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NOTAS SOBRE SARAJEVO

Cuadernos de viaje leídos 20 años después
Alfonso Armada

AL HILO DE LA PUBLICACIÓN DE SU LIBRO SARAJEVO (MALPASO EDITORES), EL REPORTERO ALFONSO ARMADA BUCEA EN LOS CUADERNOS DE NOTAS PERSONALES DE SUS VIAJES A SARAJEVO PARA OFRECERNOS —ACOMPAÑADO POR LAS IMÁGENES DE GERVASIO SÁNCHEZ Y EL PRÓLOGO DE CLARA USÓN— UN TESTIMONIO ÚNICO Y PERSONAL SOBRE UNO DE LOS EPISODIOS MÁS TERRIBLES DE LA HISTORIA DEL S.XX EN EUROPA.

 

Primer cuaderno (1992)

 
 
 

(…) Podrían ser fuegos artificiales, deberían serlo. Pero son bombas. Esta noche no hay muchas explosiones. Acaso no será difícil conciliar el sueño. Ha sido un día largo, desde las siete de la mañana en Kiseljak, mientras esperábamos el convoy de Naciones Unidas y todos y cada uno en el grupo de periodistas tratábamos de disimular el miedo que sentíamos, hasta esta habitación del hotel en Sarajevo: la 426 en el Holiday Inn, un edificio no demasiado tocado por los francotiradores, los morteros y los cañones.

 
 

Escribo cada día, cada noche, pero nada es comparable a lo que uno siente aquí, sobrecogido, en las calles desiertas y a oscuras de una ciudad que parece muerta, pero que todavía alberga a cientos de miles de personas dispuestas a resistir tras casi cinco meses de constantes bombardeos salvajes. Muere más gente en el centro de la ciudad que en el frente de batalla. Hoy he subido a una casa destrozada y he compartido la tristeza y el humor de sus moradores, obligados a vivir casi perpetuamente en refugios. Una vida a oscuras, en las catacumbas. ¿Cuánto tiempo se puede soportar esto?

 
 

No puede estar ocurriendo esto en la Europa de nuestros días. Nuestra conciencia no lo podría soportar. ¿Francotiradores disparando sobre todo aquél —anciano, niño, mujer, soldado, civil— que se atreva a moverse por la calle? No, estás mintiendo. ¿Cómo va a ser posible semejante cosa en pleno último tercio del siglo XX? ¿Bombas sobre una ciudad sin capacidad de defenderse? ¿Bombas de mortero sobre colas del pan, sobre gente que compra pacíficamente flores un domingo por la mañana? Imposible. No es cierto. ¿Ataques a los hoteles, a las viviendas, a los automóviles, a las mezquitas, a las sinagogas, a las iglesias? ¿En qué cabeza cabe semejante atrocidad? Eso no es posible, es una pesadilla.

 
 

Mi mes favorito. En el cementerio de Kosevo entierran a ocho milicianos y el primer viento del otoño arrastra las hojas secas de los castaños. (…)

 
 

(…) Esta tarde asistiré al estreno de El refugio en el cabarét-refugio del Teatro de la Juventud. Bertolt Brecht se hubiera sentido a gusto entre aquel centenar de personas valerosas que desafiaron el peligro de perder la vida por acudir al teatro. En Occidente hemos perdido la oportunidad de demostrar ese coraje cívico. Aquí estoy poniendo a prueba mi corazón. En Sarajevo. Éste es mi servicio militar sin más arma entre las manos que mi pluma. No quiero más. No tomo partido. Trato de ser fiel a lo que veo. Creo que es suficiente para que la gente vea a este lado terrible del espejo.

 
 

Llegué a esta ciudad hace esta noche dos semanas. Mi corazón ya no es el mismo. Tampoco lo será cuando la abandone.

 

Segundo cuaderno (1992)

 
 

(…) La guerra no es un espejismo, no es una página en blanco y negro de los álbumes de Hazañas bélicas de Camilo, ni una película de aquéllas que nos disparaban la adrenalina, ni una de aquellas batallas que librábamos entre los maizales y las higueras de la casa de la abuela, ni siquiera las guerras que escribimos en los periódicos. Es un archipiélago de carne y hueso, cuerpos concretos, rostros adormecidos para siempre, carne maltrecha, y todo el dolor que cabe en la cuenca de las manos se desborda, cae al suelo y se seca.

