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LA TIERRRA DE VALLEJO

Un diario de viaje I
John Gibler

Llegué a Lima por primera vez en abril de 1997. Quería conocer el pueblo natal del poeta César Vallejo, Santiago de Chuco. Unos días antes de ir, Julio Humala —gran músico Ayacuchano y co-fundador con su hermano Walter del Dúo Arguedas— me invitó al Primer Festival de Queso en su pueblo natal, Coracora, Ayacucho. Emocionado, acepté la invitación y, pues, ya no fui a Santiago de Chuco. Ese viaje a la tierra de Vallejo quedó pendiente por muchos años. En noviembre del 2018, sin mucho preámbulo y sin ningún tipo de planeación previa, decidí retomar ese camino hacia la tierra del poeta y escribir un diario del viaje. Este texto, publicado por primera vez en Altaïr Magazine, forma parte de un pequeño libro de próxima edición por Pepitas de Calabaza.

Santiago de Chuco, Perú

31 de diciembre de 2018

 

Hoy me levanté temprano, preparé un café y leí un rato: los últimos poemas de Trilce y un capítulo de La ciudad y los perros. Luego me bañé, comí dos barritas de granola, arreglé la mochila y salí a cambiar dólares. Tuve que cambiar mis pesos mexicanos en dólares en el aeropuerto en México para poder cambiar los dólares a soles acá. No me querían aceptar los billetes de veinte dólares que habían sido doblados. Cuando me iba un tipo me dijo:

—Los bancos acá en el Perú no los aceptan así.

—Pero están en perfecto estado. 

—Los bancos no los aceptan. 

—Bueno —le dije y di la vuelta para salir del local.

—Dame diez soles y los cambio todos.

Tenía prisa y le dije que sí. Cualquier pretexto para transar, para sacar un poquito más. Está bien que joden a los turistas así, aunque creo que los cubanos lo hacen mucho mejor, lo hacen más honestamente, digamos, obligando a los turistas a pagar con una moneda especial precios mucho más altos que los que pagan los cubanos. 

Salí en taxi del hostal a eso de las 9:40. Me preguntaron si ya tenía mi pasaje y mi reservación de hotel en Santiago y dije que no. «Vas muy confiado», me dijeron, «por las fechas». Eso me preocupó por un momento, y luego no.

Fui primero a la primera cuadra del Jirón Unión. Un colectivo estaba programado para salir a las once de la mañana. Pagué los veinticinco soles del pasaje. La compañera que me vendió el boleto me dijo que me fuera con cuidado, que no confiara en la gente. Me senté en la banquita ahí a leer y esperar. Después de un rato entraron dos policías mujeres a sentarse ahí en la sombra. Las dos se quedaron revisando sus celulares. No se hablaron. A las 10:40 la compañera que me vendió el boleto se me acercó y me pidió que la acompañara a la taquilla. «Necesito hablar con usted», me dijo. Por un instante pensé que me hablaría de Dios. Intercambié una mirada con la policía que estaba sentada más cerca de mi. Me paré y fui a la taquilla.

—Me da mucha pena —me dijo—. Nos acaban de hablar. Ha habido una desgracia. Ha fallecido alguien de la familia del chofer. —Esto último lo dijo en voz baja.— Ya no va a salir el carro. Le voy a dar sus veinticinco soles.

Le pregunté si saldrían otros carros y me dijo que fuera a «La Carmencita». 

—¿Está lejos, como para ir caminando? 

—Toma un taxi, mejor —me dijo.

Tomé un taxi. Llegué y compré un pasaje igual en veinticinco soles. Me dijeron que el carro saldría a las 11:30. Pocos minutos después de la hora un pasajero empezó a quejarse de la demora. Nos pidieron subir. Me senté adelante en el asiento del co-piloto. Salimos a eso de las 11:45 pero el chofer se iba parando en casi cada esquina, pregonando, intentando llenar el colectivo. Seguía quejándose el mismo pasajero, y el cobrador empezó a quejarse también en voz alta, diciendo, «Siempre hay un apurado…» Seguían recogiendo y dejando pasajeros como si fuera un autobús de ruta urbana.

