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LOS QUIJOTES DEL NORTE

Así somos en las Feroe
Sjúrdur Skaale
 

Durante la Segunda Guerra Mundial, las Islas Feroe fueron ocupadas por el Reino Unido. En una carta, un soldado escocés le puso a nuestras islas un nombre que nos ha perseguido desde entonces —probablemente porque la descripción era bastante exacta—: «La Tierra del Quizás». Para el forastero británico, lo que pasaba —o no pasaba— en nuestro país parecía depender de los caprichos del tiempo, siempre cambiante.

La meteorología tiene, como cualquier visitante podrá comprobar, un impacto enorme en nuestra vida cotidiana. Cuando brilla el sol la gente está alegre, abierta y muestra hospitalidad. Cuando llueve —y suele llover mucho— los viajeros encuentran dificultad en establecer conversaciones con los feroeses. Simplemente no decimos gran cosa, ni siquiera entre nosotros —aparte de maldecir el tiempo.

Cuando el Sol sale a lucir su mejor cara, los feroeses también solemos hacerlo. Y cuando, ocasionalmente, tenemos un verano entero soleado —como el de este año— el viajero comprobará que las caras de los feroeses de invierno y las de los feroeses de verano no tienen nada que ver. Parecen dos países distintos.

El tiempo también afecta las actividades de la gente. El soldado escocés creía que los feroeses siempre evadían cualquier plan con un «quizás, si el tiempo lo permite». Esa dependencia de la meteorología —pensó el soldado— había influenciado en la psicología colectiva de toda la población, construyendo así un carácter nacional basado en la duda.

Lógicamente, las cosas han cambiado. En la época del soldado sólo existían unas pocas carreteras, y había que andar para ir de un pueblo a otro. Que fuera posible, o no, completar estos trayectos realmente dependía del tiempo. Hoy en día, en cambio, la gente conduce incluso para ir de una isla a otra, a través de los túneles subterráneos. Por aquel entonces, los buques pesqueros eran pequeños, y que los pescadores pudieran salir —o no— lo decidía el tiempo. Nada que ver con los enormes barcos que tenemos ahora.

 

Cuando el Sol sale a lucir su mejor cara, los feroeses también solemos hacerlo. (Kristfríð Tyril)

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Igualmente, esa mentalidad dubitativa existe. Y no sólo la han notado nuestros vecinos del Sur —los británicos— sino también los del Oeste: los islandeses. Como las Islas Feroe, Islandia perteneció primero a Noruega y luego a Dinamarca, pero ellos consiguieron la independencia completa en 1918 y se convirtieron en una república soberana en 1944. En Islandia suelen burlarse de los feroeses contando la siguiente historia:

Hace mil años, en Noruega vivían un grupo de hombres valientes que rechazaron trabajar como esclavos para los emperadores. Decidieron emigrar al Oeste, hacia Islandia, y construir ellos mismos un futuro como hombres libres. Viajaron a bordo de dos barcos, pero cuando ya habían remado la mitad de la distancia y divisaron las Islas Feroe, los hombres del primer barco empezaron a dudar sobre si emigrar era una buena idea. Construir un Estado era una tarea enorme, y no tenían muy claro si estaban preparados para llevarla a cabo. Así que decidieron quedarse en las Feroe un tiempo, sólo para pensarlo bien.

El segundo barco continuó su camino y llegó a Islandia, donde los hijos de esos hombres acabaron estableciendo su propio Estado y ahora viven como hombres libres. Hoy en día —mil años después— los descendientes de los hombres del primer barco aún nos encontramos en las Feroe. Pero el Estado feroés no existe. Seguimos pensándolo bien...

Existe parte de verdad en esta historia, pero el final no cuenta la verdad absoluta. Incluso sin la existencia de un Estado feroés soberano, los descendientes de los hombres del barco que paró en las Feroe hemos establecido una identidad nacional muy fuerte. Los cincuenta mil feroeses tenemos nuestro propio lenguaje, usado en todas las capas sociales y en todas partes. Además, la producción cultural es muy rica en comparación con el número de habitantes.

