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LA CIUDAD DE LAS ESQUELAS

Nablús tres años después del bloqueo
Enrique Vaquerizo

La estación puede verse al final del atasco. Los taxis amarillos se aprietan contra el autobús, se acurrucan a ambos lados como pececillos asustados. El anciano mira por la ventanilla con extrañeza: «Hace diez años que no vengo por aquí, pero… ¡Cómo ha cambiado esto! No reconozco nada». No ha abierto la boca en todo el trayecto, pero la perplejidad le obliga ahora a dirigirse a todo el pasaje. Atravesamos el fondo de esa caldera que es Nablús cuando el sol centellea sobre las carrocerías metálicas aumentando la sensación de calor asfixiante. Las montañas están repletas de edificios color nácar. Depósitos de agua y antenas parabólicas se multiplican en las terrazas y bloques enteros de hormigón brotan de las laderas como hongos sucios. Nablús crece hacia arriba y crece con rapidez, no tiene el aspecto de una ciudad que ha estado años acorralada por un bloqueo. Bajamos en una estación de autobuses que huele a gasolina y a plástico requemado y observamos cómo el anciano se pierde con pasos vacilantes entre el tráfico y el sonido de los cláxones.

 

Nablús crece hacia arriba y con rapidez, bloques enteros de hormigón brotan de las laderas. 

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La mayoría de ciudades palestinas que visitamos tienen una estructura similar. Primero hay que recorrer avenidas interminables de neón que retumban al ritmo de música árabe y están perfumadas con el olor a cordero de los locales de comida rápida. El ajetreo desenfrenado ofrece una impresión de prosperidad aparente, que extraña al viajero que llega pensando en bloqueos, campos de refugiados y muros opresores. Esta cáscara hostil suele encerrar en cada ciudad la jugosa pulpa del casco viejo. Hebrón, Belén, Nablús… en todas retrocedemos un siglo de golpe al cruzar un par de calles. Las avenidas se convierten en callejuelas que encogen y se retuercen como meandros, los electrodomésticos y la ropa barata dejan paso a fruta y restos de verduras esparcidas por el suelo y los equipos de música se apagan de golpe para respetar la calma de los ancianos tocados con kufiya, que inmóviles como gárgolas fuman narguiles a la puerta de los cafés. En Nablús sucede algo parecido. La diferencia está en los muros de sus calles, plagados de obituarios desafiantes. Esos muros que han convertido la ciudad en un gigantesco memorial urbano.

 

El ajetreo desenfrenado de las calles ofrece una impresión extraña para el viajero, que llega pensando en muros opresores. 

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Las avenidas se convierten en callejuelas que encogen y se retuercen como meandros. 

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En la plaza Dowaar, también conocida como Plaza de los Mártires, hay poco espacio libre. Junto a grafitis nacionalistas de cierta pretensión estética se agolpan varias inscripciones en árabe, algunas acompañadas de fotografías. Nuestro guía Abu Hassam las traduce con tono aburrido, habrá hecho esto cientos de veces. «Esta inscripción habla de la familia Shuby, los soldados bombardearon la plaza en la Segunda Intifada y destruyeron esa casa, murieron los 14 miembros de esa familia, sólo sobrevivió la abuela por casualidad, la encontraron bajo los escombros y lograron rescatarla con mucho esfuerzo. Se suicidó un mes después».

 

Nablús es considerada desde hace años como el centro principal de la resistencia palestina. 

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Nablús es indiscutiblemente bonita. Muchas casas ya han sido rehabilitadas, relucen al sol los ladrillos claros y las sonrisas acogedoras de sus habitantes que se asoman a las puertas. Con más de 2.000 años de antigüedad e importantes vestigios romanos situados en los alrededores, la ciudad no ha podido despegarse de su imagen conflictiva, convertida en uno de esos lugares que, al repasarlos en los mapas, parecen encenderse al instante con luces rojas de alerta. Considerada desde hace años como el centro principal de la resistencia palestina, fue el escenario de los sucesos más cruentos de la Segunda Intifada (2000-2005). Tras este periodo, Israel cerró Nablús durante más de diez años. Varios checkpoints custodiaban sus accesos y sus habitantes necesitaban permisos especiales para abandonarla o recibir visitas. La ciudad, empobrecida y vigilada, paró casi por completo cualquier actividad económica y permaneció incrustada en el puzzle de Cisjordania como un tumor aislado. Ahora, a primera vista es como si la ciudad se hubiese descongestionado y empezase a respirar de nuevo, enriquecida por el flujo del comercio con otras ciudades palestinas y por el regreso de muchos emigrantes, la mayoría de Estados Unidos. Los mercados están llenos y las calles, a esta hora del día, limpias de soldados. Pese a todo, Abu Hassam me dice que se trata de una calma tensa. 