El chofer y el cobrador eran hermanos e iban discutiendo casi a gritos en todo el camino. En las primeras curvas, ya fuera de la ciudad y subiendo las montañas, el chofer se aventó a rebasar un camión de carga a ciegas y en plena curva. No le dije nada, pero muy calmadamente abroché mi cinturón de seguridad. Él me miró de reojo. Pero después se calmó un poquito, por lo menos en las curvas cerradas. 

El río que bajaba de los cerros parecía lleno de pintura color naranja, no agua. Los cerros estaban todos pelados y cubiertos de la suciedad de los vehículos y de la industria de Trujillo.

Llegamos a las 16:00 o 16:15. Tenía mucha hambre. Me metí en el hotel de la plaza principal: Hotel Yordy, treinta soles la noche. Pregunté a la mujer que me atendió si me podría recomendar un restaurante y me mandó a uno que está a la vuelta. Fui y comí lo que quedaba del menú del día: pollo guisado con arroz y papas. Después caminé un rato por el pueblo. Calles estrechas. Casas antiguas de adobe. Pequeños mercados de frutas y verduras en algunas calles. Pocos restaurantes. Un par de bares con tres o cuatro mesas y cajas de cerveza apiladas contra los muros. Había algo de movimiento cerca de la plaza, pero a cuatro o cinco cuadras distancia estaba todo muy tranquilo. Tal vez sea por la fecha. 

Al principio no vi nada en referencia a Vallejo. Regresando hacía la plaza después de dar una vuelta, vi dos grandes pinturas montadas sobre muros de las casas y cada una con un poema de Vallejo: «Piedra negra sobre una piedra blanca» y «Masa». La pintura que acompaña «Piedra negra sobre una piedra blanca» muestra en la parte de abajo del cuadro la figura de una persona con poncho, sombrero y maleta caminando de espaldas (algo así como, «el poeta se va del pueblo») y arriba muestra la cabeza de Vallejo cortada y sangrando debajo de La Torre de Eiffel.

Cuando volví a la plaza me fijé que el monumento en el centro es de Vallejo. Ni lo había visto cuando llegué, tan acostumbrado estoy de no ver a los generales y genocidas que casi siempre ocupan esos lugares. La estatua muestra la famosa fotografía donde Vallejo está sentado al lado de Georgette en un parque y sostiene su rostro en una mano. No sé que me provocó ver ese monumento. Estaba ya muy soleado de la caminata y no me senté a contemplarlo. Pero algo ahí no me gustó. En ese momento me di cuenta que había otra pintura de la misma foto arriba en el centro del edificio de la municipalidad. 

No vi ninguna librería y me dio la curiosidad: ¿se podrá comprar un libro de Vallejo en su pueblo natal? 

En la entrada del pueblo hay un arco sobre la carretera que dice: «Santiago de Chuco Capital de la Poesía del Perú». 

Son las 21:30. Se escuchan pequeños cuetes por allí y por allá. Fui a pedir agua hervida en el mismo restaurante donde almorcé y volví al hotel a preparar un café y leer un rato. Un poco antes de la media noche saldré a dar una vuelta. 

¿La biblioteca municipal tendrá libros de Vallejo?

¿Habrá una librería o biblioteca en el museo que hicieron de su casa? 

¿Cuántos poetas están trabajando en algún verso aquí hoy?

¿Qué piensan los jóvenes que vi en las calles hipnotizados por sus celulares de Vallejo? ¿De la poesía? 

¿Cuántas personas como yo vendrían hasta aquí solo por Vallejo?

¿Qué pensarán de nosotros las personas que nacen y viven aquí? 

 

Santiago de Chuco, Perú

1 de enero de 2019 

 

Anoche me quedé leyendo y tomando unos sorbitos de mezcal que traje desde México hasta las 23:40. Bajé entonces para recibir el año en la plaza pero la puerta que separa las escaleras de la recepción estaba cerrada con llave. No había nadie. Las luces estaban todas apagadas. No pude salir. Claro, pudiera haber golpeado la madera y gritado hasta que llegara alguien, o hasta que me cansara. Pero imperó mi inclinación solitaria y lectora y volví a subir a mi cuarto y seguir leyendo. 

