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LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ

Cuando Georges visitó Puerto Rico
Lizette Gratacós Wys

Juracán, dios del caos y el desorden, el dios malo de los indios taínos, regresa y castiga. En otra época los españoles le hubiesen dado un nombre solemne como San Ciriaco, San Felipe o Santa Clara. Esta vez, bautizado con el pragmatismo insípido de los norteamericanos, se llamó Georges. Georges golpeó siete países: Antigua y Barbuda, San Cristóbal y Nieves, Puerto Rico, República Dominicana, Haití, Cuba y Estados Unidos. No fue mi primer huracán, anteriormente sobreviví a David (1980) y a Hugo (1988). Tampoco fue el más fuerte, pero hizo estragos en mi vida.

Durante mi niñez eran poco frecuentes. Recuerdo las velas, los quinqués, los mapas de coordenadas geográficas que regalaban las gasolineras, el radio transistor de pilas, gente comiendo y bebiendo. Guardo recuerdos borrosos de mi padre sacando la lancha del agua e intentando asegurarla en tierra, o amarrando la nevera a los tablones de la pared antes de que abandonáramos nuestra casa frente al mar para refugiarnos en casa de algún pariente. Puerto Rico se consideraba una isla bendita porque los huracanes se desviaban antes de llegar a sus costas, pero la suerte cambió con el clima.

En 1998, cuando anunciaron a Georges, muchos pensamos que sería otra falsa alarma. Al final de esa temporada de huracanes, ya Albert, Bertha y Dean habían pasado de largo sin siquiera tocarnos. La gente estaba cansada de tanta advertencia, tantos preparativos, cansada de deliberar si poner o no las tormenteras. Estábamos hartos de rellenar los mapas de coordenadas para seguir la trayectoria de fenómenos atmosféricos que no llegaban. Pero cuando Georges se nos vino encima cundió el pánico.

El plan de contingencia ante huracanes está bien establecido. Es un protocolo que de tan ensayado hemos convertido en ritual: Te haces con los mapas que obsequian, ya no sólo las gasolineras, también supermercados, ferreterías, farmacias y cualquiera que tenga un negocio y quiera tener un gesto de solidaridad con la población (además de poner publicidad en el dorso). Te conectas a los boletines de información, mapa preparado, lápiz en mano y, como en un juego de bingo, rellenas los puntos para visualizar la trayectoria. El Departamento de Asuntos al Consumidor (DACO) congela los precios. Es necesario racionar el agua y el arroz, los anaqueles de los supermercados quedan vacíos. Te abasteces con velas, baterías, latas de comida y bebidas alcohólicas. Se instalan las tormenteras, escuchas el concierto de Aranjuez y esperas.

La mañana del 21 de septiembre del 1998, todos los canales de televisión en la isla transmitían el mensaje del Gobernador. «El ojo del huracán entrará antes de la medianoche por la zona este, entre Fajardo y Humacao», comunicó con gravedad el mandatario. Aparecía acompañado de senadores, representantes, alcaldes y oficiales de la policía estatal y municipal. Todos, cariacontecidos y apiñados tras el pequeño mostrador del estudio televisivo, rodeaban al meteorólogo cual Sumo Pontífice. En un recuadro en el extremo izquierdo de la pantalla asomaba el traductor de señas para sordos. Sus movimientos gráciles y gestos armoniosos le quitaban seriedad a la situación.

A las once de la mañana llegaron a casa los instaladores de las tormenteras. Las tormenteras son planchas de zinc o madera que con un sistema de tornillos se sujetan sobre ventanas y cristales. Estas planchas protegen de los fuertes vientos y del impacto de proyectiles: ramas, postes, piedras, sillas, piezas de coche o cualquier objeto suelto; incluso los mangos maduros se desprenden de los árboles y se convierten en peligrosos proyectiles impulsados por las ráfagas. Usualmente, en un temerario juego de pronósticos, debes decidir si pones las tormenteras o te arriesgas a que el huracán pase y te coja descubierto. No sale barato ponerlas y si las pones, lo más probable es que tengas que quedarte meses —hasta que termine la temporada de huracanes— encerrado en una oscura y calurosa lata de galletas. En la víspera de Georges no había nada que decidir.

La brigada de tormenteros estaba formada por cuatro hombres dirigidos por un jíbaro alto y delgado que, aunque hablaba poco, se hacía entender con claridad. Subían las escaleras con planchas de zinc y bajaban a toda prisa a buscar otras. Rápidamente, las paredes de cristal de la casa de Villa Caparra quedaron cubiertas. Mientras tanto, mis hijos, mi marido y yo guardábamos los muebles del jardín en el garaje, con cuidado de no rayar los coches. Afuera, el sol brillaba burlón. El jardín lucía magnífico, verde y frondoso.