 

En la plaza Dowaar, junto a grafitis nacionalistas de cierta pretensión estética, se agolpan varias inscripciones en árabe. 

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«Esa otra pintada de ahí está dedicada a un panadero del barrio, que durante la Segunda Intifada ocultó a los guerrilleros dentro del horno de su panadería, hasta que un día lo descubrieron…»

Las banderas palestinas acompañan las fotografías de rostros infantiles y los textos en árabe. En algunas esquelas los niños ceden protagonismo a jóvenes en uniforme que empuñan fusiles de asalto y adoptan poses de raperos. Uno de ellos, de cara alargada y ojos fieros, se repite insistentemente por toda la ciudad. En algunos casos el cartel aparece pintarrajeado y en diversas posturas, convertido en icono pop, una especie de Warhol con metralleta.

Madji tiene una ONG aquí. Aparece agitado, sudoroso porque precisamente viene a toda prisa de la oficina, de atender una videoconferencia desde Alemania. Su ONG se dedica a realizar performances de música y teatro para los niños y jóvenes de la ciudad, reciben artistas voluntarios de todo el mundo. En algunos casos enseñan a las madres a realizar pequeñas funciones. «De noche, cuando el ejército israelí entra en la ciudad a hacer interrogatorios o detenciones, las madres los entretienen con algún juego de magia o les ponen narices de payaso… es bueno para los niños, los distrae». Madji se asoma peligrosamente a los sesenta a pesar de su jovialidad y unos ojos tan azules como infrecuentes aquí, que chispean burlones cuando explican la realidad de Nablús. Él fue uno de esos estudiantes que participó en la Primera Intifada a finales de los ochenta. Desde entonces está fichado por el ejército israelí. Lleva años solicitando permiso para visitar Jerusalén pero la respuesta siempre es la misma. La mayoría de jóvenes que ves en los memoriales pertenecen a la Segunda Intifada. «Aquello fue otra cosa, nosotros luchábamos con piedras, ellos tenían fusiles».

Recorremos una vez más de la Plaza de los Mártires y repasamos sus imágenes. El rostro huesudo de ese chico parece observarnos desde su fotografía, expectante como un lobo.

«Rasheed y su compañero fueron dos de los guerrilleros más conocidos de la ciudad, el ejército tardó cuatro años en cogerlos. Se ocultaban en un sótano de la casa de su madre bajo las piedras. El día en que descubrieron dónde se escondían, estuvieron toda la noche intentando detenerlos. Al final rociaron el sótano con un producto químico y los quemaron vivos».

 

Los muros de las calles de Nablús están plagados de obituarios. 

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Si hay algo de lo que los habitantes de Nablús están orgullosos es del knafe, un pastel hecho a base de crema, queso y frutos secos, tan dulce que anestesia cualquier paladar. Según Madji y Abú Hassam, en la pastelería Arafat pueden probarse los mejores. Una cola impaciente espera a que el nuevo pastel esté hecho. Por fin sale del horno humeante, redondo y grande como un neumático. Los vecinos lo finiquitan en diez minutos y se sientan a esperar con impaciencia su nueva dosis de azúcar. El dueño, Rami Jedan, nos explica que la pastelería se llama Arafat porque el propio Yasser acudía asiduamente a devorar sus porciones de knafe al pasar por la ciudad. «Él ha hecho más que nadie por este negocio» dice orgulloso Ramí. «A cambio tú has hecho más que nadie por los dentistas de la ciudad» se ríe uno de sus clientes.

Yasser Arafat continúa siendo el héroe de muchos palestinos. Su imagen inunda toda la ciudad, en carteles, estampas que se pegan en las puertas de las tiendas, grafitis en los muros o reproducciones exactas y vivientes de ancianos que se sientan en las puertas de los cafés. En ocasiones le acompaña al lado el perfil sonriente y bigotudo de Sadam Hussein. Gran parte de la población palestina lo recuerda con agradecimiento por su apoyo sin fisuras a lo largo del conflicto.

Muchos de los jóvenes clientes que ahora esperan su ración de knafe han pasado temporadas en Huwarra, la prisión de Nablús. Hassam me los presenta uno a uno, aunque a diferencia de otros lugares de Palestina, como Hebrón, los chicos no parecen especialmente interesados en política. Asienten en silencio, me dedican una mirada turbia y se refugian en las profundidades de su iPod.

