id Kah, en medio de una explanada por la que pasean hombres ataviados con la doppa, el gorro tradicional Uigur, y mujeres cubiertas con velos.

Fuera de la ciudad vieja, hay una Kashgar donde la cultura Uigur convive como puede con la Han y en la que algunos barrios son idénticos a los que pueden encontrarse en ciudades chinas de tamaño mediano como Lanzhou o Changchun. A cinco minutos andando, al lado del Parque del Pueblo, se encuentra una de las mayores estatuas de Mao Zedong de toda China, de 24 metros de altura. La plaza está empapelada con material por el 60º aniversario de la fundación de la Región Autónoma Uigur de Xinjiang; por todas partes, eslóganes con la neolengua burocrática del Partido Comunista llaman a la armonía y a la unidad de la patria.

 

En la orilla del lago Karakul apenas hay un par de asentamientos kirguises.

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La carretera del Karakoram parte desde Kashgar y serpentea montaña arriba, por la cordillera que le da nombre, hasta llegar al paso fronterizo de Khunjerab, el más alto del mundo, que separa China de Pakistán. Recorre uno de los paisajes más remotos y áridos de Xinjiang, en el que la China Han termina de desaparecer e incluso la densidad Uigur se va diluyendo para dar paso a minorías étnicas procedentes de países centroasiáticos que están ya a tiro de piedra; kirguises y tayicos. Constituye una obra de ingeniería impresionante: la construyeron conjuntamente China y Pakistán, y tardaron casi 20 años en abrirla al público. Las obras continúan, y muchos tramos son pistas de tierra.

Unas cuatro horas y media después de salir de Kashgar en coche, asoma Karakul, uno de los lagos más hermosos de Xinjiang, en cuya agua se reflejan con claridad los picos nevados de las cercanías, tres de los cuales superan los 7.000 metros de altitud. Con casi cinco kilómetros cuadrados de superficie, no tiene un tamaño apabullante, y con un poco de esfuerzo es posible darle la vuelta andando, siempre que uno se ande con un poco de cuidado. A 3.645 metros de altitud, la falta de oxígeno ya se siente. En la orilla del lago Karakul apenas hay un par de asentamientos kirguises y, en primavera y verano, la pradera se llena de yurtas. Entre los pocos residentes locales, las tensiones étnicas pueden tomar un giro inesperado; Aibek, un kirguís musulmán que regenta una modesta casa de huéspedes, reconoce abiertamente que prefiere los chinos Han a los Uigur: «la región está progresando mucho, pero los uigures nunca están contentos y sólo crean problemas». Además, tiene una fe de granito en el Partido Comunista y en el gobierno de Xi Jinping, si bien por razones más prosaicas que doctrinarias: «Nos ayudan con subvenciones mensuales, y si alguien tiene que renovar una casa, puede acudir a los responsables locales del Partido y estos le echan una mano».

 

Una yurta tradicional en Tashkorgan.

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Tras una hora y media más de carretera en la que se pasa por asentamientos de apenas diez casas en medio del páramo (¿qué harán ahí?), se llega a Tashkorgan, la última ciudad antes de la frontera con Pakistán. La sensación de fin del mundo es patente, a una distancia con Pekín que no es sólo física. Tashkorgan forma parte de un distrito autónomo de la minoría tayica, y su símbolo, el águila, está inmortalizado de dos maneras. Primero, con una estatua en la intersección de las dos calles principales; Segundo, con la pasarela de madera que el gobierno local construyó para recorrer las praderas que hay a las afueras, y que tiene forma de águila (aunque sólo se aprecie en fotografías aéreas).

En su día, Tashkorgan también fue una parada en la Ruta de la Seda, y también aquí hubo soldados que tuvieron que experimentar la soledad de los confines imperiales: un fuerte de piedra de 2.000 años de antigüedad es la principal atracción turística local. No son las ruinas mejor conservadas de China, pero sus atalayas (o lo que queda de ellas) ofrecen unas vistas espléndidas de las praderas, del águila de madera y de la cordillera del Pamir en el horizonte. Tashkorgan no ha podido sacudirse su esencia comercial, y por aquí pasan a diario decenas de camioneros y vendedores que van y vienen entre China y Pakistán. Muchos se congregan para cenar en el restaurante paquistaní Roof of the World, cuyo dueño se queja de las trabas que la aduana china le pone para importar productos paquistaníes: «Creo que tendré que acabar cerrando». Unos 500 metros al Norte, la carretera del Karakoram continúa hasta Pakistán. Los conductores que circulan por este rincón remoto de la provincia menos china de China se encuentran, cada pocos metros, con recordatorios del país en el que están y de a quién le deben este pavimento perfecto. Como en Urumqi o Kashgar, también aquí cuelgan de cada farola carteles que conmemoran el 60º aniversario y que exaltan la labor del Partido Comunista. Uno de ellos insta a todos a «mantener alta la bandera de la unidad nacional». Otro recuerda que «las políticas del Partido son la raíz de nuestra gran vida». 

Para que nadie se olvide.

Jesús Gámiz
Jesús Gámiz

Es periodista y nació en Sevilla, aunque hace años que sólo aparece por allí de visita. Últimamente anda por Asia. Su vocación frustrada es ser espía, como su padre, pero sospecha que no le dejarían entrar en ningún servicio de inteligencia. Le gusta demasiado contar historias.

 
 

Twitter: @jesusgamiz83