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NÁSTIO MOSQUITO

Un explorador de lo humano
Pere Ortín
 

Nástio Mosquito (Huambo, Angola, 1981) es uno de los artistas contemporáneos más destacados de la actualidad. Nominado al premio Artes Mundi 2016 y reconocido con el Future Generation Art Prize en 2015, Nástio es un artista integral (música, performance, videoarte, poesía, spoken word) que mezcla un gran talento creativo y una ácida crítica sin victimismo. La periodista Grace Banks lo definió en la revista Trueafrica como «el tío más cool del mundo del arte» y lleva unos últimos años muy ajetreados: Bienal de Venecia, Tate Modern, Fundación Prada; de Angola a China; de Lisboa a Birmingham, pasando por Corea... de camino a Berlín, Londres y Nueva York.

El «zzzzzzzzz» del Mosquito —es su apellido real y se llama Antonio Nástio— se oye por medio mundo. Nos visitó unos días en Barcelona para compartir con Altaïr Magazine sus proyectos artísticos e ideas antes de su primera exposición en solitario en las salas del prestigioso MOMA de Nueva York. Esta es la semblanza de un mosquito.

 
 

Conocí a Nástio Mosquito hace casi diez años en una galaxia muy muy lejana. Era y es la ciudad más cara del mundo: Luanda. Nos encontramos cerca de su casa de entonces, frente a una discoteca que llevaba el mismo nombre que un ingenioso caballero de La Mancha. La mañana era calurosa y los cielos, como nuestras caras de cansancio, eran grises, pero sólo necesitamos unas cuantas palabras en portuñol, algunas sonrisas y una corta conversación en inglés para que saliera el sol. Fue mi primer sentimiento y Nástio me confesó tiempo después que él también sintió lo mismo: respeto fraternal y una gran admiración.

 

¡Hazme la foto! Se la hice. (C) Pere Ortín

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Aquel día que lo conocí, lo segundo que me dijo fue: «¡Hazme la foto!» Se la hice. Se puso frente a mi cámara con un cartel en el que él mismo había escrito una palabra con un boli y trazos rectilíneos: «Monkey» (mono). Vagabundeábamos por las calles de la capital angoleña filmando una película juntos y, desde entonces, Mosquito se me ha transfigurado en un impresionante producto contemporáneo y cosmopolita de esas Áfricas que no admiten clichés o estereotipos; de esas Áfricas que no le gustan a los occidentales; de esas Áfricas que destruyen todos y cada uno de los prejuicios y apriorismos que nos hemos inventado para describirlas; de esas Áfricas que ya no necesitan ni admiten la condescendencia. 

 
 

Nástio es un hijo de aquella Guerra Fría que pareció irse con la caída del muro de Berlín, pero que ha vuelto con fuerza a lomos del caballo con el que Vladimir Putin caza los últimos tigres de Amur. Al hilo de ello y comparando a Mandela con Hitler, Nástio Mosquito significa provocación artistica alimentada por todas las contradicciones de un siglo XXI que sigue siendo aquello que el siglo XX quiso que fuera.

Nástio es un explorador de lo humano. Un comunicador inteligente con un discurso lúcido y arrollador, con el que sólo trata de representarse a sí mismo. Mosquito es el comandante en jefe de un cada día más grande ejército de individuos que no tienen más armas que sus respectivos talentos. Es un animal escénico que, desde África o Europa, en Berlín o Nueva York y más allá de banderas o colores, le habla al mundo de frente, mirándole a la cara con idea de transmitir experiencias y recuperar el poder omnímodo de las «armas milagrosas» que son, como escribió el poeta Aimé Cesaire, las palabras.

 

Espiritual, intenso y profundo, Nástio Mosquito busca en sus creaciones artísticas nuevas perspectivas personales y legitimidades expandidas para seguir creando en medio del caos creativo y de todas las contradicciones que definen cada día eso que nos empeñamos en llamar Humanidad.

Las ideas mandan en el universo de Mosquito. Dice que construye rascacielos en su mente y es verdad: las ideas de Nástio definen formas imposibles que luego, a partir de mucho trabajo, se transforman en artefactos culturales variados y de todo tipo que tienen forma de vídeo o canción.

Como vive más allá de fronteras, Nástio no tiene que cruzarlas. No le sirven definiciones o cajitas en las que se guardan monerías, Mosquito busca y encuentra algo mucho más profundo, más espiritual que un simple y mundano objeto artístico. Él traza el mapa de un viaje de emancipación mental con el que ayuda a liberar todo el poder creativo de nuestro cerebro para que dejemos de ser esclavos de nuestras propias ambiciones.

