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VALENCIA, MAQUIS DEL SISTEMA

Los últimos
Paco Cerdà

Publicamos «Valencia, maquis del sistema» un capítulo de Los últimos. Voces de la Laponia española (Pepitas de calabaza, 2017). En este libro el periodista Paco Cerdà, retrata «un viaje de 2.500 kilómetros por la España despoblada, la llamada Laponia del sur: 1.355 pueblos que se extienden por las provincias de Guadalajara, Teruel, La Rioja, Burgos, Valencia, Cuenca, Zaragoza, Soria, Segovia y Castelló».

 

Había una vez una tierra idílica. Una arcadia de huerta y playas donde nunca faltó sol, brisa, paella, naranjas, pasodoble, traca y algazara. Con el paisaje de la Malvarrosa pintado por Sorolla y la exuberancia de bancales glosada por Blasco Ibáñez, así era el Levante feliz: la patria de la abundancia y la plácida prosperidad.

Hubo una vez un tópico romántico y falso, surgido en la segunda mitad del siglo XIX y popularizado por la prensa madrileña de los años treinta, que encandiló a los forasteros al idealizar la huerta valenciana como una fuente inagotable de riqueza, armonía y bienestar. Que además extrapoló esa imagen distorsionada y edulcorada de la capital y su entorno a todo el mapa valenciano. Que lo estereotipó en bloque sin mostrar piedad por el interior de un territorio que era frío, seco, árido y montañoso. Donde la vida siempre fue dura, trabajosa y áspera como un margen de piedra en seco. Donde imperó el aislamiento y la incomunicación en sus polvorientos caminos, en sus pedregosas veredas.

A aquella otra Valencia que mira a poniente, castellana en el habla, sin regadío ni llanos y despoblada de gentes, pertenecen la Serranía y el Rincón de Ademuz: dos comarcas limítrofes del interior valenciano que nadie asociaría a la etiqueta del Levante feliz, un mito al fin agotado y superado por su reverso: Corruptilandia.

Estos dos enclaves se hallan integrados —la Serranía solo en parte— en la gigante mancha semivacía que es la Laponia española. Diecisiete extensos pueblos y un rosario de aldeas con menos de 9.000 habitantes en total para una superficie equivalente a 200.000 campos de fútbol. No llegan a 6,3 personas por kilómetro cuadrado: cuarenta veces menos que la media provincial. Es el far west valenciano.

Había una vez —en un cuento que sí fue real— una Valencia que se pobló de maquis. De guerrilleros cuya resistencia desafiaba al sistema impuesto; de combatientes que se escondían entre las montañas de la Serranía y el Rincón en una vida precaria, clandestina y anacrónica. Eso mismo me parecen Juanito Yuste y Fermín Luz, en el más noble sentido de la palabra maquis y del concepto resistencia, cuando llego a Sesga.

A Sesga se llega —o mejor, se sube— por un caminal sin quitamiedos que conduce a la última estación de un viacrucis de trece kilómetros con empinadas vueltas y revueltas entre sabinas y carrascas. Esta remota aldea de Ademuz, la más alejada de la villa y encaramada a 1.180 metros de altura, es un caso especial. La electricidad y el agua potable no la visitaron hasta el año 2001. Da risa ver a la entrada del villorrio la torre de la luz con una señal triangular amarilla: alta tensión, peligro de muerte. Han pasado de la nada al todo. Diabólica modernidad.

El coche se detiene junto a los corrales semihundidos y las eras abandonadas. Una vez más en este recorrido por la Ruta 66 de la despoblación uno se siente teletransportado a una órbita desconocida, a una lógica ignota. La paz es completa en esta mañana de sábado. Por la calle central de Sesga —calles de tierra— el silencio solo lo quiebran unos albañiles que trabajan en la reforma integral de una casa. Quién será el valiente, el loco o el afortunado que la costea, se preguntaría cualquiera.

