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MISS LUXURY

Mis noches (y días) en un resort
Cristian Segura
Berta Jiménez Luesma

Heike, 50 años de edad, rubia, alta y corpulenta, fue proclamada Miss Luxury del resort Bahía Príncipe Samaná, en la República Dominicana el pasado 11 de mayo. El honor le duró poco, cada semana se renueva el título y ella no continuó hospedada para revalidarlo. Pero Heike fue mi Miss Luxury durante los días que residí en aquel resort. Las mañanas que me la encontraba en el desayuno, entre columnas de tortitas con sirope, tortillas y bacon, la saludaba con deferencia, como el inuit que venera el tótem sagrado. Heike, uniformada con bikini, pareo y sandalias, la piel roja como los camarones que servían sin fin en el bufé del hotel, fue el icono de mis primeras vacaciones de lo que entendemos como turismo de resort: pulsera identificativa, all inclusive, actividades lúdicas de dudoso gusto y una existencia alternativa.

Heike obtuvo su galardón en una competición que se disputó en la piscina del complejo hotelero. Aquel certamen fue mi bautizo en la dimensión paralela de los resorts. Pere Ortín, director de Altaïr Magazine, me encomendó una suerte de diario de viaje en forma de reportaje, que tomara como ejemplo la semana en el Caribe que el escritor David Foster Wallace sufrió en el crucero Zenith. De aquella experiencia salió uno de los textos más célebres de Foster Wallace, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. La cuestión es que yo no sufrí, más bien al contrario, lo volvería a hacer, porque la cosa es diabólicamente adictiva. 

 

DÍA 1.

Mi introducción a la República Dominicana se oficializa en la Terminal 4 de Barajas, de la mano de Celso de las Heras, comercial jefe de la zona centro de Soltour. Soltour es una de las filiales del grupo Piñero, organizador del viaje de prensa que compartiré con doce compañeros de profesión. El viaje es lo que en el oficio periodístico se conoce como «pesebre». En este caso, se trata del belén entero, con todas sus figuras, ríos, cascadas y la estrella fugaz: seis días en el Caribe, almuerzos en multitud de hoteles, excursiones, y todo pagado. De las Heras, alto, calvicie incipiente, pálido y aspecto de animal de oficina, recibe al grupo de prensa en el aeropuerto y lo acompaña hasta que todos y cada uno de sus componentes ya está en el finger de acceso al avión.

De las Heras me ofrece los primeros datos que apuntaré sobre Samaná, la región que visitaremos:

1. «Los dominicanos del Norte son simpatiquísimos, son nuestros andaluces».

2. «En la península de Samaná se filmó Jurassic Park» –De las Heras duda si fue la primera película, la de Steven Spielberg, o alguna de sus secuelas.

3. De Las Heras nos da algunas recomendaciones de vocabulario. En las tiendas no hay que pedir una «bolsa» porque allí es sinónimo de pene: hay que pedir un «saco». A las chicas no hay que llamarlas «guapas» porque quiere decir que están enfadadas, hay que llamarlas «lindas».

 

***

 

Las palabras de bienvenida en suelo dominicano las da un gran anuncio que preside el área de control de pasaportes del Aeropuerto de las Américas: «Lesionado en La Florida? 1-800-FL-Legal. Rubenstein Law». Estados Unidos es el país que recibe más migración dominicana, Florida es su principal destino. En la web de Rubenstein Law especifican que litigan en 27 áreas prácticas. Las hay previsibles, como «accidentes automovilísticos», «accidentes de peatones» o «lesiones en lugares de construcción», pero también otras más sorprendentes, como la posibilidad de ir a juicio por «lesiones en parque de diversiones», por «lesiones en piscina de natación» o por accidentes por «malla vaginal defectuosa».

 

El trayecto por carretera recorre la autopista Juan Pablo II y dura dos horas y media. Esta autopista es una vía de dos carriles, uno para cada sentido. 

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A la salida del aeropuerto nos espera Pablo Mejía, empleado de Soltour y el primer nativo con el que interactuamos. Mejía parece físicamente el hermano gemelo de Donato, aquel centrocampista brasileño del Deportivo de la Coruña que acabó convirtiéndose en pastor evangélico. Mejía, como Donato, también es tremendamente religioso, en su caso, católico. Mejía es experto en frases con un doble sentido que no alcanzo a comprender. Sus primeras palabras en el minibús que nos llevará del aeropuerto a Samaná son: «Bienvenidos a la isla de las puestas de sol». ¿Quiere decir que en el resto de islas del planeta no se pone el sol? Otra frase: «Parece que ustedes oraron mucho antes de venir porque está haciendo un tiempo soleado». Es verdad que primavera es época de lluvias abundantes en el Caribe, pero estamos hablando de la República Dominicana, no de las Islas Hébridas, que haga sol no es un milagro. Mi cita favorita de Mejía es: «Mi papá tuvo veinte hijos con varias mujeres, yo solo he tenido tres. Pero mi papá era un tipo tranquilo».