No muy lejos de Huwarra, a la entrada de Nablús, se encuentra el campo de refugiados de Balata. Balata probablemente sea uno de los lugares con mayor densidad de población del mundo: 28.000 personas se hacinan en un kilómetro cuadrado. En el campo hay dos doctores que pasan consulta semanal. Cada consulta dura exactamente un minuto y medio, noventa segundos en los que el tiempo determina el diagnóstico y en los que, como nos dice Habiba, el doctor debe decidir rápido qué te sucede y cómo remediarlo, «tengas lo que tengas». 

 

Estos muros desafiantes han convertido la ciudad en un gigantesco memorial urbano.

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Habiba es la directora del Centro Cultural de Yafa, otra ONG que intenta mejorar la formación y la vida cultural de la juventud del campo. Además es una mujer de carácter y aparta a voces al enjambre de chiquillos curiosos que nos siguen a cada paso. En Balata todo es vertical, y al pasear por sus calles es como si hubieses entrado en una abigarrada selva de cemento. El cielo se convierte en un resquicio azul que ves a la salida de un túnel, arriba, muy arriba. La falta de espacio y el continuo aumento de la población han obligado a construir las nuevas viviendas unas sobre otras. La distancia entre las aceras no supera un metro, y uno puede apoyarse en ambos extremos de la calle con sólo abrir los brazos. Sus habitantes suelen caminar de lado, como las figuras egipcias de los papiros, y se pegan a las paredes cuando se encuentran algún vecino. Sale agua sucia de los canalones y el conjunto huele a pobreza. Habiba nos cuenta que cuando algún vecino decide renovar los muebles, la salida más fácil es abrir los muros entre las casas y volver a taparlos cuando el nuevo sofá esté dentro. El ejército israelí también ha descubierto las posibilidades de esta táctica: «En ocasiones atraviesan diez casas antes de llegar a la que han elegido para realizar la detención o el interrogatorio. Si el piso estaba lo suficientemente alto entraban desde el techo. Una vez estaba viendo la tele con mi familia y entró un comando entero con fusiles, me pidieron que me callara, destrozaron la otra punta del salón y siguieron adelante».

Balata es el epicentro condensado de la resistencia dentro de Nablús. Según el gobierno israelí, es también un vivero de terroristas de Hamás. Hace unos días se produjeron varias detenciones entre jóvenes de la ciudad sospechosos de pertenecer a esta organización.

No hay una sola familia en Balata que no tenga al menos un muerto o un encarcelado debido al conflicto. Habiba dice que los padres instruyen a los críos para que nunca digan que son del campo: «Soy de Haifa, Jaffa, Jerusalén… y vivo en Balata», suele ser la respuesta más repetida. Sus habitantes se resisten a pensar en el campo de refugiados como algo más que un hogar provisional, a pesar de que hay generaciones enteras que han nacido en sus claustrofóbicas estrecheces ¿Los habitantes de Balata han notado los beneficios de la apertura de Nablús?

«Seguimos ganando una miseria, aún menos que el resto de habitantes de la ciudad. Casi el 60% de la gente que vive aquí está en el paro, y el ejército sigue deteniendo a nuestros hijos. Yo al menos no he notado el cambio, y mucha gente no tiene recursos para salir de aquí, aunque ahora en teoría pueda».

Al salir de Balata buscamos con avidez el sol y un poco de aire, como si volviésemos de una inmersión a pulmón libre. Minutos después, hasta las laberínticas calles del centro nos parecen inmensos bulevares en comparación. Dedicamos el resto de la tarde a visitar los baños turcos y corremos a por otra ración de knafe. Ese maldito pastel es tan adictivo que le digo a Madji que no sé lo que vamos a hacer cuando volvamos a España. Los clientes comentan las detenciones de esta semana, algunos anticipan que no queda mucho para que explote la Tercera Intifada.

Mascamos nuestras raciones en silencio, mientras contemplamos un grupo de críos que juegan con sus monopatines bajo una nueva fila de obituarios que no había visto antes. En uno de ellos está la foto de un crío que debía tener la misma edad que ellos tienen ahora. Hassam sigue la dirección de mi mirada y traduce.

«Era sordomudo, un día jugaba con una pistola de juguete frente a un control de soldados. Ellos no distinguían qué llevaba y le dieron el alto, pero él no pudo escucharlos…»

Enrique Vaquerizo
Enrique Vaquerizo

Licenciado en Comunicación e Historia, es escritor y periodista freelance para diversos medios. Ha residido en varios países de África y América Latina y aún esta decidiéndose a cuál se marcharía a vivir cuando se haga mayor. Ha participado como coautor en el libro El Mundo de equipaje y prepara su primer libro de relatos de viaje en solitario.

 
 

Twitter: @e_vaquerizo