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LOS MEJORES VIAJES HORRIBLES

Cinco viajes al infierno
Martha Gellhorn

Desde esta semana está en librerías un número de Altaïr Magazine dedicado a explorar la diversidad de género y opciones sexuales en relación con el viaje, producido en colaboración con Pikara Magazine y con firmas como Leila Guerriero, Marcela Turati, June Fernández, Patricia Almarcegui y muchas otras.

Aquí os ofrecemos este afilado texto de Martha Gellhorn, maestra de viajeras, incluido también en el volumen. 

 

No todos podemos ser Marco Polo ni Freya Stark, pero aun así millones de personas viajamos. Los grandes viajeros, vivos y muertos, constituyen una especie en sí mismos, son profesionales únicos. Nosotros somos aficionados, y sin embargo también tenemos nuestros momentos de gloria, nos cansamos, los ánimos flaquean, y pasamos nuestros momentos de rencor. ¿Quién no ha oído, sentido, pensado o dicho, en el transcurso de un viaje, estas palabras?: «Por el amor de Dios, ¿han vuelto a perder el equipaje?», «¿Hemos venido hasta aquí solo para ver esto?», «¿Es necesario que hagan tanto ruido, maldita sea?», «¿A esto lo llaman habitación con vistas?», «Más que darle propina le daría una patada en la boca».

No obstante, perseveramos y hacemos todo lo posible por ver mundo y desplazarnos. Vamos a todas partes. Al regresar, nadie está dispuesto a escuchar nuestras anécdotas de viajeros. «¿Cómo ha ido el viaje?», preguntan. «Genial», decimos. «En Tiflis vi…» Mirada perdida. Tan pronto como la buena educación lo permite, o incluso antes, la conversación deriva a noticias locales como los cotilleos, el escándalo político de turno, quién ha leído qué, la serie de la noche anterior… La gente prefiere hablar del tiempo que oír nuestras entusiastas crónicas de Copenhague, el Gran Cañón o Katmandú.

El único aspecto de nuestros viajes que tiene público garantizado es el desastre. «¿Que el camello te hizo caer en la Gran Pirámide y te rompiste una pierna?», «¿Perseguisteis al carterista por la Galería y todo Nápoles, y perdisteis todos los cheques de viaje y el pasaporte?», «¿Os quedasteis encerrados y se olvidaron de vosotros en una sauna en Viipuri?», «¿Os intoxicasteis con tomaína* por comer ojos de oveja en un banquete druso?» Eso es lo que les gusta. Están impacientes por que acabemos para ponerse a contar historias de su propio sufrimiento en tierras extrañas. El caso es que apreciamos nuestros desastres, y en eso aventajamos a los grandes viajeros, que reúnen todos los impresionantes requisitos necesarios para su trabajo, pero carecen de humor.

Yo apenas leo libros de viajes, prefiero viajar. Este no es un libro de viajes al uso. Tras presentaros mis credenciales para que creáis que sé de lo que hablo, os ofrezco un relato de mis mejores viajes horribles, escogidos de una amplia gama, recordados con ternura una vez superados. Todos los viajeros aficionados han vivido viajes terribles, largos o cortos, antes o después, de un modo u otro. Como estudiante del desastre, me he percatado de que reaccionamos de igual manera ante nuestras tribulaciones: con crispación y amargura en el momento, y orgullo después. Nada mejor para la autoestima que la supervivencia.

Viajar requiere verdadero aguante, y va a peor. ¿Recordáis los viejos tiempos en que teníamos maleteros y no secuestradores; cuando los hoteles estaban construidos y terminados antes de llegar; cuando los principales gremios no estaban de huelga en el punto de salida o de llegada; cuando nos daban generosas raciones de mantequilla y mermelada para desayunar, no esos diminutos recipientes de celofán y cartón; cuando el tiempo era fiable? ¿Y cuando no había que planificar el viaje como una operación militar y reservar con antelación y depósito incluido; cuando el Mediterráneo estaba limpio? ¿Os acordáis de cuando erais una persona y no una oveja, apiñados en aeropuertos, estaciones de tren, telesillas, cines, museos, restaurantes, entre las demás ovejas? ¿Y de cuando sabíais cuánto valdría vuestro dinero en otras divisas, o cuando esperabais confiados que todo fuera bien en vez de considerar un milagro que no saliera todo mal?

No somos héroes como los grandes viajeros, pero los aficionados seguimos siendo una raza bastante dura. Por muy horrible que haya sido el último viaje, nunca perdemos la esperanza con el próximo, a saber por qué.

 

SOBRE LA VIDA DE MARTHA GELLHORN

Nacida en 1908 de una sufragista y un ginecólogo, Martha Gelhorn siempre llevó las riendas de su vida: primero arriesgó, y abandonó sus estudios en el elitista Bryn Mawr College para ir a Francia —con solo 75 dólares y una máquina de escribir— y tomar experiencia como corresponsal en el extranjero.

Más tarde, siempre en primera persona y manchada de barro, osó reportear la Guerra Civil Española —The third Winter is the harder—, la Guerra sino-japonesa —Los tigres del señor Ma—, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de los Seis Días.

No había venido al mundo para ser «una nota a pie de página en la vida de otro», por eso también prefirió divorciarse del prepotente Hemingway. Tal era su independencia y determinación, que ni siquiera dejó actuar a la muerte, y a los 89, cuando así lo consideró puso fin ella misma a su vida.

Martha Gelhorn siempre se situó «al lado del más débil», quizás por esto desde sus comienzos en Francia se relacionó con grupos de izquierdas. Tal vez esta es la razón de que, ya en Barcelona, apoyase a los republicanos alegando que era «un país demasiado bonito para caer en manos de los fascistas».

«Lo que de verdad me ha absorbido en la vida es lo que pasa fuera», reconocía la periodista. No lo decía en vano. Tardó dos semanas en cruzar el Atlántico en un carguero de dinamita cuando fue necesario —la revista Collier’s prefirió acreditar a Hemingway—. Nunca dejó escapar una oportunidad de ampliar horizontes: fue de los primeros periodistas que accedieron al campo de concentración de Dachau. Y en la Guerra de Vietnam, como en todas las demás, recorrió hospitales, orfanatos, y campos de refugiados.

La mirada de Martha Gelhorn no estaba supeditada ni a amos, ni a maridos, ni a ninguna otra frontera. Con 81 años todavía se trasladó a Panamá para escribir sobre la invasión de Estados Unidos; y a las calles de Brasil para hablar sobre los niños asesinados con 87. Todavía entonces le decían: «no deberías viajar sola». 

 
 

PRÓLOGO EXTRAÍDO DEL LIBRO

CINCO VIAJES AL INFIERNO  (Altaïr, 2011)

Martha Gellhorn
Martha Gellhorn

Nació en 1908 y tras dejar sus estudios en la elitista universidad Bryn Mawr College de Filadelfia se trasladó a París con su máquina de escribir para curtirse como corresponsal en el extranjero. Así empezó una carrera que la convertiría en una de las reporteras más relevantes del siglo XX. Cubrió la Guerra de Invierno, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Civil española, la guerra sino-japonesa, entre muchas otras.