El trayecto por carretera recorre la autopista Juan Pablo II y dura dos horas y media. Esta autopista es una vía de dos carriles, uno para cada sentido. Bien asfaltada, arcenes amplios que ocupan vendedores ambulantes o vaqueros con su rebaño de vacas. La autopista tiene múltiples peajes y controles policiales armados hasta los dientes. Los peajes están decorados con ilustraciones para prevenir accidentes y todos los protagonistas de las ilustraciones son hombres y mujeres blancas. Mejía nos presenta a Daniel, nuestro conductor: «Daniel tuvo el honor de ser el chófer de don Pablo Piñero». Pablo Piñero, mencionado por todo el mundo como Don Pablo, fue el fundador del grupo. Falleció en agosto de 2017. La información personal que me aportan mis compañeros periodistas de periplo es que don Pablo era murciano y fue inspector de la Policía Nacional. Entró en el negocio turístico organizando un vuelo chárter de aficionados del Murcia Club de Fútbol a Mallorca. El grupo Piñero tiene hoy 26 hoteles, 15 de ellos en República Dominicana. «Don Pablo era el papá de Samaná. Si cierra Bahía Príncipe [cadena de resorts del grupo], si Piñero cierra, Samaná se hunde», explica Mejía con altas dosis de melodrama. Mejía lo aliña con su experiencia personal: él trabajaba como machaca en cruceros, solo veía a su familia cuatro meses al año, hasta que Don Pablo le dio un empleo y le permitió atender a su familia como Dios manda. Samaná ahora tiene tres mamás, las hijas de Don Pablo. 

Durante el trayecto en minibús capto momentos de la vida que vamos dejando atrás. Algunas de mis anotaciones:

1. Eslóganes cristianos que llevan impresas las guaguas. Mi favorito —de una línea que conecta Samaná con la capital, Santo Domingo— dice: «Mi Dios es real», de lo que se deduce que el dios de los demás no tiene por qué ser real.

2. El puzzle masivo de casas a medio construir que parece haber por toda la geografía dominicana.

3. Incluso el pueblo más insignificante tiene por lo menos una o dos administraciones de lotería, diminutos cubículos conocidos como «bancas». Entre las principales casas de banca, mi favorita es DHJ, «la que no calienta su dinero», según dice su publicidad.

4. La península de Samaná es una lengua de tierra de unos 50 kilómetros de longitud. El primer municipio accediendo desde el interior de la isla es Sánchez. Poco antes de entrar en Sánchez existe un centro de bungalows de nombre Onus, ambientado en el antiguo Egipto. Dos esculturas gigantes de color rojo, presuntamente dioses egipcios, presiden el acceso a las cabañas. Frente a Onus está el Bar Licorería Dubai, lugar en el que entrarás pero del que probablemente no saldrás. Por un momento lamento no poder hospedarme en Onus para escribir un reportaje de periodismo gonzo.

5. Hotel Muñeca, a 25 kilómetros de Santa Bárbara, capital de Samaná. Precios anunciados a pie de carretera: «Paso, 200 pesos. Amanecer, 250 pesos». Traducido: «Aquí te pillo aquí te mato, 40 céntimos de euro. Sobrevivir una noche entera en Muñeca, 50 céntimos de euro».

El nombre completo del resort en el que nos hospedamos es «Luxury Bahía Príncipe Samaná, Don Pablo Collection». Arquitectónicamente, el resort Luxury Bahía Príncipe Samaná, Don Pablo Collection, es difícil de describir. Siendo benévolo lo consideraría un híbrido entre hotel temático de Port Aventura y residencia geriátrica de Florida, por los colores pastel y las barandas que escalan la docena de torreones de estilo caribeño-suizo que coronan el resort.

La recepción del grupo de prensa la ofrece la plana mayor del hotel: su director, Leonardo Estario, don Joel Bermejo, jefe territorial de Coming2, touroperador del grupo Piñero, y dos ejecutivos de ventas de Bahía Príncipe que serán habituales en nuestra estancia: Randar y Dilcia. Don Joel es un extraordinario relaciones públicas pero sobre todo destaca por su porte, que denota autoridad, pese a que siempre lleva una riñonera. Alto y con el pelo rapado, barriga prominente por el buen vivir, Don Joel parece un personaje de Breaking Bad, o de los Soprano.

 

Bienvenidos es el himno oficial de Bahía Príncipe y en seis días lo oiré no menos de treinta veces. Su autor es Angelito Villalona, un bachatero dominicano que triunfó en la década de los 80 rivalizando en fama con su hermano Fernandito.

