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LOS VALLEJIANOS

Un diario de viaje IV
John Gibler

Llegué a Lima por primera vez en abril de 1997. Quería conocer el pueblo natal del poeta César Vallejo, Santiago de Chuco. Unos días antes de ir, Julio Humala —gran músico Ayacuchano y co-fundador con su hermano Walter del Dúo Arguedas— me invitó al Primer Festival de Queso en su pueblo natal, Coracora, Ayacucho. Emocionado, acepté la invitación y, pues, ya no fui a Santiago de Chuco. Ese viaje a la tierra de Vallejo quedó pendiente por muchos años. En noviembre del 2018, sin mucho preámbulo y sin ningún tipo de planeación previa, decidí retomar ese camino hacia la tierra del poeta y escribir un diario del viaje. Este texto, publicado por primera vez en Altaïr Magazine, forma parte de un pequeño libro de próxima edición por Pepitas de Calabaza.

 

Santiago de Chuco, Perú

5 de enero de 2019

 

Dormí mal, pero dormí. La lluvia anoche cayó suavemente una media hora y luego cesó. Amaneció despejado. 

Me quedé pensando: ¿debo hacer un reportaje sobre la memoria, la obra y el uso político de la imagen de César Vallejo en su tierra natal a los cien años de la publicación de su primer libro, Los heraldos negros? Me vine acá pensando en tal vez escribir una crónica breve del viaje y luego trabajar una novela corta. ¿Mejor dedicar el tiempo que me queda a reportear? ¿O seguir este camino medio vago entre reporteo y divagaciones seudo-poéticas? Es decir, ¿seguir caminando por ahí y apuntando lo que pasa en este diario? 

¿Qué haría en caso de hacer un reportaje? Entrevistar al alcalde. No puedo ir a las escuelas porque están de vacaciones. Buscar activamente a los lectores de Vallejo en el pueblo. Entrevistar a los «vallejianos» en Trujillo. Leer la nueva biografía y entrevistar al autor en Lima. Leer todo lo que pueda encontrar en línea sobre la Minera Barrick. Ir a la mina, y/o la zona afectada por la mina. Entrevistar a los trabajadores y los campesinos de la zona. Leer todo lo que pueda conseguir sobre Vallejo. Re-leer a Georgette. Leer todo. 

Estoy en el lugarcito de tres mesas donde vine a tomar un jugo y comer un pan la vez pasada. La mesera hoy tiene once años y se llama Baribalú. Me pregunta si soy de aquí. Le digo de donde soy y donde vivo. Yo le pregunto entonces cuantos años tiene y en qué grado va. Va a empezar primero de secundaria cuando terminan las vacaciones. Le pregunto si en la escuela le han hecho recitar poemas de César Vallejo. Hace una mueca y dice, «vaaaaarios» estirando así la «a». 

—¿Te gustan sus poemas?

—Más o menos —me dice como quien quiere decir cortésmente que no. 

—¿Qué te gusta en la escuela?

—Varias cosas. 

—¿Por ejemplo?

—Básquet. Me gusta el volei…

 

Ella me pregunta qué escribo y le digo que un diario de viaje. Entonces me pregunta en cuánto está el pasaje en avión de México. Le digo. 

—Yo fui a Cusco en avión y también nos cobraron caro. 

—¿Fuiste con tu familia o con la escuela?

—Con la escuela. 

—¿Te gustó?

—Sí. Es muy bonito. 

 

Me dice que una tía suya está en Estados Unidos, que se la llevó una «monjita» porque aquí su esposo le pegaba mucho. 

—¿Y ahora está bien?

—Sí. 

—¿Cuánto tiempo lleva allá? 

—Treinta y cinco años. A veces viene a visitar a su mamá. 

 
 

***

 

Me vine otra vez a la Casa Museo. Vi que la puerta estaba abierta y entré. 

