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LA CIUDAD DE LOS AULLIDOS

El hombre hiena
Vanessa Escuer
 

Día tras día, cuando apenas se distingue el fulgor de las primeras estrellas, la ciudad de Harar sucumbe ante siniestros aullidos. Se asemejan a la risa humana pero su resonancia hace imaginar una cavidad bucal mucho más amplia y con dientes más afilados. Suenan reverberantes, como si se propagaran en un lugar cerrado, sin escapatoria. La muralla que rodea la ciudad etíope añade cierta sensación de claustrofobia mientras el macabro alboroto de risotadas burlonas apresura a aquellos que huelen el peligro. Se agitan las respiraciones, se acelera el tiempo.

Los últimos en volver a casa lo hacen refugiando sus pasos bajo la luz de una linterna o subiendo a los rickshaws que circulan a toda velocidad y dando frenéticos toques de bocina. Los mercaderes recogen ansiosos aquello que no han vendido mientras el sombrío murmullo se escucha cada vez más cerca. Como por obra de hechicería, la ciudad se transforma en un lugar casi fantasma. Sin transeúntes, vacía, sin apenas rastro de humanidad.

Si uno se fija bien, a lo lejos, entre las sombras, puede divisar el pelaje áspero de manchas negras de unos cuerpos animales. Son bestias hambrientas y escurridizas y todo hace pensar que olfatean en busca de suculentas carnes. Quien pueda llegar a verles los ojos, tal vez no pueda contarlo. Sus movimientos, aunque lentos, son constantes y tan hábiles como para arrancar de cuajo y sin esfuerzo todo aquello que esté a un segundo de distancia.

El cielo se torna terciopelo azul petróleo y Harar, en la cima de la colina, parece quedar como suspendida en el aire, como carne rancia en el anzuelo, sometida al acecho de las fieras.

Ya están aquí, son las hienas.

 

Los mercados hierven de gente, mezclándose con los olores de las especias y el colorido escaparate de telas que los sastres cosen a pie de calle. 

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Los hararíes tienen una relación centenaria con estos depredadores. Su presencia data de hace cinco siglos, fechas en las que se estaba alzando en la ciudad el fuerte que la envuelve, de cuatro metros de altura y con cinco puertas a lo largo de más de tres kilómetros. Este muro encierra el casco histórico, llamado Jugol, y es venerado en la metrópoli. Tiempos atrás, esa gran pared medieval fue construida para refrenar a los invasores y diseñada como medida de protección contra las hienas, que merodeaban alrededor de los cementerios desenterrando los cuerpos para saciar su apetito. Pero su entrada a la ciudad suponía un peligro mucho más aterrador para los vivos, sobre todo para las personas enfermas que no disponían de un lugar donde cobijarse.

A pesar de los obstáculos cimentados para evitar el paso de las bestias, su perspicacia salvaje encontró vía libre para andar a sus anchas colándose a través de las zanjas de drenaje de las aguas residuales. Se abrían paso con sus dientes en busca de comida antes de regresar a la vida en los cerros a las afueras de la urbe.

Cada atardecer, todavía hoy, el desasosiego se apodera de la gente de esta región de Etiopía. Pero algo ha cambiado desde entonces. 

Una débil farola ilumina un rincón con una cuarentena de piedras amontonadas.  La luz alumbra de un modo casi teatral, acompañada de un silencio que se rompe por el sonido esquivo de unos pasos sigilosos. Las hienas hacen acto de aparición, musculosas, con su masa cargada sobre sus hombros, sus cuellos robustos y su mirada desafiante.

Las espera Yusuf Mome, más conocido como «El Hombre Hiena»; un señor flaco y viejo, de cara agria y de pocas palabras. Lanza un silbido estridente en el aire mientras sujeta una cesta de mimbre poblada de moscas que tantean los desechos de carne podrida que lleva dentro. Sentado como una esfinge, Yusuf recibe a las carroñeras, tranquilo y con una sorprendente sonrisa que destella en su piel negra y seca. Las hienas se van acercando, una a una, y él las identifica y las saluda por sus nombres, los que él mismo les ha adjudicado.

 

—Willy, Shibo, Chala, Kamalia, Chito, Dipe, Chela…

 

Como un brujo recitando su hechizo, sigue así, en cuclillas, hasta llegar a pronunciar los más de cincuenta apodos de las hienas a las que da de comer diariamente desde hace veintinueve años.

