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LOS FUNERALES DEL PAPÁ GRANDE

García Márquez y la paz colombiana
Jordi Raich

Los nombres de las veredas y caseríos de Colombia hablan de sueños truncados y predicciones erradas, de ficciones lejanas, de espejismos tejidos por hombres que buscan conjurar la realidad con bautismos extemporáneos. En el departamento de Arauca viajé de Nápoles a Filipinas en menos dos horas de coche por caminos traumatizados. Por el río Caquetá navegué de Bolivia a Jerusalén. En la región del Guaviare desayuné en Las Palmas, almorcé en Nueva York y cené en Moscú. Desperdigados por las cumbres y valles andinos descubrí tres Líbanos sin cedros y un Beirut sin Rocas de las palomas, muchos Buenos Aires, varias Argelias, Italia, Siberia, Ginebra, Albania, Bilbao, Berlín, Maracaibo, Esparta, Núremberg, Japón. Colombia miniaturizaba el planeta. Otros asentamientos se refugiaban en infundados topónimos oníricos: Galaxias, El Paraíso, Descanso, El Delirio, El Porvenir, Vistahermosa, El Cielo, La Esperanza, El Reposo, Paz, El Bombón…

Y la vereda Las Maravillas no tenía, por supuesto, nada de maravilloso. Amarramos la canoa en la fangosa orilla del río Baudó y trepamos con dificultad por el cieno hasta el margen elevado. Camilo David y su esposa Claudia Clemencia nos invitaron a dejar los bultos en su modesto comercio multiuso, donde podríamos descansar a la espera de nuestra cita. 

 

—Gusto en verlo doctor. Ya mandamos razón de su llegada. Toca esperar. ¿No les provoca un Águila en nuestro barcito? Que pena que no esté fría —fue la bienvenida de Claudia Clemencia.

 

Como en gran parte de las 26.000 veredas del país, en Las Maravillas había cerveza y nada más. Una quincena de casas de tablas descoyuntadas sobre pilotes para sortear la humedad y las crecidas del río. Gallinas criollas entre la basura, perros famélicos que apenas se tenían, niños color del barro que comían, jóvenes aburridos flirteando con doceañeras, campesinos matando el soporífero hastío con partidas de dominó, cotilleos de atardecer en las verandas. Alrededor, la selva moteada de pequeñas fincas de plátano, maíz, coca y campamentos de la guerrilla.

 

—Llegó el grupo, le esperan en la iglesia, aquí detrasito —dijo Camilo, justo cuando terminamos de montar las tiendas mosquitera en su porche convertido en hostal al aire libre.

 

En la iglesia también circulaba el aire. El techo en forma de cruz deforme soportada por puntales, sin paredes y con suelo de tierra, era un proyecto de modesto templo que de completarse nunca tendría cura. Los tres guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional (ELN) habían dispuesto unas sillas de plástico alrededor de una mesa con un tendal de camuflaje por mantel, detalle decorativo sobresaliente en un lugar donde las cosas parecían decidir por sí solas dónde ubicarse. Vestían uniforme a juego. Sus ametralladoras reposaban a una distancia respetuosa y prudencial a la vez. Boby me dio la bienvenida con un apretón de manos cascanueces. Boby era un alias, en Colombia casi toda la gente tiene un apodo por el que es más conocido que por su nombre propio, costumbre que ayuda a distraer la identidad de combatientes y narcotraficantes que con frecuencia engordan la tradición acumulando cuatro o cinco apodos. Era un gigantón caribeño de cuya chaqueta sin mangas afloraban unos brazos de guerrero que Hollywood adoraría, discordes con el toque inocente de unos quevedos de Harry Potter que Hollywood también adoraría. En cambio a Bala le faltaban el brazo derecho y el cuerpo para llenar un atuendo que le superaba. El último en presentarse fue Martín, cabecilla del grupo, estudiante universitario en los marxistas setenta, conservaba un porte de presumido inconforme envuelto en collares y pulseras, una esculpida barbilla blanca y la elocuencia de la facultad, los libros y muchas asambleas. Martín comenzó a hablar y no paró. Disertó sobre la desigualdad, los latifundios, las familias en el poder, los paramilitares, el control oficial sobre los medios de comunicación, el subdesarrollo, el analfabetismo, las multinacionales de la minería, el medioambiente. Mientras predicaba, cenamos mondongo ofrecido por una comunidad sin opción. En la oscuridad de la medianoche su voz de oráculo adquiría una sonoridad funesta. Después de todo, tal vez aquella iglesia inconclusa sí tendría sacerdote.