Una mujer y un hombre están arreglando y limpiando. La mujer me cobra los cinco soles y me da un boleto de entrada. Hay una pila de libros sobre el escritorio de la oficina. Pregunto si están a la venta, y me contesta que son donaciones. Hay dos ejemplares de una colección de crónicas y artículos de Vallejo. Hay varios ejemplares de «una novela crónica» bonita hecha con las memorias de Ciro Alegría sobre Vallejo. La tele está apagada. Están escuchando música chicha. La mujer que me da el boleto me dice que está prohibido tomar fotos dentro de las salas. El hombre está limpiando la banca donde está la televisión. La mujer me dice: 

—Si gusta, sus cositas las puede guardar para que esté más cómodo.

Señala hacía la oficina. Llevo un pequeño morral con mi libreta, plumas y un libro.  

—Solo tengo un librito —le digo—. No hace falta. Pero muchas gracias. 

—Ah. Okay. Le dejamos tranquilo. 

 

Entro en la primera sala. Tengo mi libreta en la mano y empiezo a apuntar. Veo la línea de tiempo en los muros pensando como transmitir lo ridículo que me parece todo esto.  

Algunos apuntes: 

En la sala dos, dispositivo nueve, años 1931-1932. Dice: «1931 Vallejo se aloja en Madrid. Abandona su colaboración en las publicaciones periódicas peruanas. En marzo publica El tungsteno en la colección, La novela proletaria de la editorial Cenit. Para esta editorial traduce las novelas La calle sin nombre y La yegua verde de Marcel Aymé y Elevación de Henri Barbusse». 

Tiene imágenes de las portadas de El tungsteno, Rusia en 1931, Elevación y La calle sin nombre, además de dos documentos, un postal desde Leningrado y el documento de reingreso a Francia y cuatro fotos: la famosa de Vallejo, Georgette y Rafael Alberti, una de Miguel de Unamuno, una de Federico García Lorca y una de Vallejo y varias personas que dice «1931 en Rusia». 

En el dispositivo siete, años 1911-1917, no menciona las experiencias de Vallejo trabajando en la hacienda/mina. Se lee algunas joyas como: «La poesía es una exacta precisión de palabras, y por ello no es posible reducir el lenguaje de los poemas al plano de la expresión, ya sea literal o simbólica». 

Otra joya, del dispositivo ocho, años 1921-1922: «El pesimismo/fatalismo es parte esencial del alma Vallejiana. El pesimismo del poeta es antes que nada una noción consciente». (¿Viene de un texto de Giovanni Meo Zilio, «Estilo y poesía en César Vallejo»?) 

Toda la sala que se enfoca en sus publicaciones, viajes, relaciones con intelectuales y artistas que conoció y obras no publicadas, menciona solo breve y tangencialmente su pensamiento, su militancia y su compromiso político. Lo quieren presentar como el poeta «universal» triste y difícil. Y no, obviamente, como un poeta y escritor intensa y profundamente comprometido con la revolución socialista.

Sala 1: La línea de tiempo

Sala 2: 1911-1939 vida y obra de Vallejo

Sala 3: Oratorio (sillas y banca, fotos y textos)

Sala 4: Itinerario de viajes, dispositivos 12 y 13: viajes en el Perú y en Europa

Sala 5: La familia Vallejo Mendoza 

[Estoy tomando estos apuntes cuando la mujer, la nueva encargada del museo, llega a «explicarme» cosas de la casa. Lee—sin que se lo pida—en voz alta el poema «A mi hermano Miguel» con ese tono exagerado de las recitaciones escolares donde la imposición torpe del seudosentimiento mata cualquier sentir del texto. La escucho y espero que termina.] 

En la sala cinco las siete placas con textos de y sobre Vallejo tienen la misma foto del campo como fondo. Las placas dos a siete tienen unas palabras escritas en cursivas en blanco sobre el cielo azul de la foto.  

Segunda placa: «Responsabilidad con la familia, Amor, Gratitud»

Tercera placa: «Compasión, Bondad, Amor»

Cuarta placa: «Respeto, Familia»

Quinta placa: «Lealtad, Generosidad»

Sexta placa: «Autodominio, Sensibilidad»

Séptima placa: «Generosidad, Honestidad» 

También hay ocho fotografías impresas: retratos del padre, de la madre y de algunos hermanos y hermanas de Vallejo, una de Vallejo y Georgette, y un retrato de Georgette. Hay una banquita de madera y ocho sillas, acordonadas. 