 
 

«Las hienas son como mis hijos», proclama Yusuf desde su huerto. Por la mañana, este  granjero de sesenta y ocho años se dedica al cultivo y a la ingesta de khat, una planta con un poderoso efecto narcótico. La mastica sin parar mientras clava la mirada en un punto abstracto, quedando en un estado de semicoma fruto de las alucinaciones que produce la hierba. Refunfuña, con las encías y los dientes teñidos de verde intenso, manifestando el estorbo de mi presencia. Tumbarse al sol y comer su ración de khat es uno de los momentos más importantes para él y no quiere que nadie se lo fastidie. Asegura que el khat le da fuerzas y defensas, que le protege como un talismán.

Yusuf vive en las afueras de Harar con su mujer y sus cinco hijos, en una modesta casa edificada por él mismo al lado del vertedero municipal. Es ahí donde tomó contacto con las hienas por primera vez y dónde las alimenta. Las descubrió hurgando entre los escombros e intentando atacar a su ganado e incluso a sus hijos. A partir de entonces, decidió ofrecerles carne para lograr una convivencia con ellas evitando que la gente las sacrificara y sin exponer a su familia al peligro de ser devorados por ellas.

«Mi familia decía que me comerían, pero no lo hicieron. Al principio estaba muy asustado, pero después de un año tomamos confianza y ya se subían a mi espalda dándome un masaje. Entonces me animé a darles de comer con la boca y también abrazándolas, sosteniendo la carne con un palo de madera en mis labios. Las tocaba, las acariciaba», recuerda Yusuf iluminando así su terco rostro. Cuando habla de ellas mira hacia el cielo, como invocando el amparo divino. Ama a las hienas, y así lo dice y repite, con orgullo: «Las amo».

Cada día, hacia las ocho de la tarde, su casa se convierte en el escenario cotidiano de esta peculiar interacción entre hombre y bestia. Yusuf se mimetiza con la noche y se encuentra con las hienas cara a cara. Willy se sube a sus hombros y pega un mordisco a una loncha de carne de camello a medio centímetro de su cuello. Luego Dipe, la hiena jefe, se acerca a por su porción mientras Yusuf la abraza de frente. El momento es único e íntimo, y hasta parece que haya un orden de tanda respetada por las hienas. Solamente en alguna ocasión, se amontonan ante la cesta gruñendo impacientes. Es ahí cuando Yusuf pone orden y reparte algún trozo lanzándolo a lo lejos para que tomen distancia.

 

 Las hienas hacen acto de aparición, musculosas, con su masa cargada sobre sus hombros, sus cuellos robustos y su mirada desafiante.

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Luego Dipe, la hiena jefe, se acerca a por su porción mientras Yusuf la abraza de frente.

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Aunque son muchas las personas que cambiaron su actitud y que ahora defienden a carnívoros, todavía impera el miedo a posibles ataques. Eso se traduce en agresiones hacia las hienas, que disgustan a Yusuf, que teme por el futuro de los mamíferos cuando él ya no esté. Su hijo Abbas empezó a acompañarle a alimentarlas hace unos años. Él será su sucesor. «Las hienas nos ayudarán y nosotros las ayudaremos a ellas», reza Yusuf consciente de la simbiosis que siente con ellas.

Harar es una ciudad marcada por leyendas y una magia de antaño. Es considerada la cuarta ciudad sagrada del Islam y cuenta con 102 santuarios y 82 mezquitas, tres de las cuales datan del siglo X. La ciudad fue fundada entre el siglo VII y el siglo XI, convirtiéndose en el foco de la cultura y religión islámica en el Cuerno de África. Formó parte del Sultanato de Adal, Estado somalí vasallo del Imperio de Etiopía, siendo declarada en 1520 la capital somalí bajo el control del califa Abu Bakr Ibn Muhammad, hasta la desintegración del territorio a finales del siglo XVI.  Actualmente es la capital de la región de Harari, etno-división política de Etiopía.

Sus empinadas callejuelas serpentean entre la piedra caliza y las paredes de toba, hoy en día pintadas con trazos geométricos en verde, blanco, rosa y azul.  Los cánticos de llamada a la oración de los imanes y el aroma a café impregnan sus caminos empedrados de una belleza color sepia. Los mercados hierven de gente, mezclándose con los olores de las especias y el colorido escaparate de telas que los sastres cosen a pie de calle. El sonido de cada pespunte se transforma en un repiqueteo rítmico de las vetustas máquinas de coser, que chirrían en onomatopéyicos “gir-gir” que dan nombre a la vía: Makina GirGir. Mientras, cruje la leña que carga una hilera de burros dirigidos por una joven campesina de finos rasgos, observada a su vez por un anciano que lee versículos del Corán frente a una escuela.

 

 Este muro encierra el casco histórico, llamado Jugol, y es venerado en la metrópoli. 

