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LA CURACIÓN SE HALLA

en Oriente
Jordi Canals

¿Cómo se gesta una narración? ¿Cuál es la textura que la arcilla originaria debe presentar al tacto? ¿Con qué arte cabrá moldearla en el torno para que la forma surja con naturalidad? ¿De qué manera ornarla? ¿Con qué motivos más o menos afiligranados hacerlo para que el lector se adentre fácilmente en la trama, empatice con sus actores y termine emocionalmente enredado en ella? ¿Cómo lograr que un lector, que recorre las primeras líneas con desapasionamiento, termine en cambio haciendo suyas aquellas mismas emociones que mueven con verosimilitud a los personajes de la tragedia que tendrá lugar en las distantes Sarajevo, Viena, Budapest, Trieste, Tesalia o Estambul? ¿Y qué guindas añadir a la descripción para que, pese a la extrañeza frente a aquellos heterogéneos espacios narrativos, nada pueda evitar que caiga el «ocioso lector» (por etiquetarlo así, al modo cervantino) en el lazo ilusorio que se le ha tendido, advirtiendo éste demasiado tarde que la trama que liga y enfrenta entre sí a los distintos personajes de la narración representan, a modo de espejo, su conflicto más íntimo y recóndito, el que temería comunicar a nadie y que se esfuerza por mantener en secreto a todo trance?

Dar respuesta cumplida a esta sucesión de interrogantes supondría poner al descubierto el andamiaje formal y de contenido que sustenta la balada El membrillo de Estambul de Paolo Rumiz (Ed. Sexto Piso). Una balada compuesta en endecasílabos que parte de un «algo» indefinido e inexorable que se produjo en un tiempo más o menos lejano. Una especie de epifanía a la que tal vez el autor triestino no prestó en su momento la debida atención, pero que con el tiempo terminó germinando y desencadenando en su interior un efecto devastador de predicción imposible. Fueron unas pocas palabras de compleja articulación, pertenecientes por añadidura a un idioma desconocido y que se le metieron muy adentro por efecto de una melodía balcánica que tiraba de ellas. Una canción en la que unas criaturas esquemáticas cobraron vida y que, con la complicidad de la acción lenta del tiempo y de los pies métricos, crecieron y maduraron hasta encarnar los grandes conflictos binarios de nuestra época. Guerra y paz, identidad y desarraigo, raza y mestizaje.

La circunstancia de que Paolo Rumiz sea de Trieste, originario por tanto de un puerto en el que han amarrado las naves de todos los pueblos del Mediterráneo y que es refugio de las letras existenciales contemporáneas, no puede ser nada casual a la hora de haber gestado esta obra. Como tampoco puede ser casual que Rumiz haya hecho de la geografía balcánica una de sus patrias electivas. Ni que, siendo uno de los reporteros italianos más seguidos, haya dado —para sus lectores de Il Piccolo y La Repubblica— periódico testimonio directo de cuantas atrocidades se cometieron y cometimos al desmoronarse la República Federativa de Yugoslavia. Para quienes, de un modo u otro, terminaron en la década de los noventa implicados en aquellos acontecimientos, hay un foso fronterizo existencial que separa un antes y un después. El tiempo de la utopía y el tiempo de la supervivencia. Nadie que haya pasado sin cinismo por aquella experiencia logró salir de ella indemne. Y el relato de Rumiz es, en este sentido, una crónica ejemplar del desasosiego que embargó a una generación que asistió a la caída del muro y, casi en imperfecta sincronía, a la fragmentación explosiva de los Balcanes.

Desde entonces no hemos logrado leer con la debida inocencia un poema escrito en cualquiera de las lenguas eslavas del sur que se hablan aún a orillas del Sava, del Danubio, del Drina o del Miljacka. Ni siquiera escuchar con sereno distacco (como diría un italiano flemático que, mediante severa disciplina adquirida, llegara a complacerse en la aséptica observación del caos) una canción que intuimos compuesta en algún rincón recóndito de las asperezas balcánicas. Como si hubiéramos terminado haciendo nuestras las angustias borgianas («Un símbolo, una rosa, te desgarra / y te puede matar una guitarra») y que son las mismas del James Joyce de Los muertos. Como si la flor de la melancolía y de la desesperanza hubiera echado raíces libremente, siendo ahora demasiado profundas para poder confiar en una extirpación terapéutica sin dolor. 

De no haberse interpuesto la melodía fatal de Žute dunje [Membrillos amarillos] en el camino de Paolo Rumiz, careceríamos (me temo) de esta balada de ambientación bosníaca. Así de tajantes. Žute dunje es una popular sevdalinka (o fado balcánico) que arranca de lejos y con la que a lo largo de los siglos ha viajado irrefrenable la historia infausta de dos amantes. Una historia trágica, como casi todas las que tienen a los Balcanes por espacio narrativo. Son apenas cuatro sencillas estrofas de versos octosílabos en las que se condensa la agonía de la bella Fatma que, hasta su último minuto de vida, esperará en vano la llegada del amante que tres años antes (como tres fueron los años de asedio bélico de la ciudad de Sarajevo) había partido para Estambul para allí hacerse con el membrillo milagroso con el que ella sin duda lograría sanar. Pero el amante llega demasiado tarde. Apenas a tiempo para ver el cortejo fúnebre que se dirige al cementerio para el sepelio. Y su único consuelo será el de que los sepultureros atiendan su ruego (es decir, su canción) para que descubran el rostro de Fatma y él pueda besarla por última vez. Sobre los hilos de esta sencilla trama Rumiz ha tejido una narración poderosa en la que pasado y presente, leyenda y realidad se entrelazan.

