Hace varios años que voy regularmente, a finales del mes de agosto, a la isla en la que presencié un extraordinario fenómeno geológico poco conocido y, me atrevería a decir, también, poco valorado. Y no era la primera vez que pisaba su suelo volcánico y negro, porque allí trato de desarrollar, en colaboración con una asociación local, un proyecto de registro y archivo de paisajes sonoros. Pero aquel encuentro —intenso, emocionante y revelador—, fue definitivo para reafirmar mi decisión de seguir yendo hasta aquel rincón del mundo con la ilusión y la convicción del explorador que se adentra en terrenos desconocidos en busca de las más sorprendentes maravillas, en mi caso, perceptibles al oído y susceptibles de ser capturadas con un micro y una grabadora. Un poco, como el buscador de oro que una y mil veces vuelve al mismo tramo del río en el que un día obtuvo la deseada recompensa a su esfuerzo.

Allí, en ese recóndito pedazo de lava solidificada que sigue emergiendo del océano, desfigurado por un corrimiento de tierra que esculpió el sobrecogedor espectáculo que es El Golfo. Allí donde los vientos alisios doblan las sabinas y el bosque de laurisilva se resiste a desaparecer. Allí, donde los primeros pobladores sobrevivieron gracias al agua que condensa de las nubes el «Árbol de la Vida» (el garoé) y durante siglos estuvo el principio del «Fin del Mundo» y, posteriormente, el «Meridiano 0» (antes de Greenwich). Allí, en la isla canaria de El Hierro, no es difícil dar con alguno de esos, a veces delicados guiños, otras feroces zarpazos que encierran auténticos tesoros de un mundo en el que se entremezclan de manera sutil pero firme el tiempo geológico y el tiempo humano.

Un bufadero poco conocido

Hasta ese apartado lugar, en el extremo Norte de la isla, fui una tarde siguiendo la recomendación de Janay, una amiga herreña, guía ocasional y enamorada hasta el tuétano de este que es su terruño. En una pequeña presentación que hice del proyecto para algunos amigos de la asociación (en el marco de su festival Bimbache openART), no dudó en hablarnos de aquel sitio y de aquel extraño bufadero. «Son bastante comunes en costas acantiladas labradas en terrenos volcánicos o kársticos», asegura desde el comité científico del Geoparque de El Hierro don Ramón Casillas, doctor por la Universidad de La Laguna (ULL). Remitiéndose al Diccionario de Términos geográficos (1978) de F. J. Monkhouse, define un bufadero como una «hendidura subvertical que enlaza una cueva marina con la superficie del borde de un acantilado; en ocasiones, la fuerza de compresión de las olas que irrumpen en el interior de la gruta expulsa por la hendidura o chimenea espuma pulverizada del agua del mar».

En su intervención, Janay señaló la zona en la que podía encontrarlo y ofreció, de viva voz, las indicaciones que me permitirían llegar al punto exacto en el que se produce esta rareza sonora casi desconocida, incluso para muchos habitantes de la isla: el bufadero escondido del Charco Manso. O como lo denominó la propia Janay: «La tierra que respira».

A pesar de que la ubicación exacta no me había quedado muy clara, dos o tres días después de aquella fructífera charla decidí acercarme hasta esta zona de baño a la que se accede desde Echedo, bajando por la serpenteante carretera que desciende hasta el mar. Una vez allí, cargado con el equipo de grabación completo (trípode incluido), me dispuse a buscar, encontrar y capturar un fenómeno sonoro natural, no biológico propio de este hábitat. Exactamente lo que el investigador y divulgador norteamericano Bernard Krause llama una Geofonía.

Y para alcanzar ese evanescente objetivo, únicamente contaba con  algunas indicaciones que se repetían una y otra vez en mi cabeza, entremezcladas con una tímida pero certera onomatopeya «…ffffffh… por el lado izquierdo, mirando al mar, siguiendo un pequeño camino que sale desde el aparcamiento, …ffffffh… hasta un primer bufadero grande …ffffffh… Y desde allí te acercas un poco más hacia el mar y lo encontrarás…ffffffh…».

Presencié un extraordinario fenómeno geológico poco conocido y, me atrevería a decir, también, poco valorado

Envuelto en una vespertina luz anaranjada que realzaba el intenso azul de un cielo raso y plano, no tardé en confirmar las indicaciones sobre el terreno. Me adentré por el sendero que sale desde la zona de aparcamientos y, a unos 50 ó 60 metros aproximadamente, a mi derecha, ya pude identificar un hundimiento en el terreno, a otros 10 ó 15 metros en dirección al mar. Al acercarme, comprobé que, a través de un orificio redondo de unos 40 ó 50 centímetros de radio, se veían las olas que entraban y salían de una cavidad que se abría en la roca, debajo de mis pies.