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No es de extrañar que personajes históricos como el explorador británico Richard Francis Burton o el poeta maldito Arthur Rimbaud quedaran subyugados al embrujo de esta ciudad prohibida, hasta que ésta les hizo suyos. Fue en el año 1854 cuando Burton rompía los tabúes y se convertía en el primer blanco pisando el suelo polvoriento de Harar. Unos treinta europeos habían sido expulsados o asesinados unos años antes a la llegada del intrépido descubridor. Sus gobernantes habían vetado la entrada de cristianos y existía la profecía que al adentrarse algún aventurero extranjero a Harar, la ciudad caería en decadencia.

Nada de eso ocurrió, pero Harar tiene alma de desgaste. Tal vez eso atrajo al extenuado escritor francés Rimbaud, que se detuvo a vivir unos años en la ciudad durante su travesía por la antigua Abisinia. Con el desespero de albergar fortuna, el enfant prodige de la poesía se convirtió en traficante de armas y de esclavos, actividad económica central del lugar en esos tiempos. Paseando por Harar, no hace falta mucha imaginación para trasladar a la mente imágenes de lo que fue ese recóndito paraje por aquel entonces. Y por si fuera poco, hasta existe el rumor de que uno puede encontrarse, en una esquina perdida del casco viejo, con el fantasma de Corto Maltés, pirata romántico y quijotesco que también visitó la ciudad dibujado por el historietista Hugo Pratt. 

Harar es como un vino gran reserva milenario, con un sabor lleno de historia que embriaga el paladar. Escondida en sus laberínticas calles está la casa de Rimbaud, que funciona hoy como museo. Es un edificio imponente, de madera, y con unos ventanales adornados con hermosos vidrios de colores. Es por eso que muchos hararíes la denominan la casa Rainbow (arcoíris en inglés), confundiendo irónicamente la pronunciación del nombre del literato.

Cerca del museo, un estrecho callejón empinado conduce hacia el mercado de carne. Un muchacho se dedica a ocultar en su puño pequeños cuadrados tiernos de camello cortado. Se sitúa en medio de la plaza y cuando extiende la mano, los halcones que reposaban en lo alto de las paredes empiezan a volar y a robar los pedazos de la palma de su mano. Los carniceros del mercado siempre guardan una bolsa con desechos para entregársela a Yusuf. Saben que él actúa como una especie de guardián de las hienas, llenándoles la panza y asegurando que su entrada a la ciudad no supondrá una carnicería para los humanos. A ese alivio se le suma la creencia de que las hienas pueden verlo todo, incluyendo a los espíritus malignos, a los que los hararíes llaman djins. Según la leyenda, las hienas pueden engullirlos y hacer desaparecer sus maldiciones y sus conjuros. 

 

Ya están aquí, son las hienas.

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Nadie quiere acercarse a las hienas, pero ya no les asusta tanto su presencia. A su paso, las alimañas devoran los residuos animales apilados alrededor de los zocos y esparcen buena suerte a sus convivientes.

Existe también la fantasía popular que cuenta que los herreros, cuyo oficio es hereditario, son en realidad magos con la capacidad de convertirse en hienas por la noche y recuperar la forma humana al amanecer. La mitología local los conoce como boudas y les tratan con desconfianza. En el pasado, acusaban a este gremio, considerado de baja casta, de ser monstruos caníbales. La profesión era tradicionalmente extendida entre la comunidad judía etíope, por lo que se desencadenó un conflicto entre religiones. Atrás quedaron las fabulescas conjeturas y el Harar de hoy, teñido por su atmósfera legendaria y de antigua gloria entremezclada con el ir y venir de tropas conquistadoras, se erige como una ciudad diversa y multiétnica. La etnia predominante es la Harari, que se refieren a sí mismos como Gey’Usu (Pueblo de la Ciudad), pero en la actualidad son considerados como grupo social y cultural, en lugar de grupo étnico distinto, ya que la mayoría de las familias se han mezclado con otros clanes residentes como los Oromo, los Somalíes, los Amhara, los Gurage o los Tigray.

La ciudad abre sus puertas a todo visitante, sea de dónde sea, venga de donde venga. Y así, entre espectros, mitos, fieras y genios, la vida avanza en Harar. 

Vanessa Escuer
Vanessa Escuer

Periodista de profesión y vocación. Durante los últimos nueve años se ha dedicado a viajar y fotografiar realidades olvidadas. Ha sido testigo de la posguerra en los Balcanes, el conflicto palestino-israelí, la vigilia y post-independencia de Kosovo y de las graves carencias sanitarias del inhóspito desierto de Afar en Etiopía. Durante un año conoció de primera mano la realidad de los slums en India y convivió con la comunidad Dalit. Sus trabajos más recientes se centran en la cobertura de historias de actualidad política y social en varios países de África después de un año cruzando el continente de norte a sur, y de América del Sur tras otro año viviendo en Argentina.