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LO QUE QUEDA DE VALLEJO

Un diario de viaje III
John Gibler

Llegué a Lima por primera vez en abril de 1997. Quería conocer el pueblo natal del poeta César Vallejo, Santiago de Chuco. Unos días antes de ir, Julio Humala —gran músico Ayacuchano y co-fundador con su hermano Walter del Dúo Arguedas— me invitó al Primer Festival de Queso en su pueblo natal, Coracora, Ayacucho. Emocionado, acepté la invitación y, pues, ya no fui a Santiago de Chuco. Ese viaje a la tierra de Vallejo quedó pendiente por muchos años. En noviembre del 2018, sin mucho preámbulo y sin ningún tipo de planeación previa, decidí retomar ese camino hacia la tierra del poeta y escribir un diario del viaje. Este texto, publicado por primera vez en Altaïr Magazine, forma parte de un pequeño libro de próxima edición por Pepitas de Calabaza.

 

Santiago de Chuco, Perú

4 de enero de 2019

 

Casi no pude dormir. No sé porque. 

Biblioteca Universal

«César A. Vallejo M.»

Municipalidad Provincial

De Santiago de Chuco

Así dice el letrero de la biblioteca que otra vez está cerrada. Son las 9:30 de la mañana. No hay ningún letrero ni aviso con el horario. 

Vine a la Casa Museo nuevamente pensando donarles el libro de la poesía completa que he estado leyendo durante este viaje. El museo es un asco, pero pensé que no estaría mal tener un libro de Vallejo que las personas que acuden al museo pueden consultar libremente. Porque no hay ninguno. Los pocos libros que forman parte de la exhibición están sobre una mesa cubierta de vidrio. Y, pues, hemos visto lo que pasa cuando alguien expresa interés en consultar los libros en la oficina/tienda de la dirección. Entonces, pensé que podría donar este libro explícitamente para que lo dejen donde la gente lo pueda leer. 

En los últimos días lo leí de principio a fin. La edición es muy bonita: el diseño de la portada, la calidad del papel, la impresión, el empastado. Y parece incluir todos los poemas conocidos de Vallejo, no solamente los de Los heraldos negros, Trilce y Poemas humanos. También hay varios errores inexplicables. Las notas del editor muchas veces no citan sus fuentes. Por eso me había caído un poco mal. Pero aún así, es una edición completa y bonita. Pensé que sería un pequeñísimo aporte, no al maldito museo, pero para las personas que llegan aquí y quieren leer algo de Vallejo más de los poemas escritos en los muros. 

Entré. La tele estaba prendida escupiendo su mierda sobre la calma de la mañana. No vi a Jaquelín sentada en su lugar tejiendo. Vi hacia la tienda/oficina y ahí en la entrada estaba su silla y el reboso que estaba tejiendo. Miré hacía adentro y vi una bolsa de plástico grande en el centro de la habitación. El librero donde estaban los llaveros y las playeras estaba vacío. Saludé.

 

—Buenos días. 

—Ha venido otra vez —dijo Jaquelín, saliendo de la oficina y saludándome de la mano—. Está bien. Pase.

—¿Está cambiando de lugar?

—Sí. Viene el nuevo personal. 

Me explicó que su trabajo es una posición nombrada y con el cambio de gobierno municipal han nombrado otra persona. 

—Traje otro libro para donar aquí a la Casa Museo. ¿Se lo doy a usted o…?

—Mejor lléveselo a la biblioteca municipal.

—Sigue cerrada —le dije—. He pasado por ahí todos los días. Acabo de pasar ahorita en la mañana. Y está cerrada. No hay nadie. 

—Bueno, déselo al nuevo personal. Deben de llegar el lunes. 

Yo ya pensaba volver a Trujillo el domingo. En eso entró un hombre y Jaquelín me lo presentó. 

—Es mi esposo.

—Mucho gusto —le dije y le di la mano.

—Mucho gusto —me dijo igual. 

 

Conversamos un poco. Me dijo que es docente de secundaria en el Colegio César Vallejo. Volví a decir, ahora a los dos, que quería donar la edición de la poesía completa de Vallejo que estaba leyendo. Lo saqué de mi morral mientras les decía que era una edición nueva y bonita que había comprado apenas en Lima. Se lo di a Jaquelín. Mientras lo revisaba les decía que pensaba que podrían exponer el libro en algún lugar para que los visitantes a la casa lo puedan leer. Primero me dijo que lo pondría en el inventario, pero de todas maneras lo más probable era que el nuevo personal lo metiera igual bajo el vidrio de la mesa en la sala de la exhibición.

—¿Por qué no lo donas al Colegio César Vallejo mejor? —me dijo—. Ahí sí lo van a usar. 

—Genial —le dije.

—Mi esposo lo puede entregar a la biblioteca del colegio. 

—Perfecto. Muchas gracias. Y como está nuevo y bien empastado, aguanta bien que lo usen para sacar fotocopias para los estudiantes. 