Si bien las Islas Feroe forman parte del Reino de Dinamarca, tenemos nuestro propio sistema político. El grado de autonomía es tan grande que no hay ninguna ley que pueda implementar el gobierno danés sin que sea aprobada por el parlamento feroés.

A nivel internacional, las autoridades feroesas son aceptadas como parte negociadora soberana cuando se negocian asuntos que son vitales para nosotros, como el comercio y la pesca. Las Islas Feroe reciben subsidios de Dinamarca, pero sumándolos todos no llegan al 10% del PIB feroés. En deportes, las Feroe están representadas —o tienen derecho a ser representadas— en todas las competiciones internacionales, a excepción de los Juegos Olímpicos.

Así que, comparadas con otras de las denominadas «naciones sin Estado» —como Escocia, Cataluña o el País Vasco— o con otros «microestados» europeos —como Andorra, San Marino o Liechtenstein—, las Islas Feroe disfrutan de un control prácticamente absoluto sobre sus asuntos, a nivel político, económico y cultural.

La relación con Dinamarca es, obviamente, un tema importante y muy debatido, pero bajo mi punto de vista, nuestra nación es probablemente más fuerte de lo que sería en un sistema de completa soberanía, sin el «paraguas» que nos ofrece el Reino de Dinamarca. Lo creo porque existen algunos asuntos —como la política exterior, la divisa y la defensa— que serían demasiado exigentes y caros para que cincuenta mil personas pudieran asumirlos.    

 

Las caras de los feroeses en invierno y las de los feroeses en verano no tienen nada que ver. (Sergio Villalba)

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En las Feroe hemos establecido una identidad nacional muy fuerte. (Absalon Hansen)

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Como ciudadanos del Reino de Dinamarca, los feroeses elegimos dos representantes al parlamento danés, además de elegir los miembros del parlamento feroés. Por mi experiencia personal en ambas instituciones, he podido observar que, incluso siendo las Feroe ridículamente más pequeñas, y siendo el proceso político danés más profesionalizado, en ambos sitios existen los mismos mecanismos políticos: la lucha por el poder, el idealismo de algunos, el cinismo de otros, los diferentes intereses, los acuerdos (los públicos y los secretos), las intrigas, las alianzas… todo ello existe en el sistema feroés. El hecho de formar parte de un sistema tan pequeño otorga a cada miembro más peso e importancia, y nuestra escala —tan pequeña— hace que los procesos sean más transparentes.

Esta reflexión es igualmente aplicable en otros ámbitos de la sociedad: hay menos de todo, pero al tratarse de un sistema completo, está todo. El hecho que las Islas Feroe sean, al mismo tiempo, un país «completo» y un Estado microscópico, las convierte en un laboratorio social, político, económico y vital.

Algunas de las grandes empresas —por ejemplo, de la industria de energías renovables— lo han visto como una oportunidad, y están probando nuevos inventos en las Feroe. Al testarlos a una escala tan pequeña, pero aún así dentro de un sistema completo, obtienen información muy valiosa —y de paso las Feroe disfrutan soluciones baratas.

Pequeño no significa solamente bonito; también puede significar rentable.

En las primeras palabras de una de sus novelas, el autor más famoso de las Islas Feroe, William Heinesen, compara nuestro pequeño país y el vasto océano que lo rodea con un grano de arena en el suelo de un salón de baile. «Pero si observas ese grano de arena a través de una lupa —escribió Heinesen— verás un mundo entero de montañas y valles y fiordos y casas con gente pequeña. Verás incluso una ciudad antigua con almacenes y calles y jardines e iglesias».

Un buen amigo de Heinesen, el poeta Karsten Hoydal, escribió en una carta dirigida al primero que había acabado de leer Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. Tras elogiar la novela, afirmó con seguridad que el caballero de Cervantes y su amigo Sancho Panza eran feroeses.

 

—Pequeños —dijo uno.

—Y locos —añadió el otro.

 

Supongo que ambos tenían razón. 

