Iniciar sesión
A
  • Altaïr Magazine en Facebook
  • Altaïr Magazine en Twitter
  • Altaïr Magazine en Instagram
Iniciar sesión
¿Aún no estás registrado?

LA GLOBALIZACIÓN DEL DOCUMENTAL

El mundo explicado por la no ficción
Fran García

CON LA COLABORACIÓN DE

 
 
 
 

Los documentales son una herramienta formidable para intentar comprender el complejo mundo que nos rodea: ofrecen respuestas y alimentan incógnitas que nos permiten reflexiones necesarias; son testimonios que reflejan realidades —quizá la característica fundamental de casi todos ellos—. Esas realidades, bien enfocadas, suponen, para la mayoría de los espectadores, excepcionales casos de liberación sentimental, un sello que cada día es más difícil percibir en las películas de ficción. Por decirlo de otra forma, la veracidad de los documentales conecta mejor tanto con el cerebro como con el corazón.

Este hecho, significativo y a la vez subjetivo, imprime a la «no ficción» un sugerente punto de vista que se aproxima a lo que podemos denominar como «producto cultural único». Los últimos documentales que he podido disfrutar, títulos como La sal de la tierra, Camino a la escuela, Everyday Rebellion, Minerita o En tierra extraña, por citar unos cuantos, me han llenado mucho más que los productos habituales de las salas de cine. He sentido muchas cosas en mis propias carnes y en las caras de las personas que acompañaban el pase de estos y otros títulos. Searching for Sugar Man (Malik Bendjelloul, 2012) o The Act of Killing (Joshua Oppenheimer, Christine Cynn, 2012) me han permitido comprobar esa emoción colectiva, tanto derivada de un hecho cultural inaudito (en Searching) como del terror envuelto en lo inverosímil (The Act).

No quiero convertir estas líneas en un panegírico del documental, pero considero esencial que estos productos audiovisuales singulares sean disfrutados en salas acondicionadas para los distintos colectivos sociales que aprecien sus virtudes. El onanismo cultural, cada vez más presente en la manera de entender conceptos individuales (tabletas, portátiles, móviles, televisores equipados con mil virguerías), es una opción mayoritaria (series, películas, música, documentales) y sólo refleja la época en que vivimos. Pero esta opción desprecia el factor humano, la presencia de otros congéneres en la oscuridad de las salas. No obstante, la defensa de la cultura audiovisual en recintos colectivos no depende de los espectadores; somos un factor importante al que el distribuidor comercial parece no encontrar sitio.

Consciente de las enormes dificultades que ya pasan medios más clásicos —inconvenientes acentuados en un país como España donde el 85% de la cultura es pirateada— los documentales sufren estos problemas en mayor grado, asomándose a la invisibilidad y el ostracismo. La ausencia de documentales en la cartelera habitual de nuestros cines supone un déficit difícilmente explicable. Más si cabe porque suelen devolver con creces el pago de una entrada y generan un mayor deseo de continuar disfrutando de ellos. Se necesitan ideas —cines temáticos de documentales, por ejemplo— que solucionen el desequilibrio entre la oferta de trabajos de calidad y la cada vez más creciente demanda de estos productos.

Este déficit es paliado, por suerte, por una red de festivales del género que se celebran en toda nuestra geografía. La inclusión de la palabra «red» pretende subrayar no una comunión asociativa de todos ellos, sino más bien la posibilidad de pescar en los mismos diferentes opciones argumentales. La especialización es una buena fórmula para algunos: In-Edit con la música, San Sebastián con los derechos humanos, el Festival Europeo de Sevilla... Otros funcionan sin temática, como DocumentaMadrid, Extrema'doc de Cáceres, DocsBarcelona o .DOC en Sagunto. A través del concurso —habitual en los certámenes de «no ficción»— o como mera muestra que exhibe los más destacados de la temporada, los festivales son la última trinchera del documental entendido como un hecho cultural socializador. 

El premiado documental de Pascal Plisson —César 2014— es la prueba viviente de la conexión argumental entre la premisa básica del realizador francés (la educación como principal motor de cambio) y el público familiar al que va dirigida. Es tal la complicidad existente entre ambos sujetos, que se produce un encantamiento exultante en los visionados colectivos.

 
 

La historia de cuatro niños —Jackson, Carlitos, Zahira y Samuel— de cuatro regiones distintas del planeta —la sabana keniata, la Pampa argentina, el alto Atlas marroquí y el Golfo de Bengala— para llegar físicamente a la escuela, recorriendo a pie o caballo largas distancias que les ocupan un tiempo importante, encontrando serias dificultades a cada uno de sus pasos, se transforma en un glorioso cántico a la universalidad de la educación. Sería el documental perfecto para cualquier ministerio de educación socialdemócrata, si estos países aún existieran.