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La comitiva de recepción va acompañada por el merengueBienvenidos, que suena por megafonía mientras cuatro empleados bailan una coreografía concebida para la canción. Bienvenidos es el himno oficial de Bahía Príncipe y en seis días lo oiré no menos de treinta veces. Su autor es Angelito Villalona, un bachatero dominicano que triunfó en la década de los 80 rivalizando en fama con su hermano Fernandito. Angelito Villalona grabó en los 90 un disco entero para los resorts Bahía Príncipe. El otro hit del álbum es Yo volveré, la canción con la que se despide a los clientes. Las líneas más elaboradas de Bienvenidos dicen: «Amigos, sus vacaciones yo sé que las disfrutarán. / Aquí todo es de primera, / hay playas, sol y palmeras, / excelentes atenciones. / Sé que vamos a gozar. / Un sueño hecho realidad». 

La ceremonia más importante del viaje se desarrolla inmediatamente después de la introducción con Bienvenidos: la imposición en consejería de la pulsera identificativa, la pulsera que, según su color, te abrirá las puertas a diferentes niveles de comodidad, comida y alcohol. La nuestra es naranja.

A Randar le endosan darnos la primera visita guiada al complejo. El grupo está cansado, solo piensa en cenar y dormir. El único que toma notas soy yo, sobre todo para apuntar las explicaciones del servicio de aromas que puedes pedir para que a una hora concreta ambienten tu habitación: canela, coco, limón, lavanda, mango, melón, cereza y monoï. El monoï, según leo en la revista ¡Hola!, es «un aceite típico de la Polinesia francesa. Se obtiene de la maceración de las flores de Tiare en aceite refinado de coco, concretamente coprah».

Nuestra primera cena se sirve en el comedor de bufé. La velada está amenizada por una banda de cuatro músicos con camisas hawaianas patrocinadas por la empresa de telefonía Claro y la coreana Samsung. Los músicos, armados con un acordeón y un tambor, consiguen hacer huir a un grupo de diez alemanes que no aguantan más intensidad. Tras los alemanes desaparezco yo. Me siento en una de las terrazas, rodeado de vegetación tropical. Detecto una ausencia: no hay mosquitos. Pregunto a un camarero y me informa que los jardines del resort se fumigan periódicamente para la comodidad de los huéspedes.

El resort tiene un pequeño auditorio al lado del portalón de entrada. Desde él pueden oírse las motocicletas que recorren la carretera y un pájaro pardo, gallináceo y gordinflón que canturrea con fervor, al otro lado de la vía, en el bosque. Cada día es el mismo pájaro, en el mismo árbol, coincidencia que me hace sospechar que lo han amaestrado para acompañar al grupo de animación del resort. Aprovecho mi fuga durante la cena para sentarme en el auditorio: un grupo de médicos norteamericanos está allí reunido compartiendo experiencias. En una mesa han instalado un ordenador que proyecta imágenes de operaciones en quirófano. Una chica llora, otra habla de su perro. La sesión termina, aplauden y marchan a cenar el restaurante Don Pablo. El resort tiene cuatro restaurantes: el del bufé, el italiano, el brasileño y el restaurante Don Pablo, supuestamente el más fino. La gastronomía del bufé es temática y cambia según el día de la semana. En nuestra primera noche, la cocina es dominicana. Ante la insistencia de la clase media occidental ávida de comer sin límite —gracias a la pulsera mágica—, la dirección instaló varios carteles advirtiendo de que el hotel no podía servir más langosta porque hay una veda de pesca en la región. 

A las 21:45, cuando ya estoy en la cama soñando con el «menú de almohadas» que he reservado para el día siguiente, una canción de King África empieza a retronar desde la piscina: «Ron, hielo, limón, coca-cola». Tras King África suena Bienvenidos y el equipo de animación salta a escena para bailar la coreografía reglamentaria. «It's show time», anuncia Rolando, jefe de actividades lúdicas del resort. Rolando repite cada frase en castellano, inglés, alemán, italiano y francés. En estos cinco idiomas informa Rolando que el espectáculo programado para esa noche ha tenido que cancelarse por «un problema de transporte de los artistas». Pero la ocasión la pintan calva, dice Rolando en los cinco idiomas, y explica que a continuación se celebrará el concurso de Miss Luxury de la semana. 