Lanzaron muchos cuetes a la media noche. La música del baile en la plaza siguió toda la noche. Me desperté de una pesadilla a las 2:30 y la música seguía. En mi sueño una mujer me estaba estrangulando. Era una mujer bastante más alta que yo, con los brazos largos y las manos grandes y fuertes. Me parecía que éramos amigos y que ella estaba jugando. Pero en algún momento me dio mucho miedo. Me faltaba el aire y no tenía fuerzas para zafarme. Parecía que me estaba matando. Cuando sentí que iba a perder el conocimiento me desperté de golpe, incorporándome en la cama con violencia e inhalando bocanadas de aire desesperadamente. Ahí fue cuando me di cuenta que había estado soñando y me tranquilicé. ¿Me hubiera aguantado la respiración de verdad en relación al sueño que me estrangulaba? Di vueltas en la cama mucho rato. Cuando vi el reloj eran las 4:40 y la música seguía. Caí dormido y cuando me desperté nuevamente eran las 5:30 y ya estaba apagada la música. 

Me levanté a las siete y fui por agua caliente para preparar café. Tomé mi café en el cuarto y leí un rato. Leí la primera parte de César Vallejo y su tierra de Francisco Izquierdo Ríos. Casi toda la primera parte son citas de poemas de Vallejo intercaladas con comentarios repletos de romanticismo barato, clichés y ese particular racismo liberal que cree que no es racista. 

Un ejemplo: «Mestizaje, cholerío abigarrado, con sangre de indio y de español. Levadura del hombre nuevo del Perú. Cholo triste, cholo alegre, cholo melancólico, cholo efusivo, comunicativo y callado, irónico e ingenuo. Como las grandes soledades de sus punas, las rientes quebradas de sus valles, la adustez de sus rocas, la sombra de sus abismos y el fresco candor de sus campos en flor. Melancolía india, incaica, de siglos y altanería, picardía y también nostalgia del español añorante de su tierra lejana, amasada con el agrio sudor del diario vivir, en minas y haciendas, oscura realidad del feudalismo y esclavitud» (p. 31). 

Izquierdo Ríos cuenta su viaje a Santiago de Chuco en 1946. Habla con dos hermanas mayores de Vallejo y una sobrina, entre otras personas del pueblo. Cuentan un par de anécdotas ya muy citadas en otros libros y ensayos. La sobrina menciona que «hay una biblioteca popular que lleva el nombre» de César Vallejo. Pero Izquierdo Ríos parece más interesado en—por decirlo de alguna forma anacrónica—tomarse un selfie verbal en la casa de Vallejo con sus familiares y regañarles por no tener más cosas de César, que preguntarles sobre sus vidas, sobre el pueblo o, en todo caso, sobre qué piensan y sienten ellas de la obra de Vallejo.

Izquierdo Ríos volvió a Santiago en 1971 y volvió a escribir sobre el viaje. Ahora me toca leer esa parte. Pero creo que voy a cambiar de hotel primero. Hay un hotel a unas cuatro cuadras más abajo que me parece más tranquilo. 

 

***

 

Hay varias pinturas con poemas de Vallejo colocados sobre el Jirón César Vallejo: «Los dados eternos», «Los heraldos negros», «Idilio muerto», «Huaco», «El poeta y su amada», «La cena miserable» y los dos que vi ayer: «Piedra negra sobre una piedra blanca», y «Masa». 

La Casa Museo está en el número 1060 del Jirón César Vallejo. Se ve cuidada desde afuera. No es ni una casa muy humilde, ni muy lujosa. Parece una casa más del pueblo. Tiene dos balconcitos. Un letrero de metal montado sobre la pared del lado derecho de la puerta de la calle dice:

 

Horario de visita:

Lunes a domingo y feriados

8:30 – 12:30 a 14:30 – 18:00

 

Está cerrada a las once de la mañana del primero de enero, lo cual para nada sorprende, claro. Más arriba de los dos balcones hay otro letrero que dice: 

 

Municipalidad Provincial de Santiago de Chuco

CASA MUSEO

CESAR ABRAHAM

VALLEJO MENDOZA

 

