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LA GRAN COLOMBIA

La porosidad de la frontera
Mariana Zuñiga
 

«A ver, todos cédula en mano, y el que no tenga cédula venezolana no va pa’l cielo».

 

Esas fueron las palabras del Guardia Nacional Bolivariano (GNB) al detener y abordar nuestro autobús camino a San Antonio del Táchira. Todos los que nos encontrábamos esa mañana en aquel autobús éramos venezolanos. Sin embargo, se podía sentir el miedo en los pasajeros debido a la cacería de brujas —o mejor dicho de colombianos— que se había estado llevando a cabo en este Estado fronterizo durante los días anteriores.

Era una mañana caliente de septiembre en San Antonio del Táchira. Al llegar a la frontera con Colombia, notamos como un tumulto de gente, en su mayoría ciudadanos colombianos, esperaba bajo el sol para poder cruzar. Algunos de ellos tenían hasta tres días esperando. Unos cargaban niños, otros se estaban hasta dializando en la cola. Ese día, la GNB solo estaba dejando pasar estudiantes. Y una que otra persona que fuese el «amigo de un amigo».

 

Unos cargaban niños, otros se estaban hasta dializando en la cola.

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Marisabel es venezolana, pero actualmente reside en Ecuador. Aunque esperó durante mucho tiempo en la cola, pudo cruzar gracias a un contacto.

 

—La primera vez que crucé fue a principios de septiembre. Luego de muchas llamadas, una ambulancia me recogió en San Antonio y me dejó en Cúcuta.

 

Marisabel, bailarina de profesión, cuenta que para ella fue muy vergonzoso dejar atrás a toda esa gente en cola. Mientras que ella, por tener algunos contactos, si logró cruzar la frontera sin ningún inconveniente.

 

—La segunda vez que crucé fue en enero de este año. Ya la situación estaba más tranquila. Llegué, mostré mi pasaporte, mi boleto de avión y crucé el puente a pie.

 

A pesar de la facilidad con la que Marisabel pudo cruzar la segunda vez, el sentimiento de culpa permaneció. Fueron muchos los cuentos que tuvo que escuchar sobre colombianos o venezolanos que no pudieron cruzar para ver a sus familias esa navidad. Quien no fuese estudiante de alguna de las dos ciudades fronterizas, o no tuviese la posibilidad de comprar un boleto de avión que saliera de Cúcuta no podía cruzar.

 

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Volvamos a la mañana de septiembre en la que nosotros intentamos cruzar. Estábamos esperando del lado venezolano de la frontera. Entre la multitud, se camuflaban hombres que pasaban entre la gente susurrando: «trocha, trocha, te llevo por la trocha». Es decir, que por una módica suma te arreglaban pasar por los caminos verdes hasta llegar a Colombia. Nuestro contacto, «el maracucho», fue un hombre de unos 50 años que desde el cierre de la frontera arregla los pasos por la trocha, pues se quedó sin empleo.

 

En este pedazo de tierra muchas personas trabajan y viven entre los dos países.

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—Aquí todo el mundo se ha quedado sin trabajo y hay que apañárselas.

 

El cruce de la frontera se ha convertido en un negocio muy lucrativo. Son 5.000 bolívares para pasar, de los cuales solo 1.000 son para el contacto. El resto es para los chicos que te sirven de guía y el Guardia Nacional que custodia ese pedazo de frontera. Al llegar a la trocha, fuimos guiados hasta un ranchito de piso de tierra al lado del río. Dentro de la casa, nos encontramos con una familia que se encontraba en el medio de una conversación. Unos comían, otros fumaban y otros trataban de hacer que un bebé parara de llorar. Todos ellos discutían cuántas personas iban a pasar ese día. Hasta que una mujer, que debía estar en sus veintes, tomó la última palabra.

 

—Ya yo les dije que voy a pasar a estos cinco y ya. El guardia me dijo que no quería pasar más gente hoy.

 

La mujer hizo una seña para que la siguiéramos, dijimos adiós y empezamos a caminar. La GNB se encontraba en la esquina del río. Ni siquiera nos miraron, sólo pretendieron que no estábamos allí. Pasamos por un río bajo, un sendero lodoso y una llanura. No nos tomó más de cinco minutos de caminata para llegar a Colombia. Ese día cruzamos cinco personas, tres de ellos eran colombianos. Carlos, quien reside en Venezuela desde hace muchos años, se dirigía a Barranquilla.