«Apenas una decena de personas viven todo el año en Sesga. ¿Y usted?». «Todo el año y toda la vida», responde Juanito. Setenta y siete años, estatura corta, muleta en el brazo derecho, gorra vieja, zapatones gruesos para un paso lento, dedos encorvados, manos trabajadas, barba cana de tres días y ojos acuosos que mojan una mirada humilde, libre, anárquica; de quien sabe más de lo que aparenta. Sus abuelos vivieron en Sesga. Sus padres vivieron en Sesga. Él ha vivido en Sesga. Una vida de manual antiguo que pide usar sus palabras tal y como él las usa: «como en África, desde pequeñicos a trabajar. Allí los mozos son esclavos y aquí también lo éramos. Con diez o doce años empecé a pastorear, a ir al cereal y a la alfalfa. Dieciocho meses en Ceuta sin salir de allí. Volví de la mili y ya casi no quedaba nadie en Sesga; se desfilaron todos en dos o tres años y las tierras empezaron a quedar abandonadas. Éramos tres hermanos: el mayor tiró para Francia y luego a Port de Sagunt, el otro se fue a vendimiar y se quedó en Béziers. No, yo nunca me he ido. ¿Valencia? Me gusta mucho, pero yo no soy para estar bajo amo. No soy para trabajar en un sitio del que te despachen por llegar tarde y adonde no puedas ni hacer la siesta. No, en amo no. Yo aquí he estado siempre libre».

Dice libre, calla y sonríe. Como quien guarda un secreto que no quiere revelar. Como quien no necesita humillar a su interlocutor y preguntarle tú eres libre, acaso te crees más libre que yo, o es que eres tan ignorante que no conoces ni los límites de tu propia ignorancia. O es que nunca te has mirado la albarda que llevas encima ni te has preguntado por qué, para qué y si convenía cargarla.

Nada de eso dice Juanito. Ni lo piensa, seguramente. Pero su comisura torcida en esa sonrisa de aire infantil desata muchos interrogantes. Hablamos de pie, en medio de la estrecha calle: es seguro que ningún coche pasará. Sigue asustando con sus reflexiones como dejadas caer. Para mí sí que son esclavos en las ciudades, dice. A muchos les parece que viven mejor. Pero yo, de criado, cuanto más lejos mejor. No he sido rico, pero nunca he pasado hambre ni me ha faltado nada. Y si a otros les gustan las hipotecas, a mí no. Yo nunca he tenido ninguna ni me ha gustado deber. Si no tienes dinero, vale más aguantarse en casa y no contender con nadie. A mí no me cogen.

Ya está: de dos plumazos se ha cargado la industrialización aplicada al trabajo y el capitalismo financiero. Dice a mí no me cogen y vuelve a sonreír. Si hay maquis que resisten al mundo actual, Juanito es uno de ellos y guarda el secreto. Quizá por ello sonría.

Enseguida se marchará calle abajo apoyándose en la muleta derecha y, de forma inverosímil, subirá al tractor para ir a plantar ajos. Pero antes lanza un tercer disparo con envoltorio de paradoja. Dice así: si te cogen a ti ensuciando el medio ambiente, te la cargas; en cambio ellos —y ese ellos resuena como una alteridad infranqueable, como de castas indias que jamás se entremezclarán: nosotros y ellos, los juanitos y los poderosos— pueden ensuciar hasta el espacio. Mandan satélites allá arriba y lo ensucian todo. Si en la tierra hay que hacer muchas cosas, ¿a qué suben al cielo, a estar con Dios?

A la izquierda de la calle queda la escuela de Sesga. Cerró en 1965, pero en su interior continúan los viejos pupitres de madera, el crucifijo, una virgen enmarcada en la pared, el retrato de Franco, la estufa central que parte en dos el aula, una pizarra negra, mapas de época y un ábaco para aprender a contar. Como un tierno museo de la aldea vivaracha que fue, que llegó a los 271 habitantes a mitad del siglo xix y que hoy no se reconocería en este lugar moribundo y detenido en el tiempo.

A Sesga me ha acompañado Toni Gómez, presidente de la Asociación para el Desarrollo Integral del Rincón de Ademuz. Se hartó de trabajar como administrativo en Sedaví, en el cinturón de Valencia, y decidió asentarse en la tierra de la que emigraron sus padres. Ahora regenta una casa rural en Castielfabib, pero los mayores de la zona lo conocen como el nieto de la Curandera. Él tiene una palabra en la boca: olvido. Me lo dirá al bajar la deteriorada cuesta de Sesga para regresar allá donde habita la civilización.