La primera referencia estaba localizada, así que levanté la cabeza para seguir rastreando la zona, pero no identifiqué ni otros huecos, ni el sonido que retenía en mi memoria. Tras un instante de desorientación, recordé que, precisamente, la indicación era que había un bufadero grande antes de llegar al lugar que me habían señalado. Así que tenía que seguir buscando.

A mi alrededor, no vi más que un montículo de lava de varios metros de altura que me obligaba a pasar por un irregular y estrecho paso entre la propia elevación y el mar, agitado y rugiente, en el entrante que hay en ese punto. La otra opción era ir por detrás del volcánico obstáculo, así que opté por volver sobre mis pasos, ante la perspectiva de acercarme demasiado al final de la roca y dar la opción de ser alcanzado por alguna salpicadura algo más intensa de lo previsible. Además, el rumor continuo de aquellas agitadas aguas podría enmascarar cualquier otro sonido hasta camuflarlo o directamente convertirlo en inaudible, lo que hubiera hecho inútil aquella expedición.

La tierra que respira

Al volver hacia el primer sendero para rodear aquel montículo me pareció escuchar algo extraño emergiendo por encima del ya suavizado rumor marino. Pero nada me hizo pensar en el típico «…ffhhg…» , acompañado de una más o menos intensa salpicadura. Era más bien como un soplido continuado que aparecía y desaparecía… Y no había salpicadura alguna. Tampoco podía ubicar fácilmente el origen de aquel sonido que parecía provenir de todas y de ninguna parte.

Casi de manera automática, traté de afinar el oído para intentar identificar qué podía ser aquello. Muy lentamente me fui orientando de cara a donde podía originarse aquella impresión acústica. Poco a poco fui aproximándome hacia allí donde el oído iba percibiendo una mayor intensidad y definición. Siguiendo aquella señal, terminé de rodear la protuberancia que ahora tapaba la zona del primer bufadero y atenuaba, en parte, la presencia del rumor enmascarador.

A cada paso que daba se asentaba en mí la convicción de haber encontrado lo que había ido a buscar, cualquier cosa que fuese. Entre la euforia y una cierta intimidación producida por aquella exhalación, ya evidente, tardé unos instantes en identificar la ubicación precisa donde se generaba aquella vibración audible. Para mi sorpresa, entre aquellas rocas no había ningún orificio, como había visto anteriormente.

Al acercarme, casi a ras de suelo, al punto en el que parecía originarse el fenómeno, di con la explicación. Y es que en este inquietante y enigmático lugar no hay un orificio por el que salga el aire que produce el bufido. En este caso, el aire que ocupa el conducto que une la cueva marina (lado mar, horizontal) y la vía de escape (lado tierra, vertical) se libera por una grieta que presentan las rocas. No sabría decir si se trata de dos rocas apoyadas una en la otra o si, como consecuencia de la presión del aire a lo largo del tiempo, se ha producido una fractura en una roca de una pieza y se ha ido quebrando hasta producir ese resquicio.

Así, como consecuencia de la fricción que produce el aire en su desplazamiento continuado sobre la mínima protuberancia, arista o rebaba que presenta la estrecha fisura de la roca, se produce el poco frecuente sonido que había ido a buscar. Por ese motivo no se escucha un bufido corto y súbito habitual en otros bufaderos («…bfuhg…»), sino que un siseo continuo y alargado —«hfhfhfhhfhfhfhfhfhfhfhhfhfhfhfhfhfhfhhh…»— inunda el entorno, como si de la espiración de un gigantesco ser se tratase.

Además, por la propia configuración de la grieta, cuando la ola deja de empujar hacia fuera el aire contenido en el conducto e inicia el retorno o resaca, se produce la absorción de aire que va llenando el vacío que deja el agua en su retorno hacia el mar, lo que vuelve a producir un sonido similar pero inverso —«…hfhfhfhfhfhfhhfhfhfhfhfhfhfhhfhfhfhfhfhfhfhhh…»—, como si fuese la inspiración de ese mismo ser.

A cada paso que daba se asentaba en mí la convicción de haber encontrado lo que había ido a buscar, cualquier cosa que fuese

Se produce, así, una sucesión alterna y dual idéntica a una respiración, aunque un poco más larga de lo que sería la de una persona. Hasta el punto de generar una sensación de falta de aire cuando, de manera inconsciente, se imita la cadencia que produce este capricho de la geología. Es como si la tierra inspirase para alimentar unos volcánicos pulmones y, una vez llenos los cavernosos alvéolos, espirase el anhídrido carbónico sobrante; antes de volver a inspirar en una secuencia sin principio ni final.