 
 
 
 

De momento, recién llegado a Sarajevo, con quien tenía una deuda firmada este verano, me preparo para lo peor: para el rostro del sufrimiento humano, para las consecuencias más inmediatas de una crueldad que tan sólo el hombre es capaz de infligir, y volveré a escribir sobre Sarajevo como si eso sirviera para hacer retroceder el tamaño del mal.

 
 

Dice Gervasio (Sánchez) que a la guerra no se puede venir enamorado. Pero no es ésa la única, o acaso la mayor, razón para que no quiera pasar en Sarajevo más que una semana. ¿Qué sentido tiene estarse jugando la vida aquí si después tu periódico no dispone de espacio para ti, o considera que la vida cotidiana de una ciudad sitiada puede esperar? (…)

 

Es una destrucción lenta y minuciosa. No es que los habitantes de Sarajevo se acostumbren al horror, sino que lo sobreviven. Fotografía de Gervasio Sánchez.

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Sumergido en esta vorágine, trato de ordenar mis ideas y de verter un poco de razón en las heridas: ¿Plomo para balas o plomo para palabras? Ahora voy a desprenderme de la presión de esta realidad extrema para enfrentarme a otra, a todo el horror de la Navidad que sin duda recorrerá España de parte a parte. 

 
 

(…) Esto sigue siendo, por mucho que nos empeñemos en negarlo o en no verlo, la ciudad de Sarajevo en 1992. El día puede ser una promesa. No puedo seguir durmiendo en paz. Tengo mis dos brazos, mis dos brazos preciosos, y con ellos me visto, con ellos mantengo abierto este cuaderno azul y escribo en él, con ellos hago señales, para que no me maten y con ellos abrazo. (…)

 
 

(…) En agosto pasado, recién regresado de un viaje bastante literario (me temo que más literario que real) a Estados Unidos, un agente de la realidad me propuso internarme en Bosnia para contar la guerra a mi manera. Podía haberme negado, pero no lo hice. ¿Qué ocurrió entonces? Aquello sí era la vida: la vida y sus peligros más extremos, la muerte rondando en carne viva, explotando como una fruta madura y sin compasión. Eso me enseñó que podía enfrentarme a la realidad, sumergirme de alguna manera en ella, contar lo que veía y sobrevivir. Así ocurrió en dos ocasiones.  

 

Tercer cuaderno (1993)

 
 

(…) Ya está aquí otra vez el miedo. Y el deseo. Porque quiero volver a Bosnia. Dicen que Tito dormía muy bien allí. ¿Y yo? Ni siquiera en Sarajevo, bajo los bombardeos, dormía mal. ¿Dormir? ¿Olvidar? Vuelvo a Bosnia porque quiero rebajar la cuota de mi vergüenza, de mi complicidad como europeo y como ¿hombre? con la tragedia, ésta tan concreta, de cada día, que nos salpica hasta las cejas aunque no queramos enterarnos. Claro que tengo miedo. El miedo crece. Pero, aunque sé, vuelvo. (…)

 
 

(…) Hoy nos robaron el coche a punta de pistola, y nos dicen que debemos sentirnos felices de haber salido con vida. Cuando vi al joven miliciano croata apuntándome al estómago con una pistola pensé que se trataba de un juego, de una broma. Pero se trataba de la realidad. Esa realidad de la que hasta ahora hemos podido librarnos a pesar de encontrarnos en el ojo del huracán y de jugarnos la vida varias veces cada día. Gervasio (Sánchez) pensó mucho mejor cuando los vio alejarse con el coche y todo su equipo fotográfico: ¿Son estos mismos hombres y adolescentes los que entran en las casas de los enemigos para violar, robar y asesinar? (…) 

 
 

 (…) Ahora escribo, y trato de averiguar si las experiencias que vivo me hacen mejor de lo que soy o me ayudan a entender mejor el mundo en el que vivo. Cuando, por la noche, hablo con mi periódico, me doy cuenta de que no merece ni la cuarta parte del esfuerzo ni del riesgo que aquí corremos, que aquí gastamos. ¿Es éste el periodismo que yo quería? Probablemente. Cuando era pequeño quería ser policía. Luego descubrí el periodismo. Me siento mejor sin armas. Pero mi empresa es un animal sin alma. (…) 

 

La ciudad no ha sido reducida a escombros. Es como si un pájaro monstruoso se dedicara a picotear los edificios, los quioscos, las alamedas, los monumentos, los cementerios y la nuca o las extremidades de los transeúntes. Es una destrucción lenta y minuciosa. No es que los habitantes de Sarajevo se acostumbren al horror, sino que lo sobreviven. 