Rolando no ha acabado de repetirlo en italiano que ya he tomado asiento en una mesa de la piscina. Cuatro voluntarias se levantan para competir: mi ídolo Heike contra tres estadounidenses, Leslie, Sidney y Renée. La primera prueba consiste en bailar «lo más sexy posible». En la segunda prueba, las contendientes han de simular que posan en «una sesión de fotografías sexys». En la tercera prueba hay que adivinar canciones, de ABBA a Michael Jackson, ideal para la media de edad del público. En la cuarta prueba, la más difícil, las concursantes tendrán que bailar con un hula hoop y, si puede ser, hacerlo «con movimientos sexys». El último test podría haber sido maquinado por Esteso y Pajares: las candidatas han de conseguir para Rolando piezas de ropa del público, las que pida él. Pantalones, camisas, zapatos. Al finalizar la prueba, Rolando anuncia que la ropa será donada «a los pobres de Samaná», para acto seguido añadir: «¡Era una broma!».

Heike fue, con diferencia, la peor de las participantes, pero ganó porque el título se lo llevaba la más aplaudida, y la mayoría de clientes en la piscina eran alemanes.

 

DÍA 2.

Mercury sirve el primer ron con cola de la travesía a las nueve de la mañana en punto. Mercury es el marinero del catamarán de la compañía naviera EMBAT –empresa también del grupo Piñero–, que nos lleva al Parque Nacional de los Haitises. El capitán de la embarcación es Fran y nuestro guía, Julio Guzmán. Don Julio tiene 65 años, fue maestro y locutor de radio en su ciudad natal, Puerto Plata. Es un hombre ilustrado y respetado por todos quienes salen a su encuentro. En cada ruta turística es saludado por otros guías, choferes y personal de seguridad. Don Julio sobre todo tiene una paciencia de santo. Si alguien del grupo le pregunta diez veces qué pájaro es ese que nos sobrevuela –en el grupo siempre preguntan por el mismo pájaro, por la maura, un carroñero muy frecuente en el paisaje dominicano–, Don Julio responderá siempre con una corrección exquisita e incluso aportando cada vez algo más de información.

 

Mercury sirve el primer ron con cola de la travesía a las nueve de la mañana en punto.

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Don Julio nos acompañará en las excursiones más turísticas de Samaná, aquellos puertos francos habilitados para que sean visitados por los habitantes de los resorts sin tener que pisar otros rincones del territorio indígena. Nuestro primer puerto franco son dos cuevas de los Haitises. El parque tiene 600 kilómetros cuadrados pero la masa turística se concentra en dos embarcaderos con recorridos a pie que no superan los 500 metros. Antes de amarrar en los embarcaderos, los barcos serpentean la costa del parque para que los turistas se hagan selfies y ametrallen a fotos a las colonias de pelícanos, recorrido que don Julio aprovecha para narrar la derrota local de la flota de Napoleón en 1802 y para mostrarnos las playas en las que se rodó la primera edición del programa Supervivientes de Tele5: aquí fue hecho prisionero el cuñado de Napoleón, allí comía Paula Vázquez entre directo y directo.

Antes de poner el primer pie en tierra firme, los mosquitos aparecen en manada, como si todos los mosquitos de los resorts de Don Pablo se hubieran mudado a vivir allí. Las Cuevas de La Línea y de la Arena tienen una especial relevancia porque conservan pinturas rupestres, las más antiguas del 750 antes de Cristo, según don Julio. La conservación de estas pinturas es la más descuidada que he visto nunca en ningún lugar: hay rincones en los que es difícil discernir qué es un dibujo precolombino, el escrito de dos enamorados o la inscripción de un grupo de turistas. En la cueva De la Arena, junto al dibujo de tres galeones españoles anoto mis dos firmas favoritas: la primera está grabada con dedicación y editada como si fuera una tarjeta de visita: «Grupo Guamá Cuba. Mayo-4-1952». La otra a destacar es admonitoria: «Cristo viene, explotadores».

 

El zángano quizá era el marido. Don Julio ha sonreído y me ha driblado hasta la siguiente cueva.

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Hay rincones en los que es difícil discernir qué es un dibujo precolombino, el escrito de dos enamorados o la inscripción de un grupo de turistas. 

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Don Julio cuenta que algunas de las supersticiones dominicanas más arraigadas tienen sus orígenes en las cuevas de los Haitises, leyendas reinterpretadas en novelas modernas que el pueblo más ignorante dio por ciertas. Don Julio explica que hace quince años tuvo que visitar una casa, de noche, y sus moradores le pedían que hablara susurrando porque el vecino era un zángano. El zángano, en la cultura popular dominicana, es un hombre que de noche se transforma en caballo. Más que el vecino zángano, lo que me intriga del relato de don Julio es lo críptico que se ha mostrado con los aspectos personales de la experiencia. En un momento en el que se queda solo, me acerco a don Julio y le pregunto qué es eso de ir a una casa de noche, qué misterioso asunto no ha querido desvelar: «Era una mujer que tenía», se limita a responder. Añado que el zángano quizá era el marido. Don Julio ha sonreído y me ha driblado hasta la siguiente cueva.