Sala 6: «César Vallejo en el sentir de quienes lo conocían». Dispositivos 16-25 con fotografías y textos, un poema de Neruda, imágenes de manuscritos a maquina de «Himno a los voluntarios de la República».

Sala 7: Arte popular del Perú

Sala 8: Arte popular del Perú

Sala 9: Cocina santiaguina de época.

Llega la mujer otra vez, como vigilándome, como queriéndome acarrear. Tal vez solamente esté nerviosa en su primer día de un nuevo trabajo. Le pregunto: 

—¿Usted es estudiosa de Vallejo?

—Soy guía turística. Trabajo en la municipalidad. Por eso le preguntaba si quería que lo acompañara para explicarle las cosas. Ocurre que algunos les gusta ir leyendo. 

—Pero, ¿a usted le gusta Vallejo? ¿Ha leído su obra?

—Claro, he leído. Estoy aquí para apoyar al turista. No estaba antes porque era otro gobierno. Ahora cambió el gobierno y estoy aquí para apoyar al turista, aún los sábados y domingos y días feriados, porque son los días que los turistas descansan y pueden venir. 

 

Le doy las gracias. Se va, pero regresa a los pocos minutos. Me ve apuntando en mi libreta y sale de la sala donde estoy. Ponen un disco en el sistema de audio del museo. La voz de un hombre recita en Quechua con la música de una guitarra al fondo. Después recita el poema «Una piedra negra sobre una piedra blanca» en español con una guitarra tocando un yaraví al fondo. 

En las salas de «arte popular peruano» hay telas montadas, un maletín de cuero, un par de tazas, unas figuritas… Ahora suena «Los heraldos negros» tocado como huayno con dos guitarras. La música se escucha solamente en las salas siete y ocho (de «arte popular peruano»). 

Sala 10: «Depósito: antiguo uso y actual» (sic)

Sala 11: «César Vallejo Aula Magna» (cerrada)

Vuelvo al patio a tomar apuntes. Una placa grande dice: «Bienvenidos a la Casa Museo» con logotipos de la Municipalidad Provincial de Santiago de Chuco, la «Asociacion Civil Neoandina» [sic] y «Barrick Minería Responsable». 

Dice: «Les invitamos a leer y conocer más sobre la vida y las obras del Gran Poeta Peruano CÉSAR VALLEJO, nacido en estas tierras y reconocido a nivel mundial como uno de los más importantes exponentes de la lengua castellano de todos los tiempos».

«Sus escritos son muchos y variados, su poesía entre las mejores logradas en el siglo XX y por ello su reconocimiento. Con palabras cargadas de profundas reflexiones sobre el Ser Humano, CÉSAR VALLEJO, fiel a sí mismo, realizó un trabajo responsable—en un momento histórico de muchos cambios y de mínima tolerancia—legándonos en ejemplo de actitud y personalidad [sic]».

«La CASA MUSEO presenta esta exposición con la finalidad de despertar en todos, el interés por el estudio de las letras de Vallejo, y con él, las demás letras de la literatura peruana». 

«Les deseamos un agradable visita». 

«Santiago de Chuco, Octubre de 2012»

La mujer (escucho que su colega le llama Raquel) viene a vigilarme escribiendo. Después sube y abre la sala once. Me dice: «pase por acá». Subo. Ya he entrado aquí, como en toda la casa, varias veces. Esta sala contiene dispositivos sobre artistas de la época de Vallejo—Camilo Blas, José Sabogal, Esquerriloff, Macedonio de la Torre—y fotografías de eventos culturales en Santiago de Chuco y la región, 

Bajo. Entra una pareja. Raquel los empieza a «guiar» sin preguntarles si quieren ser «guiados». Escucho como recita «Los heraldos negros» en ese tono tan sobreactuado (¿tan telenovelesco?). Luego les dice, «¿Qué nos quiere decir este poema?» Luego explica que cuando murió su madre le dolió mucho.  