 

—¿Cómo se puede decir que Valencia recuerda a sus pueblos? Mira este camino y compáralo con todo lo que se ha derrochado estos años en la capital: el circuito urbano de Fórmula 1, la Copa América, el Palau de les Arts. Primero debería atenderse lo prioritario y más básico de un territorio; y luego, con lo que sobre, despilfarrar. Pero en esta provincia el dinero llega hasta Llíria. De ahí no pasa. Y así, sin potencia de luz suficiente para abrir industrias o con un internet que va cuarenta veces más lento que el de la capital, no podemos competir. Siempre quedamos en el olvido.

 

Toni y yo andamos por las calles de Sesga. Se oyen perfectamente nuestras pisadas, como un metrónomo que pauta el tempo largo de este último adagio. Al final de la calle, que es como decir al final de la aldea, que es como decir al final del mundo para muchos de los que en ella habitaron, reposa la fuente que alimenta un largo abrevadero para el ganado y un lavadero que se ha tragado suciedad e intrahistoria a partes iguales. El paraje es excepcional. Pero no es nada comparado con el momento en el que Fermín Luz —voy, voy— abre la casa con el número 112 en la fachada.

La estampa es inolvidable. Por el dintel de la puerta asoma un hombre de 88 años que parece viejísimo, con una muleta en cada brazo y los tubos del oxígeno domiciliario penetrando sus fosas nasales. Con boina, chaqueta gris, jersey viejo, pantalones de pana, unos ojos clarísimos y una voz temblorosa que, como su propia apariencia en este contexto, parece llegar desde otra época. ¿Vive aquí todo el año? Todo el año y toda la vida, repite él también. Y si no pasa nada, aquí me moriré.

Recuerda la Guerra Civil, con los rojos pasando por el monte que se ondula a nuestras espaldas. Los rojos, con mulos y con ametralladoras. Hasta el día que me muera que me acordaré. Cuatro hermanos éramos. Yo me quedé con mis padres para cuidarlos. Los otros tres se fueron: uno a Cabrera de Mar y dos a Tarragona. Luego me casé aquí. ¡Qué te vas a arrepentir de no haberte marchado! No me fui pues no me fui: qué le voy a hacer. Otros se han ido y están sin trabajo. Yo mi vida ya la tengo. Las cuerdas vocales se le rasgan en una polifonía sonora que concede mayor dramatismo a la escena. Recuerda casi toda una vida pasada sin luz: con candiles de aceite, con camping gas, con neveras de butano, con placas solares. Ahora hay luz, y si un día se va, hostia, cómo la echas de menos. Fue pastor, fue cestero, fue labrador. Fue, fue, fue. Demasiadas veces se conjuga el pasado en este rincón pobre y menguante cuyo censo va periclitando: de 7.200 a 2.400 habitantes en medio siglo. Tanto pasado parece que estrangula el futuro del último rincón de la Valencia altiva. La palabra era olvido.

Yo sé mucho del miedo. Soy un maestro del miedo. Son las dos primeras frases de Maquis, uno de las cinco novelas de la memoria que el escritor Alfons Cervera ha dedicado al microcosmos de la Serranía bajo el topónimo literario de Los Yesares. Me espera a comer en Aras de los Olmos. Éstos son sus dominios geográficos y sentimentales. Él nació en Gestalgar, en el extremo sur de la Serranía, de donde se marchó a los ocho años empujado por la emigración de su familia y adonde volvió hace una década para fijar su residencia. Estamos justo en el extremo norte de esta comarca alanceada por mares de montañas, muelas, laderas y altiplanicies. Alfons la ha recorrido de arriba abajo en infinidad de ocasiones. Como corresponsal, como reportero, como activista, como viajero, como escritor, como enamorado. Ya no se entienden Alfons Cervera y la Serranía el uno sin la otra.

Al poco de vernos en la plaza de Aras le comento la metáfora que venía madurando en el coche tras conocer a Juanito y Fermín: son maquis de la resistencia rural. Él calla y piensa un momento. Reflexiona con la mirada perdida de quien no quiere jugar a la ligera con palabras y conceptos demasiado importantes. Al fin responde.