Para ganarme de nuevo la confianza de don Julio, le pregunto por lo que más precia en esta vida: los libros. Dice que está detrás de un compendio de santería caribeña que vale unos 100 euros. No se lo puede permitir, añade, y yo intento animarle pidiéndole que visitemos alguna librería en Santa Bárbara, la capital de Samaná. Don Julio llama a un contacto y este le comunica que la librería es ahora un salón de billares. La librería más cercana está a tres horas en auto, en Santo Domingo.

Tras las cuevas disfruto de una hora y media de siesta en el catamarán, inducida por los cubatas con ron Columbus Añejo 7 años que sirve Mercury. Desde el primer ron, a las nueve de la mañana, hasta la una de la tarde la música no ha dejado de sonar en el barco, de Marc Anthony a Jennifer López. Cuando estoy a punto de saltar por la borda, llegamos a nuestro segundo puerto franco: Cayo Levantado. Don Julio cuenta que el nombre procede de una insurrección de corsarios que tomaron el islote. Si algún día desaparezco, es probable que me encuentren en Cayo Levantado. El 25% de la isla es espacio público y el 75% restante es un resort del grupo Piñero; para ser exactos, el mejor hotel de todo el grupo Piñero. No hay posibilidad de criticar nada del resort de Cayo Levantado: sus servicios, sus playas, sus piscinas, se me antojan perfectas. Me siento identificado con Foster Wallace cuando, en su crucero por el Caribe, en un alto en un puerto mexicano, descubre un barco que es mejor que el suyo. Mi Luxury Bahía Príncipe Samaná, Don Pablo Collection, mi aroma de monoï, mi menú de almohadas, mis camarones, parecen calderilla al lado de Cayo Levantado. La arena en Cayo Levantado parece más blanca y suave, el agua es más turquesa, las piñas coladas más refrescantes...

Mercedes Moreno es la jefa de ventas del grupo en Samaná. Mujer de armas tomar, familia de constructores, estudió la carrera en Munich y lleva 19 años trabajando en Bahía Príncipe. Moreno nos dará el tour por Cayo Levantado. «Los empleados se desbordan sobre los clientes», dice Moreno, mientras pienso que en el Luxury Bahía Príncipe Samaná, Don Pablo Collection, nadie se ha desbordado sobre mí. Moreno repite dos veces que en el hotel no pueden ni plantar una palmera sin el consentimiento de las autoridades porque es un área natural protegida. Pido explicaciones a Moreno que cómo puede ser, si es zona protegida, que hayan construido un complejo de villas con 267 habitaciones. Mis preguntas capciosas no gustan a Moreno que acelera el paso cada vez que me acerco a ella. Para su desgracia, en el almuerzo me siento a su lado.

Moreno es una excelente relaciones públicas, y lo demuestra con lo que en inglés se dice «small talk»: hablar del tiempo, del Barça, de lo fabuloso que es el AVE en España. De nada trascendente. Como Moreno quiere evitar mi interrogatorio se enfrasca con dos periodistas en un diálogo absurdo: ventajas y desventajas de vestir un abrigo. Sus interlocutoras se lo toman en serio y Moreno aguanta el tipo durante quince minutos como la gran profesional que es. Pero descubro su truco: mientras elabora su teoría sobre la elegancia del invierno europeo, sobre lo bonita que es la prenda de chaqueta, sus manos estrujan el envoltorio de la pajita con la que se ha bebido una limonada. Cuanto más absurda es la conversación, más añicos hace el papelito. Hasta que no queda nada del papelito y acepta reemprender la charla conmigo, que versará sobre sus inversiones inmobiliarias. También le pregunto por el personal. Comenta que en Samaná «la gente es más silvestre, no están tan adaptados al turismo. Si les das las gracias, responden “Ok”». Es verdad que en general los lugareños dicen «Ok» y no «de nada», pero personalmente no detecto descortesía en nadie con quien trato, tampoco veo que estén especialmente asilvestrados.

 

La arena en Cayo Levantado parece más blanca y suave, el agua es más turquesa, las piñas coladas más refrescantes. 

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Bajo una cabaña de hoja de plátano, frente a un mar de postal, siete europeos se sientan frente a sus cartones de bingo. 