Qué pinche ingenuo fui. No lo había imaginado. Vallejo hecho un objeto de consumo vaciado de toda poesía, todo contenido militante, revolucionario, político, un objeto de consumo para el turista en su pueblo natal, en su propia casa. 

Estoy escribiendo en mi libreta cuando se me acera el hombre, colega de Raquel. 

—¿Qué le parece la Casa Museo? —me pregunta.

—¿Usted es lector de Vallejo? —le pregunto, evitando así responder a su pregunta.

—Sí. Y soy músico de paso. Recién estamos ingresando con este nuevo gobierno para darle atención al turista. 

 

Hablan más del turista que de Vallejo. Me enseña el registro de visitas. Me acero y me dice: «Para que ponga sus datos».  Ya había firmado el libro de registro desde el primer día que vine. Me quedo leyendo las entradas de otras personas, viendo de dónde vinieron y qué comentarios dejaron. El hombre me mira como si no le hubiera entendido y repite:  

—Este libro es para que ponga sus datos y luego tomamos una foto y la subimos. 

—Okay —le digo y sigo leyendo. 

Se queda parado a mi lado y vuelva a decirme, tocando el libro:

—Es para que ponga sus datos. 

—Sí —le digo—. Entiendo. Ya lo firmé. Estoy leyendo de dónde han venido otros visitantes.

—Ah —me dice, y camina hacía la oficina. En eso escuchó que Raquel empieza a leer otro poema en voz alta. 

Veo que sobre todo han venido personas de Lima y Trujillo, pero también de Cajamarca, Chiclayo, Chimbote, Huamachuco y Santiago de Chuco. Del 28 de noviembre hasta la fecha solo dos personas han venido de otros países: yo y un Carlos de Australia. Empiezo a revisar meses anteriores. Todos llegaron de otros lugares del Perú con una excepción: «23/09/18 Christian H. García Vallejo‘s’» Donde el libro dice, «motivo de visita», Christian escribió, «visita familiar». Vino de «Hickory, N.C., U.S.A.» En los comentarios escribe: «Padre hoy he vuelto a casa… Te he llorado y hoy te alabo».

 

***

Estaba apuntando cosas del libro de registro en mi libreta cuando el hombre, el nuevo encargado del museo con Raquel, se me acercó y me regaló un folleto publicado por la municipalidad: «Cronología de la vida y obra de César Vallejo». Le di las gracias y le comenté que había dejado dos libros míos donados a la biblioteca de la Casa Museo. 

—¿De veras? ¿Cuáles son? A ver…

Entramos en la oficina y nos acercamos al librero detrás del escritorio. Como Jaquelín me había dicho, tienen la obra completa de Vallejo en la edición de la Universidad Católica. Pero también tienen varios estudios sobre Vallejo, libros sobre el APRA y otras cosas. No los revisé con detalle, porque según estábamos buscando mis libros. No estaban. Vi el libro de Xavier Abril del 58 sobre Vallejo. 

Revisamos el librero, el escritorio, los libros apilados en el suelo. No los dos libros que había donado a la biblioteca en ningún lugar. 

—¿Se los habría llevado?

—No sé —le dije. 

—Pero, ¿sí eran para la biblioteca y no un regalo personal?

—Bueno, —le dije—. Sí eran para la biblioteca, pero tal vez se confundió, o los tiene guardados. 

En eso entró Raquel y el hombre le dijo que yo era un escritor y que había donado dos libros a la biblioteca, pero ya no estaban. Raquel dijo que el lunes iba a llegar la anterior encargada para hacer el inventario y que le preguntaría por los libros. Me preguntó mi nombre. Le dije que estaba escrito en el libro de registro y le enseñé donde. 

Antes de que llegara Raquel el hombre me dijo que se llama Tito, que es músico y compositor. Me dijo que es amigo del alcalde, que le compuso la melodía que usó en su campaña. Y por eso, me dijo, el nuevo alcalde le nombró al trabajo en la Casa Museo. Dijo que le iba a echar ganas y prepararse «para dar un buen servicio a los turistas». Le pregunté si le gusta la obra de Vallejo. Dijo que sí, que es «lo máximo». Le pregunté si había leído la novela de Vallejo, El tungsteno. Me dijo que sí, «pero de reojo» como quien dice en realidad que no. Me dijo que Vallejo es tan grande y el poder de la influencia es tan fuerte que no quiere copiar ni imitarlo. Y, dijo, por eso él escribía sobre todo del amor. 