—Está muy bonito —dijo Jaquelín, hojeando el libro.

Después le pasó el libro a su esposo y siguió guardando sus cosas. Pensé: así que los regalitos que se vendían eran de ella, iniciativa de ella. La municipalidad ni siquiera abastece la Casa Museo con esas ediciones escolares baratísimas de algunos de los libros de Vallejo. 

Su esposo hojeaba el libro y leía algunos versos en voz baja. 

—Hay palabras aquí que no se conocen —dijo. 

—Sí —dije— Vallejo me manda al diccionario mucho. Pero también juega con las palabras, inventa palabras. 

—Sí, inventa palabras —dijo Jaquelín. 

—Y, ¿será cierto eso que dicen que esta poesía no se entiende? —preguntó su esposo después de hojear un par de poemas más. 

—Bueno —dije— tiene poemas difíciles o enigmáticos, pero creo que se pueden entender. Y también tiene poemas muy sencillos, muy terrenales. 

Su esposo siguió hojeando el libro, leyendo en voz baja. Miré hacía la televisión y fijé que había una especie de placa o pequeño dispositivo debajo de la pantalla. Como la televisión me provocó tanto rechazo no me había fijado en eso antes. Sobre el muro ahí hay una versión de «Los heraldos negros» en letras muy grandes con una imagen del rostro de Vallejo (de la famosa foto de Juan Domingo). Me acerqué al poema y luego miré hacía abajo para leer la placa. Es un texto escrito en papel membretado de «Barrick: Minería Responsable». Dice: «Donación de material audio visual a la "Casa Museo César Vallejo" por Minería Barrick S.A.». Dice que la donación incluye seis CDs y diecisiete DVDs con material sobre Vallejo. Así que la tele también fue donada por la minera. 

La maldita minera…

Me despedí de Jaquelín y su esposo y salí. Pasé por un restaurante para llenar mi termo con agua caliente y volví a mi cuarto para preparar un café y escribir. Ahora, prendo la computadora (todo este diario lo estoy escribiendo a mano en una libreta) me conecto al Internet y tecleo: «Minera Barrick». Abro su página, navego a la página «Quienes somos» y leo: «Barrick es una compañía minera canadiense que desarrolla actividades de exploración y explotación minera en diferentes partes del mundo. La sede central se encuentra en Toronto, Canadá. La empresa, principal productora de oro del mundo, tiene actualmente operaciones en 17 minas y presencia en 12 países».  

Mierda. 

¿Por qué tardé dos días en buscar información de Barrick en Internet? Vi que estaban metidos desde el primer día. Apunté su nombre cuando volví el segundo día. Varias veces pensé que qué horror que una empresa minera estuviera metida en la casa de Vallejo y que debía buscarlos en Internet. ¿Por qué tardé? Como que quise que hubiera alguna mística del poeta aquí, o por lo menos un amor popular, un especie de abrazo público. Y no. Es la misma mierda que en todas partes. El poeta aquí estaba en el olvido por décadas hasta que llega una empresa trasnacional de oro para llenarles las manos de billetes al gobierno local para dominar y minar hasta la memoria y la imagen del poeta, militante comunista, anti-imperialista, autor de una «novela proletaria» anti-minera por excelencia. 

Como que quería que existiera una cosa linda, un homenaje a un poeta en su tierra natal. Quería creer en eso. Sería por eso que a nivel subconsciente sabía que en cuanto rascara tantito en quienes están detrás de ese museo todo iría directito a la mierda, a la misma mierda de siempre, la patética, cliché, asesina mierda de siempre. ¿O sería que ando mal, en la pendeja, ensimismado, deprimido y fuera de foco? 

***

Son las seis de la tarde y por primera vez desde que llegué empieza, muy ligeramente, a llover. 

Después de almorzar pasé por la biblioteca y seguía cerrada. Pasé por la Casa Museo. La puerta estaba abierta. Me asomé. La tele estaba prendida, el audio de una telenovela a todo lo que da. Pensé entrar para ver si había llegado el nuevo personal o volver a leer cosas de la exhibición y tomar apuntes, pero no tenía ganas. Volví al cuarto a contestar un par de correos. Luego me quedé, por primera vez desde que llegué aquí, leyendo noticias en Internet: el juicio del Chapo, el horror en Brasil, la resistencia en Sudán. Siento el peso de la pinche depre. Quiero un trago. 

Desde que llegué me he negado a portarme como periodista. He rechazado hacer un reportaje. Se podría hacer un buen reportaje aquí, pero no lo he querido hacer. No he hecho ninguna entrevista. No he buscado al nuevo alcalde o el ahora exalcalde. Básicamente he dado vueltas por las calles, he comido en varias fonditas e ido una y otra vez a la siempre cerrada biblioteca y la siempre decepcionante Casa Museo. Pero tampoco he abandonado por completo la mirada periodística. Lo he tenido presente, pero no le he hecho mucho caso. Quería escribir otra cosa sin saber bien qué. También pensaba trabajar en el ensayo para el MUAC y escribir algo de ficción y no he hecho ninguna de las dos cosas. 