Crea, para ello, a Maximilian Altenberg, el idealista ingeniero vienés que aterriza en Sarajevo buscando dar sentido a una existencia en gran parte sin sentido. Crea a la bella Maša Dizdarević, quien guiará a Maximilian por una ciudad de fantasmas supervivientes y en la que ella mantiene testarudamente viva la llama de Vuk Stojadinović, el hombre al que amó y al que vio morir durante el asedio de la capital de Bosnia. Crea asimismo a Duško Todorović, el tercer hombre en la vida de Maša, su esposo legítimo, y que cuando la guerra haya engullido a Croacia y Kosovo, y Bosnia se prepare en consecuencia para el inminente holocausto, cumplirá con el cometido de poner a salvo en Rusia a las hijas nacidas de aquel matrimonio y en las que la fascinante Maša pueda perpetuarse. De alguna manera el largo subtítulo de este texto —Balada para tres hombres y una mujer— resalta ya desde los primeros versos este cuadrilátero poliamoroso que tiene por trasfondo el reino de la muerte. Eros y Thánatos, Orfeo y Eurídice, Dante y Beatriz.

¿Sólo una bella y trágica historia de amor bien relatada, contando para ello con la complicidad de la musicalidad envolvente e hipnótica del endecasílabo? Bastarían, de hecho, estos ingredientes para una narración con personalidad propia, pero la balada de Rumiz va mucho más allá. Donde cualquier otro escritor hubiera puesto un punto final a la narración, el escritor triestino interpone una cesura y cierra tan sólo una primera parte. Y es en su segunda mitad, allí donde arranca el lento viaje a pie de Maximilian Altenberg desde Viena hasta llegar a una tumba en el cementerio de la colina de Bistrik, donde (a nuestro parecer) el texto cobra mayor altura y alcanza asimismo una profundidad mayor. La catarsis del protagonista no puede desligarse de ese avance gradual por las estepas de la Panonia y por el curso oriental del Danubio, a medida que en el ánimo de Max se produce la reelaboración del dolor y va tomando cuerpo la balada, contaminándose con cuanto ve a su paso por las ciudades balcánicas que, en aquel triste otoño de 2004, muestran todavía las heridas de un conflicto que nuestra generación nunca conseguirá olvidar.

La balada concluye en Estambul, donde todo de alguna manera dio inicio. Fue allí donde el amante anónimo de Žute dunje encontró el remedio con el que Fatma hubiera podido sanar. Nada casualmente, pues es en el Oriente mestizo que inicia en la orilla opuesta del Bósforo, y por el que transitan en nuestros días los prófugos de todas las guerras de Asia que acuden a Occidente en busca de una esperanza que les estamos egoísticamente negando, donde tal vez se halle la curación de Occidente. Algo que cree firmemente Paolo Rumiz, enamorado de Asia hasta la médula. Sólo nos queda la esperanza de confiar en que el remedio no llegue esta vez demasiado tarde.

Consignamos un último dato útil. Las tres ediciones que Feltrinelli editó respectivamente en 2010, 2012 y 2015 no son idénticas. El autor de esta balada (que en el curso del año 2013 sirvió, por cierto, de base para un espectáculo musical que recorrió las ciudades de Italia) ha mostrado con este texto un perfeccionismo que raya en lo obsesivo. Sigue de hecho mostrándolo, pues Paolo Rumiz ha confiado a la traductora Álida Ares las últimas variantes redaccionales todavía inéditas en italiano. De algún modo ha cabido, pues, a los lectores españoles la fortuna de ser los destinatarios de la versión definitiva de una obra que, con gran acierto, Ed. Sexto Piso pone ahora a su alcance en exquisita edición bilingüe.

 

Imagen de Cabecera, CC Rebeca Siegel

Jordi Canals
Jordi Canals

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona. Es profesor titular del Departamento de Filosofía y Letras de la Universidad de Trento y, con anterioridad, ha impartido actividad docente en las Universidades de Liubliana (Eslovenia), Trieste y Chieti. Sus investigaciones más recientes se centran en la literatura de viajes y en la presencia de periodistas españoles en los frentes alpinos de la Gran Guerra. Ha colaborado,con regularidad, en las páginas de algunas prestigiosas revistas de viajes de nuestro país (Altaïr Magazine y Viajes de National Geographic, entre las más destacadas) y en publicaciones de divulgación cultural y literaria (LeerQuimeraHistoria y VidaClarín)