Hablamos un poco de la música y, claro, conocemos a muchas personas en común como Chente y Walter. Tito, al parecer, se inspiró y lanzó un monólogo de unos cuarenta minutos o una hora. Habló del éxito y el destino y la vida del artista de verdad y las dificultades. Me contó que había ganado un concurso de canción de la empresa telefónica Claro en el 2010 con su canción «Si te vas». Luego cuando vio que abrí mi libreta para apuntar su nombre, el título de su canción y lo del concurso, me dijo que había ganado la audición regional de siete departamentos, pero no todo el concurso nacional.

En algún momento sacó su cel para tomarme la foto y subirla a la página del Museo o no sé qué y le dije que prefería que no me tomara la foto para subirla a la página. «Entiendo», dijo y guardó su cel. 

***

15:00 horas

Estoy en mi cuarto leyendo. Se escucha una música melancólica de banda. Salgo de mi cuarto, camino por el pasillo del hotel y me asomó al balcón. Es una procesión funeraria. Dos niñas caminan en frente. Una de ellas carga una cruz roja. Detrás de ellas, cuatro hombres llevan un ataúd al hombro. Varias personas caminan alrededor. Los músicos que caminan entre ellos llevan la partitura adherida a sus espaldas con cinta para los músicos de vientos que caminan detrás. La procesión se aleja poco a poco. Se escucha la música en la distancia. Se empieza a escuchar unos truenos, también en la distancia. Y, poco a poco, comienza suavemente la lluvia y se escucha ahora también el sonido del agua cayendo sobre los techos de lámina y de teja. 

Tito me invitó a escuchar/hacer algo de música en la noche. Quedé en pasar por la Casa Mueso. Más o menos a las cinco de la tarde volví al museo. La versión muy resumida es que Tito se echó un monólogo sobre su vida, sus virtudes, sus retos, sus luchas y su fe en Dios que duró entre una hora y media y dos horas. Luego me invitó a sus casa a tomar un café. Caminamos a su casa, o la casa de sus padres y hermanos. Ahí me tocó y cantó varias canciones de él y de otros mientras su madre nos preparaba el café. 

Tocó bastante mal, a mi parecer, hasta equivocándose en los acordes de sus propias canciones. Las letras de sus canciones me parecían clichés románticos de lo más predecible. Cuando terminó una canción lo miraba y esperaba a que él dijera algo para no tener que ni mentir ni decir algo feo. Casi de inmediato empezaba otra canción sin preguntarme qué pensaba. En una ocasión, después de tocar una cumbia, dijo: «Qué variedad hay en la música. Hay tanta música, ¿no? Pero la que más me gusta es la que escribo». 

Me imagino que esto suena de lo más arrogante y terrible de mi parte. Tuve la increíble experiencia de formar amistades con algunos de los más profundos músicos Ayacuchanos cuando vine al Perú como músico. He escuchado intensamente, tanto en teatros como en cantinas como en casa, a Miguel Mansilla (que en canción descansa), a su hijo, mi hermano, Chente Mansilla, a mis queridos Julio y Walter Humala, y a muchísimos de sus amigos y colegas y maestros. También fui músico por unos veinte años. Dejé de tocar, vale mucho la pena decirlo, porque reconocí que yo no era muy bueno y nunca iba a alcanzar lo que tanto admiraba en otros y otras. Decidí dedicar todo mi esfuerzo y corazón a la escritura como camino de lucha y de vida. También mi reacción a las canciones y la guitarra de Tito tuvo que ver con la manera que él había hablado de sí mismo como un gran artista, un gran cantautor. Y, pues, no. Hay que echarle más ganas, hay trabajar mucho más. (Eso de bueno y malo es una mierda, claro. Pero a mí me pareció, pues, no muy bien…). 