 

El hecho de que los feroeses nos veamos a nosotros mismos como miembros de una nación como cualquier otra, y que tendamos a olvidar que somos muy poquitos, nos da el coraje de Don Quijote. (Jordi Brescó)

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En las Islas Feroe —probablemente por culpa de nuestra fuerte identidad nacional— la gente suele olvidar que nuestra nación es tan pequeña que muchas ciudades de otros países nos superan en número de habitantes. Como Don Quijote, habitualmente nos sentimos más grandes y poderosos de lo que realmente somos. Es común, por ejemplo, oír a gente comparar el carácter de los feroeses con el de los británicos o incluso el de los americanos, sin tener en cuenta la cantidad de factores —como la superficie del territorio, el número de habitantes o la cantidad de subculturas— que convierten esa comparación en absurda.

Pero el hecho de que, ante todo, los feroeses nos veamos a nosotros mismos como miembros de una nación como cualquier otra, y que tendamos a olvidar que somos muy poquitos, nos da el coraje de Don Quijote. A veces, ignorar realidades matemáticas puede llevarte a conseguir cosas que por lógica (matemática) no deberías.

Nuestra selección nacional de fútbol, por ejemplo, participa en competiciones internacionales. A excepción de algunos futbolistas profesionales que juegan en divisiones inferiores de otros países, el equipo que se enfrenta a las grandes estrellas europeas lo forman trabajadores locales. Por lógica, nuestra selección debería perder cada partido por una docena de goles de diferencia. Pero no lo hace. De vez en cuando, nuestros jugadores incluso son capaces de ganar a algunas de las grandes naciones europeas.

La tradición local de sacrificar y matar ballenas pequeñas —actividad que considero sostenible— ha provocado la aparición, durante décadas, de enormes campañas de organizaciones por los derechos de los animales. Las ballenas no sufren, pero la matanza tiene lugar en el exterior, y se puede ver aquello que no vemos en tantos otros lugares del mundo moderno: la sangre del animal matado. Este hecho ofrece una fantástica oportunidad para tomar fotografías que encajan en campañas populistas. La gente detrás de esas campañas que intentan influenciar al resto (especialmente a los compradores de productos pescados en las Feroe) son, por número, bastantes veces el total de la población feroesa —sin hablar del dinero del que disponen—. Los consejos recibidos desde el exterior han sido muy claros: «¡Dejadlo ya! ¡No podéis ganar!». Pero los feroeses obviamos el hecho de no tener posibilidades. Creemos que tenemos derecho de hacer lo que hacemos, y no queremos renunciar al sacrificio de ballenas. El término «rendirse» nunca ha estado en nuestra agenda política, y las campañas han terminado convirtiéndose en una molestia cuotidiana.

 

Las Islas Feroe disfrutan de un control prácticamente absoluto sobre sus asuntos, a nivel político, económico y cultural. (Kimberley Coole)

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Otro ejemplo de comportamiento quijotesco ocurrió en 2013, cuando hubo una enorme disputa entre las Feroe y todos sus países vecinos sobre las cuotas pesqueras. Las autoridades feroesas exigieron un repartimiento más justo del pastel, pero los otros Estados se negaron. El resultado fue una sanción de la Unión Europea a las Feroe que duró un año. Fue un golpe muy duro para la industria pesquera. Pero un año más tarde, la Unión Europea reconoció las exigencias feroesas, y se llegó a un nuevo acuerdo: las Feroe obtuvieron exactamente aquello que habían pedido. Una vez más, que cincuenta mil personas con una administración minúscula ganaran, en una disputa legal internacional, a quinientas mil personas con un montón de expertos, era imposible. A no ser, claro está, que ignores totalmente las matemáticas…

Así que puede que haya algo de verdad en lo que dijo una vez la ex primera ministra islandesa, Vígdis Finnbogadóttir: «No deberíamos hablar de naciones grandes y naciones pequeñas. El término debería ser solamente “naciones”».

 

Foto de cabecera: Retrato de un pescador (Sergio Villalba)

 

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Sjúrdur Skaale
Sjúrdur Skaale

Es político y uno de los dos representantes de las Islas Feroe en el Parlamento de Dinamarca. Durante su carrera ha publicado numerosos libros sobre cuestiones sociológicas y políticas —en algunos casos como editor de las publicaciones y en otros él mismo como autor—. Estudió en Madrid y en Copenhague y trabajó como periodista durante nueve años. En las Islas Feroe también es muy reconocido por su faceta de comediante y humorista.