 

—El maquis es resistencia, y estos pueblos resistimos, sobrevivimos, con la mayor dignidad que podemos. Pero hay otro elemento común entre la resistencia del movimiento guerrillero antifranquista y la resistencia social de los pueblos de la Serranía y el Rincón de Ademuz. El maquis de esta zona, centralizado básicamente en Santa Cruz de Moya, fue un maquis de resistencia, no de enfrentamiento. El fenómeno maquis comienza en todos los sitios durante la propia guerra. La gente huye a la montaña cuando las tropas franquistas entran a las poblaciones: esos son los primeros huidos al monte y luego empiezan a organizarse. Sin embargo, en esta comarca no ocurre así. La guerrilla de esta zona se forma después de lo que se conoce como la invasión del valle de Arán de 1944: una operación fallida para propiciar desde Francia un levantamiento popular que tumbara al franquismo. Aquí el pce organiza la Guerrilla de Levante y Aragón, que incluye el Maestrazgo, Cuenca y Teruel. Es una guerrilla de espera ante la previsible derrota de los nazis y del fascismo italiano. Una guerrilla de refuerzo concebida para el momento en que los aliados ganen la Segunda Guerra Mundial y vayan a por Franco. Es una guerrilla de mosca cojonera. Sin embargo, al terminar la guerra europea y verse que Hitler y Mussolini han caído pero Franco aún resiste, es cuando se organizan las contrapartidas —guardias civiles disfrazados de guerrilleros— para aplastar a los maquis. A partir de 1948 empieza el exterminio de la guerrilla, con un enfrentamiento brutal que liquidará a los maquis de esta comarca hacia 1951-52. Sí, me parece oportuna tu reflexión: esta es una comarca de resistencia. El símil literario entre los guerrilleros de la primera época con la resistencia de estos pueblos es muy claro. Era difícil aquella resistencia, porque los maquis estaban aislados y solos por estas montañas, y continúa siendo difícil la resistencia para los que ahora habitamos estos pueblos.

 

Aislamiento: ese es el fruto histórico que deja la montaña. Aislados entre los pueblos vecinos, lo cual impedía una noción de comarca. Aislados respecto al poder, que repercutía en el olvido institucional. Aislados para la otra sociedad valenciana, que identificó esta tierra enorme —la Serranía es la segunda comarca más grande del País Valencià— con un tópico. Eso dice Alfons Cervera: que son un tópico. 

 

—Un tópico de lo rural que todavía se arrastra. La gente de la ciudad tiene la idea del edenismo, del adanismo, del qué bien se está allí y qué tranquilidad. Han convertido un conflicto político como es el aislamiento y las desigualdades en un atractivo tópico impregnado de bucolismo. Se asocia a un paraíso al que, paradójicamente, nadie quiere ir a vivir. Responde a la idea del buen salvaje: una sana anomalía. Y no somos ni una anomalía ni menos aún sana.

 

Alfons Cervera desarrolla un aspecto clave que permite atar cabos para entender esta zona despoblada y tantas otras. Corría el año 1988 y la Generalitat Valenciana intentó ubicar un almacén de pararrayos radiactivos en la Serranía. Eligió una comarca alejada, deprimida, despoblada, envejecida, donde estaban aislados unos pueblos de otros, sin resistencia cívica de ningún tipo. Pero la sorpresa fue que la comarca reaccionó de una manera brutal. Con violencia incluida en algunos trances. Era el primer momento en el que la Serranía experimentaba un sentido de comarca, de comunidad. Y fue ante una agresión. 

 

—De ahí deriva un tema crucial: tras muchos años de aislamiento y desvertebración, descubrimos la comarca, pero la descubrimos como conflicto. Ya éramos comarca, ya éramos territorio común, pero arrancaba entonces lo que yo considero que ha sido un grave error: siempre relacionar la Serranía con el conflicto. Primero fue contra los pararrayos, luego contra las minas de explotación a cielo abierto que perforaban nuestras montañas, y más adelante contra la gran cantidad de vertederos que ensucian esta comarca como si fuera el estercolero del mundo. Nos hemos dedicado a hablar de una comarca destrozada, maltratada, despoblada, y en cambio no hemos cargado las tintas en lo bella que es. Hemos sido una tierra de conflicto, de resistencia digna ante las continuas agresiones. Pero solo hemos expandido el conflicto. La mentalidad del maltrato hace que nada más nos dediquemos a combatir el maltrato constante. Nos centramos en el accidente y luego ya no nos quedan fuerzas para salir de él. La imagen que hemos proyectado se parece más a Belfast que a la Toscana.