 
 

Nástio ha madurado mucho en estos años de amistad. Antes era una gran persona y un buen artista. Después fue muy muy bueno en todo aquello que hacía, y ahora es aún mejor compañero, amigo, artista. Escribe, canta, recita, performea, dirije todos sus trabajos con precisión y casi nunca deja nada a la dictadura del azar. Siempre tuvo el talento de su parte, pero a ello le unió desde el primer día que lo conocí una determinación poco común. Hoy, además, domina todos sus muchos y variados recursos artísticos —sus letras y su voz son una clara muestra—, y también controla mejor que nunca sus limitaciones. 

 

Nástio busca algo mucho más profundo, más espiritual que un simple objeto artístico. (c) Marcus Lieberenz

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En sus canciones y músicas —creadas junto a una gran banda con la que lleva años colaborando desde hace años formada por Ndu (percusión), Joao Gomes (teclado) y Hugo Antunes (bajo)— construye un universo variado que merodea por las costuras y fronteras entre el jazz, los ritmos angoleños y el soul —aunque todas las etiquetas, al final, sólo sirven para limitar y confundir los sentimientos—. Hubo un tiempo en que me dijo: «¡Quiero ser Miles Davis!» A mí, como poeta y cantante, siempre se me pareció más al gran Gill Scott Heron.

 
 

Su particular práctica artística multidisciplinar, en la que se combinan la música, el vídeo, la instalación, el sonido y la poesía, lo ha llevado ahora hasta el MOMA de Nueva York para, como siempre, hablar de la identidad o la fe, de la compleja historia colonial, el racismo, el sexo o el poder. Pero nunca desde perspectivas convencionales o discursos tópicos. Nástio Mosquito es un explorador sensible y crítico que transforma las ideas en productos artísticos de alto nivel, con ayuda de una magnífica producción audiovisual realizada con colaboradores como los angoleños Geraçâo 80 o el español Vic Pereiró. La obra de Nástio Mosquito crece y crece de manera activa y comprometida. 

 
 

Nástio nació en tiempos convulsos, tiempos salvajes. En 1981, en su tierra de Huambo, Angola, se libraba una guerra, y la primera migración de Mosquito —de las muchas que después haría— lo empezó a construir como una criatura humana inspiradora, un espíritu libre del siglo XXI; un comunicador de máximo nivel que no admite etiquetas, con una rica y serpenteante carrera artística. Nástio Mosquito siempre sorprende. Es directo y sensible, mezcla conciencia, trabajo (mucho) y una creación obsesionada por los desafíos y por la calidad de lo que hace.

Fascinado cada día más por China y los chinos, vive en la ciudad flamenca de Gent «por un amor» que encontró, por cierto, en China. Puede que nunca llegue a ser Miles Davis pero ¿a quién le importa? Nástio Mosquito es una maravillosa suma creativa de todas las vidas que ha vivido y de toda la gente que ha conocido; de las muchas ideas y experiencias que ha tenido. 

Nástio Mosquito no es un artista. 

Nástio Mosquito es un itinerario vital.

 

Nástio ha madurado mucho en estos años. Era muy bueno. Ahora es aún mejor. (c) Lara Buchmann

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Nástio Mosquito ha lanzado su segundo álbum musical, Gatuno e Eimigrante & Pai de Família, que forma parte de una trilogía iniciada con Se Eu Fosse Angolano – S.E.F.A. (2014) y se completará con un disco que podría llamarse Funcionalidade Espiritual o Espiritualidade Funcional. Aquí puedes escuchar y bajar sus canciones.

Foto de cabecera: Nástio Mosquito en el Garage Centre for Contemporary Culture de Moscú. (c) Dimitry Smirnov

Pere Ortín
Pere Ortín
«Oficio de periodista, humildad de viajero y mirada de documentalista». Lo escribieron de él en una reseña de prensa sobre uno de sus documentales. Alumno de la vida e investigador de lo humano, tiene claro que solo vemos lo que queremos ver; que la belleza —y la fealdad— está(n) en el ojo del que mira y que no vemos las cosas como son, sino como somos nosotros. Tras sus trabajos en la prensa escrita, la televisión y el documental, hoy dirige Altaïr Magazine.