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A las cuatro de la tarde hay sesión de bingo. Bajo una cabaña de hoja de plátano, frente a un mar de postal, siete europeos se sientan frente a sus cartones armados con fichas para marcar los números. Me sumo a la partida cuando ya han cantado media docena de números. A mi lado izquierdo tengo una pareja de jóvenes de Alemania, ambos con más tatuajes que un guerrero maorí; a mi derecha hay una pareja de españoles. La chica de la pareja alemana tiene que corregirme dos veces porque no presto suficiente atención y me equivoco anotando los números. Su novio se lo recriminará más adelante, cuando gano la partida. El premio que me dan es un paquete de café. Cedo el paquete de café a la pareja de españoles, a modo de soborno, para que me cuenten su vida. Se llaman Rubén y Javier y son de Marbella. Uno es dependiente en una tienda y el otro es diseñador de interiores. Han pagado cada uno 1.300 euros, vuelo incluido, por una semana en una suite con mayordomo. Anteriormente habían estado tres veces en Punta Cana y corroboran lo que intuía: Samaná está menos explotado y no está planteado para el turismo de borrachera. Su contacto con el mundo exterior ha sido mínimo, una excursión a los Haitises y otra a la cascada del Limón.

Tras el bingo hay torneo de ping pong. Como Foster Wallace en su crucero, yo también gano el campeonato, aunque ya no quedan premios para repartir. La recompensa es hablar con Johan, el animador que me presentan como el mejor jugador de ping pong de Cayo Levantado —no lo dejo con 0 puntos por compasión—. Me dice, orgulloso, que un canadiense le obsequió en febrero con una de las tres palas que se trajo en vacaciones, valorada en 200 dólares. Johan la guarda como oro en paño en su apartamento.

 

Johan prepara las siguientes actividades voleiplaya y minigolf. 

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Me pierdo por las laberínticas instalaciones del resort mientras Johan prepara las siguientes actividades —voleiplaya y minigolf. Entre jardines, piscinas y villas llego agotado a la recepción. Me siento en un bar y pido un gin tonic y un sandwich. No tengo que pagarlo gracias a la pulsera mágica. En ese preciso instante me doy cuenta del peligro que supone tener barra libre de comida y bebida, 24 horas al día, gracias al all inclusive. Es acostumbrarse a una existencia obscena respecto a mi vida diaria en Europa.

Emprendo el camino de vuelta a la piscina donde tenemos la próxima actividad organizada —clase de merengue— justo cuando una legión de trabajadoras de la limpieza terminan la jornada laboral. Son las cinco de la tarde y de cada edificio surgen mujeres ataviadas con cofias y uniformes rosas o negros. Llevan los mismos ropajes que las empleadas del hogar de la zona alta de Barcelona, pero sin el yorkshire o el golden retriever que les obligan a pasear antes de servir el almuerzo. 

En la clase de merengue sobresale por sus habilidades Adriana Guissone. Es argentina, tiene 59 años y ha viajado sola a Cayo Levantado. El objetivo del viaje era bailar. Conoce a todo el personal del resort, ha bailado con cada uno de ellos, sabe quién se mueve mejor con un merengue, quién con una bachata o salsa. Ha venido a recargar pilas de su empresa de catering. Al día siguiente volverá a Buenos Aires y se siente deprimida. Quiere regresar a Cayo Levantado el año próximo para celebrar su 60 cumpleaños con su hija. El problema es su yerno, comenta Guissone: «Es muy celoso y mi hija es bailona como yo. Ha tenido muchos novios negros y él los odia».

 

El objetivo del viaje de Adriana era bailar. Conoce a todo el personal del resort, ha bailado con cada uno de ellos. 

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La vuelta a nuestro resort es triste por tener que dejar Cayo Levantado. En el embarcadero hay un cartel que corrobora nuestras sensaciones: «You're leaving the paradise». Para levantar el ánimo, el grupo quiere salir de fiesta por la noche y a don Julio se le pregunta por la mejor sala de baile de Santa Bárbara. Es Cielito, comenta don Julio, «pero se ponen peligrosos ahí», añade acto seguido. «Peligroso para las mujeres, te quieren dar muela, y les sube el ron y eres solo para ellos». El mensaje cala en el grupo y este optará por visitar Bachata, una discoteca de un hotel cercano, también del grupo Piñero. El chárter, el chófer, el barco, el guía de las excursiones, la playa, el hotel, la comida y la discoteca... Una compañera de la expedición me susurra que el turista en verdad no viaja a la República Dominicana, viaja al país de don Pablo. 

 

DÍA 3. 

Son las nueve y media de la mañana y una pareja de alemanes espera en recepción a que un guía los lleve a bucear. El botones se disculpa: «En la República Dominicana, si alguien les dice una hora, es media hora más tarde». Lo cierto es que nuestro grupo de españoles siempre llega tarde a la hora concertada, solo don Julio y el chófer Daniel son puntuales. Don Julio nos avisa que hoy es el día del «jeep safari». El jeep safari es un camión al que le han soldado unos bancos en el volquete. El jeep safari nos espera en una gasolinera Texaco a pocos kilómetros del resort. Por el solo hecho de haber una bomba –gasolinera–, el lugar parece cobrar entidad como municipio. Se han construido casitas a su alrededor, con un colmado, la carnicería y el apeadero de la guagua. En el resort no se ve un papel por el suelo: cada mañana, a las 6:30, una división de empleados desinfectan con ahínco la zona de la piscina, barren la arena de la playa, salen a la caza de la colilla apagada en macetas, activan el servicio de aroma monoï; en cambio, en las inmediaciones de la bomba de la Texaco la realidad es diferente. Aparece una mujer con dos fardos de ropa usada, la extiende en el arcén y enseguida aparecen tres hombres para comprarse alguna prenda. Don Julio detalla, como sucede en muchos otros países en vías de desarrollo, que esa ropa son donaciones del primer mundo para Haití, y que los haitianos la revenden a pasadores dominicanos.

