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LA CONTINUIDAD DE LOS PATIOS

Buenos Aires y su muro de infinito
Rocío Areal
 

Hasta que un buen día, el horizonte tuvo su final. Era vasta Buenos Aires, allá por el 1600, cuando su corazón latía en la Plaza Mayor, sitio fundacional desde el que irradiaban las primitivas calles urbanas, en dirección a los tres rumbos posibles: norte, oeste y sur, bajo la atenta custodia del Río de la Plata, propiciada desde el este. ¿Hacia dónde se dirigían aquellas vías? El infinito parecía ser su destino, allí donde la concepción de urbe se desdibujaba en las nociones de arrabal. Sí, el arrabal, ese lugar impreciso, carente de fronteras visibles, apenas dueño de un rostro difuso, definido por arroyos, zanjones y barrancas. Todo cuanto daba a Buenos Aires un aspecto de aldea abierta, sin murallas, perdido su final en la engañosa línea divisoria entre cielo y tierra. Pampa y más, verdes llanos cuya infinidad halló resistencia en la finitud de muros de barro y paredes de adobe; en la finitud y continuidad de los patios. Huecos intramuros, concebidos bajo una idea de «ciudad interior», que habrían de sucederse con el propio crecimiento urbano. Conventos y claustros, bajo la batuta de jesuitas, dominicos, franciscanos y mercedarios (congregaciones cuyos solares constituyeron las matrices de los barrios), convirtieron entonces a aquella incipiente aldea en una ciudad-patio. Y sería historia repetida para las venideras construcciones civiles.

 

Aquella esencia a la que el paso del tiempo parece no amedrentar: una ajedrezada trama de baldosas.

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De esta manera, los patios resultaron ser un elemento irrefutable de la arquitectura primera de Buenos Aires; aunque esbozando una particularidad que no compartió con ningún otro: se trató de un espacio no construido, pero pensado. Lejos de toda condición residual, los patios fueron el epicentro de las construcciones coloniales, ese espacio real en torno al que se organizaban cuartos y salones; y en cuyo seno se desarrollaba la vida misma. Vaya si han visto correr historia sobre sus baldosas… Escenario de la realidad social de turno, hasta han sido —tal vez, sin que su en designio así estuviera escrito— caldo de cultivo para la construcción de la identidad porteña. ¿Será ese enraizado gen aquello que los dote de una inoxidable añoranza? En pleno siglo XXI, y deglutidos por una urbe que ha crecido —y aún crece— inmensa en su periferia, los ejemplares sobrevivientes parecen ser menester de curiosos y nostálgicos. Del humo, las bocinas y el constante trajín de una frenética Buenos Aires aún parece resguardarlos la estrechez de los zaguanes que, salpicados en alguna que otra callejuela porteña, ofician de antesala. Adentrarse en ellos es descubrir su intimidad, aquella esencia a la que el paso del tiempo parece no amedrentar: una ajedrezada trama de baldosas, un aljibe cuya resistencia lo convierte en mojón de tiempos pretéritos, un colección de macetas que evocan el aroma de antiguos parrales, cedrones o glicinas, y un anacronismo que reduce toda realidad a aquel cuadrangular reducto, por cierto, capaz de abrirse paso entre el conglomerado urbano cual ojo abierto del cielo.

Perdida toda brújula temporal, nada sabe mejor que recurrir a las primitivas concepciones de las que gozaran los patios para comprender su trazado en el tejido urbano. En la Buenos Aires virreinal del siglo XVIII, las casonas de dos o tres patios constituyeron un modelo de vivienda. Un patio, más otro patio, y otro más. Sucesión en la que el tamaño iba disminuyendo en sintonía con el escalafón social de quienes por ellos deambulasen: una vez atravesado el zaguán (con sala de escritorio a un lado y sala de recibo al otro; cuando no locales de alquiler), el primer patio se abría en toda su magnitud, con las habitaciones de los residentes, una enfilada tras otra, dispuestas a su alrededor. Un estrecho pasillo conducía entonces a un segundo patio, separado del primero por el salón comedor y cercado en su perímetro por los cuartos de uso doméstico (entre ellos, la cocina). Al final, mediante un nuevo pasillo, se arribaba al patio trasero y último, donde tomaban lugar los fondos de la casa y una pequeña huerta.

 

Las casonas de dos o tres patios constituyeron un modelo de vivienda.

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Al final, mediante un nuevo pasillo, se arribaba al patio trasero. 

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Con el patio como elemento espacial predominante, esta tipología de casas originaria de las zonas mediterráneas habría de encontrar, sin embargo, sus locales variantes. Empezando por meros aspectos decorativos, como ser sus despojados y blanquecinos muros (nada de brillantes y coloridos azulejos, tan propios de las antiguas casas sevillanas) y continuando por el porvenir que las mismas habrían de tener. En este sentido, la citada vivienda modelo experimentó una versión reducida, apenas constituida por una sala al frente, zaguán, y un único patio en cuyo redor se disponían todos los ambientes. Sólo que también habría de gestarse una versión especulativa, presta al lucro de sus propietarios: las llamadas viviendas Insula. Mínimos cuartos de alquiler y patios reducidos, unidos ellos en filas, dignos antecesores de los, para entonces, futuros conventillos. Porque la ciudad-patio no habría de esfumarse tan sencillamente; sino que su metamorfoseada supervivencia sería asunto de los siglos venideros.