Boby y Bala, acostumbrados a las peroratas fidelcastrenses de siete horas de su superior, hacía rato que habían bajado la guardia y sucumbido al sueño sentados.

 

—Los chicos están cansados —justificó el padre Martín —. ¿Qué te parece Colombia?

 

Le conté mi percepción de los nombres de los pueblos.

 

—Es verdad. Muchos nombres reflejan sueños, pero también miserias. Hay veredas como La Peste, Calavera, Purgatorio, El Calvario, Cuchillo, Veneno, conozco una que se llama Mierda y otra que se llama Divorcio porque cuando el río dejó de llevar oro las mujeres abandonaron a los hombres. Los nombres aquí son antojadizos, las gentes cambian el nombre de sus pueblos según sus destinos.

 

—Los colombianos son supervivientes y sobreviven derrochando humor e imaginación. Otra cosa que me encanta son los eufemismos que usan para suavizar las desgracias. A que un taxi en Bogotá o Medellín te secuestre y a punta de pistola te lleve por todos los cajeros automáticos de la ciudad hasta vaciar tu cuenta le llaman «El paseo millonario». Pagar extorsión a las bandas criminales para que no te quemen el negocio o violen a tu hija es «Pagar vacuna». Que un retén de la guerrilla capture a grupos de civiles viajando en autobús para pedir rescates o incorporarlos a sus filas es una «Pesca milagrosa». Que soldados del ejército maten campesinos y los hagan pasar por guerrilleros muertos en combate son «Falsos positivos». Deambular 10 años por los montes y valles secuestrado por la guerrilla es una «Caminata ecológica». Los lugares donde los traficantes descuartizan con machetes a sus víctimas son «Casas de pique». Dedicarse a la mandarina es mandar harina o sea traficar con coca...

 

Martín rió con ganas.

 

—No lo había pensado así. Los colombianos nos adaptamos a todo lo bueno y a todo lo malo. Somos un país trágico y monumental. Aquí la naturaleza, los bosques, la montañas, los ríos son exuberantes, todo desborda y las vidas de los hombres van a la par, sus historias, sus supersticiones, no tienen límite.

—Lo primero que uno descubre en Colombia es que a José Eustasio Rivera, Mejía Vallejo o García Márquez no les hacía falta ninguna imaginación, les bastaba con describir lo que nos rodea y aun así siempre se quedan cortos —añadí.

—Pero como buenos colombianos también huyeron de la realidad, porque como habrás visto nuestro realismo no tiene nada de mágico y todo de trágico. Volviendo a tu obsesión por las veredas, ¿sabías que Eustasio Rivera nació en San Mateo pero le cambiaron el nombre al municipio en su honor y hoy se llama Rivera? También quisieron cambiar Aracataca, el pueblito donde nació García Márquez, por Macondo, pero esa iniciativa no prosperó.

—No sabía —admití sorprendido —. ¿Acabará tanta violencia? ¿Habrá paz algún día?

—Mira, hay una frase que los colombianos citamos a menudo, sobre todo cuando estamos borrachos y la realidad, remojada en aguardiente, deja de asustarnos. Y es precisamente la frase con la que comienza La vorágine de José Eustasio Rivera que mencionaste.

—Tampoco la sé —interrumpí.