 

La comida avanza en este bar donde la parroquia va saludando al escritor, a su escritor. Al novelista que presume de escribir de la pequeña gente, de los pequeños sitios, de las pequeñas cosas. Del narrador que ha convertido la Serranía en el paisaje moral de sus novelas al contraer un acto de militancia doble: con la historia y la cultura de la derrota, y con los perdedores de todo, con los que nunca han tenido voz. La voz de los que jamás han sido nombrados. 

Alfons intenta matizar que la despoblación aguda ya pasó. Y que en la Serranía valenciana —no así en otros sitios de la Laponia española, de la Serranía Celtibérica— el censo se mantiene exiguo pero estable desde hace unas décadas. Se niega a participar del apocalipsis generalizado. Porque detrás del apocalíptico, avisa, se esconde un inmovilista. ¿Entregamos nuestra cultura y nuestros pueblos al escepticismo, al pesimismo, a un nihilismo que al final es reaccionario? Pues no, dice: yo soy un combatiente activo y me niego a entregarle las armas al otro. Seguiremos resistiendo como los maquis: de mala manera, siendo menos y en peores condiciones que los mejor situados. Pero resistiendo.

En el epílogo de su novela Maquis hay un personaje, Ángel, que trata de explicar quiénes fueron aquellos hombres que se echaron al monte de la Serranía. Dice así: No estaban locos y lo que hicieron fue enfrentarse con valentía, bastantes veces con torpeza, a los designios macabros de una victoria que solo había dejado un paisaje de muertos a su paso.

Como los maquis rurales del presente.

Una boina. Parece un detalle insignificante, una anécdota. Pero a veces una boina lo encierra todo. Así sucede con la negra boina que lleva puesta —hoy, mañana, siempre— Paco Moreno Mesas.

Nacido en San Clemente, Cuenca, vino como excursionista a Aras de los Olmos cuando era adolescente. Más adelante volvió como estudiante de Ingeniería. Finalmente regresó como novio de dos amores: una mujer y una tierra. Hizo la promesa: me haré maestro y me iré a Aras. Y así ocurrió: se hizo maestro y se fue a Aras. Llegó en 1980, con 28 años. Entró en una escuela semiunitaria que solo tenía tres maestros. Desde el primer instante tuvo claro su modelo pedagógico: el maestro había de implicarse en la vida del pueblo a todos los niveles y debía priorizar la escuela del medio: enseñar a sus alumnos todo aquello que tuviera relación con sus vidas, con su ambiente. Respondía a la pedagogía Freinet: renovadora, activa, popular, natural, abierta, experimental, antiautoritaria, paidológica, cooperativista, anticapitalista. Dicho llanamente: la revolución.

 

—Si las principales inquietudes de los vecinos de Aras eran la agricultura y si llovía o no, entendí que para sentirme igual que ellos había de importarme lo mismo que a ellos. Por eso cogí un huertecito, planté almendros y me puse a labrar. Así tenía sus mismos problemas. Fue mi manera de vivir con ellos, como ellos —dice.

 

Los contrarrevolucionarios, que era como decir el pueblo entero, lo vieron como una excentricidad más del maestro forastero. Las cábalas se sucedían: en cuatro días se va a hartar de la tierra; qué sabrá él lo que es la agricultura. Pero erraron. Paco lleva más de treinta años pegado al bancal como si fuera una raíz. Ahora cuida quince hectáreas de almendros y un par de huertos con cosechas ecológicas. Está a la vanguardia en la experimentación de nuevas variedades y goza de reputación en el mundo almendrero por sus innovaciones.

La segunda revolución, la más importante, sucedía dentro del aula. A veces fuera. El maestro se llevaba a los alumnos a un coto escolar con almendros. Iban, recogían las almendras, las pelaban y las calentaban con la estufa. Si nevaba, salían a entender la nieve. Si llegaba al pueblo un zahorí, se llevaba a los chicos a verlo y aprender en directo del proceso de buscar agua subterránea. Si era época de vendimia, salían al campo a comprender por los ojos uno de los dos pilares básicos de la agricultura mediterránea.