El proyecto de «Buenos Aires parisina» que se gestara en el epílogo del siglo XIX echó sus cartas sobre una mesa de tres patas: traza urbana («chau» cuadrícula, «hola» diagonales y grandes avenidas), inmigración europea y arquitectura de Beaux-Arts, con importación de afamados arquitectos incluida. Nada tenían que hacer ya las rejas de hierro forjado y las tejas musleras; pues bienvenidas eran la balaustrada y la mansarda. Acabar con toda cuanta huella colonial se erigiera aún en Buenos Aires era la misión. Monumentales obras dignas del mejor academicismo francés comenzaron a proliferar no sólo en el corazón de la ciudad; sino en su auspicioso y aristócrata norte. Mientras tanto, en el marginado sur, los sobrevivientes patios permanecían en pie cual botón de viejos tiempos de gloria, aquellos en que el puerto atraía grandes comerciantes, propiciando así el crecimiento urbano en tales latitudes. Sin embargo, de su original condición colonial, los patios apenas mantendrían la filiación: reformulados al servicio de las necesidades habitacionales imperantes (¿dónde alojar, acaso, a la incesante oleada inmigrante?), no tardaron en protagonizar los planos de dos nuevos tipos de vivienda: la «casa-chorizo» y los «conventillos».

Las «casas-chorizo» encontraron su origen en la «partición» de las viviendas de tres patios. No así en la división real de las casonas ya existentes; sino en el concepto de simetría bajo la que las nuevas viviendas fueron concebidas. Seis en total: tres a un lado, tres al otro. ¿Y los patios? Tan fuerte supo ser su arraigo a la concepción de vivienda que las «casas-chorizo» se multiplicaron con una idea en su disposición: la de poseer medio patio por unidad, en tanto el otro medio pertenecía entonces a la unidad lindera. Sin embargo, el patio como espacio íntegro también hallaría su nuevo destino. Llegaba el turno de los «conventillos»: viviendas múltiples, de reducidas dimensiones, nacidas de las entrañas de las viviendas Insula, destinadas a la masa migratoria que colmaba la ciudad. Un cuarto por una o más familias, sin distinción de origen, idioma o religión. Crisol que no halló mejor espacio de convivencia y desencuentro que el ambiente que aquí nos convoca: el patio. Una vez más, fuese de un conventillo construido con tales fines, o una casona colonial devenida en tal, el patio copó el protagonismo de los conventillos sacando lustre de su condición de antaño: lo dicho, la de ser un espacio real, vinculante, afecto a la convivencia de costumbres, idiomas, dialectos, y al nacimiento amalgamado de otros tantos. Extranjeros, criollos y provincianos —atraídos éstos por las posibilidades que ofrecía la gran ciudad—; hombres, mujeres, jóvenes y niños, protagonistas ellos de juegos, amoríos, quehaceres domésticos, rencillas, payadas, duelos a punta de cuchillo…desencantos, nostalgias e ilusiones; todo cuanto supo caber en más de una letra de tango, ese género cuyo surgimiento también halla su cuota entre los muros de un patio, en el universo inmigrante del conventillo.

 

El patio como espacio íntegro también hallaría su nuevo destino.

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He aquí la gesta de la Buenos Aires de hoy, la de los porteños que en algún punto de su árbol genealógico y, por tanto, de su identidad misma, dan con un recién llegado de altamar, un «conventillo», un patio… Un patio, sí, ese que de tanta historia a cuestas parece asunto exclusivo del ayer, aún en el presente. Epicentros de anticuarios, ateliers, tiendas de discos, libros y demás menesteres artísticos, los patios no se dan por vencidos ni aún vencidos por los últimos gritos de la arquitectura que la cosmopolita Buenos Aires ha ido plasmando en sus edificaciones. ¿Cuál es la verdadera cara de la gran ciudad capital de la República Argentina? ¿Es acaso aquella que aún la congracia con el mote de «París de Sudamérica»? ¿O será la de las infinitas torres espejadas, tantas veces recortadas en su altura por la brumosa neblina de los amaneceres rioplatenses? ¿Tal vez la del sur bohemio y nostálgico? Buenos Aires semeja ser muchas ciudades en una ciudad, como suelen decir nativos y visitantes. Y su eclecticismo arquitectónico mucho ha tenido que ver con ello: construcciones de los más variados estilos y funcionalidades se abren al ojo humano cual inacabable muestreo de los procesos históricos y tendencias que condujeron las riendas de la impronta urbana. Buenos Aires se expande, una vez más, como si cuatro siglos no hubieran acontecido desde el comienzo del relato, infinita. Y a la infinidad vertiginosa de sus criaturas edilicias se impone, entonces, la misma finitud: la de los simples muros, la de los patios. Aquellos que, como toda esencia, descansan puertas adentro. De encantamientos a superflua vista, bien saben ya las fachadas.

Rocío Areal
Rocío Areal

Periodista y guía de turismo argentina. En su ir y venir por diversas geografías no ha encontrado mejor voz para pequeñas y grandes historias que aquella que inmortaliza la pluma. Cofundadora del Observatorio Hispanoamericano de Medios Especializados en Turismo OHMETur.