 

Maradona es ese tipo de personas que coloquialmente decimos que le vendería una nevera a los esquimales. Maradona, me comenta su lugarteniente, es más importante que el alcalde.

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El jeep safari nos deja en la cooperativa de Castellalito, una aldea pobre de solemnidad. Maradona es el nombre con el que todos conocen al presidente de la cooperativa. Maradona es ese tipo de personas que coloquialmente decimos que le vendería una nevera a los esquimales. Maradona, me comenta su lugarteniente, es más importante que el alcalde. Maradona es obeso, esférico, y tiene un pelo afro con la permanente más contundente que probablemente haya en la isla. Nos sentamos en una cabaña dispuesta para la exhibición de los productos de la cooperativa. Maradona y dos ayudantes realizan demostraciones de los beneficios del aceite y la crema de cacao, de una bebida llamada «bomba del amor», que es miel de café, de la infusión de moringa, del aceite de coco y de la mamajuana. La mamajuana es una bebida hecha de raíces, tradicional de la República Dominicana. No hay lugar en el país donde no vendan mamajuana; es como las ensaimadas en Mallorca. La mamajuana es vendida como afrodisíaco y las bromas subidas de tono de Maradona hacen reír a los turistas. Un grupo de chilenos filman a Maradona con una cámara go pro mientras realiza su espectáculo. Piden a uno de sus ayudantes que repita dos veces la exhibición con semillas de cacao mientras acercan y alejan la go pro para dar con el plano perfecto. 

Termina el «briefing» —así le llama Maradona a su demostración de ventas— no sin antes recordar que un reciente ciclón ha arrasado con los cocotales del pueblo y que la cooperativa necesita recursos para la escuela local. Acto seguido se invita a los presentes a comprar en la tienda de la cooperativa. También venden pinturas de artistas locales y vestidos que la mujer de Maradona asegura que están hechos a manos en Castellalito pese a que llevan etiquetas de fabricación en otros países.

Para dar garantía de calidad a la cooperativa, Maradona asegura que cada semana atiende a 800 españoles, que lo han entrevistado en la televisión francesa, que en Youtube es una estrella, que el futbolista Alexis Sánchez les ha visitado en varias ocasiones, y que en el último banco de la cabaña del briefing estuvieron sentados los mismísimos Romina y Albano. Más tarde, en un aparte, Maradona me confiesa que Alexis Sánchez solo estuvo una vez en Castellalito, pero que tiene una foto con él para demostrarlo. Entrados en el momento de las confidencias, Maradona se interesa por las mujeres solteras del grupo, quiere largarse del pueblo, abandonar la cooperativa, a su mujer y a los siete hijos, quiere un visado para emigrar a España.

La siguiente etapa en el jeep safari es Playa Rincón, uno de los lugares más bellos que he tenido la suerte de visitar. Kilómetros de playas paradisíacas, cocoteros y domingueros dominicanos.

 

–República Tours. ¿Cómo lo están pasando? 

–¡A todo color, yes!

 

Los domingos todos se reúnen en Caño Frío para darle al comer, al beber y a la música nacional por excelencia: el reguetón.

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La guía de República Tours anima varias veces con este grito de guerra al centenar de dominicanos que viajan con ella. Los asistentes le siguen el rollo con pocas ganas. Es la hora del almuerzo y en la palapa donde comemos hay miedo a que se termine el bufé. Mis compañeros de mesa son Edi Beliard y José, alias El Che, los conductores de los dos autocares de República Tours, a todo color, yes. Beliard vivió casi un año en España, con un novio español: cuatro meses en el Valle de Arán y cinco meses en Igualada. La relación no prosperó y Beliard no consiguió trabajo. José solo piensa en sexo, está más salido que un mono y aprovecha la presencia de un periodista español para invitar a nuestra mesa a tres pasajeras de su autocar, Noemí, Clara Inés y María. Son tres amigas de Santiago de los Caballeros, la segunda ciudad del país –a 5 horas en auto. Al saber que soy de Barcelona, Clara Inés, la más joven y la única soltera, me informa que ella tiene «un amigo especial» en la ciudad condal. De él solo sabe decirme que ya está anciano y que «fuma más que un murciélago». Noemí se presenta como asistenta de odontólogo y me asegura que ellas también pasan fines de semana en los mismos resorts que los extranjeros, «aunque estos tienen prioridad», añade, «porque pagan en divisas».