Juan Espejo Asturrizaga estuvo dos meses con Vallejo en Santiago de Chuco en 1920. En su libro, César Vallejo: Itinerario del hombre, escribió lo siguiente: «La casa donde llegamos y me hospedaron era en la que nació César y donde habitaron siempre sus padres. En ella residía ahora Víctor, el hermano mayor. Situada en el barrio de Cajabamba (Santiago está dividido en las barrios de Cajabamba, San Cristóbal, Santa Rosa o Andamarca, Santa Mónica y San José) y en la Calle Colón, No. 96.» 

«La casa ofrecía un portón a la entrada. Se ingresa a ella y sigue un zaguán que da a un patio empedrado; tomando a la izquierda, al extremo hay una puerta que da entrada a una habitación bastante amplia (a este le llamaban “el cuarto verde” por estar pintadas sus puertas de este color) siguiendo de frente hay otra puerta que da a un patio más pequeño, a la izquierda otra habitación; aquí nació César. Anteriormente tenía esta habitación puerta hacía la calle. Aquí, asimismo, falleció la madre de los Vallejo. A la derecha y al fondo de este patio, en la parte baja, existían (en esa época y nada había cambiado mucho antes de que yo visitara la casa) corrales donde se criaban animales domésticos. (Trilce III “hacía el silencioso corral, y por dónde —las gallinas que se están acostando todavía—, se han espantado tanto”). Volviendo al patio central de la casa, al fondo está la sala y luego siguen las habitaciones del papá, de Víctor y su señora e hijos menores. En la planta alta hay varias piezas, que sirven algunas de depósito de las cosechas de las chácaras de son Víctor.»

«En la época en que nació César, la casa era muy modesta. Don Víctor la reconstruyó, ampliándola y adquiriendo la parte del centro donde vivían cuando la visité. La casa, como todas las de esa calle, es de techo oblicuo de tejas rojas; éstas sobre salen cubriendo parte de la vereda, la pared termina en un poyo. Desde el interior se puede ver a la distancia, el cementerio de Santiago» (p. 90).  

En la página dieciséis del libro de Asturrizaga hay una buena fotografía de la casa tomada desde la calle. No dice en qué año fue tomada la foto, pero tuvo que ser antes de 1965 (la fecha de publicación) y probablemente antes de 1945, cuando Asturrizaga terminó la primera edición del libro: «Este libro ha permanecido inédito desde el año 1945, que debió salir a luz» (7).  La nota del pie de foto, entre las páginas 16 y 17, dice: «El hogar de los Vallejo. La segunda puerta partiendo de la derecha. En la parte alta una placa, recientemente colocada. El portón, con los dos balcones volados, corresponden a la ampliación que hiciera Víctor, hermano mayor del poeta». 

Desde la calle la casa se ve igual que en la fotografía del libro. Se ve muy linda. Mañana vendré. 

Hay pocas personas en las calles: algunas vendedores, niños y niñas chiquitos corriendo cuesta abajo tras sus pelotas, borrachos de la fiesta de la noche anterior pasando entre ellos las botellas de cerveza y un vaso de plástico en las esquinas, ancianos y ancianas caminando o sentados en la sombrita, chavos en moto, uno que otro carro, niños y niñas jugando con un globo. En cada otra esquina se ven las cenizas de los cuetes y una que otra botella de cerveza rota. 

Dos cuadras más arriba de la Casa Museo hay un letrero impreso sobre una manta de plástico que dice: «Capulí, Vallejo y su Tierra». El lugar está cerrado. Vendré mañana. 

Me metí en un lugarcito a tomar un batido de papaya y un pan con palta (aguacate en el Perú). Me emociona conocer la casa de Vallejo mañana y de empezar a conocer personas en el pueblo. 

El batido de papaya está tibio y tiene un polvo de cacao y azúcar encima. Está muy rico. El pan del pueblo está riquísimo. La mesera me trajo dos panes. Pensé entonce que así era la orden. No me di cuenta que el pan de abajo era de aceituna. Ella me dijo: «El pan de aceituna, te invito».

