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LOS REINOS DE ROBINSON CRUSOE

De Defoe a Gaultier
Fran García

Las aventuras en una isla inhóspita del más famoso y ficticio marino de York se acercan a su 300 aniversario. Recuperamos el espiritu de la gran novela clásica de Daniel Defoe a través del cómic del artista francés Christophe Gaultier, una espléndida revisión gráfica de una obra maestra.

 
 

Cuando llegué a la preadolescencia, esa edad que es como una montaña rusa, me sorprendí a mí mismo dibujando islas de forma compulsiva. Al principio eran sólo ejercicios plásticos. Más tarde, mis islas incluyeron todo tipo de equipamientos: hoteles, campos de fútbol, cines, carreteras, puertos deportivos y otras edificaciones que hoy casi me avergüenza citar. Puede que se tratara tan solo —ejerzo ahora de psicoanalista aficionado— de:

a) tener un refugio seguro, propio, frente a los embates de unos vientos típicos de esa tempestuosa edad que sólo el tiempo acaba por curar;

b) que en mi cerebro intentara crear un futuro especulador de suelos paradisíacos.

En fin, supongo que si están leyendo este artículo ya asumen sin dificultad que, si es que en algún momento se me pasó por la cabeza, fracasé en el mundo imaginario de pelotazos urbanísticos en islas maravillosas y que todas las fantasías eran fruto de la opción a).

Aquellas islas dibujadas eran mi reino particular, uno muy parecido al que el escritor inglés Daniel Defoe creó para su personaje, el marino Robinson Crusoe (1719). En su limitada geografía entre las olas del mar, Defoe/Crusoe desarrollan una impresionante lucha por la supervivencia: Crusoe sufre lo que Defoe crea para disfrute de los lectores. Puede que aquella sensación de placer creativo fuera el motivo principal que provocó el regreso de Defoe a «su» isla de ficción en una segunda parte de las aventuras de Crusoe. O puede que fuera sólo la imperiosa necesidad de olvidar que en «su» casa, Inglaterra, sólo era un marino más, un ciudadano normal —ni siquiera reconocido como el gran periodista que fue— y que tenía los mismos problemas económicos y de supervivencia que sus vecinos. Por una u otra razón, Defoe regresó a su reino ficticio (solo cuatro meses después de haber publicado la primera parte del libro) para sentirse importante otra vez.

Defoe encontró en la escritura de este libro, la primera gran novela inglesa, un modo exclusivo de huir de sus pesadillas cotidianas: la ruina económica derivada de su escaso éxito y también fruto de la necesidad de alimentar ocho hijos. Defoe murió casi en la clandestinidad, huyendo de sus acreedores, sin que nadie le recordara por ser uno de los padres de la narrativa moderna inglesa, ni tampoco por ser el creador de uno de los primeros ejemplos de simbiosis entre literatura y periodismo de los que se tiene noticia, Diario del año de la peste (1722), el primer reportaje novelado conocido y una minuciosa reconstrucción de la epidemia de peste bubónica que asoló Londres en 1665.

En su isla particular, según los minuciosos estudios críticos de James Joyce, Robinson Crusoe se comportaba como un colonialista occidental, como un personaje que trataba a Viernes como un súbdito e imponía la supremacía del cristianismo a los indígenas en una suerte de moral suprema e indiscutible. Este asunto religioso que se desprende en diversas partes de la novela (por ejemplo, el pasaje del sueño de Crusoe y su despertar en un edén repleto de frutos apetecibles) podría entenderse a partir del presbiterianismo de Defoe. En este sentido y de la misma forma, la asexualidad de Crusoe durante 28 largos años también podría ser producto del puritanismo reinante en aquel tiempo. Esto no significa, sin embargo, que se pueda calificar a Daniel Defoe de mojigato, ya que en su libro Las aventuras del Capitán Singleton se aborda el amor incondicional del cuáquero William por Singleton. Además, Daniel Defoe también es el autor de Moll Flanders, una novela repleta de sucesos complejos en palacios y prisiones, de amores furtivos y picarescas entre las sábanas en la que, incluso, aparece citado John Wilmot (1647-1680), 2º Conde de Rochester, el gran libertino británico de la época, autor satírico, bomba sexual y reconocido dipsómano al que el actor Johnny Depp ha dado vida en una ficción de Hollywood.

Si hubiera que defender la actitud de Crusoe en su novela, se podría recordar que Viernes, su fiel compañero de aventuras, es, además de un sirviente, un buen amigo con el que construye una relación perfecta: juntos, por ejemplo, acometen con osadía el rescate de unos prisioneros que están en manos de feroces caníbales. Tampoco se pueden desestimar todas las aportaciones de Viernes al ejercicio de supervivencia cotidiana que ambos desarrollan en la isla; si bien es cierto que Robinson Crusoe representa la mentalidad del colonialista europeo acostumbrado al esclavismo y el trato hacia su amigo es paternalista, no es menos cierto que Viernes protagoniza muchas soluciones prácticas a los problemas que surgen en la isla durante el relato.