Por la tarde vuelvo a encontrarme con José El Che durante la última visita del día, la más breve pero la más enriquecedora de la excursión: en Playa Rincón desemboca Caño Frío, un pequeño río, de aguas cristalinas, manglares y recorrido calmo. Caño Frío en domingo es una explosión de vida dominicana: familias, pandas de amigos, enamorados, turistas, delincuentes juveniles, estudiantes, empleados de los hoteles, peones del campo y desempleados del campo, jinetes, motoristas... Todos se reúnen en Caño Frío para darle al comer, al beber y a la música nacional por excelencia: el reguetón.

La salsa, la bachata y el merengue, tras estar en Caño Frío, concluyo que son sones para los ancianos y para los turistas. Nadie ya, excepto las legiones occidentales de Bahía Príncipe, escucha a Angelito Villalona. No hay rastro de su voz en los meandros de Caño Frío, donde los samanenses instalan equipos de música que darían la talla en un concierto en el Bernabéu. La Plásticos, papeles, botellas, huesos de pollo, excrementos, se acumulan en las orillas del Caño Frío envueltos en los últimos hit del reguetón dominicano. Hay dos canciones que pediré allí donde vaya en lo que queda de viaje, Ruleta y Raputín. La primera es una oda al machismo y la segunda, a las drogas. Los primeros versos de Ruleta son: «Ruleta, ruleta, ruleta, ruleta, ruleta, ruleta andamos en coro y las mujeres con las tetas. Raputín es menos explícita y su estribillo dice: “Yo tengo botiquín si tu eres Raputín, dale ahí».

La tercera cena del viaje se desarrolla en Bella Italia, el restaurante italiano del resort. Las animadoras de Rolando corretean por los salones disfrazadas de brujas. Pregunto por qué van de bruja y no saben dar con la razón. Lo más interesante de la velada en Bella Italia es un cliente que cena solo. Viste impecable, el único turista bien vestido del hotel. Pantalón de pinzas, mocasines de fieltro, camisa abotonada hasta el cuello, gafas de montura de acero inoxidable. Parece el protagonista de Las consecuencias del amor, la película de Paolo Sorrentino sobre un contable que la mafia encierra en un hotel de Suiza con la única función de ingresar cada mes en el banco una maleta con dinero. El contable no cambia el rictus en toda la noche. Pide una sopa de tomate y espera pacientemente a que se enfríe. Diez minutos de espera con las dos manos encima de la mesa, observando atentamente la sopa. Pasados los diez minutos, empieza a sorber el líquido con un cadencia de cucharada cada 15 segundos. Lo acompaña con una copa de vino tinto y un vaso de agua. Luego rebaña el pan en el plato y la cena ha terminado. Tiene el all inclusive, podría hacer igual que los demás, comer hasta estallar, beber piña coladas hasta que te salgan raíces, pero él cena una sopa de tomate, un panecillo y una copa de tinto.

El misterioso cliente ha desaparecido cuando empieza la sesión de karaoke. Llueve a cántaros y el circo de Rolando se ha trasladado al vestíbulo del hotel. Hay poca gente, la mayoría alemanes. La primera canción que alguien se atreverá a cantar es Ich war noch niemals in New York  —«Todavía no estuve nunca en Nueva York»—, de Udo Jürgens, que es algo así como un José Luis Perales austríaco. La siguiente canción es mía. Cantaré Mi agüita amarilla, de Los toreros muertos. Rolando me piden mi nombre, para anunciar al público quién es el siguiente en cantar. Como preveo la catástrofe, no me atrevo a dar mi nombre real y me invento uno: Pablo Casado. Tras seis interminables minutos, mi interpretación de Mi agüita amarilla ha conseguido vaciar el lobby del hotel. Todo el mundo en Bahía Príncipe recordará la actuación del falso Pablo Casado; de hecho, a partir de ese momento y por el resto de la estancia, los empleados del hotel pasan a llamarme Don Pablo. 

 

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Cristian Segura
Cristian Segura

Periodista y escritor catalán. Actualmente trabaja en El País. El 2011 ganó el premio Josep Pla de narrativa por El cau del conill. Su último libro La sombra del ombú es un reportaje sobre las razones del suicidio. 

 
 
Berta Jiménez Luesma
Berta Jiménez Luesma

Periodista de largo, larguísimo aliento.Vive en un estado constante de tranquilidad nerviosa. Solo sabe hablar con preguntas. Boli desenfundado y gafas violetas. Masterizada en criminología.