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FRANCIS ALŸS

La fe no mueve montañas
Jorge Carrión

¿Cuál es el lugar del viaje? En otras palabras: ¿Dónde se produce el viajar? En un pasaje de El Danubio, Claudio Magris habla de la excitación cutánea que provoca el movimiento. ¿Estará en la piel el viaje? Durante milenios, tal vez estuvo en la suela de los pies, el lugar en que el cerebro conecta con el camino, al ritmo de los pasos —que es el del corazón—. En la modernidad incipiente, la diligencia primero y más tarde el romanticismo mutaron la atención: de los pies a la mirada. A partir del siglo XIX, los lugares del viaje empezaron a ser cada vez más abstractos: la ventana del tren, el collage, la velocidad, la odisea espacial, la pantalla.

Es en la pantalla donde se realizan los viajes de Francis Alÿs (Amberes, 1959). Obviamente, antes fueron desplazamientos reales, pero tan fugaces, tan insólitos, tan fuera de los focos mediáticos globales, que sólo nos queda el documento archivado, el video, la fotografía, la página web. Su fe en el paseo, en la caminata, no es tan diferente de la que en su día sintieron y practicaron André Breton o Guy Debord; pero a diferencia de ellos, Alÿs vive en la era de la sobredocumentación, de modo que el lector de la tradición inquieta puede reconstruir sus derivas sin moverse de casa.

A través del resplandor mortecino de la misma pantalla en que acabo de minimizar la web francisalys.com para seguir escribiendo.

El trabajo del artista, al menos desde 1991, nace de la travesía urbana. Sobre todo en la inagotable Ciudad de México, su lugar de residencia, por donde transitó arrastrando un bloque de hielo hasta que éste se deshizo;  pero no sólo en ella. De hecho, su obra más famosa tuvo lugar en Lima. Cuando la fe mueve montañas consistió en el reclutamiento de quinientos voluntarios con el objetivo de que movieran una duna en las afueras de la capital de Perú. Se dispusieron en línea armados con palas. Y protagonizaron un desplazamiento geológico. Un desplazamiento geológico infinitesimal. Simbólico. En un movimiento inverso y complementario al del bloque de hielo: en la naturaleza periférica, el colectivo era capaz de desplazar la materia y de transformarla en energía; en el laberinto urbano, el individuo —en cambio— sólo podía hacer que filmaran su soledad absurda, su caminata con hora de caducidad, su rastro en evaporación.

«Un viaje implica un destino, muchas millas que consumir», ha dicho Alÿs, «mientras que un paseo tiene su propia medida, que se completa en cada punto del camino». La reflexión sobre el acto de caminar nunca se da tan sólo en el ámbito de la teoría: el caminante ha caminado, porque así lo dicta su proyecto artístico, las calles de Copenhague, Jerusalén o Londres. Seven Walks fue el resultado de sus paseos por parques londinenses. Narcoturismo fue el resultado de sus deambulaciones por Copenhague bajo los efectos de diversas drogas. The Green Line testimonia su caminar por Israel con una lata de pintura verde que deja un rastro sobre el asfalto. Caminar contra las configuraciones políticas del espacio. 

¿Dónde estará el viaje cuando uno viaja?

Mejor aún: ¿Dónde estará el viaje cuando uno viaja con la conciencia de estar viajando, con la conciencia de estar llevando a cabo una acción artística?

Mejor todavía: ¿Cuándo el viaje es arte y cuándo deja de serlo?

Incluso: cuando deja de ser arte, ¿el viaje sigue siendo viaje?

 

A veces hacer algo te lleva a nada, 1997.

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Cuando la fe mueve montañas, 2001.

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Hubo un tiempo en que el sexo (la pornografía) estuvo en la piel; el mismo en que el viaje (el turismo) estaba en la suela de los pies. Ahora vivimos muchas más experiencias pornográficas y turísticas a través de pantallas que en la piel propia y hemos olvidado que en la estructura misma del viaje hay un rastro genético de lo sagrado. La fe en el cuerpo al sol o en movimiento, la fe en el traslado o en las vacaciones es lo que queda de nuestra extinta fe en la trascendencia que otorga el camino.

Intuyo que por esas vías se mueve la fe de Francis Alÿs.

Entre los múltiples circuitos internacionales que coexisten en el mapa global está el del arte contemporáneo, por el que peregrinamos los viajeros o turistas culturales de este cambio de milenio. En museos de todo el mundo he ido entendiendo, parcelada, pixeladamente, el proyecto de Alÿs, quien —como Santiago Sierra o Gabriel Orozco— ha escogido la Ciudad de México como su capital del mundo. Pero es ahora, en la misma pantalla en que compro pasajes de avión, busco mapas, intercambio correo, consumo porno o escribo sobre la tradición inquieta, donde descubro su performance de junio de 2002, cuando organizó una procesión religiosa para conmemorar el traslado del MOMA desde el centro de Manhattan hasta Queens.

En el video de Youtube la gente camina con los iconos del arte contemporáneo a cuestas. Caminan. La ironía es evidente. Pero caminan. La obra se llama The Modern Procession: llevan a cuestas réplicas de Duchamp y de Picasso, llevan gafas de sol, van vestidos de sport, de calle. Pero caminan: hasta que se paran. Entonces, vuelvo a ver el video y vuelven a caminar. Entiendo entonces que ese es el movimiento de la obra por entregas de Alÿs: un movimiento que, como el de la narración o como el del ensayo, nunca se detiene. Un movimiento cuya razón de ser es la pantalla.

Hace días que no hago más que buscar obras suyas y ahora encuentro una que ha comprado la Fundación Telefónica de Madrid. Se llama Time Lapse y consiste en dieciséis fotografías que versionan un video en que Alÿs y su colaborador constante Rafael Ortega registraron, durante doce horas, la progresión de la sombra del mástil del Zócalo. El mástil de una de esas gigantescas banderas que jalonan la vastedad del territorio mexicano. No era la primera vez que trabajaba esa plaza: el corazón de los conflictos políticos de un país desde hace cinco siglos. En una ocasión dio vueltas al mismo mástil con un rebaño de ovejas (Cuentos patrióticos). Antes, construyó allí una cabaña con los deshechos de una campaña electoral.

Como la ficción o el ensayo, la obra en marcha de Francis Alÿs atrae las digresiones: en México D.F. y en La Habana caminó con un perro de juguete hecho con imanes y con zapatos imantados, para atraer objetos que incorporas y que te llevan a lugares (simbólicos) inesperados.

Para eso viajamos.

La tradición inquieta: cada vez más lejos y más rodeada de relatos periféricos y menos comprensible.

Mi padre trabajó durante tres décadas en la Compañía Telefónica Nacional de España. Tras unos años clavando postes y tendiendo línea, consiguió una plaza estable como técnico a domicilio. Siempre que viajábamos por España, él nos iba enseñando los postes (árboles muertos, tecnificados) que sus compañeros y él habían plantado con gran esfuerzo. Viajó mucho, mi padre. Nunca pensó que eso pudiera ser arte.

Jorge Carrión
Jorge Carrión

Escritor, crítico cultural y director del Máster en Creación Literaria de la UPF-BSM. Escribe regularmente en The New York Times en Español y Altaïr Magazine. Sus últimos libros publicados son crónicas que ensayan o ensayos que narran: Librerías. Edición aumentada (Anagrama, 2016), Barcelona. Libro de los pasajes (Galaxia Gutenberg, 2017) y Gótico (MNAC/Norma, 2018)