 

—¡Muchas gracias! —le dije, emocionado—. Qué amable. 

 

El lugar tiene tres mesas de madera, cada una con cuatro sillas también de madera. Las paredes están pintadas de verde limón y blanco crema. Hay una televisión sobre un estante simple de madera con alguna película de dibujos animados. Un oso está discutiendo con un alce. El pan de aceituna está buenísimo. 

 

***

 

Un yaraví perdido.

Un yaraví que no encuentra

su letra, que divaga

por las calles de un recuerdo

con apenas los fragmentos

de una melodía que antes fue posible.

Un yaraví maloliente,

sin muda de ropa

ni agua para lavarse la boca.

Un yaraví robado.

Un yaraví que vomita

y no sabe llorar. 

 

***

 

Toda la tarde ayer y todo el día hoy ha estado soleado, despejado. Ahora, a las 18:16, algunas nubes grises avanzan sobre el valle y el pueblo. En menos de quince minutos el cielo azul-morado del atardecer se volvió un gris oscuro. ¿Lloverá?

 

***

 

Cae la noche.

En las sombra vencidas

hay, otra vez, veinte años

buscando un sentido

como quien camina cabizbajo

buscando una moneda para

completar el pasaje.

Son, nuevamente, veinte años

y nada. 

Cuartos baratos de hotel,

libros y libretas,

soledades múltiples,

pan con crema de maní,

y recuerdos que caen sobre la noche

como un desfile de todos

los boxeadores tumbados

para poder hacerle

el camino de otro campeón.

 

***

 

Pasé todo el día leyendo, caminando y escribiendo aquí en el diario. Leí un par de capítulos de La ciudad y los perros y volví a leer por enésima vez Los heraldos negros. Hay muchos poemas que no me dicen nada (sobre todo los poemas «románticos»), algunos que me gustaban antes y ahora no tanto, pero hay unos versos y vario s poemas completos que me siguen conmoviendo, me siguen abrazando:  «Heces», «Agape», «El pan nuestro», «Los dados eternos», «Los pasos lejanos», «A mi hermano Miguel» y «Espergesia». En la edición que estoy leyendo, el de Seix Barral del 2018, hay una nota sobre el poema «La de a mil» que dice que Abraham Valdelomar citó ese poema completo en un artículo en 1918 titulado: «César Vallejo, el poeta de la ternura». Juan Espejo Asturrizaga también menciona en su libro ese artículo, publicado en la revista «Sudamérica» el 2 de marzo de 1918 con el título: «La Génesis de un Gran Poeta. César Vallejo, el Poeta de la Ternura». El artículo está reproducido en el primer volumen de las crónicas de Vallejo publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1984. Lo mejor del artículo, para mi, es ese subtítulo: «el poeta de la ternura». Eso me parece muy acertado. La fama común de Vallejo es que es el poeta del dolor, del sufrimiento y de la tristeza—y claro que lo es. Pero esa fama deja de lado sus obras maestras de la ternura: «El pan nuestro», «Los pasos lejanos» y «A mi hermano Miguel» por ejemplo. También deja muy de lado su obra militante. Volveré a eso. 

A Vallejo lo he leído tanto y a la vez: ¡qué poco lo he leído! Pero no quiero hacer de Vallejo un Dios o un héroe o algo parecido. Sí lo quiero amar de esa forma particular que un lector o una lectora ama a un o una poeta. En mi caso es el amor de un lector que también quiere ser poeta. Y que también quiere ser un lector poliamoroso. Me he enamorado, tan solo en los últimos años, de James Baldwin, Alejandra Pizarnik, Roberto Bolaño, Han Kang, Pramoedya Ananta Toer, Octavia Butler, Arundhati Roy, Natalie Díaz y muchos otros y otras. Cuando tenía veinte años quería leer a muchos autores. Ahora lo que más me gusta es emocionarme con una escritora, con un escritor, y leer toda su obra. Y en ese sentido, también, regreso a Vallejo como lector en mis cuarentas. He leído toda su poesía—Poemas humanos sobre todo—y su novela, El tungsteno, la mayoría de sus cuentos, algunas crónicas y ensayos, Contra el secreto profesional, pero no he leído todo. Quiero leer todo. Con Vallejo pasa algo muy particular con el éxito y el fracaso. Quiero leer, y volver a leer todo, y pensar sobre eso. 