 

—Mi hermana mayor está muy enferma y yo no quiero que por esta situación yo no la vaya a ver morir. Quisiera verla aunque sea una última vez.

 

Casi al final del cruce la mujer dijo: «Bueno, hasta aquí llegamos». Nos dejaron en el medio de la nada. Una zona llamada «El Tamarindo» en donde unos mototaxistas, quienes también forman parte del negocio, cobran 1.000 bolívares por sacarte del monte. La mayoría de ellos también han perdido sus empleos a causa del cierre de la frontera.

Cruzamos de manera sencilla, sin inconvenientes en el camino. A sabiendas que en un par días estaríamos de vuelta en Venezuela. Esto es algo que los colombianos que dejaron Venezuela —de forma voluntaria o por la fuerza— no les pasó por la mente. Para ellos cruzar la frontera, fue un acto que hicieron sin mirar atrás. Sin volver la cabeza para contemplar el país en dónde estaban dejando toda una vida.

Luis, colombiano con doce años viviendo en Venezuela, lo cuenta con tristeza desde el exilio.

 

—… hágale, hágale no mire para atrás, le decían a uno en la trocha… y uno, qué más cruzar sin mirar lo que estaba dejando. Así pasamos cantidad de gente. Eso fue una tristeza, una humillación muy tremenda.

 

***

 

Colombia y Venezuela tienen en común más de 2.219 kilómetros de tierra. Esta no es sólo una de las fronteras más conflictivas de Sudamérica; también es una de las más porosas. En esta zona muchas personas trabajan y viven entre los dos países. Casi nadie es puramente venezolano o colombiano. Aquí las dos ciudadanías se fusionaron. La porosidad de la frontera también se ve reflejada en el contrabando de alimentos y, sobre todo, de gasolina que se vive en este territorio desde hace años. 

Guillermo Quiroga es economista venezolano. También es consultor para BancTrust.

 

—El negocio del contrabando en la frontera genera alrededor de 5.800 millones de euros al año.

 

Debido al subsidio del combustible en Venezuela, el contrabando hacia Colombia podría ser el negocio más rentable del mundo. Incluso más que el contrabando de cocaína. Una cisterna de combustible, la cual contiene 36 mil litros, cuesta 84 euros en Venezuela. Mientras que la misma cisterna, al cruzar la frontera, puede ser vendida en 14.175 euros. Esto quiere decir, que el porcentaje de ganancias del contrabando es más del 1.570%. Sí, así de lucrativo.

 

—Antes del cierre pasaban camiones cisternas llenos de gasolina. Ahora ya no; hay una vía directa para que pasen. Por las trochas pasan los carritos y las motos con hasta 200 litros de gasolina —asegura el coronel Gonzalo Ovalles. 

 

En un momento en el que Venezuela enfrenta una gran crisis de escasez de productos de primera necesidad, el presidente Maduro ha cerrado la frontera y decretado un estado de excepción en 20 municipios del país. La misma ha permanecido cerrada desde hace ya seis meses. El gobierno Bolivariano dice que se trata de una medida tomada para luchar contra el paramilitarismo y el contrabando.

 

El detonante real de esta crisis fue una situación de conflictos para dominar las mafias de la frontera.

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Esta no es la primera vez que la frontera con Colombia ha sido cerrada. Detrás de esta medida hay un largo historial de provocaciones diplomáticas. Ya para el año 2013, el expresidente Chávez había ordenado el cierre de la frontera cinco veces. Sin embargo, ninguno de esos cierres fue tan largo o tuvo repercusiones tan violentas como este, el cual ha estado marcado por deportaciones masivas y violaciones de derechos humanos. Hasta el mes de septiembre, la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios documentó 1.500 deportados y un total de 18.000 colombianos que regresaron desplazados a su país.

Para Ovalles, la causa real de este cierre es otra.

 

—El detonante real de esta crisis, fue una situación de conflictos de poder entre miembros de las Fuerzas Armadas Bolivarianas para dominar las mafias de la frontera.

 

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De San Antonio del Táchira a Paraguachón son aproximadamente ocho horas de viaje en carro. Este es el segundo punto fronterizo más importante de Venezuela y se encuentra en el noroccidental estado del Zulia. Paraguaipoa es parte de la árida Península de la Guajira, un territorio compartido entre el norte de Colombia y el noroeste de Venezuela. La Guajira es caliente, seca e inhóspita. Y también es el hogar de más de 100.000 ciudadanos pertenecientes a la etnia Wayúu. Para estos indígenas no existe una división entre Venezuela y Colombia. Para ellos, toda La Guajira forma parte de la gran nación Wayúu.