Pero hubo un punto en que topó con la discrepancia profunda de algunos padres. Fue cuando pidió a sus alumnos que trajeran palabras a clase. Palabras que no estuvieran en el diccionario pero que la gente del pueblo usara. Traigo una palabra, maestro. A ver qué palabra traes. Atajarrilá: es un atajo muy grande de ganado. Muy bien. Yo traigo barataná: que no sirve para nada. Buena es. Y yo burlapastor: pájaro que por su silbido confunde al pastor. ¿Y tú? Escuajaringao: que está destrozado, roto, cansado. Yo traigo andosca: una borrega de dos años. Y yo esparajismo: muecas y gestos estrafalarios.

 

—Algunos padres lo entendieron; pero otros pensaban que yo quería hacer tontos a sus hijos. Que los iba a pegar al terreno para que no se fueran a estudiar y se quedaran allí. Lo que tienes que hacer, me decían, es que hablen bien el castellano y esas palabras las olviden. Todo el valor que yo daba a su cultura no era para evitar que salieran del pueblo, sino para que apreciaran lo que tenían en su tierra y aprendieran a valorarla. Que esas costumbres, esa forma de hablar, forma parte de la cultura de aquí. Se lo decía así a los padres más reticentes: les enseñaré perfectamente el castellano, pero quiero que conozcan y aprendan estas palabras. Porque forman parte de su cultura, la de sus padres y sus abuelos. Porque sigue siendo importante que se conserven.

 

Gracias en buena medida al maestro nacido en San Clemente se han conservado hoy las palabras propias de Aras de los Olmos. Aquel juego escolar del traigo una palabra desembocó en una labor de investigación filológica encabezada por los chavales. Compilaron un fichero con unas ochocientas palabras propias. Palabras destinadas a morir con el cambio de milenio y de generación. Toda una manera de ver y nombrar un mundo abocada a la extinción. Paco Moreno y sus alumnos las salvaron. Las recogieron en un diccionario editado en 1986 por el Hogar de Aras y ahora consultable en la página web de Aras de los Olmos. Esporrinear: despabilarse un cordero a los dos o tres días de nacer. Tenturia: grupo de gente alrededor del fuego calentándose. Trapilifuego: mucho ruido, jaleo. Saguz: hachuelo o hacha. Sendajo: senda mala casi perdida. Arratear: atar mal con muchos nudos. Mojotero: entrometido. Lastra: parcela de terreno alargado y normalmente con ribazo o pared de piedra. Navajo: charca para abrevar el ganado. Ceica: acequia. Clafiza: roca grande y compacta que sale en las tierras de labor. Acaramollao: lleno hasta los topes. Zorrera: aturdimiento, adormiscamiento. Zurrir: tirar, desprenderse de algo. Justamente eso hizo Paco Moreno: evitar que se zurriera un lenguaje secular, impedir la zorrera de la cultura de un pueblo. Proteger y dignificar la voz y el habla de los que nunca han tenido voz ni jamás han sido nombrados.

Paco ya está jubilado. Tiene 63 años. Aquellos niños del diccionario se han hecho adultos. Cuenta el viejo maestro que muchos de ellos se sienten orgullosos de su diccionario. Que saben que esas palabras forman parte de su cultura y que no hay que despreciarlas. Frente a los miedos de algunos padres, al maestro de Aras le queda la satisfacción de que prácticamente todos sus alumnos estudiaron carreras superiores. Se equivocaron quienes rumiaban que les enseñaba todo aquello para que no estudiaran. El porcentaje de alumnos universitarios que tenía Aras triplicaba o cuadruplicaba el de Alpuente o Titaguas. Las técnicas, dice, no eran malas.

No eran malas, pero fueron castradas cuando a Paco lo trasladaron a un pueblo más grande de la Serranía: Villar del Arzobispo. Esto no es Aras, Paco, le avisó la dirección del centro: aquí no se sale y se entra del aula cuando a uno le da la gana. Me cortaron las alas bien cortadas. Me dejaron chafado. Con mis programaciones, mis asignaturas y mis horas. Pasó más de veinte años en Villar. Pero cada día regresaba al amor que nunca quiso abandonar a pesar de los traslados y las malas carreteras: Aras de los Olmos. 