Y también quiero escribir, igual o más que cuando tenía 20 años.

Izquierdo Ríos cita una breve conversación con Escobar Vallejo, primo de César, quien dice: «Desde muchacho le gustaba peinarse a lo poeta, el pelo por atrás. Era distraído, soñador… Cuando, en vacaciones, venía de Trujillo, me decía: "Oye, primo, vamos a dar una vuelta". Íbamos por las afueras. Vallejo se echaba bajo los árboles. Luego decía, golpeándose la frente: "Quiero escribir…" Y regresábamos. Tardes y mañanas enteras se pasaba andando por las alrededores, por los cerros…» 

 

Santiago de Chuco, Perú

2 de enero de 2019 

 

No llovió. Amaneció despejado. Dormí mal y tuve sueños raros pero ya no me acuerdo bien de que. Me desperté a eso de las dos de la madrugada y me costó volver a conciliar el sueño. Me desperté otra vez a las seis pero no me levanté hasta las 6:50. Fui por agua caliente, regresé a mi cuarto, preparé un café y leí los primeros poemas de Poemas humanos que en la nueva edición de Seix Barral de la poesía completa lleva una orden distinta a las otras ediciones que he leído. 

Después de un rato arreglé mis cosas y cambié de hotel. Mi nuevo cuarto es básicamente el tamaño de la cama. Me llamó Chente  (mi hermano, el gran músico Ayacuchano, Vicente Mansilla Huerto) al celular que ellos me obligaron a traer y que he dejado siempre en la habitación del hotel. Conversamos un rato y después me bañé y salí a la vuelta a desayunar un pan con queso y tomar otro café. Todos los lugares donde he ido aquí hasta ahora solamente tienen café instantáneo. Menos mal que traje la pequeña cafetera, mi termo y café molido. El pan con queso está rico. 

 

***

Dos libros traducidos del francés al castellano por Vallejo: Elevación, de Henri Barbusse (Cenit, Madrid, 1931) y La calle sin nombre, de Marcel Aymé (Cenit, Madrid, 1931). 

 

***

En la Casa Museo. Entré a eso de las 9:40 o 10:00. La primera cosa que vi fue una pantalla grande LG que pasaba una telenovela a todo volumen en el fondo del patio central de la casa. Una mujer estaba sentada a la mano derecha tejiendo. Le dije, «buenos días», pero no me escuchó por encima del sonido de la telenovela. Volví a decir «buenos días» un poco más fuerte y ella me volvió a mirar.

—¿Quiere pasar al museo?

—Sí, por favor. 

—Son cinco soles. 

Saqué una moneda de cinco soles, me acerqué a donde ella estaba sentada y se la di. Me explicó cómo está organizada la exposición. Me pidió que prendiera y apagara las luces de las salas al entrar y salir. Entré en la primera sala y casi al instante se me fue la emoción. Claro. ¿Qué pensaba? ¿Un museo? ¿Un museo diseñado y administrado por la municipalidad? (Todavía no había fijado en la otra entidad responsable por el museo.) ¿Esperaba poesía? ¿Esperaba ternura? Si los municipios y los museos son instituciones que matan a la poesía y a la ternura. 

Recorrí la casa sin prisa, pero tampoco leyendo cada palabra. Entró una pareja con su hijo adolescente. Sonaba el audio nefasto de la telenovela por toda la casa. Quise recorrer todo primero y luego volver a tomar apuntes y leer todo o más tarde u otro día. La Casa Museo son dos casas unidas y «renovadas», cada una con su patio. Después de recorrer todo vi un cuarto al lado de la entrada y salida que decía «dirección» y parecía tener cosas a la venta. Pregunté si podía entrar. 

—Solo si vas a comprar algo —dijo la mujer que seguía tejiendo frente a la pantalla grande. 