Un hermano de Tito nos sirvió café de cebada y pan en una mesa puesta en el patio. No mucho me gustó que él llegara a decirle a su madre y su hermano que nos preparen y nos sirven y luego ni nos acompañaron. Mientras tomamos el café y el pan, él se echó otro monólogo. En algún punto dijo que quería tomar un curso a la distancia para hacer mejor su trabajo en el museo. Me preguntó: «¿Qué estudian los que trabajan en museos? ¿Turismo?» 

Yo le dije que, en mi opinión, sería infinitamente más valioso que leyera la obra de Vallejo. Pues ya estaba muy claro, y él mismo lo había reconocido, que no la había leído. Le dije que la biblioteca del museo tiene la edición de la Universidad Católica de la obra completa de Vallejo y se quejó. 

—¡Es mucho! —me dijo. 

—Bueno, pues, empieza con un solo libro: la poesía completa. O la narrativa, o sus obras de teatro. Pero si vas a trabajar ahí, y quieres hacer bien tu trabajo, pues, creo que tienes que leer a Vallejo, sobre todo. 

Insistió en que estudiara un curso a distancia de turismo. Y yo decidí insistir en que leyera a Vallejo. Dije que la visión de Vallejo en el museo era muy sesgada. 

—Vallejo fue una persona profundamente comprometido políticamente —le dije—. Tenía un fuerte compromiso con las luchas sociales y con el socialismo. 

—¿En qué poema está eso? —me preguntó, sorprendido. 

Un poco estupefacto, le dije: 

—Bueno, sobre todo en Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz, pero también en su novela, El tungsteno, en sus dos libros de reportajes en la Unión Soviética, en su ensayo El arte y la revolución, en todas sus obras de teatro. Pues, en casi toda su obra, pero especialmente lo que escribe ya en la década de los 30. 

Decidí, suavemente creo, criticar la Casa Museo diciendo que no mostraba el compromiso social y político de Vallejo, que la información en los «dispositivos» era muy superficial. Mientras hablaba—y no había hablado yo casi nada en todas las horas que estábamos juntos—vi que sus ojos le empezaban a cerrar. ¡Se estaba durmiendo! Terminé mi crítica rápidamente para que despertara. 

Dijo que tenía otro compromiso. Hizo que su hermano nos tomara una foto para subir a su Facebook. Esta vez no me negué, aunque odio eso. 

Tito no me cayó bien aunque en todo momento quise que me cayera bien. Intenté ser muy amable con él y me sentí como un gran hipócrita, aunque intenté expresar mi pensamiento sincero suavemente al final. Y ni aguantó cinco minutos antes de que le empezaran a cerrar los ojos. 

Pensé en la traición del reportero sobre la cual escribe Janet Malcolm. Tal vez Tito lanzó sus espantosos monólogos narcisistas pensando en que iba a escribir sobre él, y me quería impresionar. De hecho me preguntó directamente dónde iba a publicar y si iba a mencionar «Tito Perú» (su nombre artístico, me dijo  y hay que recordar que Vallejo quiso firmar Trilce como «César Perú» pero sus amigos se burlaron tan ferozmente de él que a último momento cambió de opinión. Asturrizaga cuenta la historia en su libro en las páginas 108-109)). Le dije que no sabía todavía qué iba a escribir ni dónde iba a publicar. Tal vez para una revista en España donde había publicado antes, le dije: Altaïr Magazine

Ya en la noche, mientras escribo todo esto de la tarde con Tito, se me viene a la memoria algo que dijo Raquel. Cuando estábamos todavía en la Casa Museo y me preguntaron de dónde venía, les dije que soy de los Estados Unidos, pero vivo en México. Raquel me preguntó, entonces: «¿México es un país, verdad? ¿Aparte de los Estados Unidos?»

—Sí. Muy aparte, y muy a pesar de —le dije.  

 

Imagen de cabecera, CC Kubi

John  Gibler
John Gibler

(1973) es un periodista independiente que vive en México desde 2006. Es autor de Fue el estado (2016) Tzompaxtle: La fuga de un guerrillero (Tusquets, 2014), Morir en México (Sur+, 2012) y 20 poemas para ser leídos en una balacera (Sur+, 2012) entre muchos otros.