La esperanza en el futuro que proporciona la educación se encuentra de igual forma en Rafea y el Sol (2012). Dirigido por Jehane Naujaim y Mona Eldaief, esta historia nos traslada al desierto de Jordania, donde Rafea, una mujer beduina con cuatro hijas, debe sortear la hostilidad de un ámbito tan inhóspito. Su vida cambia cuando es seleccionada para participar en el programa educativo Barefoot College que durante seis meses se celebra en la India. El viaje y el proyecto de Rafea —instalación y mantenimiento de paneles solares— choca con la mentalidad beduina, tradicionalmente machista. El futuro y el pasado libran un duro combate ante nuestros ojos.

Camino a la escuela y Rafea y el Sol son una oda a la educación —y, por tanto, a la esperanza— desde un punto de vista planetario, Everyday Rebellion cumple una función parecida, pero enfocada hacia un mapeo global de las reivindicaciones y luchas contra las injusticias del vertedero capitalista y el fundamentalismo religioso.

Los hermanos Riahi (Arash y Armand), exiliados iraníes en Austria, han encontrado en el terreno documental su lugar en el mundo, su manera de posicionarse respecto a los males que nos acechan. Ambos trazan un deslumbrante artefacto ideológico alrededor del legítimo derecho a protestar. Contra un dictador. Contra unas leyes. Contra el canibalismo financiero. Contra los que joden a millones de personas en el mundo.

Era evidente que tenían que acentuar su propio pasado-presente reflejando las miserias político-religiosas de su Irán natal, pero aprovechan para situarnos en otros frentes luchadores de nuestro planeta, como el 15-M español, el movimiento Occupy norteamericano, los activistas sirios, el movimiento FEMEN de Ucrania —que ocupa otro lugar predominante en el metraje con Inna Shevshenko— o las protestas en Egipto, Serbia y Reino Unido.

Otro de los interesantes puntos de vista lanzados como mensaje, es que la protesta pacífica es mucho más útil que la violenta. Tiende a conseguir, no solo mejores resultados, sino resultados, al fin y al cabo. Porque de eso se trata, de intentar cambiar las cosas.

 

Integrantes del grupo FEMEN en un fotograma de Everyday Rebellion

+
 

Se puede ahondar en algunas de las situaciones englobadas en el trabajo de los Riahi con otros documentales más focalizados. Es el caso de The Uprising (2013), la película rodada por Peter Snowdon sobre la Primavera árabe. Lo acontecido a partir de 2011 en Egipto, Siria, Libia, Baréin, Yemen y Túnez es recopilado por Snowdon a partir de grabaciones caseras de los propios activistas; supone una oportunidad única de entender lo ocurrido desde dentro de cada uno de los conflictos. La distancia temporal entre las fechas de todas estas insurrecciones populares y la actualidad más reciente nos sirve como baremo de las causas que han prosperado, las que se han enquistado o las que han fenecido en el intento.

Dentro del grupo de documentales cuyo concepto planea como un avión por los cuatro puntos cardinales del planeta debemos destacar La sal de la tierra, el extraordinario viaje que el realizador alemán Wim Wenders emprende sobre el trabajo y la figura del brasileño Sebastiao Salgado. Apuntala a este dúo de creadores infinitos Juliano Ribeiro, hijo de Sebastiao, y cuyo papel es el de orientar el conjunto del documental.

Hablar de Salgado es hablar de fotografía. Son una misma cosa. Se han fundido en un todo. La sal de la tierra ofrece la metodología del maestro brasileño, sus elecciones —convertidas en grandes reportajes fotográficos por los cinco continentes—, su mirada obligada hacia la humanidad.

La sal de la tierra es un elogio al planeta azul, planteado como un viaje a los espacios y especies que aún guardan sus últimos secretos. Un recorrido para atrapar territorios vírgenes inexplorados por el ser humano, o mejor dicho, por una cámara fotográfica y otra cinematográfica.

 

En el campo de los cortometrajes documentales, la cosecha española del año 2014 ha sido excelente. Títulos que han superado las complejas barreras de sus propios formatos, como es el hecho de contar una historia de no ficción en un breve espacio de metraje, sustentar una narración con un esforzado trabajo de síntesis.

Walls (si estas paredes hablasen), dirigido por Miguel López Peraza, ganador del Goya al mejor cortometraje documental, es un retrato de la vejez. Nada nuevo, si no fuera porque el narrador es el edificio de Budapest donde apuran su vida dos ancianos, el Sr. Istvan y la Sra. Magdi. Un original punto de vista que se suma al hecho de rodarlo en Hungría, dentro de un proyecto europeo.

Por su parte, La máquina de los rusos, de Octavio Guerra, es un ejercicio de memoria familiar conformado por las películas en 8 mm que rodó el propio padre de Octavio. Impresiones de unos instantes que aportan luz y regocijo, que transmiten las posibilidades del amateurismo dentro de un ámbito profesional.

 

Fotograma de Walls, de Miguel López Peraza.

+

Fotograma de La máquina de los rusos, de Octavio Guerra. 