Tras años de sequía, la sabana Guajira ha sido abandonada, dejando detrás de sí ramas secas que alguna vez fueron árboles. Allí, donde ya nada crece, también quedan olvidados animales desnutridos que intentan sobrevivir y que alguna vez fueron esenciales para la economía Wayúu. Hoy por hoy la situación es diferente. Durante décadas, los locales se han dedicado al contrabando o popularmente llamado bachaqueo: revender los productos básicos y el combustible subsidiado por el Estado venezolano.

Ovalles nos cuenta que en La Guajira es donde nace lo que se conoce hoy en toda Venezuela como bachaqueo —es importante recalcar que los bachacos son una especie de hormigas que viajan cargando alimentos de un lado al otro—.

 

—Se veía como atravesaban a pie por la frontera uno detrás de otro. Todos cargando productos sobre sus hombros, así como los bachacos.

 

Como para los Wayúu no existe Venezuela ni Colombia, sino el gran territorio de La Guajira en el medio, el llevar mercancía de un lado al otro es comercio normal. Para ellos no es contrabando, ni es ilegal. Es tan solo comercializar dentro de su propio territorio.

 

—Para los Wayúu esta ha sido una forma de vida tradicional, ellos son los dueños de la mayoría de las tierras en la región norte porque las han recibido de sus ancestros.

 

Cada uno de esos predios tienen una entrada por Venezuela y salida hacia Colombia. Anteriormente el contrabando era de Colombia a Venezuela, porque el Bolívar era una moneda más fuerte. Hoy en día es al revés. A diferencia de lo que popularmente se cree, el contrabando tiene muchos años existiendo, la diferencia es que actualmente no sólo los Wayúu lo practican. Se trata de un negocio controlado por mafias, en donde militares, desde generales hasta soldados, están involucrados.

 

—¿Qué los motiva? —le pregunté a Ovalles

—Pues dinero. Una sola noche, veinte funcionarios hicieron tanto dinero como el que podrían ganar durante un año cobrando su sueldo completo. Y todavía sobraban 200 mil Bolívares.

 

Del lado venezolano los militares cobran por dejar pasar. Y del lado colombiano son los paramilitares los que controlan el negocio. Cada noche, son varios los camiones que cruzan las trochas que se encuentran detrás de los caseríos en los pueblos fronterizos.

Nadie se salva de involucrarse en el negocio. Ni siquiera los locales. En Paraguaipoa, un pueblo que se encuentra a menos de 30 minutos de la frontera con Colombia, hasta el cura del pueblo se vió involucrado. Los obreros ya no pegan un ladrillo. Los maestros ya no dan clase y los alumnos tampoco asisten a la escuela. A todo el mundo le resulta más rentable succionar gasolina de un tanque con una manguera para venderla que tener cualquier otro oficio.

 

Se podía sentir el miedo en los pasajeros debido a la cacería de brujas —o mejor dicho de colombianos— de los últimos días. 

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A seis meses del cierre de la frontera ningunos de los propósitos que se esgrimieron como razones para cerrar disminuyó. Por el contrario, la situación se agravó. Los funcionarios se enriquecieron. Y se envileció la moral de los miembros que sirven como dispositivos de seguridad. Las personas que aún se encontraban trabajando en la construcción o proveyendo algún otro servicio, abandonaron sus empleos. Así, los servicios se encarecieron. Y los productos básicos empezaron a desfilar cada vez más por las trochas y rara vez aparecían en los abastos. Los transportistas que viajaban de Colombia a Venezuela, o al revés, empezaron a usar sus carros como mero transporte de combustible. La escasez se hizo cada vez más grande, y con ella el hambre también. Pero quizás, dentro de todo este menú de consecuencias lo más grave sea la separación familiar causada por el cierre. Ahora hijos quedaron de un lado y padres del otro. Y la única manera de volverse a ver la cara es pagando para poder cruzar por la trocha, fortaleciendo así un sistema que ha envilecido a unos, enriquecido a otros y empobrecido a la mayoría de los locales. 

 

Fotografías de Luis Felipe Franco Quintero

Mariana Zuñiga
Mariana Zuñiga

Desde muy pequeña no soporta las injusticias y siempre ha procurado hablar por los más débiles. Así ha terminado en el oficio de contar historias. Periodista freelance, escribe para diversos medios. Ha vivido en varios países de Europa y recientemente ha regresado a sus orígenes para cubrir América Latina.