—Pues, a ver…

Entré y la mujer llegó y prendió la luz. Había llaveros, monederos, billeteras y playeras (polos, en el Perú) con diferentes imágenes del rostro de Vallejo. Había algunas ediciones escolares piratas de bolsillo muy económicas de tres libros de Vallejo: Poemas humanos, Trilce, y Paco Yunque y otros cuentos. Había un ejemplar de la biografía de Vallejo que acababan de publicar en septiembre del 2018. Había, detrás de un escritorio, un pequeño librero con unos cincuenta libros. Pregunté si las tres ediciones escolares eran los únicos libros de Vallejo que tenían a la venta. 

—Sí —me dijo. 

—¿Y esos libros —dije señalando al librero detrás del escritorio— son parte de una biblioteca?

—Sí —me dijo y se paró al lado del escritorio como para bloquear mi acceso al librero. 

—Ah —le dije—. Es que imaginando que habría una biblioteca aquí en la Casa Museo les traje dos libros para regalarles. 

—¿Es usted escritor?

—Sí.

—¿Y qué escribe?

—Pues, sobre todo cosas de investigación periodística, crónicas, pero también poesía.

Le di los dos libros míos que había traído—20 poemas para ser leídos en una balacera y Una historia oral de la infamia, la primera edición mexicana de Fue el estado: Los ataques contra los estudiantes de Ayotzinapa—y le conté muy brevemente de que iban. 

Cuando le hablé de Ayotzinapa me dijo, «Es como lo que pasó en la Cantuta» algo que escucharía cada vez que hablara de Ayotzinapa en el Perú. 

—Un poco —le dije—. Solo que esa noche mataron a seis personas, hirieron a muchas, pero los cuarenta y tres estudiantes fueron desaparecidos por policías uniformados de los tres niveles de gobierno y siguen desaparecidos. No se sabe dónde están ni qué pasó con ellos. 

—Ah. En la Cantuta sí encontraron los restos. Es terrible. Aún aquí en Santiago, que es bastante tranquilo, pero hace ocho o diez días mataron a un profesor. Pero fue cómo lo mataron. ¿Usted ha visto como matan a los cerdos? 

—Sí. 

—¿Sí? ¿Con esos cuchillos largos que llegan al corazón? Bueno, uno de esos usaron. Le cortaron por el cuello y el pecho. 

Me contó el rumor de que el profesor «se metió con la mujer de un asesino» que apenas había salido de la cárcel y que éste lo mató. 

Para no seguir hablando de los rumores, volví a preguntar de los libros. 

—¿Hay una librería aquí en Santiago?

—No. No hay. 

—¿Y si alguien quiere comprar un libro de César Vallejo, por ejemplo, dónde va?

—Solo aquí —dijo, señalando los tres títulos en ediciones escolares de bolsillo que cuestan cinco soles cada uno. 

Entró otra pareja con tres hijos. Las dos familias que habían entrado parecían, por sus acentos, peruanas. Pregunté si vienen estudiantes de los colegios a revisar los libros de la biblioteca de la Casa Museo. 

—No. No vienen. Ya no leen. Ahora hacen todo con la computadora, con el Internet. 

Le pregunté si vienen muchas personas a la Casa Museo. 

—No muchas —me dijo—. Es que no le hacen mucha promoción. No hay información de la Casa Museo en Internet. Podrían aprovechar muchas cosas turísticas de Santiago de Chuco, pero no lo hacen. Por ejemplo, yo creo que se debe de publicar aunque sea un libro cada año, todos los años. Cuento, novela, teatro, lo que sea. Pero no lo hacen. No publican nada. En Huamachuco saben mejor aprovechar y publican un libro todos los años, aunque sea malo, pero lo publican. 

Cuando le regalé los dos libros para la biblioteca de la Casa Museo me empezó a tratar de una manera un poco menos cortante. Me preguntó de dónde venía, si estaba soltero y luego por mis padres. Yo también, entonces, le pregunté por su familia. Me dijo que está casada y su esposo es docente. Tienen cuatro hijos varones. El más grande estudia ingeniería, el más chico está en cuarto de primaria y otro quiere estudiar medicina. Ella se preocupa porque es muy difícil entrar en la Universidad Nacional de Trujillo y si su hijo no logra entrar, tendrían que pagar una privada.