+
 

El realizador Raúl de la Fuente se trasladó al Cerro Rico, en Potosí (Bolivia), un lugar situado a 4.700 metros de altitud, para rodar Minerita. El cortometraje describe las andanzas de Lucía, Ivonne y Abigail para sacar partido a las esquilmadas paredes de esta gigantesca mina. Para ello se valen de dinamita en muy pequeñas cantidades, algo que les sirve para abrir hoyos y hendiduras donde encontrar siempre premios menores, cantidades de mineral que ayuden al sustento de los suyos. Las condiciones de inseguridad de las mujeres en este ambiente sombrío —dominado por mineros embrutecidos al borde de la delincuencia— es una de las acusaciones plasmadas en Minerita; la dinamita es una herramienta pero también les proporciona un arma de protección frente a ese entorno de gran hostilidad.

Existen lugares que se han forjado en nuestras retinas y otros sólo en nuestras memorias. Si Octavio Guerra regresa a su pasado con viejas películas en 8 mm, hay otras muchas personas que a causa de huidas y exilios no conocen su país de origen. Back to Sahara (2014) es un documental que aborda esta cuestión, el reflejo de lo que somos o lo que fuimos en algún instante de nuestra propia historia.

Back to Sahara es el regreso al Sáhara marroquí por parte de Manuel y su padre. Manuel tenía dos años cuando abandonó su lugar de nacimiento junto a su familia; su padre era coronel del ejército español durante la etapa de dominio colonial hispano. Ambos regresan cuarenta años más tarde para reencontrarse con su pasado— el oral, el vivido y el histórico—, puesto que esta tierra aún continúa envuelta en un largo proceso geopolítico que para los saharauis no ha finalizado. Paco Millán, el director del documental, se adentra en una tierra prohibida a las cámaras y viaja en formato road-movie, junto a sus protagonistas, por unos caminos inhóspitos, que en realidad esconden muchas riquezas minerales y pesqueras.

La inmigración es una de las salidas más obvias ante la perspectiva de la pobreza y el «sinfuturo» que se deriva de las desigualdades propiciadas por el capitalismo descontrolado. Algunas de las ciudades más turísticas del planeta (Florencia, Paris, Londres) son destinos transformados en oportunidades para los recién llegados de otros países. Para muchos de ellos, esas y otras ciudades son también un laberinto de trampas que a veces conducen a la desesperación personal.

La directora Iciar Bollaín eligió la preciosa Edimburgo para plasmar este hecho y, además, enfocarlo a los inmigrantes españoles, unos 20.000 sólo en la capital escocesa. No son lo mismo unos días de turismo por la Royal Mile que sacarse las castañas del fuego a la fuerza en una ciudad ajena al mundo de cada uno. En tierra extraña (2014) no es un título casual. La probabilidad de que un turista español sea servido en un pub de Edimburgo por un inmigrante compatriota es más elevada que en Londres. Las voces, los casos particulares de algunos de estos inmigrantes —una juventud contra las cuerdas— conforman este valioso documental.

 

Fotograma de En tierra extraña, de Icíar Bollaín.

+

Detalle de una imagen de Muerte accidental de un inmigrante.

+
 

En tierra extraña nos ayuda a entender mucho mejor el caso que más estamos acostumbrados a observar en los medios, el de la inmigración africana hacia Europa. En este sentido, Muerte accidental de un inmigrante: El caso Alpha Pam es un potente botón de muestra que complementa al documental de Bollaín. Son dos caras de una misma moneda. La esencia de ambos trabajos, con sus lógicas salvedades socioeconómicas, es la proyección que la desigualdad ejerce a todos los niveles en los países que sufren el desvarío financiero.

Alpha Pam fue el primer caso documentado de denegación de auxilio médico a un inmigrante en Mallorca, el comienzo del fin para la asistencia médica universal en España. El caso de este senegalés es diseccionado por los directores, Pedro de Echave y Javier González, como una autopsia a una sociedad que se pudre en los estertores de la democracia. Todos los actores de esta tragedia —los amigos de Alpha, los responsables políticos de la isla, periodistas, activistas— dan fe de esta ignominia execrable: la de abandonar a un enfermo a su suerte.

Así me gustaría definir el sector del documental en España. Cuanto más se encuentra en las trincheras, más combativo se revuelve. Lo señalo no como un deseo de perpetuación raquítica en lo económico, sino más bien por el irrefrenable deseo de contar el mundo con toda su miseria y parte de su singular belleza. Sin metáforas al uso. No sólo se globaliza la economía, lo que nos conduce a un «ente» mundial de consecuencias (im)previsibles; también se globaliza la posibilidad de conocer de primera mano lo que ocurre en muchos rincones del planeta. De advertir, sumando o multiplicando, que nada es producto del azar, que todo está ligado, que todos navegamos en este extraño y maravilloso barco.

 

EN LA CABECERA, DETALLE DE UNA IMAGEN DE EVERYDAY REBELLION.

Fran García
Fran García
Apasionado de las novelas gráficas y del medio radiofónico, ha trabajado en Onda Cero y en el Magazine del diario barcelonés La Vanguardia. Este agitador cultural con alopecia es director de NOVEMBRE NEGRE, festival de cine y novela negra, y coordinador de SPLASH, un festival de cómics. Además, coordina la programación de .DOC, una muestra de documentales de actualidad.