 

Hoy nos robaron el coche a punta de pistola, y nos dicen que debemos sentirnos felices de haber salido con vida. Fotografía de Gervasio Sánchez. 

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Anoche cené solo, en el comedor irreal de este hotel, con las cortinas corridas, el panorama del crepúsculo y los edificios reventados por las bombas. ¿Cuántos muertos más hacen falta para que el mundo diga que ha llegado el momento de parar? Corremos de un extremo a otro de Sarajevo, jugándonos la vida por unas migajas de información que apenas consiguen acercarse a lo que pasa. Éste es un juego mortal. Y yo participo en él con estas crónicas que desde Madrid me piden y que yo escribo como un gato obediente y estúpido. Maldita sea. (…)

 
 

La despedida de Sarajevo. Una vez más. No será para siempre. Mientras el automóvil avanza entre ciclistas, milicianos, gente acarreando agua, edificios carbonizados, contenedores contra los francotiradores, me despido en silencio.

 

20 años después — 2013

 
 

Vuelvo a entrar en la antigua Yugoslavia veinte años después. No nos piden ningún documento, ni al abandonar Italia ni al entrar en Eslovenia. En la frontera no se ve un solo policía. Está claro que estamos en otros tiempos. 

 
 

Escribir no es fácil. No debería serlo si no pretendes quedarte en la efusión sentimental de los paisajes y los recuerdos que tratas de conciliar con el presente. Siendo fundamentalmente el mismo, hace tiempo que dejaste de serlo. 

 

(…) Entramos por Vogosca, un barrio controlado por los serbios. Era la primera vez. Hace veinte años era imposible. Nos cruzamos con una nueva gasolinera construida con capital turco y con mujeres con la cabeza cubierta por el hiyab que rebuscan en los contenedores de basura. Veo grúas y muchos edificios nuevos, como el que se alza en la antigua torre del diario Oslobondenje, y el edificio de la televisión. Sigue siendo la vieja mole gris que resistió tiempos oscuros.

 
 

(…) Cosas que nunca había podido hacer en Sarajevo

— Coger el tranvía.

— Entrar por la puerta principal del hotel Holiday Inn.

— Recorrer la orilla del río.

— Dedicar la tarde del domingo a recorrer Ilidza.

— Visitar el viejo cementerio judío desde el que los serbios disparaban contra la ciudad.

— Recorrer Grbavica.

— No sentir miedo.

— Salir de noche sin desafiar ningún toque de queda.

 

(…) Me gustaría poner fin aquí a estos Diarios de la guerra de Bosnia. Se ha alcanzado la paz (una paz en la que se ha obligado a compartir mesa a las víctimas con sus verdugos), pero no la justicia.

(…) No sé por qué he tardado más de veinte años en sacar estos cuadernos a la luz. A mí me sirvieron para combatir el miedo y la desolación. Para no volverme loco. Como los artículos publicados en El País para tratar de explicarme y explicar lo que veía. Sobre todo el intento de que la guerra no llevara a una barbarie sin retorno. Mi corazón se queda en Sarajevo y Srebrenica. Me alegra haber podido ir al fin, haber recorrido sus calles, haber compartido durante apenas unas horas el dolor de las madres, las hijas, las hermanas... No quiero cargar las tintas, recrearme en la emoción. Es como si tuviera miedo de resultar obsceno, de sacar partido, de dar lecciones. Ni puedo ni debo. Cae la noche.

 
 

SARAJEVO, DE ALFONSO ARMADA (FOTOGRAFÍAS DE GERVASIO SÁNCHEZ Y PRÓLOGO DE CLARA USÓN).

EDITADO POR 

 
 
 
Alfonso Armada
Alfonso Armada

Periodista y escritor español. Aunque nació en Vigo, le gusta decir que es portugués. Estudió periodismo y teatro en Madrid. Ha trabajado para El País y ABC —en este último como corresponsal en Nueva York y hoy dirige su máster de Periodismo—. Sus libros recientes son Diccionario de Nueva York (2010), Mar Atlántico. Diario de una travesía (2012), Fracaso de Tánger (2013) y el último publicado Sarajevo (2015). Mantiene el blog de FronteraD.

 
 

Twitter: @alfarmada