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LA ISLA SIN APUROS

Los senderos en Panamá llevan a la playa
Valeria Villalobos

EN COLABORACIÓN CON EL CICLO «VIAJE AL CENTRO DE AMÉRICA»

 
 
 
 

Mi primer acercamiento a Bocas del Toro fue un Saab 340. Cuando daba por superado mi temor a los aviones, mis ilusiones se destruyeron al verme obligada a subir a este pequeñísimo avión a turbohélice con capacidad para 30 personas, que nos llevaría hacia la isla Colón. 

Hasta ese entonces, mi experiencia en avionetas se limitaba a una nave de 15 plazas rumbo a Tikal, Guatemala, en la que el piloto tuvo que luchar contra la fuerza del viento para que el avión no se estrellara contra los árboles del bosque.

Pero las ganas de ver en persona lo que había visto en tantas fotos fueron superiores. Algo me decía que las imágenes que me había mostrado Google algunos meses antes no tenían tanto Photoshop de por medio.

Las manos dejaron de sudarme en cuanto el avión tocó tierra en el Aeropuerto (¿internacional?) de Bocas del Toro. Lo que vería después me haría considerar la opción de no volver a subirme al Saab y comenzar una nueva vida con un hostalito en la isla Colón.

Sally lo tenía todo. Vivía hace diez años en Colón junto a sus dos loros —que luego vería cantar y bailar bajo el agua cada vez que llovía, tan plenos como su dueña— dedicándose a hacer felices a los huéspedes de su posada. Y con nosotros lo hizo a la perfección.

Le dijimos que teníamos cinco días completos para disfrutar del archipiélago, así que nos recomendó tres lugares: Cayo Zapatilla, Bocas del Drago y Red Frog. Partimos con su primera sugerencia.

Mientras íbamos en la lancha, una familia de delfines nos abrió camino hacia el paraíso con el que había estado soñando la última semana. Pensé que me iba a encontrar con hordas de turistas pero, para mi sorpresa, Cayo Zapatilla estaba prácticamente desierto.

A pesar de las nubes, el panorama era algo más o menos así: mar de un color verde con dejos turquesa en el que podía caminar 30 metros y el agua no sería capaz de taparme por completo. Más tarde optamos por adentrarnos en la selvática isla, pero al parecer nuestro destino estaba predeterminado: todos los senderos llevaban a la playa.

Fuimos tan felices durante las horas que permanecimos en Zapatilla, que decidimos repetirnos el plato el penúltimo día. Y volvimos. Con mucha suerte, el cielo amaneció despejado y los colores del mar se saturaron alcanzando tonalidades impresionantes.

 

Con Zapatilla como precedente, decidimos pasar nuestra tercera jornada en Red Frog Beach. La lancha nos dejó en un muelle y el resto del camino dependía de nosotros. Así que nos perdimos. Caminamos mucho —entre medio de construcciones de casas dignas del Cartel de Medellín y playas con sendas advertencias de «peligro de ahogo»—hasta que llegamos a lo que pensamos sería nuestro destino.

La bienvenida corrió por cuenta de un niño que, sin motivo aparente, llegó corriendo hacia mí y me pasó una pequeña ranita roja del tamaño de la uña de mi dedo pulgar. No necesité un cartel que indicara el nombre de la playa para darme cuenta de que habíamos llegado a Red Frog.

De onda muy costarricense, la playa estaba hecha para el surf, pero con un oleaje lo bastante discreto como para nadar sin morir en el intento. Las reposaderas que arrendamos por uno o dos dólares fueron nuestras mejores amigas durante las cinco horas que pasamos literalmente dormidos en ese pedazo de paraíso.

La buena de Sally nos recomendó llevar zapatos cerrados a la Playa de las Estrellas. «Algo tiene la arena de la playa que te lleva hacia allá, que hace sentir agujas en las plantas de los pies, pero no se sabe con certeza qué es», nos advirtió.

Haciéndole caso nuevamente a nuestra sabia anfitriona, caminamos por la playa y sólo nos sacamos las zapatillas cuando comenzamos a ver las primeras estrellas de mar, la señal de que habíamos llegado.

 

Pasaron sólo un par de horas hasta que las nubes nos hicieron volver a Colón. Y cometí el error. Aparentemente me puse las zapatillas más allá del límite entre las dos playas, y comencé a sentir cientos de minúsculas agujas pinchándome los pies.

No logré sacármelas con nada, así que me acompañaron durante algunos días. Con ellas tomé mis maletas para trasladarnos a nuestro último destino. Habíamos reservado una habitación en isla Carenero, justo al frente de la isla Colón.

Ese día Bocas se lanzó con una tormenta tropical de aquellas. Tomé el libro que me había llevado para el viaje, me apropié de una de las hamacas frente al muelle del hotel y pasé el resto del día entre páginas y siestas aletargadoras.

Después de seis días me vi enfrentada nuevamente al Saab. No me quería subir, pero esta vez no era por miedo. No quería decirle adiós a Bocas del Toro.

Valeria Villalobos
Valeria Villalobos

Periodista chilena y viajera en potencia. Cuando comenzó a pensar que de los viajes no se podía vivir, una casualidad le dijo lo contrario. De ahí en adelante tomó una decisión: al menos una vez al año debe pisar arena y sacársela con agua del mar.