Una vez identificado el sitio concreto por el que sale y entra el aire, y calibrada la intensidad de la corriente que producía en ese momento, coloqué sobre el irregular terreno el trípode que cargaba conmigo. Sobre el trípode monté la fijación, el micrófono, ya con el protector antiviento puesto y el cable conectado, y, después de pinchar el cable a la grabadora y ponerla en marcha, me alejé unos pasos para sentarme. Quieto y concentrado, lancé la grabación. En ese momento tuve el tiempo y la predisposición adecuada para escuchar, a través de los auriculares, lo que el micrófono captaba.

 

Un tiempo humano y geológico

Cuando ahora escucho, y vuelvo a escuchar esta grabación me cuesta identificar las primeras alternancias, algo que sobre el terreno no me ocurría. Pero en el momento en que una ola algo más intensa que las anteriores produce el primer bufido que puedo reconocer, se apodera de mí una extraña sensación, como si el tiempo quedase suspendido.

A medida que avanza la secuencia inspiración/espiración —unas veces más intensas, largas y rugosas, otras más suaves, finas y breves—, va definiéndose una inquietante percepción temporal que sí tuve sobre el terreno, sentado sobre la lava, con las manos sobre los auriculares y los ojos cerrados. Una sensación que se explicaría por la superposición de dos percepciones del tiempo bien diferentes.

Por un lado, la respiración es uno de los elementos que hace perceptible a las personas el paso de tiempo. Una temporalidad a escala humana que sirve a las personas para organizarse y coordinarse unos con otros. Por el otro, estoy frente a un acontecimiento audible que se inició hace más años de los que soy capaz de pensar y que, de la misma manera, se proyecta hacia un futuro indeterminable. Una escala geológica que desborda la misma existencia del ser humano como especie.

Un tiempo humano, el de la respiración, dual y cíclico, fundido en esta geofonía con un tiempo geológico, lineal e inaprensible. Una idea que Henry Lefebvre ya aborda en su libro titulado Ritmoanálisis: Espacio, tiempo y vida cotidiana, cuando habla de la «unidad antagónica de relaciones entre lo cíclico y lo lineal…»; o cuando afirma que «… lo cíclico y lo lineal ejercen una acción recíproca: se calibran mutuamente en oposición el uno frente al otro».

Es como si la tierra inspirase para alimentar unos volcánicos pulmones y, una vez llenos los cavernosos alvéolos, espirase el anhídrido carbónico sobrante

Un tiempo humano, el de la respiración, dual y cíclico, fundido en esta geofonía con un tiempo geológico, lineal e inaprensible. Una idea que Henry Lefebvre ya aborda en su libro titulado Ritmoanálisis: Espacio, tiempo y vida cotidiana, cuando habla de la «unidad antagónica de relaciones entre lo cíclico y lo lineal…»; o cuando afirma que «… lo cíclico y lo lineal ejercen una acción recíproca: se calibran mutuamente en oposición el uno frente al otro».

Y es cierto que hay otros bufaderos en la isla (en Las Puntas, por ejemplo), también los hay en otras islas del archipiélago canario (La Garita de Telde en Gran Canaria), en la península (los brutales bufones de Pría, en Llanes, Asturias) y en otros lugares del mundo (las bufonas de La Bahía de Hualaco, en Oaxaca, México). «Cada bufadero es distinto en función de la naturaleza de la costa, etc. y su ritmo también varía siguiendo el ritmo del oleaje», apunta Ramón Casillas.

Pero el bufadero escondido del Charco Manso («La Tierra que respira»), menor en tamaño pero extraordinario por su morfología y por la manifestación acústica que lo caracteriza —«…fhfhfhfhfhhfhfhfhfhfhfhfhhfhfhfhfhffhfhfhhhhfhfhfhfhfhhfhfhfhfhfhfhhfhfhfhfhfhfhfhhh…»— seguirá explicando fielmente, con su cadencia alterna y eterna, con sus espiraciones e inspiraciones geofónicas, las fluctuaciones de las mareas, de las corrientes y de las olas del océano como ningún otro lo hace. Y por esa razón, esta maravilla natural que encontré gracias a las impagables pistas que me reveló Janay, gracias a agudizar la escucha cuando la vista no me servía de nada, la considero un discreto pero inestimable tesoro invisible que ahora, a través de esta grabación y este texto, tengo la posibilidad de compartir.


Imagen de cabecera: El Charco Manso (CC Julen Iturbe-Ormaetxe)