Robinson Crusoe está basada en la historia real de dos marinos: Pedro Serrano, que aparece homenajeado cuando es rescatado en la novela, y que permaneció cuatro años en una isla del Mar Caribe —aún hoy llamada Banco Serrana—; y Alexander Selkirk, que estuvo aislado cuatro años en el minúsculo archipiélago chileno de Juán Fernández. Defoe sitúa su isla en la desembocadura del río Orinoco, cerca de Trinidad, pero el verdadero Crusoe tuvo que convivir con el océano Pacífico. Este es el argumento del libro La Isla de Selkirk. La historia del verdadero Robinson Crusoe, en que su autora, la inglesa Diana Souhami, nos descubre el paraíso, tal vez prisión, de esta isla de 48 kilómetros cuadrados, situada a 165 kilómetros de la costa chilena en el océano Pacífico oriental, a 34º de latitud sur.

En la isla que lleva su nombre, Selkirk estuvo cuatro años hasta que fue rescatado. De orografía escarpada, casi sin fondeaderos seguros y de estructura volcánica, la isla de Selkirk sigue ofreciendo oportunidades de aventura, por ejemplo, a los científicos que estudian su flora y fauna. La isla, eso sí, sigue viviendo, como en los días del marino escocés, de la pesca, sobre todo de langosta (durante siete meses al año), como se puede ver en el curioso documental chileno dirigido por Cristián Freund y titulado Los naufragos de Selkirk.

La historia de Selkirk —de la que también existe una sorprendente película de animación dirigida en 2011 por el uruguayo Walter Tournier— fue escuchada por Defoe cuando ejercía de agente secreto en Edimburgo. Fue trasladado allí tras ser salvado de la cárcel, a dónde le habían conducido las acusaciones de panfletista en contra de la corona británica. Allí difundió el unionismo entre Inglaterra y Escocia, pero víctima de un particular síndrome de Estocolmo, acabó convertido en convencido independentista. Gran viajero comercial en una etapa anterior a la de espía, Defoe decidió que las aventuras de Alexander Selkirk (y en menor medida las de Pedro Serrano) serían el origen de su novela.

El argumento de la historia casi no hace falta ni recordarlo. Corre el año 1651; Robinson Crusoe, un aristócrata altanero, decide ver mundo y se convierte en marinero. Tras un naufragio acaba en una isla donde intentará sobrevivir con la única compañía de Viernes, su particular Sancho Panza.

Con muchas y variadas adaptaciones cinematográficas —me quedo con la de Luis Buñuel en 1954— y otras tantas en el mundo del cómic, el francés Christophe Gaultier ha firmado la mejor y más completa de todas las del noveno arte.

Procedente de la animación, Gaultier pertenece a la eminente generación de artistas de la Bande Dessinée surgidos a mediados de los noventa, como Christophe Blain, Joan Sfar y Lewis Trondheim.

La historia gráfica de Robinson Crusoe (publicada por SM en español) reúne en un solo volumen los tres de la edición original en francés, y esa reducción del formato provoca que el entintado del cómic, ya acentuado, domine sobre la sección de colores.

Gaultier sigue la historia original de Daniel Defoe, si bien elimina algún personaje, como el padre de Viernes. Se recrea con detalle y acierto en los sucios puertos y tabernas inglesas y además nos ofrece una visión muy realista de la tosca vida en los barcos de la época. La selva de la isla es dibujada como un decorado tenebroso en el que los peligros acechan tras cada árbol. Gaultier, por otra parte, retoca el final con estilo para darle a su historia un clímax más sorprendente.

La pasión por los viajes de Defoe y la lucha entre la naturaleza y el ser humano configuran el escenario idealizado de su autor. Robinson Crusoe, con equipamiento técnico rescatado de los restos del naufragio —armas— y una inteligencia acompañada de acciones precisas acaba por dominar los cuatro puntos cardinales de esa isla que acota su espacio vital.

Robinson Crusoe es una de las cúspides de las novela de aventuras. Representa un hogar seguro rodeado de agua en el que la soledad y la libertad funcionan como propuestas creativas. Todos, preadolescentes o no, tenemos la tentación de dibujar islas, de regresar alguna vez al retiro de nuestros mundos perfectos e inexistentes, de construir nuestros propios archipiélagos secretos, de perfilar, sin escuadra ni cartabón, una particular cartografía de esos sueños que tienen, siempre, forma de islas.

 

IMAGEN CABECERA DE EARLY NOVELS DATABASE

Fran García
Fran García
Apasionado de las novelas gráficas y del medio radiofónico, ha trabajado en Onda Cero y en el Magazine del diario barcelonés La Vanguardia. Este agitador cultural con alopecia es director de NOVEMBRE NEGRE, festival de cine y novela negra, y coordinador de SPLASH, un festival de cómics. Además, coordina la programación de .DOC, una muestra de documentales de actualidad.