Fui al restaurante que está aquí a la vuelta del hotel para ver si venden vinos secos (así le dicen al vino tinto acá). Tenían una botella de Tacama. Pregunté a una mesera en cuánto estaba. Ella no sabía y no estaba el gerente, entonces se fue a preguntar en la cocina. El cocinero salió a atenderme, muy amable. Me dio de probar un vino dulce que tenían ya abierto y me decía que el encargado que sabía los precios de los vinos había salido a comprar y que lo esperara. Lo esperé. Llegó a los cinco o seis minutos. Era el mismo hombre que me atendió en la mañana cuando fui por agua caliente para café. Lo saludé y me dijo que el vino estaba en veinticiinco soles. Le pregunté si me podría prestar un sacacorchos. 

—Claro —dijo—. Te lo abrimos acá. 

Sacó su navaja suiza y mientras lo abría le hice un comentario de cuando trabajé de mesero y me enseñaron a abrir botellas de vino ante los clientes en las mesas. Él me preguntó de dónde era. Le dije que soy de los Estados Unidos, vivo en México y, por si pudiera abrir una pequeña plática, le comenté que soy reportero y había venido a conocer la tierra de César Vallejo. El encargado empezó a decirme, «es poca la gente que lo valoran aquí, parece que lo valoran más en otros lugare» cuando entró una pareja. Los dos se saludaron al encargado, interrumpiendo lo que me estaba diciendo, y se sentaron en una de las mesas al lado. Seguimos conversando: que si me había ido ya a la Casa Museo. Le dije que sí, que varias veces. Le dije que había ido a la biblioteca también varias veces, pero que siempre estaba cerrada. En eso me dijo que conoce un señor que sabe mucho de Vallejo, pero no se acuerda de su nombre. Entonces llamó al hombre de la pareja sentada al lado. 

—Profe, un momento, por favor.

El señor se acercó. El encargado me lo presentó sin nuestros nombres, diciendo que soy un periodista de los Estados Unidos que ha venido a hacer un reportaje sobre César Vallejo. El encargado—sin decir su nombre—me dijo que el hombre es docente y que tiene un programa de radio. Luego le preguntó por el nombre del señor que sabe mucho de Vallejo. El profesor nombró varias personas, algunas fallecidas, otras que viven en Trujillo o en Lima y otras que están de vacaciones. 

—Pocos de los que estudian a Vallejo viven aquí —nos dijo el profesor—. Y ahora son vacaciones…

—Pero, ¿cómo lo ven a Vallejo aquí en el pueblo? —le pregunté—. ¿Lo ven como un personaje más o le tienen cariño?

El profesor se sonrió, miró para abajo y dijo:

—Pocas personas le quieren a Vallejo aquí. 

—¿En serio?

—Es lo que te digo —dijo el encargado del restaurante. 

—Claro, —dijo el profesor—, hay personas que lo estudian, pero como un personaje más. Para la mayoría de las personas aquí Vallejo es más… una figura histórica. Ahora está entrando un nuevo alcalde. Y hemos estado conversando de hacer un patronato de Vallejo. O sea, si alguien nos visita de afuera, ¿cómo van a apreciar a Vallejo si hay desorden, vendedores ambulantes en las calles, gente vendiendo cosas donde sea? O si un visitante sube a un moto-taxi y ven que no es de aquí, lo quieren cobrar tres soles o cinco soles cuando la tarifa es de un sol. Que podemos mostrar el aprecio a Vallejo poniendo orden.  

Dijo que su esposa trabaja en la municipalidad y le pregunté cuándo empieza la nueva dirección en la Casa Museo. El lunes, dijo. Luego me preguntó cuánto tiempo me iba a quedar. Le dije que el domingo me iba a Trujillo, pero chance y volviera una semana después. Me dijo que me podría ayudar entonces a ponerme en contacto con personas en la municipalidad. Le di las gracias, pero sin pedir ni su nombre ni su teléfono. 

Su mini-discurso del orden me dejó muy en claro que a él no le gusta Vallejo ni su obra para nada. Pero eso no le impide apelar a la fama de Vallejo para argumentar que se debe de desalojar a las personas que venden sus productos en la calle, quienes en su mayoría son personas del campo vendiendo productos de su trabajo. Bueno, considerando que fueron los ricos de aquí quienes metieron a Vallejo en la cárcel… 

 

Imagen de cabecera, CC Carlos Adampol 

John  Gibler
John Gibler

(1973) es un periodista independiente que vive en México desde 2006. Es autor de Fue el estado (2016) Tzompaxtle: La fuga de un guerrillero (Tusquets, 2014), Morir en México (Sur+, 2012) y 20 poemas para ser leídos en una balacera (Sur+, 2012) entre muchos otros.