—«Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia». La Violencia, escrita con mayúsculas, nos ganó la partida hace mucho tiempo. Colombia no es un país en guerra. Es un país guerrero.

 

Colombia era ambas cosas, un país de guerreros en guerra. Rivera publicó La vorágine en 1924. Cual aciaga profecía, 24 años después, el 9 de abril de 1948, el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, candidato presidencial liberal, desató La Violencia, con mayúsculas también, nombre con el que se conocía a la contienda civil no reconocida entre el Partido Conservador y el Liberal. El magnicidio acarreó El Bogotazo, una ola de protestas en la capital en las que miles de personas perdieron la vida. Le siguieron diez años de enfrentamientos entre milicias que dejaron un reguero de huérfanos, heridos, mutilados y alrededor de 200.000 muertos. Más de un millón de pequeños agricultores y ganaderos huyeron aterrorizados a las ciudades, dejando atrás productivas fincas que adinerados industriales de la época y colonos armados se apresuraron a ocupar o comprar a bajo precio, sentando las bases de gigantescos latifundios y el insensato abandono y urbanización de una tierra de generosa naturaleza.

A rebufo de los vientos revolucionarios latinoamericanos de la nueva década, en 1964 nacieron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el ELN. Las hostilidades entre los grupos guerrilleros y el ejército fueron ganando en amplitud y crueldad que empeoraron con el surgimiento de grupos paramilitares, la mayoría de los cuales se aglutinarían bajo las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), financiadas por traficantes, ganaderos, industriales y poderosas familias cuyos intereses y parientes estaban cada vez más afectados por el conflicto. Al amparo del caos, Colombia se convirtió en salida fácil para el tráfico de cocaína desde Perú y Bolivia hacia las narices europeas y norteamericanas. La anarquía reinante, con grandes áreas del país sin ley ni orden, consolidó la expansión de los cultivos, laboratorios y pistas de aterrizaje clandestinas que convertirían a Colombia en el primer productor de cocaína del planeta y patria del narcoterrorismo.

El 20 de febrero de 2002, el presidente Pastrana puso fin a la parodia de paz del Caguán con las FARC. Su administración agonizaría ante la rotunda popularidad de Álvaro Uribe quien, con un discurso de guerra total etiquetado como Seguridad Democrática, llegó a la presidencia el 7 de agosto de ese mismo año. En junio de 2005, fue aprobada la controvertida Ley de Justicia y Paz, marco jurídico para la desmovilización de los paramilitares que estableció penas máximas de cinco a ocho años para los acusados de delitos graves. Las ONG, la ONU, víctimas y la prensa internacional hablaron de burla legal, amnistía encubierta y de impunidad para asesinos. La desmovilización de 30.000 paramilitares fue cosmética y apenas supuso un cambio de nombre. Muchos de los grupos y líderes de las AUC se acogieron al proceso para luego seguir delinquiendo reorganizados en bandas criminales militarizadas dedicadas al narcotráfico, la minería ilegal, la extorsión y la infiltración del estado para sus fines. Las autoridades les llamaron bacrim. La mayoría de colombianos les seguían llamando Los paras.

Cuando en agosto de 2010 Juan Manuel Santos, ex ministro de Defensa de la administración Uribe, ganó la presidencia de la República, la tierra cuyo escudo prometía «Libertad y Orden» batía todo tipo de récords nefastos. En la sufrida Colombia se libraba el conflicto interno más antiguo del mundo contra las dos guerrillas más antiguas del mundo: las FARC y el ELN. La guerra y la violencia paramilitar y gubernamental habían dejado más de 5,5 millones de desplazados, número dos del planeta detrás de Siria; más de 10.000 muertos por minas en dos décadas, cifra solo superada por Afganistán; más de 90.000 desaparecidos, el triple que en Argentina; más de 6000 alcaldes, concejales y sindicalistas asesinados; más de 25.000 secuestros; más de 2000 masacres; más de 500 periodistas y activistas de los derechos humanos eliminados; más de un cuarto de millón de muertos; más de tres millones de hectáreas de tierras abandonadas o usurpadas; más de… Y todo aquello no era historia. Seguía ocurriendo todos los días.