Ella también me regaló dos libros de los que estaban apilados sobre el piso al lado del librero: La piedra bruja, un libro de relatos de Danilo Sánchez Lihon y Epifania de la luz, poesía de Gerardo G. De García V. Los dos libros fueron publicados por la Municipalidad Provincial de Santiago de Chuco. Me dijo que le gustaba mucho los poemas de Epifania de la luz

—Me gusta la poesía de Vallejo —me dijo—, pero no la entiendo. Escribe muchas cosas que como que no se entienden.

—Pero tiene muchos poemas muy sencillos, muchos poemas tiernos. Por ejemplo, «A mi hermano Miguel».

—¡Ah! «A mi hermano Migue» es hermoso, pero es una excepción. 

—No tanto —insistí—. Tiene muchos poemas así en un lenguaje muy sencillo. Y, pues, está toda su obra narrativa, ensayística, periodística y hasta teatral que no tiene nada que ver con los experimentos de Trilce, por ejemplo. 

—Vallejo fue el hijo mimado —me dijo, interrumpiéndome—. Es que su familia era una familia acomodada del pueblo. Nunca les faltó nada. Y Vallejo era el último de once hijos. Todos lo amaban, todos lo abrazaban. Era el hijo mimado. Aquí tenía todo: su plato de comida, su ropa limpia, su cama tendida. Pero él quiso estudiar y sus padres ya eran personas ancianas. Ya no tenían ingresos para apoyar a los estudios de César. Sus hijos estaban todos ya grandes, y cada quien vivía por su lado. Entonces, César tuvo que trabajar para estudiar. Y cuando viajó, sufrió carencias. Ya no tenía quien le sirva su almuerzo. Como que su poesía nace de ahí. Y siempre por lejos que fuera, recordaba la tierra de su infancia. 

Nunca había escuchado esta teoría de las raíces del sufrimiento en la poesía de Vallejo: que porque ya tenía que preparar su propia comida y no tenía quién le tendiera la cama. En seguida le pregunté lo siguiente:

—Aquí en Santiago, ¿Cómo ven a Vallejo? ¿Lo aman? ¿Están aburridos de él? 

—No, aburridos no. Por Vallejo Santiago de Chuco es conocido en todo el mundo. Es como un hermano mayor del pueblo. En las escuelas muchos maestros les dan a los alumnos poemas de Vallejo de recitar y así es que conocen a Vallejo. 

Hablamos un poco de la biografía de Vallejo de Miguel Pachas Almeyda: ¡Yo que tan solo he nacido! Fue publicado en septiembre del 2018 en Lima. Pachas Almeyda vino a Santiago a presentar el libro en la Casa Museo y ella le pidió que dejara los ejemplares que sobraban para venderlos en el museo. Compré uno en cuarenta soles.

Le dije que me iba a quedar en Santiago varios días y me invitó a revisar los libros en la pequeña biblioteca del museo. Le dije que muchas gracias, que lo haría, que quería volver a leer toda la exposición también. Fue entonces que me presenté y le pregunté su nombre. «Jaquelín», me dijo. Después de conversar con ella, me vine al patio de la segunda casa—donde el sonido asqueroso de la telenovela no está tan fuerte—y me senté en una escalera a escribir en el diario hasta que Jaquelín me dijo que iba a cerrar para la hora del almuerzo. Di una vuelta larga por el pueblo buscando un sitio donde almorzar. Hoy, el 2 de enero, hubo cambio de gobierno en la municipalidad (escuchaba al fondo los discursos de la plaza cuando me senté a escribir en el patio de la segunda casa) y el centro estaba repleto de personas. Después de una media hora caminando me metí en una fondita al lado de la Casa Museo.

 

Imagen de cabecera, CC Carlos Adampol

John  Gibler
John Gibler

(1973) es un periodista independiente que vive en México desde 2006. Es autor de Fue el estado (2016) Tzompaxtle: La fuga de un guerrillero (Tusquets, 2014), Morir en México (Sur+, 2012) y 20 poemas para ser leídos en una balacera (Sur+, 2012) entre muchos otros.