Todo lo va contando apoyado en las vitrinas del museo arqueológico municipal de Aras. El origen de este museo estuvo en la azada de un labrador al que le salieron unos huesos de las entrañas de su huerto. El hombre buscó al maestro del pueblo y le dijo yo no vuelvo allí hasta que tú te lleves los huesos. Eran restos visigodos, de los siglos vii y viii. Así comenzó Paco Moreno a organizar y encabezar excursiones en busca de restos fósiles. En apenas un lustro localizaron y rescataron restos de dinosaurios y numerosos objetos de la Edad de Piedra, de la Edad de Bronce, del mundo íbero, de época romana, visigodos, árabes y medievales. También descubrió él mismo las pinturas rupestres de la vecina Titaguas, una joya neolítica con 8.000 años de antigüedad. Con todo el material desenterrado en aquella cruzada por salvar patrimonio local han podido llenar este museo por el que Paco se pasea y va explicando las piezas y la historia que hay detrás de cada una de ellas. Eso sí: hay un detalle que Paco calla por humildad y que descubriré más tarde buscando información complementaria: el museo se llama Museo Arqueológico Municipal Francisco Moreno Mesas.

La boina. La boina negra lo encierra todo.

En aquellos inicios de la renovación pedagógica que luego el sistema fue castrando, los maestros serranos que habían sido seducidos por las técnicas Freinet decidieron comprarse una boina y calársela. Fue un arrebato ideológico que acabó diluyéndose rápido como toda moda pasajera. A Paco fue al único al que le arraigó la boina. Ya forma parte de su indumentaria y su personalidad. 

 

—La boina simboliza la aceptación de aquel status rural que fue denigrado, estigmatizado y asociado a catetos y gente sin cultura. Los de boina eran personas de baja ralea, de segunda categoría. Los señoritos iban con sombrero. Lo primero que hacía la gente de los pueblos cuando iba a la ciudad era quitarse la boina. Yo, en cambio, la reivindico. Porque puedes ser un cateto y no llevar boina, como puedes llevar boina y ser un intelectual. Tu nivel cultural no te lo da la boina ni la ciudad.

 

Ya ha anochecido en Aras de los Olmos. Aquí la noche es noche, y el frío, frío: sin sucedáneos. La plaza está casi vacía. Antes de arrancar el coche y marcharme sierra adentro, miro al centro de la plaza y recuerdo la historia que me ha contado Manolo Cubell, alguacil y exalcalde de Aras, mientras deambulábamos por las calles del pueblo. No va de un padrón que ha pasado de 1.300 a 300 vecinos en cincuenta años; tampoco va del colegio que a punto estuvo de cerrar y que se salvó por una familia de argentinos que llegaron a la población. La historia va de algo mucho más profundo, mucho más eterno, mucho más humano. Va de un olmo viejo.

 

—Nuestra alegría era el olmo. Teníamos un olmo grandísimo en la plaza. Se necesitaban siete personas para darle la vuelta. La gente lo quería mucho. Estaba aquí, en medio de estas gradas de piedra que servían como zona de reunión y de tertulia. Las fiestas se hacían en la plaza, a su lado. Todos tenían la foto de la comunión o de la boda junto al olmo del pueblo. Era el emblema del pueblo, el símbolo que se escogió para cambiar nuestro topónimo y pasar de llamarnos Aras de Alpuente a Aras de los Olmos. Era como una presencia familiar. Pero enfermó de grafiosis y en 2006 murió. Hubo un gran duelo. La gente le lloró mucho. Porque era como un familiar íntimo de todos, un pariente interior, un amigo bueno. Todo el pueblo estaba aquí el día que lo quitaron. Una máquina sacó entero el olmo. El tronco, ya muerto, fue arreglado para colocarlo en un jardín como monumento. Pero al soldar unos hierros que completaban la escultura, saltó una chispa y durante la noche, cuando todos dormíamos, el tronco del olmo ardió y se quemó.

 

El olmo murió y la gente le lloró. Un ejemplar joven lo ha sustituido. Todos recuerdan a su pariente interior, al alma muda que un mal día desapareció. Todo el pueblo lo recuerda. Pero el olmo de Aras ya murió.

 

Imagen de cabecera CC, José Manuel Mota

Paco Cerdà
Paco Cerdà

(Genovés, 1985) es periodista del diario Levante-EMV. En 2017 publicó Los últimos. Voces de la Laponia española (Pepitas de Calabaza, 2017) donde escribe «la crónica de los otros, los que se quedaron descolgados de un país urbanizado a gran velocidad y que ha olvidado su origen rural».