 

En cuanto a mí, sabía con certeza que un día se firmaría la paz. Lo supe desde el día que asistí al falso funeral de Gabriel García Márquez en la Catedral de Colombia. El 17 de abril de 2014 moría Gabo en México. Murió en el país que le acogió dos veces.  CC Razi Marysol Machay

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El presidente Santos estaba decidido a poner fin a medio siglo de enfrentamientos con las guerrillas. Poco después de tomar posesión, un grupo de personas de su confianza iniciaron contactos confidenciales con líderes de las FARC. En 2011, en calidad de representante de una organización humanitaria, fui contactado por presidencia para facilitar, como intermediario neutral, la preparación de los diálogos de paz. Tardamos seis meses, e incontables reuniones secretas en restaurantes, haciendas rurales y apartamentos urbanos, en redactar y firmar un documento con las garantías de seguridad y procedimientos para extraer a dos plenipotenciarios de las FARC de sus escondites en la jungla y trasladarnos a La Habana, sede acordada por las partes para las discusiones preliminares.

A mediados de febrero de 2012, llevamos a cabo la discreta operación con helicópteros y aviones chárter. Conocería La Habana mejor que Bogotá, dado que fueron necesarios otros seis meses para alcanzar el Acuerdo General para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera, pomposa cabecera para un documento que no era más, ni menos, que una agenda con los cinco temas a debatir a partir de ese momento y un sexto punto sobre la implementación, verificación y ratificación del futuro acuerdo final. Sólo entonces, el 4 de septiembre, tras más de un año de contactos clandestinos, el presidente Santos y Timochenko, comandante en jefe de las FARC, hicieron pública la existencia de un diálogo de paz en La Habana a través de conferencias de prensa separadas y cuidadosamente coordinadas de antemano. Poco después, el 18 de octubre, concluidos con éxito unos cuantos traslados más de última hora de altos mandos guerrilleros a Cuba, el mundo asistió a un extraordinario acto público: Humberto de la Calle, jefe del equipo negociador del presidente Santos e Iván Márquez, segundo al mando de las FARC, compartiendo mesa en un hotel en las afueras de Oslo para lanzar oficialmente el proceso.

¡Santos y Timocheko! ¡De la Calle e Iván Márquez! ¿Las FARC en Europa? ¿La paz de Colombia en Cuba? Difícil de creer, a menos que vivieras en la surrealista Colombia donde, paradójicamente, situaciones como aquella reflejaban la esencia misma de una tierra de contradicciones y situaciones inimaginables entretejidas en la cotidianeidad. En una ocasión le pregunté a Roosevelt (Roosvelt en Colombia), un buen y sabio amigo de Neiva, si conocía a un taxista de confianza para llevarme a San Agustín. «Claro», respondió sin dudar, «mi amigo Lenin». Roosevelt llamó a Lenin por teléfono quien enseguida aceptó el encargo. Si Gabriel García Márquez hubiera escrito esta historia se la consideraría un ejemplo de realismo mágico al servicio de una metáfora política. Si la escribiera yo, como acabo de hacer, se la consideraría una invención. Y, sin embargo, es totalmente cierta.

Fieles a su ADN, las FARC y el gobierno acordaron que, pese a compartir mesa de paz en una isla caribeña, en casa la guerra seguiría su curso cruel. Nacieron dos Colombias, la de la guerra y la violencia en Colombia misma y la Colombia de la paz en Cuba, dos vías paralelas que no se cruzarían para alimentar las desconfianza de la población respecto al proceso de paz, conscientes de que sus vidas diarias, hechas de amenazas, desplazamientos y violencia sexual, no cambiarían en nada por mucho que avanzaran las discusiones en La Habana.

