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MIMANDO LA TIERRA

Producción agrícola en Cusco
Gary Manrique

En los últimos años la comida peruana ha experimentado un gran reconocimiento en todo el mundo. En el Perú cada vez más jóvenes estudian para ser cocineros, cada año se abren nuevos restaurantes de todo tipo de comida. De los 50 mejores restaurantes que hay en Latinoamérica, siete son peruanos y están ubicados dentro de los 15 primeros puestos, siendo el primero Astrid y Gastón, del conocido chef peruano Gastón Acurio. En el viejo continente la comida peruana es una de las preferidas; en Londres, el restaurante Lima, de Virgilio Martínez, ha sido el primero de comida peruana en obtener una estrella Michelin, y el Central —también de Martínez— situado en el distrito limeño de Miraflores, ocupa el cuarto puesto en la lista de los 50 mejores restaurantes del mundo de 2015. 

Pero el mérito de que nos hayamos hecho conocidos en todos lados por tener una de las mejores comidas también tiene que ver con los productos de muy buena calidad y bien cuidados por los agricultores y campesinos —muchos de ellos no industrializados— que van transmitiendo sus semillas de generación en generación y van educando a sus hijos en el arte de la agricultura.

En Huayllabamba, un pueblito del Valle Sagrado, vive Emilio Rodríguez Marcavillaca, de 48 años, con su esposa Liberata Curillo, de 53. Ambos se dedican a la agricultura desde jóvenes. Tienen tres hijos; Julián, de 19, Emeli, de 17 y Yojani de 14. Ninguno de ellos quiere dedicarse a la agricultura; las dos primeras se preparan en Cusco para ingresar a la universidad y estudiar Medicina y el último quiere ser ingeniero de minas. Esta idea la tienen muchos hijos de los agricultores de esta zona. «Tal vez es porque el trabajo en el campo es muy duro, llueva, truene, salga el sol o haga frío la tierra no se puede descuidar y los jóvenes de ahora solo piensan en la música, el Internet y en vestir bien», me dijo Emilio cuando le pregunté por qué pasaba esto.

 
 
 

Él y su hermano aprendieron los secretos del campo desde pequeños. Sus padres trabajaron las tierras que él ahora siembra y cosecha, las semillas que usa para la siembra del maíz provienen de sus antepasados. El Maíz Blanco Gigante de Cusco-Urubamba es uno de los mejores de su especie,  suelen medir entre 22 y 25 centímetros de largo por 20 o 22 de grosor. «De toda la cosecha del maíz suelo separar 2.000 kilos para la venta de semillas, vienen a comprarme agricultores de Tarma y Huaraz». Al preguntarle qué piensa de los transgénicos, me explica que él «no tiene problemas en vender sus semillas para de esta manera dejar que otras personas puedan sacar un producto de buena calidad, lo que no pasaría con los transgénicos si ingresaran al Perú ya que las semillas sólo las podrían usar una vez». 

Emilio despierta muy temprano, lleva su ganado al campo y luego, dependiendo la época del año, empieza a sembrar o cosechar. «En los últimos años, con el auge del turismo en Cusco, los campesinos hemos empezado a sembrar nuevos productos que los turistas consumen, antes sólo era el maíz y la papa, ahora se siembra col, brócoli, zanahoria, habas, betarraga, todo depende de la temporada y de la demanda que haya.»

Los días miércoles, viernes y domingo funciona en los alrededores del mercado de Urubamba el Mercado de Productores, donde los mismos agricultores venden sus productos, los que ellos han cosechado de sus campos, algo que ya no se practica en muchos países.

Normalmente suelen ser las mujeres las que se encargan de vender los productos, mientras los hombres se quedan en el campo; sólo los días anteriores al mercadillo las esposas van al campo a ayudar a sus maridos. Para llegar a Urubamba, la noche anterior contratan una camioneta donde cargan sus productos; a los alrededores del mercado hay que llegar muy temprano para ganar una buena ubicación. Estos días los Rodríguez despiertan sobre las dos de la madrugada; la camioneta los recoge en un punto acordado y de camino a Urubamba van subiendo otros agricultores que también llevan  a vender sus cosechas.

 
 
 
 

A este mercado llegan compradores de todos lados: amas de casa, restaurantes, hoteles, intermediarios y acopiadores, los precios de los productos los fijan los propios agricultores. «Alguna vez cuando ha terminado el mercado y me han quedado papas, se las cambio a otro agricultor por cebollas», me comenta doña Liberata. De esta manera, de vez en cuando practican el trueque, como en la época de los Incas.

Gary Manrique
Gary Manrique

Periodista peruano. Colabora con diferentes revistas de España y Latinoamérica: Descobrir (Catalunya), Gatopardo, Travesías y Tiempo de Relojes (México), Tendencias del diario la Tercera (Chile), suplemento de viajes Vamos del Comercio y revista Hola (Perú) e Internazionale (Italia). Profesor en las escuela de fotografía FotoEspai de Barcelona y Centro de la Imagen en Lima. En la actualidad trabaja como fotógrafo independiente y vive entre Perú y España.