Dejé lo que estaba haciendo, lo práctico, lo importante, lo necesario y cogí la cámara de video. Filmé la mata de guanábana, las colocasias: sus hojas grandes, fuertes, prehistóricas, parecían haber sobrevivido eones; el sauce llorón, feúcho, nada tenía que ver con aquellas latitudes; y al fondo, esplendorosa, la palma alta y erguida que se mecía con la suave brisa. Filmé la fuente zen y su relajante cascada, filmé a mis hijos que discutían por algo, filmé al silencioso jíbaro de ojos verdes. Varias veces pasó delante de la cámara, miraba sin sonreír. Filmé al Gran Missu, que me seguía cariñoso. El Gran Missu era un gato grande, de aire aristocrático, pero callejero y peleón. En su adolescencia felina fue drogadicto. Metía la cabeza en los tubos de escape de los coches y se intoxicaba. Después de castrado, maduró. Ese día el Gran Missu paseaba tranquilo, como si nada, como si no tuviera instintos que le avisaran que se avecinaba una fuerza destructora.

Melancólico, detrás del ruido de los trabajadores, del choque de metales y el ajetreo del ir y venir, sonaba el segundo movimiento del Concierto de Aranjuez. Mis hijos ya no le prestaban atención. De pequeños les decía que entre los acordes de la melodía se escondían poderes mágicos que espantan a los huracanes.

Entrada la tarde nos encerramos en la casa para refugiarnos. Ráfagas dispersas anunciaban la llegada de Georges.

Llegó aullando. Violento. Furioso arremetía contra todo lo que tenía a su paso. Sacudía los árboles e intentaba derrumbar las puertas. Se oían golpes en el techo y las tormenteras se estremecían.

La radio dejó de transmitir; seguramente las torres de comunicación habían caído.

La fuerza del fenómeno me revolcó la adrenalina y otras hormonas. Sin pensar en la secuela y los daños, viví la intensidad del huracán más con fascinación que con miedo. Más que protegida, me sentí atrapada dentro de aquella oscuridad incierta, claustrofóbica. Entretuve la idea de salir de la casa y enfrentarme a la bestia, enfrentarme a lo que fuera. 

Georges atravesó la isla de Este a Oeste, arrasando con los pueblos cafetaleros de la Cordillera Central. Cuando llegó el ojo del huracán quisimos averiguar e intentamos abrir la puerta que daba a la calle, pero estaba bloqueada. Un poste eléctrico había caído sobre la casa. La calma del ojo fue breve. Los vientos de 250 km/h ahora nos llegaban desde otra dirección. Lo que no destruyó de un lado lo destruiría del otro.

El aullido de Georges llegaba de la otra esquina de la calle. A los tres segundos se reanudaba el forcejeo. Las puertas. Las ventanas. Las tormenteras. Las ramas del sauce llorón latigueaban el balcón. Una y otra vez.

 

***

 

A la mañana siguiente el olor a tierra mojada y hierba era punzante. Cuando finalmente logramos salir ya no había jardín. El viento había dejado los troncos pelados y desnudos. Las ramas desperdigadas bloqueaban el paso. Las paredes blancas quedaron embarradas de una arena rojiza que se adhería como arañas. La palma tirada sobre la verja de los vecinos exhibía sus enmarañadas raíces. El sauce llorón había quedado decapitado, no era más que un tronco de apenas un metro de altura. El viento había arrancado la hierba de la tierra. El tendido eléctrico colgaba como un ramillete de lianas. Por suerte no corríamos peligro de electrocutarnos porque no había electricidad. El Gran Missu, confundido por el caos, se lanzó hacía la verja, saltó sobre la palma y desapareció. Se me pasó por la mente que no lo volvería a ver.

Tres semanas después del azote vinieron a retirar las tormenteras y la luz entró en la casa como una promesa de libertad. El jíbaro de ojos verdes se despidió con gesto sobrio. Los niños regresaron a la escuela. El Gran Missu, vapuleado pero sano, volvió justamente el día en que nos devolvían la electricidad. Al poco tiempo, el sauce llorón se convirtió en un bonito bonsái. Normalmente, las cosas hubiesen vuelto a su ritmo hasta la próxima temporada de huracanes, pero no fue así. Los vientos huracanados se me habían instalado en el alma y no me dieron tregua. Una ráfaga inevitable me arrastró lejos de todo. Atrás quedaron mi casa, mi familia, el Gran Missu y Puerto Rico.

Nunca recuperé el video del jardín. 

Lizette Gratacós Wys
Lizette Gratacós Wys

Periodista puertorriqueña, reside en Barcelona. En 1999 la Universidad de Puerto Rico publicó su libro de cuentos Tortícolis. Colaboró con la revista cultural Domingo del periódico El Nuevo Día y ha publicado en El malpensante. Maneja contenindo en las redes sociales. Y viaja, prepara itinerarios minuciosos, toma notas; luego escribe sobre otras cosas.