En mayo de 2013, las FARC y el gobierno alcanzaron un acuerdo sobre desarrollo agrario, el primer punto en la agenda. En noviembre firmaron el pacto sobre participación política. Y el acuerdo sobre cultivos ilícitos llegó en mayo de 2014, nueve días antes de la primera vuelta de las elecciones presidenciales que Santos perdió a manos de Óscar Iván Zuluaga, el candidato de Uribe. La derrota sembró el nerviosismo entre los miembros del equipo negociador oficial, preocupados por el futuro de un arriesgado proceso en el que habían apostado toda la reputación política del primer mandatario. La reduccionista campaña electoral se quedó en los huesos. Ambos bandos dibujaron un panorama sin concesiones: votar a Santos era votar por los «terroristas» de las guerrillas; votar a Zuluaga era votar por 50 años más de guerra. Tres semanas después, el presidente en ejercicio, Juan Manuel Santos, ganó con holgura la segunda vuelta. Con un nuevo mandato de cuatro años por delante, las partes se sentaron a deliberar los dos puntos pendientes en la lista: compensaciones a las víctimas y fin de las hostilidades. «Ha ganado la paz», afirmaron numerosos observadores y analistas. ¿Seguro?

Los colombianos, con larga experiencia en los campos del engaño y la decepción, sobreviven reduciendo sus expectativas bajo mínimos para creer sólo en la realidad, incluso cuando la realidad es increíble. Con todo, arrinconado en algún lugar oscuro de un pesimismo irreductible, podía percibir la tímida luz de la esperanza de que esta vez, quizás sí, la guerra podría concluir.

En cuanto a mí, sabía con certeza que un día se firmaría la paz. Lo supe desde el día que asistí al falso funeral de Gabriel García Márquez en la Catedral de Colombia. El 17 de abril de 2014 moría Gabo en México. Murió en el país que le acogió dos veces. La primera en 1961, cuando salió de Nueva York, donde era corresponsal de Prensa Latina, amenazado por la disidencia cubana. Allí se estableció para escribir la novela que le consagraría. La segunda huida a México fue en 1981, cuando escapó de Colombia al recibir noticias de que el Ejército iba a detenerle bajo sospecha de vínculos con el grupo M19 y por una supuesta conexión entre un viaje que el escritor había hecho a La Habana y el posterior desembarco de guerrilleros en el sur Colombia. ¡Cuánto habían cambiado las cosas! Mientras García Márquez cerraba los ojos para siempre, eran los altos cargos del gobierno quienes estaban en La Habana dialogando con los guerrilleros. El presidente de la época era Julio César Turbay Ayala, quien en cuanto supo de la salida del novelista le acusó de hacerlo en apoyo de una campaña internacional para desprestigiar un país en caída libre, plagado de torturas y desapariciones. Otros le acusaron de arrogancia, de despreciar su tierra, de querer hacerse publicidad, que no necesitaba, al año siguiente le concederían el Premio Nobel. Gabo explicó la persecución en un artículo en El País: «Ahora se sabe por qué me buscaban, por qué tuve que irme y por qué tendré que seguir viviendo fuera de Colombia, quién sabe hasta cuándo, contra mi voluntad». Nunca volvió a residir en Colombia. Ni muerto. Y con razón. Tras conocerse su defunción, María Fernanda Cabal, congresista uribista, publicó en su Twitter una fotografía de Gabo con Fidel Castro y la frase «Pronto estaran [sic] juntos en el infierno». De poco sirvió que miles de voces la condenaran, de nada sirvió que el presidente Santos le calificara como el colombiano que más lejos y más alto llevó el nombre de la patria y decretara tres días de duelo nacional. Su cuerpo fue incinerado en la intimidad familiar y el 21 de abril su urna fue trasladada al Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, máximo icono cultural del país, donde se celebró un homenaje civil en presencia de su esposa Mercedes Barcha, sus dos hijos y los presidentes de México y Colombia.

Realidad y ficción eran universos sin fronteras en la vida de García Márquez, la realidad que vivía en sus historias se apoderó de la ficción de su vida. Que hubiera un segundo funeral tenía más de certidumbre que de presagio, regusto a profecía ineludible que robaba el destino de quienes creían tenerlo en sus manos. Todas las calles y accesos adyacentes a la neoclásica Sacrosanta Iglesia Catedral Primada Basílica Metropolitana de la Inmaculada Concepción de María en Bogotá, por fortuna más conocida como Catedral Primada de Colombia, estaban vallados y controlados por policías y guardaespaldas armados, incluido el pórtico principal de la plaza de Bolívar, el corazón de la ciudad, donde se aglomeraban cientos de ciudadanos en duelo reverencial ansiando ingresar al templo. Pero ellos no eran políticos, ni diplomáticos, ni militares, ni empresarios, ni famosos, ni tenían apellidos ilustres, ni eran estrato 6, ellos sólo eran Gabo y estaba claro que no accederían a la iglesia y tendrían que quedarse en la plaza. A García Márquez que, como a menudo comentó, nunca se permitió la soberbia de olvidar que no era nadie más que uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca, no le habría gustado aquello. Primer secuestro del segundo funeral.

Invitados extranjeros y nacionales, incluidos tres ex presidentes de la República, fuimos acomodándonos en los lugares asignados por protocolo, bajo la atenta mirada de un crucifijo monumental en el presbiterio. Desde el pasillo de la nave lateral izquierda, un miembro del equipo de paz del gobierno me invitó a acercarme con un dedo. Espiados por la Virgen del Perpetuo Socorro, me susurró los últimos avances en Cuba. Interrumpió la confesión el anuncio de la entrada inminente del presidente, recién llegado del primer funeral en México. De regreso a mi banco una periodista me cortó el paso abruptamente.

 

En cuanto a mí, sabía con certeza que un día se firmaría la paz. Lo supe desde el día que asistí al falso funeral de Gabriel García Márquez en la Catedral de Colombia. El 17 de abril de 2014 moría Gabo en México. Murió en el país que le acogió dos veces. CC Thierry Ehrmann

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—En los últimos dos años han muerto Carlos Fuentes, Álvaro Mutis, Juan Gelman y ahora Gabriel García Márquez. ¿Piensa usted que es una coincidencia o hay algo más? —me espetó pegándome la grabadora al mentón.

—Se olvidó usted de Nelson Mandela, que escribió algunos libros y por cierto también era amigo de Fidel Castro —respondí de mala gana ante la estúpida pregunta, mientras tapaba con la mano la grabadora.

Con la llegada de Santos dio comienzo el acto. No vinieron ni las cenizas, ni la esposa, ni los hijos del escritor. En los días precedentes, los medios de comunicación habían dado voz a las críticas de amigos y admiradores de Gabo que, descontentos con la elección de la catedral para la ceremonia, resaltaban la no religiosidad que profesó el novelista. Las autoridades aseguraron que, aunque el acto tendría lugar en la catedral, sería un evento laico. Rodeados de vírgenes y mártires resultaba difícil percibir el tinte profano. El primero en tomar la palabra fue el cardenal Rubén Salazar, arzobispo de Bogotá, quien dio la bienvenida a los presentes a la casa de Dios, leyó las bienaventuranzas del evangelio según San Mateo y exhortó a los invitados a ponerse en pie y rezar el padre nuestro. Algunos, estupefactos, permanecimos sentados con los labios pegados. Aquello tampoco habría complacido a García Márquez. Segundo secuestro del segundo funeral.

Apenas comenzaron a sonar los primeros compases de la inacabada Misa de Réquiem de Mozart, interpretada por la Orquesta Sinfónica Nacional y la Sociedad Coral Santa Cecilia, una racha gélida y húmeda penetró en tromba por el pórtico principal y avanzó por el largo corredor de la nave central como un huracán helándonos la espalda, desbaratando ramos de rosas amarillas, acallando violines y trombones. Quienes estábamos cerca del pasillo volvimos la cabeza hacia el portón, altavoz del clamor de la gente concentrada en la plaza de Bolívar huyendo del iracundo aguacero. Abandoné mi lugar con discreción para asomarme al exterior. Miles de mariposas amarillas de papel, almacenadas para el final de la ceremonia junto a las columnas, habían sido esparcidas por el vendaval sobre las escalinatas de la catedral, donde yacían aplastadas por la ensordecedora cortina de agua como un collage abstracto sobre un lienzo de piedra gris y alfombra roja. Mariposas pisoteadas por los devotos del maestro que, en busca de cobijo, lograron al fin acceder a la basílica. En el interior, el presidente Santos hacía un discurso con pinceladas utilitaristas: Gabo «buscó la paz, trabajó por la paz, siempre quiso una Colombia en paz y en su memoria no vamos a claudicar en esa tarea, la más trascendente que tenemos como nación». Cerró su alocución pidiendo un gran aplauso de despedida.

La orquesta tocaba La casa en el aire, un vallenato de Rafael Escalona, mientras los invitados se esfumaban por las puertas laterales bajo grandes paraguas. Unos cuantos, nada preparados para la tormenta, nos mezclamos con el público anónimo, agolpados en el pórtico para contemplar la Plaza de Bolívar empantanada, la luctuosa multitud remojada, la arrugada pancarta del ayuntamiento con la foto gigante del fallecido y el escenario exterior desbaratado con una banda que desistió de tocar. Con la catedral casi vacía, el diluvio cesó tan de golpe como arrancó. Siguiendo una orden nunca dada, nos lanzamos como posesos a recoger mariposas del suelo para echarlas a volar de nuevo. Hombres y mujeres envueltos en mariposas amarillas, llorando, abrazándose, besándose, manos al cielo plomizo, gritos a los nubarrones: ¡Viva Aracataca! ¡Viva Gabo! ¡Viva la Paz!

En ese acto final de ese martes 22 de abril comprendí la irrelevancia de las cenizas. Gabriel García Márquez estuvo ahí para alborotar el pomposo y elitista funeral, para reescribir la última escena de la crónica de su propia muerte anunciada con los cuatro años, once meses y dos días de lluvia de Macondo y los vientos huracanados que barrieron el pueblo de la faz de la Tierra, con las nubes de mariposas amarillas que precedían las apariciones de Mauricio Babilonia y con Los funerales de la Mamá Grande, asimismo auspiciados por el presidente de la república, «que mañana miércoles vendrán los barrenderos y barrerán la basura de sus funerales, por todos los siglos de los siglos». Yo lo vi. En Colombia llovían mariposas amarillas de verdad. Gabo nos enseñó el camino. Obligados a vivir en una realidad imposible, los colombianos eran capaces de hacer lo imposible realidad. Incluso la paz en el país guerrero.

 
 

WAS GABO AN IRISHMAN? TALES FROM GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ'S COLOMBIA

(PAPEN PRESS, 2015)

26 visiones para desentrañar el enigma de Colombia; una antología digital en la que autores residentes en el país intentan entender de nuevo qué significa vivir en la tierra del realismo mágico.

Jordi Raich
Jordi Raich

Estudió Biología en Barcelona y Relaciones Internacionales en Londres. Desde 1986 dedica su vida a la ayuda humanitaria alrededor de todo el mundo como coordinador de proyectos y consultor de epidemias, terremotos, guerras y hambrunas. En España fue Director de Relaciones Externas de Médicos Sin Fronteras y es miembro fundador de Arquitectos Sin Fronteras. Es autor de múltiples obras como ONGistán (Endebate 2014), El caos sostenible (Península 2012) y coautor de Was Gabo an Irishman? (Papen Press 2015).